Problema resuelto


El hombre se descubre cuando
se mide con un obstáculo.
Antoine de Saint-Éxupery

I

La notificación de la notebook me sobresalta sacándome bruscamente del sueño. La configuré para que me avise cuando entra algún correo en esa cuenta. No la tengo en el celular para evitar que me relacione con ella ante cualquier peritaje. Me percato que son las 6 de la mañana. ¿Quién puede ponerse a escribir tan temprano? —pienso— ¡Es no tener nada que hacer!


Me quedo un rato en la cama, estirado, tratando de despertarme del todo. Igual, me pica la curiosidad por saber quien escribió. La cuenta, creada especialmente para nuestra actual actividad, tiene bastante movimiento, dejando como resultado buenos ingresos.


Me levanto, abro la notebook y reviso el correo. Como casi siempre, el remitente no se identifica:


De: rufianmelancolico@hotmail.com

A:  problemaresuelto@gmail.com

Asunto: Recomendados


Estimados:

Tengo muy buenas referencias de ustedes y me agradaría encomendarles una tarea que requiere tanta profesionalidad como discreción. Si están dispuestos, a vuelta de correo les paso un teléfono para que nos contactemos.

Atentamente.


El texto no difiere demasiado de la mayoría de los mensajes. Nadie quiere dejar sentado por escrito el objetivo que pretende de nosotros. Le respondo. En minutos me pasa el teléfono, y lo llamo tomando la precaución que no quede identificado mi teléfono en el llamado.


—Hola —dice una voz de hombre.

—Hola, le hablo de Problema Resuelto. Me llaman El Negro —respondo— ¿Usted nos escribió?

—¡Ah, sí! Me hablaron muy bien de ustedes, como puse en el mail. Necesito un trabajo especial y, como también aclaré, que se haga con limpieza y discreción.

—Lo tiene garantizado. Somos efectivos y discretos —presumo— ¿De qué se trata?

—Quiero que me liberen de mi socio.

—Defíname liberar.

—Lo quiero muerto —dice con determinación.

—¡Apa! ¡Eso es algo muy serio! No está dentro del servicio standard.

—Por eso dije que era especial. ¿Está arrugando?

—¡No! Déjeme consultarlo con mi socio y lo llamo. Claro que en caso que el trabajo se haga la tarifa tampoco será standard.

—Por el pago no hay problema. Ponga la cifra y dígame cómo procedo.

—De acuerdo. Lo llamo ni bien tenga la respuesta. ¡Chau!


Corto y me tiro sobre la cama. Antes de consultar quiero tener en claro qué hacer. De una cosa estoy seguro. A la cárcel no quiero volver. De sólo pensar en los años que me comí adentro me da escalofrío. Mi viejo, enojado porque había sacado plata de la caja de la fábrica, no quiso pagar la fianza ni me puso abogado. El defensor oficial me informó que quedaba en preventiva y me trajo una Biblia. "¿Y esto?", le pregunté. "Estudiate todas las páginas que te marqué. Le voy a pedir al juez que te ubique en el pabellón de los evangelistas, asi no terminás siendo gato en una ranchada común", me dijo. Mejor no les cuento que es ser gato en un pabellón. Estuve guardado hasta esperar el juicio oral. Cuando me condenaron por estafa, —¡estafa! ¡Mi familia!—, ya había cumplido casi toda la pena, así que pronto salí. Pero el guacho de mi viejo no me dejó volver a casa. ¡Ah! ¡Y de mis amigos mejor ni hablar! Cuando yo garpaba las jodas…¡Un capo! Cuando salí del penal… ¡No tenían tiempo para verme! ¡Y para darme cobijo, menos! ¡Hijos de puta!


Me levanto y le envío un mensaje a Tenaza para reunirnos a las 11 en el café. Tenaza es como el hermano que no tengo. Cuando volví al barrio estuve como seis meses en situación de calle. La “gente bien” no me daba bola por ser ex presidiario. Los pibes de la calle me miraban con desconfianza por ser el “cheto” venido a menos. Me costó un montón ganármelos. Los convencí el día que me crucé delante de la moto de un tira para que el pibe que venía persiguiendo se escapara. Quedé todo golpeado, con un tremendo raspón en la pierna, pero la diferencia de orígenes que teníamos quedó definitivamente zanjada. Después de eso Tenaza intercedió para que me consiguieran un lugar en una casa tomada.

