Cuarenta


Las verdaderas historias
 de amor nunca tienen final.
Richard Bach

¿Cuántas cosas pueden vivirse en cuarenta años? Sería imposible enumerarlas en un texto corto. A los 74, los últimos 40 son más de la mitad de mi vida. Y en tu caso es mucho más.

Claro que cuando comenzamos esta aventura ni pensábamos en todo este recorrido. Ni siquiera podíamos prever qué pasaría unos meses después. Y a diferencia de lo que expresa Manrique en uno de sus poemas: “Como a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”, para nosotros es ahora. Los hijos ya adultos, menos presiones y obligaciones, pero sobre todo porque desde el principio hasta hoy, compartimos juntos este camino.

Por supuesto que hemos vivido muchos momentos felices. Nuestro primer departamento. El nacimiento de nuestra hija. Para vos el estreno de mamá. Para mí, que tengo tres hijos varones de mi primer matrimonio, mi primera nena. Después llegó el varón. Me acompañaste cuando tuve mis primeros nietos. La mayor ya una joven, otro adolescente. El nacimiento de nuestra nieta, que te estrenó como abuela.  Verlos crecer a todos.

También hubo tiempos de dolor y angustia. La pérdida de tu sobrina justo antes de nacer y la partida de mi nieto con tan sólo seis meses.

Tampoco pudimos soslayar las cíclicas crisis económicas que sacuden a nuestro país. Sufrimos la 1050, un sistema de crédito hipotecario muy similar a los actuales UVA. Ser despedido de una empresa con diez años de antigüedad en el mes de noviembre y no conseguir trabajo hasta el mes de abril del año siguiente. Todo lo transitamos juntos. Con desavenencias muchas veces, con acuerdos otras, pero apoyándonos mutuamente cuando nos sentíamos aflojar.

El lunes pasado, en la cena familiar, nuestro hijo menor (35) le preguntó a nuestra nieta cuántos años iba a cumplir. “Once” respondió ella. “Bueno”, le dijo él, “cuando se juegue el próximo mundial, que va a ser en noviembre, vas a tener 15 años. Ahí vas a comprobar que la vida transcurre entre mundiales, cada cuatro años.” Nos reímos en ese momento pero cuando estoy escribiendo esto, recuerdo que nuestra historia comenzó cuando se apagaban los ecos del Mundial 78. Y aquí estamos, once mundiales después, con la seguridad que si tuviéramos que volver a vivir todo esto, lo haríamos otra vez.

¡Feliz Aniversario Susa! ¡Por otros cuarenta!

Osvaldo Villalba
22/07/1978 – 22/07/2018




La luna de mi ventana


Coge un cántaro de vino,
 siéntate a la luz de la luna
 y bebe pensando en que
 mañana quizás la luna
 te busque en vano
Omar Khayyan

Termina el partido y voy a enjuagar mi copa en la pileta de la cocina. En el momento de abrir el grifo levanto la vista y allí está. Enorme, redonda, amarilla. Ella. La luna.



—¿Viste la luna? —le grito a Susana. Cuando veo fútbol ella se exilia en el dormitorio y le da un poco de uso a nuestro viejo televisor con treinta y tantos años cumplidos.
—No, de acá no se ve. Ahora voy —responde.
Nos quedamos un rato contemplándola. Tiene una fascinación difícil de explicar. Me gusta el sol y celebro los días soleados. Pero también me gusta caminar vajo la llovizna. Pero mirar la luna no se compara con nada.
—Lástima el mamotreto que construyeron y nunca terminaron. Si por lo menos sirviera de vivienda —me dice.
—Es cierto. Antes la veíamos apenas asomaba. Ahora hay que esperar que pase la torre. Igual me sigue gustando.

De chico, cuando visitaba a mis primas en Quilmes, las mayores nos decían a los más chicos que la luna era de queso. ¿Tendrá alguna influencia mi admiración por ella en mi predilección por todos los tipos de quesos?

Recuerdo como me devoré la novela de Julio Verne De la tierra a la luna cuando los rusos no habían comenzado a lanzar los Sputnik. Muchos años después, el 20 de julio de 1969, pude ver en un televisor blanco y negro la transmisión desde Estados Unidos del alunizaje de la Apolo XI. Siempre me quedó la duda si fue verídica esa epopeya.


