El botín




Justicia es el hábito de
 dar a cada cual lo suyo
Domicio Ulpiano

—¿Repetimos una vez más? —dice el Oreja con el ceño fruncido.
Miro para arriba y me golpeo la frente. El Monito se tapa la boca para no reírse.
—No te hagás el gracioso, Gordo, que después hacen todo para el carajo —me dice el Oreja mientras me pone un trompazo en el brazo.
—Está bien. No te chivés —respondo frotándome el brazo derecho a la altura del hombro—. Es que ya lo repetimos como cinco veces.
—Sí, pero siempre se olvidan de algo —agrega.
—Está bien. Yo voy a ser de campana. Un canto de bicho feo, alerta. Dos cantos de bicho feo, sigan, tres cantos, rajen. —comienzo.
—Yo trepo por el árbol de la calle, salto al paredón y ato la escalera de soga. A mí me tocan los del fondo—sigue el Monito
—Subo yo —dice Fatiga— Me ocupo de los del medio.
El Oreja empieza a aplaudir.
—¡Muy bien! ¡Por fin! Después yo paso la escalera de sogas hacia adentro para poder salir y me ocupo de los de adelante. ¿Y qué más? —dice.
—Yo llevo el colchón para acostarme en el suelo, así no levanta sospechas mi presencia —agrego.
—Bien —sonríe el Oreja—. Y después rajamos cada uno para su lado ¿eh? Nos vemos allí a las dos mil cien.
—¿Quién sos? ¿El sargento Saunders? Esto no es Combate —le digo, y el resto me festeja.
—¿Seguís pillo, Gordo? El patadón que te vas a ganar…
Todos nos reímos.


A las nueve menos cuarto de la noche saco el colchón de la cama de repuesto que está debajo de la mía y salgo para el lugar de encuentro. Soy el primero en llegar. Coloco el colchón debajo del árbol que va a servir de puente. En mi mochila puse un jarro, un plato de lata sucio de comida, un par de cubiertos y una botellita plástica con agua, como elementos que sugieran que vivo en la calle. Me siento y desparramo las cosas. Ahí veo llegar al Monito. Siempre se ríe y sus dientes relucen muy blancos en su cara tan morena. Es flaquito y largo. Tan ágil que puede trepar cualquier cosa, aunque sea una columna lisa. De ahí su apodo. Es el encargado de buscar la pelota cuando la colgamos en alguna terraza. Fatiga, en cambio es grandote y macizo. Camina arrastrando los pies y no le pidas que se apure. Hasta para hablar es lento. A diferencia de su físico su mente trabaja rápido y es muy observador. Es un amigo de fierro. Que nadie se meta con alguno de nosotros porque se va a arrepentir.
—¿Qué hacés Gordo? ¿No llegó nadie? —pregunta el Monito.
—¿Cómo nadie? ¿Y yo que soy?
—De los demás digo. Vos justamente no pasás desapercibido —su sonrisa muestra toda la dentadura.
—Sabés que Fatiga le cuesta arrancar y el Oreja siempre espera ser el último para hacer su entrada triunfal —digo como al pasar.
—¡Ja! Los tenés calados —me dice mientras me palmea la espalda.
El Oreja es un líder natural. De contextura mediana pero fibrosa. Se ganó su lugar en el barrio a fuerza de coraje. Nunca arrugó en los entreveros. Ya nadie osa cargarlo por el tamaño de sus orejas y lleva el mote con orgullo.
  No me equivoqué. Recién llegó Fatiga y allí veo venir al Oreja. Cuando se acerca le digo:
—Jefe, son las dos mil ciento quince.
Me mira, se ríe y me aplaude.
—¿Largamos? —dice—. Recuerden. Tenemos 30 minutos, no más. Si hay que suspender, tras el aviso del Gordo, seguimos hasta completar. Como si fuera el tiempo que agregan los árbitros en los partidos. Llenen los bolsos marineros que les traje hasta donde quepa. Cuando salgamos nos vamos para distintos lados y nos encontramos en la casa abandonada para repartir. ¿Entendido?
Asentimos y comienza el operativo. Como estaba previsto el Monito sube al árbol, salta al paredón y engancha la escalera de sogas. La suelta, sube Fatiga, sube el Oreja, recoge la escalera, la echan adentro y bajan. Yo me acuesto en el colchón como si estuviera durmiendo. Me dicen el Gordo por razones obvias. Por eso en los partidos voy siempre al arco y hoy me quedo afuera. No voy a agregar nada más.
Van 20 minutos y sin novedad. Me está agarrando sueño de verdad pero no me puedo quedar dormido porque me matan. Me siento y tomo un sorbo de agua para despejarme. A dos cuadras la avenida está cargada de tránsito. Acaba de doblar un auto con una luz azul en el techo. Un patrullero. Silbo un bicho feo esperando que me escuchen adentro. Me recuesto en el árbol mirando hacia el paredón y observo de reojo. El móvil se acerca despacio y se detiene a mis espaldas.
—¿Qué hacés ahí? —pregunta el oficial sin bajarse.
—¿A mí? —me doy vuelta haciéndome el boludo.
—No, le estoy preguntando al árbol. Acercáte.
Evidentemente no tiene ganas de moverse así que me paro despacio y me acerco a la ventanilla. El tipo da una pitada al pucho y me echa el humo en la cara.
—¿Qué hacés acá te pregunté? —como el tono empieza a ser autoritario prefiero no hacerlo enojar.
Pienso rápido y me acuerdo que el otro día, cuando pasamos bajo el terraplén, nos quisieron afanar las  zapatillas.
—Me vine para acá porque quiero dormir tranquilo. Debajo del puente llegaron unos tipos muy pesados y nos rajaron. Y cómo parece que no va a llover preferí irme.
Me parece que lo convencí porque me mira, echa un vistazo a mis cosas y con la cabeza le hace seña al chofer para seguir. Apenas llegan a la esquina me mando los dos bichos feos.