¡Cuántas noches en la playa de Villa Gesell esperando que salga sobre el mar! ¡La emoción que nos embargaba a los locos que esperábamos cuando aparecía en el horizonte!



—¿Te conté alguna vez cómo la luna me salvó la vida? —le pregunto a Susana.
—¡No! Después de casi 40 años juntos… ¿todavía guardás algún secreto? —responde riéndose.
—Es que es una historia tan fantástica que nunca me animé a contársela a nadie.
—¡Y bueno! ¡Siempre hay una primera vez! Prometo no divulgarlo.
—Está bien. Ocurrió cuando yo tenía 14 años. Me habían invitado a un cumpleaños de 15. La fiesta se celebraba en un club de Vicente López que tenía varios salones, parque y salida al Río de la Plata.
Era la época del rock and roll y todos mis amigos eran eximios bailarines. Yo en cambio, tenía la plasticidad de un playmobil. Por eso ellos acaparaban a todas las chicas. A mí me quedaba conformarme con los sandwichs o las masas. Además nunca fui muy agraciado así que cuando llegaba el momento de los lentos, si quería bailar tenía que buscar alguna tía solterona.
Pero esa noche ocurrió algo sorprendente. Una piba que no era conocida por nosotros me vino a buscar y me sacó a bailar el rock. “Yo te enseño” me dijo ante mi resistencia. Era tan hermosa, con su pelo castaño, largo, cayendo sobre sus hombros descubiertos, un vestido con flores estampadas y enaguas almidonadas en forma de miriñaque marcando su cintura, que no me importó hacer el ridículo y accedí. Pensé que bailaría una o dos piezas conmigo y después a otra cosa. Para mi sorpresa no me dejó. Parábamos para tomar algo y me llevaba otra vez a bailar. No podía creerlo. Mis amigos me hacía caras y señas alentándome. Cuando llegaron los lentos se abrazó a mí y pegó su mejilla a la mía. Bailamos un montón de piezas y en un momento dijo susurrándome al oído: “Tengo calor. ¿Vamos un rato afuera?” No dudé un minuto. En cuanto estemos en el parque la beso, pensé. Salimos tomados de la mano. Caminamos alejándonos del salón hacia un grupo de álamos sobre el borde de la playa. El cielo estaba encapotado y la oscuridad era total. Llegamos a los árboles, apoyé mi espalda en un tronco y tomándola de los hombros la atraje hacia mi. Se dejó abrazar y pasó sus brazos alrededor de mi cuello. Nos quedamos unos instantes apretados, en silencio y en el momento que tomo su rostro entre mis manos para buscar su boca, las nubes se corren, aparece la luna y… ¡en su boca abierta cuatro colmillos enormes brillaron como cuchillos! No paré de correr hasta llegar a la avenida.

—¡Ah! ¡Qué loco sos! —me dice riendo Susana—. Por un momento pensé que hablabas en serio.
—¿No me creés?
—Claro que no, a esta altura ya sé que sos un cuentero incorregible. Eso sí, lo bueno de la historia es que no tenías secretos.
—¡Cría fama…! Mejor me tomo otra copa de vino en honor de Omar.

Osvaldo Villalba
10/06/2018

Una cena especial


Ni aún permaneciendo sentado
junto al fuego de su hogar,
puede el hombre escapar
a la sentencia de su destino.
Esquilo

Su llamada señor. Por línea dos.
La voz de la secretaria en el intercomunicador lo saca de sus cavilaciones. Hace rato que debió tomar esta decisión. La situación no daba para más. ¿Por qué dejó que avanzara tanto? ¿Se estaría ablandando? Descuelga el auricular y aprieta el dos.
—Hola Chino. ¿Cómo estas?... Me alegro… Tengo algo para vos… Esta noche… ¡No! ¡Tiene que ser hoy!... ¿Por qué? ¡Porque yo lo digo! ¡Porque soy el que paga! ¡Porque se me cantan las pelotas! ¿Por qué tengo que darte explicaciones?... ¡No, no me enojo! Sólo soy sanguíneo… Está bien. Ya sé que nunca me fallaste. Por eso cuando necesito algo especial busco quien te reemplace en tu laburo y te llamo a vos… Sí, entiendo. “conocer algunos detalles me dan más panorama” —lo dice en tono burlón—. ¡Andá!... Bueno, tranquilo, te doy la derecha. Tiene que ser hoy porque mañana va a una entrevista con el periodista que vos sabés… ¡Ah! ¿Ahora entendés? ¡Que cabezón! ¡Si sabés que no es por capricho!... Dale. Lo cité en Gambrinus… Sí, la de Federico Lacroze… ¡No! Yo no voy a ir. Tengo entradas para el Colón. Una ópera que me encanta. Todos lo saben —esto último lo dice remarcando las palabras—… ¡No! La mesa está reservada a nombre de él. Sobre la ventana que da a Rosetti… ¿Aumento? ¡No me jodás! ¡Con lo que te pago los adicionales no me vas a decir que te afecta la inflación!... ¡Uh! No me llorés que se me moja el teléfono… ¡Bué! Diez por ciento más… ¡Eh, que apuro!... ¡Ah! ¿Te vas de vacaciones? Dale. Esta misma noche te mando el sobre con una moto.


El Chino estaciona su auto sobre Rosetti apenas cruzando Lacroze. Retrocede hasta la avenida y en la esquina dobla a la izquierda, caminando sobre los escombros de un sector vallado por obras. Por esa razón no hay automóviles estacionados. Se detiene al llegar al restaurante y enciende un cigarrillo. Mientras cubre con sus dos manos la llama del encendedor observa que nadie camina por la vereda. En la primera ventana está el tipo cuya foto verificó en un WhatsApp antes de salir de su casa. Después de una pitada profunda, saca su Glock de la cintura, apunta y dispara tres veces. En medio de la confusión y el ruido de cristales corre hacia la esquina, entra al auto y parte raudamente.


Gladys termina de secar la vajilla y la guarda en la alacena. Hoy es menos que de costumbre. Sólo ella y la nena ya que ni Marcelo, su marido, ni su hijo Facundo cenaron en casa. Facu se fue directo de la escuela a casa de un compañero y Marcelo salió con el jefe. Lo había escuchado hablar por teléfono en el baño mientras se duchaba cuando volvió de correr. Cuando salió le dijo que el Tano lo había citado esta noche para una cena de trabajo. “¿Nunca labura en horarios normales?”, le había preguntado. “Nada es normal en el Tano” fue su respuesta.  “¿Por dónde es?” le preguntó cuando salía. “Por Chacarita”.
Pasa el trapo rejilla por la mesada y observa complacida como brilla. Va al living y enciende el televisor. Se sirve una copita de licor de chocolate y se estira en el sofá mientras el control remoto no descansa del zapping. En todos los programas de noticias hay discusiones políticas. Escucha un rato, cambia, vuelve. En uno de esos cambios aparece una placa roja con letras enormes que dice. ATENCIÓN y la música que anuncia una primicia. Se queda esperando mientras la placa se repite una y otra vez hasta que la voz en off del locutor dice: “Tiroteo en Chacarita. Ampliaremos”. “¿A Chacarita no fue Marcelo?”, piensa. Una leve inquietud hace que se quede mirando la programación del canal que vuelve a su formato habitual. Luego de unos minutos el locutor del noticiero le da el pase a un móvil. El notero transmite pegado a una cinta de seguridad amarilla con la que la Policía de la Ciudad cercó la zona.
“Estamos frente al legendario restaurante Gambrinus —comienza el cronista— donde un hombre que se encontraba en una mesa fue acribillado desde la calle. Recibió tres impactos de bala, según los trascendidos. La vidriera, como se ve, está tapada por un mantel, —la cámara muestra la entrada del local y la ventana de la izquierda cubierta por un mantel blanco—. La Policía Científica está trabajando dentro. No se conoce todavía la identidad de la víctima.

Gladys está petrificada. “Marcelo iba a un restaurante por ahí” —piensa—. “¿Estará bien?” Busca su teléfono y marca. Tiembla y la angustia le nubla la vista. “El celular que intenta llamar está apagado o fuera del área de servicios”, dice la voz impersonal de la operadora virtual. Intenta nuevamente y se repite el mensaje. La televisión sigue repitiendo las mismas imágenes pero sin datos nuevos. No sabe qué hacer. ¿Le cuenta a Lisa que está en su cuarto? Mejor no. Le va a decir que no sea tan patética. Pero ¿cómo poder evitarlo? Siempre piensa lo peor. Se hunde en el sillón, mira la tele sin ver y llora en silencio.