 Entro por la ventana de la cocina que da al fondo de la casa abandonada. Los demás ya llegaron.
—Siempre tarde, Gordo —me dice el Monito con su risa eterna.
—¿Y qué querés? ¿Qué viniera con el colchón? Lo fui a llevar a mi casa.
—Tranquilo, igual te esperamos para repartir —me dice Fatiga mientras le da una pitada al pucho que están fumando en ronda y me lo pasa.
—No gracias. Ando mal de los fuelles —le digo mientras me siento en el círculo.
En el medio están los tres bolsos marineros a punto de reventar.
—Primero vamos a separar la parte de Don Braulio en este canasto, después los nuestros en las bolsas que traje —dice el Oreja con voz grave en su rol de El Padrino—. Los marineros los tengo que devolver.
Don Braulio es una institución. Nadie sabe cuántos años tiene, pero son muchos. No le conocimos familia. Nunca habla de su pasado. Desde que me acuerdo era el cuidador de la quinta del tano Ricci donde también vivía. Siempre nos daba frutas de estación a los pibes y a los ancianos del barrio. Creo que el tano lo sabía pero hacía la vista gorda. Pero hace un mes al tano se le ocurrió morirse. Y el hijo, Santino Ricci, que es más malo que resfrío de verano, decidió que va a vender la quinta, que Don Braulio se tenía que ir, que no pensaba indemnizarlo porque nunca tuvo un trabajo formal y que le importaba un carajo dónde se iría a vivir. Menos mal que para compensar hay vecinas como la polaca Sonia, la panadera, que le facilitó una piecita que tiene al lado de la terraza y Don Braulio, en compensación, colabora con el maestro pastelero en el horno.
—Yo coseché ciruelas blancas y moradas —continúa el Oreja mientras pasa con cuidado las frutas del bolso al canasto y a las cuatro bolsas que son para nosotros.
El Monito sigue con su carga de peras e higos. A continuación le toca el turno a Fatiga y reparte duraznos y damascos.
El Oreja y el Monito le van a llevar la canasta a Don Braulio. Mi bolsa irá al hogar de ancianos que está junto a la plaza. Nos paramos para irnos cuando Fatiga hace un ademán con su mano para que esperemos. Se aclara la garganta y con su tono pachorra dice:
—Pido un aplauso por el éxito del operativo. Por lo menos el reventado de Santino no va a probar una puta fruta.