Lisa baja a servirse un vaso de coca y cuando regresa de la cocina al living la ve llorosa.
—¡Mamá! ¿Qué te pasa?
—Hubo un tiroteo en el barrio donde lo citó el jefe a papá.
—¿Dijeron algo en el noticiero? —pregunta Lisa mirando el aparato.
—No. Pasan siempre las mismas noticias.
—¿Lo llamaste?
—Tiene el celular apagado.
—Bueno mamá. A lo mejor fue a otro lado. O por la conmoción no hay señal en la zona.
—¡Algo le pasó! ¡Algo le pasó!
—Tranquila mamá. Tomá un poco —le alcanza el vaso. Piensa que siempre es tan negativa pero prefiere no decírselo. Se sienta a su lado y la abraza.

Un rato después, Gladys un poco más calmada, sigue haciendo zapping pero en ningún canal dicen nada más.
—¿Querés un té? —pregunta Lisa en el momento que se escucha ruido de llaves en la puerta de entrada.
—¿Facu? —Hay ansiedad en la voz de Gladys.
—No, Marcelo.
La respuesta hace que la mujer salte del sillón y corra hacia la entrada.  Marcelo apenas termina de cerrar la puerta cuando ella se abraza a su cuello.
—¿Estás bien? —los sollozos le entrecortan la voz.
—¡Claro mujer! ¿Por qué no iba a estarlo?
—¡Papá! Mamá estaba preocupada por lo que pasó en el lugar al que fuiste —le recrimina Lisa.
—¡Ah, eso! ¡Sí! Era un lío. No pudimos llegar. Estaba lleno de patrulleros.
—¿Y por qué no contestabas el teléfono? —el tono de Lisa es de reproche.
—¡Uyy! ¡Claro! —responde Marcelo mientras separa a Gladys y saca un celular desarmado del bolsillo de su campera—. Se me bloqueó cuando subí al auto, le saqué la batería y después me olvidé de armarlo. ¿Quedó algo para comer? Porque al final no cené.
—Lisa, calentale a papá las milanesas.

Marcelo vuelve del dormitorio con ropa más cómoda. Gladys pone la mesa. Mientras espera la comida se sirve una copa de vino. Ella lo mira como si no creyera que está ahí. Cuando él lo advierte, sonríe y le acaricia la mejilla.
—¡Qué susto me diste! —dice la mujer.
—Bueno, ya está. Para compensarte ¿qué tal si nos vamos unos días a Mar del Plata?
La sorpresa la deja sin respuesta. Suena el portero eléctrico.
 —¡Papá! Traen un sobre para vos —grita Lisa desde la cocina.
—¿Podés bajar vos Lisa? —pregunta el hombre.
—Ahora voy —la voz suena desganada.

Unos minutos después vuelve la joven y mientras le entrega el sobre le pregunta:
¡Papá! ¿A vos te dicen el Chino?

Osvaldo Villalba
31/05/2018










En la ruta


Caminante no hay camino
se hace camino al andar
Antonio Machado

El sol se pone lentamente al otro lado de la ruta. Hace varias horas que camina a un costado. El calor empieza a ceder y un viento fresco le trae un poco de alivio. La sed es lo que más le molesta. Siente la boca pastosa.
A los costados de la ruta los yuyos están amarillos y las zanjas secas. Los camiones pasan a gran velocidad dejando una nube de polvo y sacudiéndolo con el vacío que producen.
No tiene idea hacia dónde va. Tampoco sabe si le interesa. Camina hacia el lado donde vio alejarse a Claudia. Cada vez que ve venir un auto de frente por la mano contraria le parece que vuelve a buscarlo. Pero como una ilusión óptica se desvanece su esperanza cuando siguen de largo.
Sube al asfalto para cruzar un puente sobre el cauce de un río que ya no está y el bocinazo de un camión lo hace correr. En su carrera una bandada de saltamontes levanta vuelo y cruza la ruta sin conciencia del peligro.
El camión sale de la ruta y se detiene sobre la banquina unos metros más adelante. El chofer baja y se queda mirándolo. Él se detiene y también lo observa.  Ve cómo hace gestos con sus brazos animándolo a acercarse. Camina lentamente, desconfiado. Llega hasta la cola del camión y el hombre comienza a acercarse.
—¿Qué hacés por acá sólo? ¿Te perdiste? —le dice cuando lo alcanza mientras le acaricia la cabeza.
—Vení. Hace calor —dice el hombre volviendo hacia la cabina. Pegado atrás sobre el acoplado hay un tanque pequeño. El camionero abre una canilla. Cae un hilo de agua.
Eso le quita las dudas, corre hacia el tanque y toma. Cuando termina el chofer cierra la canilla y abre la puerta del camión.
—¿Vamos? ¿Te llevo? —le dice.
Sube de un salto y se sienta en el lugar del acompañante. El camionero cierra, entra por la otra puerta, pone el vehículo en marcha y vuelve a la ruta.
—A media hora hay un parador. Ahí compraremos algo para comer. ¿Dale?
Por primera vez, con la garganta más recompuesta, le contesta.
—¡Guau, guau!

Osvaldo Villalba
30/04/18

Topadora


Un hombre no es otra cosa
que lo que hace de sí mismo.
Jean Paul Sartre

Amanece. Los primeros rayos de luz se cuelan por los costados de la cortina de black out. Te das cuenta que deberían haberla colocado más pegada a la ventana para que eso no pase. Nunca lo habías notado porque siempre te despertás más tarde. Hoy es distinto,  no pudiste pegar un ojo en toda la noche. Es el día D. Lograste diferirlo un par de veces. Hubieras hecho lo imposible por evitarlo. ¡Mirá que tuviste días jodidos! ¿eh? Creciste en un barrio donde el respeto se ganaba a las piñas. Desde pibe estuviste entre los más duros. Ya joven, aguantando los trapos en plena Isla Maciel, y en la tribuna de San Telmo, te ganaste el apodo. Topadora te dicen desde entonces, porque te llevás todo por delante. Nunca corriste: ni ante otras barras ni por la policía. Ni siquiera aflojaste cuando te tocó perder, como el día que aquel cafishio te metió dos balas; o cuando te cortaron la cara en un baile. Sin embargo, hoy, pisando los cincuenta, con una posición un poco más acomodada, íntimamente, reconocés que estás asustado. Nadie podría imaginarlo y tampoco vas a permitir que se den cuenta.

Decidís levantarte para enfrentar el día. Al fin y al cabo, lo que no podés evitar es mejor que pase rápido. Antes de darte una ducha, un trago de ginebra para ir entonando. Después dejás correr el agua tibia por tu cuerpo. Es una sensación tranquilizadora. Igual no logra sacarte el nudo en el estómago. Frente al espejo, te afeitás con prolijidad; recortás un poco el espeso bigote, que le da a tu cara un aspecto fiero. Mientras te peinás ves como el pelo se blanquea cada vez más ralo. Te abotonás la camisa blanca y pensás: ¡Puta madre! ¡Los años no vienen solos! Habías pensado ponerte la camisa negra con el saco blanco, pero te acordás que la última vez que lo usaste te había costado un montón sacarle las manchas de sangre. Claro que al gil que te gritó “heladero” le debe haber costado más arreglarse la nariz. Igual, por las dudas, mejor un saco oscuro, no sea cosa que esta vez se manche con tu propia sangre.

Salís a la calle dispuesto a tomar un taxi. Por lo que pudiera pasar, decidís no manejar. La mañana está fresca pero soleada. Faltan treinta minutos para la hora señalada. Vas a llegar a tiempo. Instintivamente tanteás tu cintura. El revólver lo dejaste en el cajón. Tampoco llevás el cuchillo en la pierna. Hoy el enfrentamiento es cara a cara y con las armas del adversario.