Osvaldo Villalba
30/01/2020






La última nota


Amurallar el propio
 sufrimiento es
  arriesgarte a que te
 devore desde el interior
Frida Kahlo

Cecilia sube al micro y busca el asiento correspondiente a su ticket. Había elegido ventanilla para disfrutar el paisaje. El campo siempre le trajo paz. Esa que en su vida le ha sido tan esquiva. Esa que perdió cuando, con solo seis meses, su madre la abandonó.

Pone su mochila en el maletero y se ubica. El asiento del pasillo todavía no está ocupado. Solo espera que quien lo ocupe no intente darle charla. Hoy necesita gozar de este viaje en silencio. Después de un fin de semana alejada de su rutina vuelve a su casa en busca del sueño que parecía imposible. Busca en su cartera, en el bolsillito interno, unas hojas tan ajadas como su espíritu que tantas veces releyó en los momentos difíciles. Dobladas en cuatro, las dos páginas desgranan una historia tan triste como su vida, pero con final feliz, que hace varios años le hizo llegar un viejo escritor, al que ni siquiera conoció personalmente. Vuelve a leerla, aún cuando la sabe de memoria. Tantas veces la consideró una fantasía que le parece imposible estar viajando a buscar la nota de la última materia de su carrera de abogada.
Hay tanta similitud entre las penurias de la protagonista y su propia vida que, aunque revive su dolor siguiendo el relato del narrador, una reflexión del escritor en un pasaje del cuento la tranquiliza. "No podemos cambiar nuestro pasado. Tampoco podemos borrarlo de nuestra vida. Pero sí podemos intentar superarnos y dar vuelta la página hasta que las viejas heridas sean sólo cicatrices. Y en cada logro esas marcas nos van a recordar que pudimos sobreponernos." La tiene resaltada porque en todo este tiempo le sirvió de apoyo.

No recuerda cuando se quedó dormida pero la despertó el movimiento de los pasajeros cuando el micro ingresaba en la Terminal de Ómnibus de Zárate. Toma un remise hasta su casa. Es lunes, son las 9.00 de la mañana así que los chicos están en el colegio. Su marido debe estar en el trabajo. Agradece estar sola porque  está muy nerviosa para charlar con alguien. Se da una ducha y busca la ropa que había dejado preparada el jueves pasado para ir a la universidad.

La facultad es un hervidero. Los alumnos se arremolinan en las paredes donde están pegados los listados con las notas. Como siempre, las expresiones de alegría se mezclan con las de desazón o bronca. Siente que el estómago se le aprieta. No desayunó porque no podía ingerir ni agua, pero igual tiene una pelota en la panza como si se hubiera empachado. Cuando llega a la pared donde está su materia no se anima a acercarse. "Vamos", se dice, "Ceci no vas a aflojar ahora". Busca en las paginas la R. "Ramirez, Raznozcick, Rivas, Rodríguez, Romero Cecilia …..¡8!." ¡No lo puede creer! Mira de nuevo mientras las lágrimas le empañan la visión. Se seca con el dorso de la mano y comprueba que es así. Se va llorando sin importarle que la vean y cuando llega a la puerta la reciben aplausos y gritos que corean su nombre mientras sus hijos y su marido la llenan de espuma.
Cierra los ojos mientras los abraza e imagina la voz del viejo escritor que le dice: "Cecilia, pudiste dar vuelta la página"