A pesar del caos que es el tránsito en Buenos Aires, llegás a horario. Parado frente a la puerta de la casa, respirás hondo y tocás el timbre. Atiende él. Te mira a los ojos. Esboza una sonrisa.
—¡Topadora! Pensé que otra vez me ibas a plantar —te dice.
—Tuve algunos inconvenientes…pero aquí estoy —respondés aparentando tranquilidad.
—Está bien, pasá. Sentate ahí —-te-señala un sillón—. Enseguida estoy con vos.
Te estirás a lo largo en el lugar indicado. Una luz potente te obliga a mover la cabeza hacia un costado. Sobre la pared, en un cuadro alcanzás a leer:

“Universidad de Buenos Aires, Facultad de Odontología…”

Osvaldo Villalba
09/12/2016

Un vaso de whisky

¿Es superior el vaso transparente
a la mano del hombre que lo crea?
Nicanor Parra – Preguntas a la
 hora del té (poemas y antipoemas)

Se despierta en una habitación desconocida. Lo último que registra es el sonido de una sirena, un vehículo a gran velocidad y una camilla rodando por pasillos iluminados. Intenta moverse y un dolor agudo en su costado izquierdo, debajo de sus costillas, lo paraliza. En su antebrazo una vía gotea suero desde la percha al costado de la cama. Entra una enfermera y lo ve despierto.
—Buen día —le dice mientras renueva la bolsa—. ¿Cómo se siente?
—Todavía no lo sé. Tengo la boca seca y me duele acá —responde tocándose el costado descubriendo un apósito pegado con cinta.
—En un rato pasa el cirujano para ver cómo está la herida. Ahora le traigo un vaso de agua. Más no puedo darle todavía.

“¿Herida?” se pregunta. Nuevas imágenes van apareciendo en su cabeza. Ve al Chino abalanzarse sobre él empuñando un cuchillo. Recuerda haber barrido el lance con el brazo izquierdo hacia afuera protegiendo su vientre y un dolor punzante en el costado que le corta la respiración. Debió hacerle caso a Lucho cuando le aconsejó que no hiciera la denuncia. “Igual yo te banco” le había dicho Lucho. ¡Es un tipazo!
En cambio Rafael, su socio, se había enfurecido con él. “Ahora, por tu culpa, el Chino no nos entrega los vasos” le gritó. “¿Quién sos ahora? ¿Miembro de la Liga de la Justicia? Tenemos un negocio y funciona comprando barato y vendiendo caro. No creyéndote el Defensor de Menores”
“Es un insensible” piensa. “Le importa más el vaso que genera plata que la explotación de los pibes.” El mes pasado se había aparecido con la novedad. Un tipo que les vendía vasos de whisky a la mitad del precio que les cobra la cristalera. Y si no le pedían factura y pagaban en efectivo podían conseguir un 10% adicional.
Cuando fueron a verlo, en la costa del Riachuelo del lado de Provincia, entre Avellaneda y Lomas, el taller le pareció un espanto. De chapas, un calor infernal con los hornos al mango y poca ventilación. Pero eso era lo de menos. Lo que le pareció inadmisible fue ver unos diez pibes entre 11 y 13 años soplando el vidrio dentro de los moldes. Ni soñar con medidas de seguridad ni ropa adecuada. Los crisoles desde donde juntaban el material con la punta del caño iluminaban sus caritas con resplandores amarillos y anaranjados y le daban a la escena un aspecto dantesco.
El Chino, un morocho grandote, pelo corto, barba candado y una panza prominente, los hizo pasar a una piecita en el fondo y les puso las muestras sobre la mesa que hacía las veces de escritorio. Cerraron el negocio y cuando volvían le dijo a Rafael: “Este tipo es un delincuente. ¿Cómo puede tener pibes trabajando en esas condiciones? ¡Es un explotador! Y el lugar es inhabitable”. “No empecés con tu onda sindicalista. Ya bastante te aguanto con nuestros empleados”, fue la respuesta.

—¿Cómo va amigo? ¿Le duele? —la voz del cirujano lo sacó de sus pensamientos.
—Un poco. Cuando me muevo.
—A ver…—le quita el apósito y comienza a limpiar la herida—. Zafó por un poquito, ¿eh?. Unos centímetros más arriba y no la contaba. Lo único extraño es el ángulo de ingreso de la hoja. Hacía abajo. No es común en este tipo de heridas. Bueno, sigue todo bien.
—¿Cuándo me puedo ir doctor?
—Calculo que mañana, si todo sigue igual. Su amigo, el que lo trajo, dijo que iba a buscar ropa a su casa y volvía. ¡Ah! Y ya puede comer algo. Ahora le dejo la autorización a la enfermera.
—Gracias doc.