Osvaldo Villalba
28/12/2019






Raptadas - La huída

RELATO ESCRITO COMO COLABORACIÓN A LA PROPUESTA DE MI AMIGA, LA ESCRITORA 
LUCIANA ELSA BONZO SUÁREZ

Primera parte: Raptadas

 
Por Luciana Elsa Bonzo Suárez

La nueva, Ana, no había podido dormir en toda la noche. Había llegado bastante tarde con los ojos vendados. La empujaron y cayó sobre las piernas de alguien que se quejó. Las hicieron callar.
Ronquidos y murmullos sin sentido se sumaron a sus sollozos.
Cuando los secuestradores se marcharon, unos delicados dedos le descubrieron los ojos y secaron sus lágrimas negras.
—No te preocupes, linda. Tenemos un plan para escaparnos —le dijo Luisa al oído antes de preguntarle su nombre.
Ana tragó saliva. Tenía sed, frío y pánico. Se acarició instintivamente el muslo izquierdo que le dolía. Bajo la minifalda, un número tatuado. Ella lo descubriría al día siguiente. La habían marcado.
Luisa le había insistido en que se durmiera unas horas pero no lo había conseguido.

Al amanecer contó cinco mujeres; todas jóvenes como ella, altas, rubias de peluquería. Dormían semidesnudas una junto a otra para darse calor.
—¿Cómo terminamos aquí? —preguntó Ana.
Luisa fue la primera en despertarse y la consoló.
—Yo te voy a contar: todas nosotras somos clientas de Kizo, el salón de belleza del centro. Seguro que vos también.
—Sí.
—Listo. Tiene que ser eso. Alguno de los empleados o el mismo dueño nos raptaron, nos drogaron y aquí estamos.
—¿Cuánto hace que estás…?
—Unos días. Shh. Tranquila. Acercate —le pidió Luisa y le confió el plan de escape.


Segunda parte: La huída

Por Osvaldo Villalba

El sonido de la llave girando en la cerradura y el chirriar de las bisagras la sobresaltó. Ana recordó las instrucciones de Luisa y se hizo la dormida. Las demás estarían haciendo lo mismo o todavía dormían, salvo Solange, la novia del japonés, que debía llevar a cabo el primer acto. Hacía dos días que la habían encerrado.
La puerta se abrió del todo y el encapuchado entró llevando una bandeja con raciones. Solange se paró y le salió al encuentro.
—¡Por fin, papito! —le dijo con voz melosa— ¡Tenía un hambre!
El tipo le dio la bandeja; ella la dejó en el suelo y se volvió a él.
—Hambre, pero no de comida —le dijo contorneando con sus uñas una inscripción en la remera del hombre que retrocedía mientras ella avanzaba sosteniéndole la mirada de gata. La puerta se cerró por el peso de sus cuerpos apoyados contra la misma.
—Si ahora no tenés nada que hacer —dijo Solange mientras le tocaba la entrepierna—. Mirá, todas duermen. ¿No serás trolo, no?
Ella notó la erección y le desabrochó el cinturón. Luego lo guió hasta una cama. El tipo se tumbó sobre Solange con el jean a la altura de los tobillos. Volvió a recorrer con sus dedos ese cuerpo torneado pero esta vez sin la necesidad de drogar a la mujer. Ahora ella lo buscaba y respondía a sus besos.
Solange le tironeaba del pelo de la nuca y jadeaba. Finalmente, logró ubicar la otra mano sobre el mentón que pinchaba a pesar de la máscara. Con un seco movimiento de ambas manos de derecha a izquierda, le rompió el cuello.
Rápidamente se levantaron todas y sacaron el cuerpo que, inerte, aplastaba a Solange. Rocío confesó que no creyó que funcionara. Pensaba que se necesitaría mucha fuerza para hacerlo. Mientras desvestían al fulano, Solange le explicó que en artes marciales no todo es fuerza, que también influye la justeza de los movimientos, pero que si era necesario usar la fuerza ella podía romper ladrillos con el dorso de la mano o maderas de una patada. Que su novio, tercer dan de karate, la había entrenado para defenderse.
Cuando le sacaron la capucha comprobaron que era uno de los empleados de Kizo. Faltaba determinar quiénes eran los otros dos que se turnaban para alcanzarles las viandas.
Paola, encargada del segundo acto, se vistió con las prendas del tipo. Se puso la capucha y salió con la bandeja; hizo ruido con la llave como si cerrara la puerta. Desde allí observó la disposición del lugar. Al lado de la habitación donde las tenían encerradas se veía el baño y del otro lado del pasillo, la cocina y al final la puerta de entrada a lo que debía ser el living comedor. Se escuchaban voces. Se dirigió a la cocina donde esperaba encontrar algo contundente como para defenderse, un palo o un cuchillo. Antes de entrar a la cocina, espió a Kizo y al otro empleado de la peluquería, que llamaban Rolo, sentados en un sillón mirando un partido de fútbol. Al ingresar a la cocina se le iluminó el rostro. Sobre la mesada había una pistola 9 milímetros. Seguramente el tipo la dejaba allí antes de entrar a verlas. Eso sugería que los otros también debían estar armados. Se la puso en la cintura y tomó un escobillón que estaba en el rincón del lavadero. Le sacó el mango pensando que Solange, como experta en artes marciales, debía darle buen uso por lo que había visto en películas. Cuando regresaba para buscar al resto, escuchó que Kizo le gritaba.
—Dale Zurdo que ya empieza el segundo tiempo.
—Mmmm —respondió con un gruñido y entró en la habitación.
—¡Quietos los dos! ¡Pónganse de rodillas y las manos en la nuca! —sonó imperiosa la voz de Luisa.
Kizo sonrió al verlas. Solange los amenazaba con un palo y Paola le apuntaba con un arma.
—Se van a lastimar con esas cosas —se pararon ambos y avanzaron hacia ellas—. Dame ese fierro, hay que saber usarlo.
Kizo con la palma hacia arriba le reclamaba el arma a Paola mientras Rolo se llevaba la mano a la cintura. Paola esbozó una sonrisa. Recordó en un segundo las enseñanzas de su padre volteando latas en la cerca del fondo, en la granja donde había vivido toda su vida. Estiró su brazo sosteniendo la pistola con las dos manos y le voló la rodilla a Rolo. Con un grito de dolor se dobló y soltó el arma que había intentando sacar. Luisa la pateó lejos y Solange con dos rápidos movimientos del palo se lo incrustó de punta en el estómago a Kizo y lo completó con un golpe descendente en la nuca. Cayó como fulminado. La sorpresa de los dos hombres era casi tan grande como el dolor que sentían. Ana levantó el arma que había volado lejos y Solange tomó la del jefe que aún estaba en su cintura. Ya estaban dominados. La pesadilla había terminado. Solo restaba llamar a la policía.




Reencuentro




Comprender es perdonar
“Por quién doblan las campanas”
Ernest Hemingway

Martes, más gris que nunca.

Te extraño. Desde el día que te fuiste dando un portazo no puedo conciliar el sueño. Las noches se hacen interminables. La madrugada me encuentra cansado y sin ganas de levantarme. No me queda otra que arrancar a la mañana, ponerme la sonrisa, sin la cual no puedo vender ni una póliza, y salir a conquistar el mundo. Igual que el mito de los payasos, debajo de esa careta lloro sin consuelo. No pude decirte que estoy arrepentido de haber ocultado mi pasado con la droga, porque no me atendiste nunca más el teléfono ni respondiste el millón de mensajes que te envié. Sé que merezco lo que me está sucediendo pero eso no me conforma. Tengo que asumir que nunca dejaré de ser un adicto en recuperación y no avergonzarme de eso. Ojalá pueda decirte que no oculto nada más.

Sábado,  al rojo vivo

No quepo dentro de mí. Ayer viernes, después de una semana para olvidar, me respondiste. Te noté calma. No supe qué decir. Tenía miedo de que una imprudencia volviera a arruinarlo todo. Opté por escucharte. Cuando me dijiste que, ya que te había pedido muchas veces que nos encontremos para hablar, considerabas que debías darme esa oportunidad, sentí que mis pulsaciones iban a reventar mi corazón. Quedamos en vernos hoy a la noche en el café de siempre. Ya no sé a quién encomendarme para que me guíe y no meter la pata, sobre todo porque no creo en nada ni nadie sobrenatural. Hace una hora que ensayo frente al espejo y hago mi discurso sabiendo que cuando llegue el momento me voy a olvidar de todo. De lo que estoy seguro es que te amo como nunca antes y que este fuego cubrirá mis posibles errores.