En un rato va a llegar Lucho. Se conocen desde la primaria. Siempre fue un bocho. Es abogado y se ofreció a asesorarlo cuando se puso en sociedad con Rafael. Le contó la experiencia y su intención de hacer la denuncia. Lucho trató de disuadirlo. “Mirá que son organizaciones. Que todos hacen lo mismo. Son tipos muy pesados”. “Si no lo hago no me respetaría a mí mismo” fue su respuesta. Aceptó patrocinarlo. Hicieron la denuncia en el Ministerio de Trabajo de Lomas y les dieron fecha de audiencia. “Yo te acompaño ese día como tu abogado” le había dicho. Como no quería cobrarle pensó en hacerle un regalo. Decidió encargar una chapa de bronce para colocar en su puerta que decía: Dr. Luis Angel Flores Abogado. La retiró el día de la audiencia y la guardó en el bolsillón interno de la campera de jean para dársela a la salida de la Audiencia. “Eso nunca pasó” piensa, “debe estar todavía en el bolsa con mi ropa que veo en el placard”.
Ayer a la mañana Lucho pasó a buscarlo por su casa y fueron en su auto hasta Banfield, donde está el Ministerio. Estacionaron en la calle paralela a la Avenida Hipólito Yrigoyen, casi Hipólito Vieytes, a una cuadra. Subían por la escalera al segundo piso y al llegar al último rellano aparecieron el Chino y otro tipo con más pinta de matón que de abogado y comenzó a increparlo.
—¡Hijo de puta! ¡Hiciste que me clausuraran el galpón! —Y se abalanzó sobre él.
—¡Hola! ¿Cómo anda el Justiciero? —dice Lucho entrando—. Te traje algo de ropa porque la que tenías ayer la manchaste toda de sangre. ¡Sos un sucio!
—¡Ah! ¡Qué amigo que sos! Con amigos así… Contame que pasó ayer que lo último que me acuerdo es al Chino viniéndose.
—¡Ah! Después que te ensartó el tipo que venía con él lo agarró y por suerte había dos efectivos de la Bonaerense en el piso y lo redujeron. La audiencia se pospuso por razones obvias y el tipo tiene ahora una causa penal además de la administrativa. Los agentes llamaron a emergencias y yo me vine con vos en la ambulancia. Más adelante veremos como sigue. Ahora lo que importa es que te pongas bien.
—¡Gracias capo! ¡No se qué haría sin vos! Sólo quiero pedirte dos cosas más. La primera que inicies la disolución de mi sociedad con Rafael. Ni quiero verle la cara.
—¡Ja! Eso lo descontaba. Esta mañana mientras desayunaba empecé a preparar los escritos. ¿Y la segunda?
—Que me alcances de esa bolsa de ropa mi campera de jean.
Lucho va hasta la bolsa. La desata, revuelve, saca la campera y se la da. Busca en el bolsillo y saca un paquete. Se lo entrega a Lucho.
—Tomá esto es para vos.
Lucho abre el paquete y se queda mirando con expresión sorprendida.
—¡Gracias! Pero mirá esto —le extiende la placa que debajo de la palabra Abogado muestra la abolladura de un puntazo y un rayón hacia abajo.

Osvaldo Villalba
27/12/2017



Confidente

¿No va a arder jamás para siempre
la víctima secreta del Amor?
George Freiherr von Hardemberg (Novalis)
  