Domingo dorado

Otra vez no puedo dormir. Pero esta vez es de felicidad. ¿O es temor a despertar y que todo haya sido un sueño? Dormida a mi lado, boca abajo, con el pelo suelto sobre la espalda, sos la imagen de la perfección. Tu cuerpo desnudo sigue acelerando mi pulso a pesar del ardor con que nos amamos toda la noche.  No recuerdo qué fue lo que te dije cuando nos encontramos. Estaba tan nervioso que se me olvidó todo el discurso preparado. El resultado fue mejor que el esperado. Seguro que las incoherencias que balbuceé te parecieron tan creíbles que disipé tu enojo y terminamos abrazados. Y un poco más.

Osvaldo Villalba

20/02/2021.


Códigos


Aquellos que tienen algún código
y se rigen por él, se les respeta
y se les estima.
Andrzej Sapkowski

Esa mañana de noviembre del '59 el calor era pegajoso. Roberto bajó del colectivo en Velez Sarsfield y Osvaldo Cruz y caminó por esta última hacía el Oeste con una caja de cartón en cada mano.

Vivía en el edificio contiguo al mío. Construcciones viejas de departamentos tipo PH, con pasillos largos de revoque saltado. Su mamá era la encargada de cobrar los alquileres para el dueño de ambos complejos. Éramos amigos desde antes de ir al colegio. De estar todo el día juntos. De tomar la leche a la tarde en la casa de cualquiera. Era cuatro años mayor que yo pero congeniábamos como con ningún otro pibe del barrio. Cuando el propietario puso en venta los departamentos casi todos los inquilinos compramos, de modo que, de adolescentes seguimos siendo amigos.

Esa noche de verano la barra se juntó en la esquina de la farmacia a tomar fresco. Faltaba poco para que terminen las clases así que casi ninguno tenía mucho para estudiar. Roberto no siguió el secundario y trabajaba en lo que conseguía. Cuando lo vimos llegar con cara larga le pregunté:
—¡Eh, negro! ¿Qué te pasa que traés esa jeta de velorio?
—Me robaron.
—¿Cómo que te robaron? ¿Dónde?
—En la villa del Riachuelo. Voy siempre a entregar los puchos al bar del Paraguayo y nunca me pasó nada. Pero esta mañana, cuando pasé el Oratorio del Sagrado Corazón y me metí por el pasillo que lleva al bar, dos chabones con navajas me cortaron el paso y se llevaron las dos cajas de cigarrillos. Guita no tenía más que para el colectivo. Así que llegué al bar y le pedí al Paraguayo que me prestara unas monedas para el bondi. La joda es que sin guita el mayorista no me entrega ni un cartón de puchos.
 Nos miramos y sin decir ni ay nos pusimos de acuerdo en hacer una vaquita para ayudarlo. Para el sábado le habíamos juntado la plata para que el lunes arrancara de nuevo con el laburo.