—Te estoy aburriendo ¿no? —Tu voz suena a disculpa.
—¡No! ¡Para nada! —Me apresuro a responderte. Cualquier cosa menos aburrimiento. ¿Te cuento? ¡Si pudiera! Envidia, bronca, dolor. Pero sobre todo…¡Amor! Hace más de una hora que, sentados frente al río, en esta hermosa costanera de Vicente López, me contás los desplantes que te hace el estúpido de Pablo. Los deseos de agarrarlo del cuello y romperle la nariz de un frentazo son tan intensos como el de tomar tu rostro entre mis manos y comerte la boca. Pero no tengo el coraje para ninguna de las dos cosas. Entonces miento.
—Lo que pasa es que mirar el horizonte de agua me pone melancólico, pero te estoy escuchando. Me apena mucho que sufras por sus desaires.  Deberías tomar una decisión.
“Rajalo de una vez, yo te voy a consolar”, pienso. Pero…
—Sí, es cierto —me decís—, pero no puedo. No sé por qué es tan insensible. Tampoco por qué siempre lo perdono.
“Porque no te quiere. Porque nunca te va a querer como te quiero yo”, pienso. “Porque sólo se quiere a sí mismo”.
—Tendrías que ahondar en esos por qué —te digo—. No existe ninguna razón para que aguantes sus insolencias.
—Tenés razón. Cuando me quedo sola no paro de llorar —se te quiebra la voz y tus ojos se humedecen.
Contengo las ganas de abrazarte. Respiro hondo y pongo mi mano sobre la tuya. Una corriente eléctrica me recorre el cuerpo y mi corazón se larga al galope. ¿Cómo puedo ser tan cobarde? ¿Cómo puedo ser tan boludo? ¡Este es el momento! ¡Abrazala! ¡Decile que no podés vivir sin ella!
—Nunca hablé con nadie de esto —continuas un poco más recompuesta—. Te lo cuento a vos porque sos mi amigo.
¡Puñalada en el estómago! ¡Gancho al hígado! No soy tu amigo, te gritaría, no quiero ser tu amigo. ¿Estoy condenado a ser eternamente la víctima secreta de este amor?
—¿Qué te pasa? ¡Estás llorando! —me decís al observar los gruesos lagrimones caer por mis mejillas. Saben salados.
—Es que…—titubeo—, no soy tu amigo. Yo te amo. Estás en mis pensamientos todo el tiempo. Y sufro como nadie con tus conflictos. Te lo tenía que decir.
Mientras me abro veo como se va transfigurando tu rostro. La sorpresa se va convirtiendo en disgusto. Tu enojo estalla como una granada.
—¿Cómo me decís esto ahora? Después de todo lo que te conté, pensando que eras mi amigo. Seguro disfrutás lo que me pasa con Pablo. Todo lo que me decías era para tu interés personal.
—¡No! ¿Cómo me decís eso? Sólo quiero lo mejor para vos. ¿Cómo me voy a alegrar si te hacen sufrir?
—Ya no puedo creerte nada. ¡Andate por favor!
—Pero…
—¡Andate! ¡No te quiero ver más!

Mediodía del sábado. Me siento en el suelo, recostado contra el árbol. El día está gris y ventoso. El viento levanta copitos de espuma en el río. Hoy no hay veleros. El domingo pasado me fui de aquí con el corazón roto y una sensación de vacío que no se fue en toda la semana. Ni sumergiéndome en el trabajo ni sentándome a escribir y mucho menos con ganas de agarrar la viola. Parece que va a lloviznar. “El cielo llora como mi alma” pienso y sonrío con lo cursi de la frase. ¿Cómo se sale de esto? ¿Lo curará el tiempo? Hoy me parece que no. Tengo el teléfono apagado porque no quiero hablar con nadie. Ni siguiera fui esta mañana a jugar al fútbol con los pibes. Igual, al único que no pude engañar fue al abuelo. Anoche cuando terminamos de cenar y salí al patio se vino conmigo.
—¿Qué te anda pasando pibito? —preguntó bajito.
—Nada abu. Todo bien.
—Contáselo a tu cara entonces, porque parece que no se enteró.
Es muy bicho el abuelo. Me insistió hasta que le conté. Después de escuchar con atención, sentenció:
—Mirá pibe. Siempre es preferible penar por ir de frente que sufrir por comerte los sentimientos. Nunca te arrepientas de la verdad.
Empieza a lloviznar. Ojalá el abuelo tenga razón.

—Sabía que te iba a encontrar acá —tu voz me sobresalta.
—Es mi lugar preferido —respondo sin mirarte.
—Por eso lo sabía. ¡Uh, que serio! ¿Estás enojado?
—¿Por qué estaría? —te miro y mi corazón se acelera.
—¡No aprendés más! —me decís con una sonrisa que me derrite como un cubito en agua caliente—. ¿Cuándo vas a decir lo que sentís de primera? ¿Por qué? Porque te traté mal, porque te eché, porque te dije que no quería verte más.
Te sentás a mi lado. Ya me ablandaste.
—En realidad no es enojo —te digo—, es pena, es dolor por pensar que me quería aprovechar de…
No me dejas terminar. Rodeás mi cuello con tus brazos y me tapás la boca de un beso.
¡El abuelo es un genio!

Osvaldo Villalba
20/11/2017