Pasó toda la semana sin saber nada de él. El sábado a la siesta estábamos haciendo un picadito en 15 de Noviembre y Saenz Peña, —15 de Noviembre era asfaltada, las otras empedrado y la pelota saltaba para cualquier lado—,  cuando llegó más contento que tortuga con rueditas.
—¿Acertaste la quiniela negro? —le pregunté.
—¡No! ¡No saben lo que me pasó!
—Si no nos contás no vamos a saberlo nunca —dijo otro de los pibes.  
—Resulta que esta semana —comenzó a relatar—, gracias a que ustedes me prestaron la guita pude volver a hacer la entrega al bar del Paraguayo. No vaya a ser que aproveche otro proveedor y me saque el laburo.
—Ahorrá los detalles, andá al meollo —dijo el "genio" de la barra y provocó la risa de todos.
. —Está bien —siguió Roberto—. Cuando llegué al bar el Paraguayo recibió la mercadería, me pagó y antes de que me fuera me dijo:
—¿Ves el tipo de la boina que está sentado frente a la ventana? Me dijo que lo vayas a ver.
Me acerqué a la mesa y le dije;
Disculpe señor. ¿Usted quería verme?
Ah, sí. ¿Vos sos el proveedor de cigarrillos? Decime. ¿Qué te paso la semana pasada?
Me asaltaron señor. Dos chabones.
Decime exactamente qué te sacaron.
En una caja tenía los negros. Tres cartones de Particulares fuertes, tres de los suaves y cuatro de 43 70 y en la otra los rubios. Cinco cartones de Jockey y cinco de Colorado.
¿Marlboro, Chester o LM no tenías ninguno?
No maestro, de esos nunca me pidieron.
¡Paraguayo! le gritó¡A ver si subís el nivel! Hoy es lunes, dejame ver, el jueves venite aquí a verme.
—Y el jueves cuando entré estaba en la misma mesa. Cuando me vio me hizo señas con la mano, me hizo sentar, me convidó con un cortado y me dio un sobre con la guita que valían los puchos que me afanaron. Me aseguró que nunca más me iban a molestar y que me felicitaba por no haber aprovechado a nombrar puchos más caros.
—¡Ah! Un capo el tipo. Con códigos —dijo uno de los pibes.
—Me dijeron en el bar que es “el capo” —respondió Roberto.
—La semana que viene llevale un cartón de Chésterfield al fulano, por lo menos —le dije.
—Sí, ya lo pensé. Acá está la guita que me prestaron. Son amigos de fierro.
Terminamos todos abrazados. Eso sí, lo mandamos al arco porque con la redonda era medio tronco.

Osvaldo Villalba
05/10/2019

Desazón


Estás desorientado y no sabés
que trole hay que tomar para seguir.
Desencuentro
Cátulo Castillo

  Por lo agotado que estoy me parece que no debe faltar mucho. En realidad quisiera que terminara de una vez. Ya no sé si vale la pena seguir en la cancha.  Tengo la impresión de que aún dejando todo nadie lo va a apreciar. ¿Lo apreciaron alguna vez? Lo dudo. Escuchando algunos comentarios, sobre todo de aquellos que más me conocen, parecería que nunca hice nada bien. Entonces ¿para qué seguir en el partido? Por lo que queda por jugar no sé si va a cambiar algo. Tampoco sé si me importa. Sólo espero que suene el silbato para descansar. Espero que el Gran Árbitro no agregue tiempo adicional. ¿Cuánto faltará para el pitazo final?  Si tuviera el valor abandonaría ahora para no seguir padeciendo esta desazón. Pero no tengo fuerzas ni para eso. Si lo intento me va a pasar lo que dijo Cátulo: “ni el tiro del final me va a salir”.

Osvaldo Villalba
24/09/2019


Miedo



El miedo se pinta en el rostro
Séneca

—Tranquilo, va a salir todo bien.
—¿Cómo podés estar seguro?
—Seguro, seguro no, pero las probabilidades son altas.
—Entonces, por lo menos, hay una probabilidad de que algo salga mal. Eso ya justifica mi preocupación.
—Te concedo y reformulo: tranquilo, hay grandes chances de que todo salga bien
—Sigo teniendo miedo.
—Se nota en tu cara
—No puedo evitarlo
—Es una intervención simple.
—No deja de ser una cirugía.
—El equipo del quirófano es de excelencia.
—¿Es muy egoísta pensar en mí antes que en otros?
—No, pensalo como un conjunto.
—Bueno, está bien, son los mejores, pero…¿Pueden asegurarme que me irá bien?
—¡Uh! ¡Qué pesado! ¡Nadie puede asegurar nada! Pero todos hacen lo mejor que pueden.
—Por eso tengo miedo, porque no me alcanza.
—¿Y qué te alcanzaría?
—Que alguien me asegure que me va a ir bien.
—Y entonces le preguntarías por qué está seguro.
—Y... sí.
—¡Sos insufrible! Le voy a preguntar a la anestesióloga si ya está todo listo. Marita, ¿falta mucho?
—Ya está todo listo doctor.
—Gracias Marita. Bueno, doctor, llegó el momento de la verdad. El paciente está dormido. Entre ahí y proceda a su primera cirugía. Confiá en tu capacidad y verás que  todo irá bien.

Osvaldo Villalba
03/09/2019