En ese tiempo hice de todo. Levanté quiniela y apuestas de carreras de caballos para un capitalista del barrio; participé en la mesa de una timba que manejaba el Rengo en la que desplumaban giles; levanté autos para el desarmadero o para la banda de los Grillos, si tenían algún golpe. Con ellos nunca fui. Salir de caño no es mi estilo. Con la droga no me meto. Los conozco pero en esa no entro.

Pero hace un par de años todo cambió. Mejores ingresos con menos ocupación. Disfruto más tiempo de mi actividad preferida: el ocio. Me acuerdo como si fuera hoy, yo estaba sin un mango, muerto de frío, recostado en la vidriera del café, esperando a alguno de la barra que me invitara con algo caliente, —el gallego del boliche ya no me fiaba— cuando lo veo venir a Tenaza con una sonrisa que le llenaba toda la cara.

—¡Negro, qué suerte que te encuentro! —dijo mientras me daba una palmada en el hombro con esas manazas que daban razón a su apodo— Tengo un laburito y necesito que me hagás pata.

—¡Claro! ¡No hay problema! —le dije— Si me pagás un café con leche con medias lunas, soy todo oídos.

—¡Que hijo de una gran…! —me respondió sin terminar la frase— Dale, vamos. ¡Gallego! ¡Dos cafés con leche con medias lunas! —Gritó desde la puerta mientras nos acomodábamos en la mesa del rincón.


El trabajo era sencillo. Teníamos que “convencer” a un fulano que dejara de ver a la mujer de un importante abogado del barrio. Salió todo redondito. Esperamos al tipo a media cuadra de su casa, y lo interceptamos antes que entrara al zaguán. Intentó hacerse el héroe pero Tenaza le apretó la cara con su mano derecha mientras yo le “masajeaba” los riñones y el hígado. No tardó mucho más en convencerse que esa señora no le convenía. Cobramos buena plata, pero lo más importante es que ese “favor” nos dio cartel. 


Comenzaron a buscarnos para otros trabajitos. Así, le cobramos una deuda que tenía con un prestamista del barrio uno que se las daba de pesado. Atendimos una barrita que había abusado de la hermana del farmacéutico y otros asuntos por el estilo. Pero la fama trascendió el barrio. Nos llamó una vez un contador con oficina en el microcentro para pedirnos que “conversáramos” con el entrenador de un equipo de fútbol barrial que se negaba a poner en el equipo titular a su hijo. Quedó tan agradecido con nosotros, después de ver a su hijo jugando en primera, que me aconsejó publicar en internet nuestros servicios y abrir una cuenta de e-mail.

—¡Quién te ha visto y quién te ve, Negro! —me decía Tenaza— ¡Con una noubuc y en interné! ¡Jajaja! 


Cuando llego al café Tenaza ya me está esperando.


II

Paro el auto una cuadra antes del cruce donde pensamos interceptar al blanco. Estuvimos más de dos semanas estudiando los movimientos del sujeto. Es un tipo muy metódico, repite toda su rutina casi sin cambios. Hoy jueves debería volver de jugar al golf como a las 18 horas y siempre toma esta ruta camino a su casa.

—¿Por qué querrá limpiarlo? —pregunta Tenaza.

—No es ético preguntar. Algunos cuentan los porqués como una forma de autojustificar el trabajo que nos encargan. El laburo de hoy es el primero de este tipo. Si el fulano no dijo nada… 

—Y, si ni siquiera la jeta le pudimos ver. La guita la mandó por un remís en una caja de mermeladas. Menos mal que le habíamos avisado al gallego  —dice riéndose Tenaza, como una forma de aflojarse.

—Se cuida. Las llamadas siempre fueron de celulares diferentes —agrego.

—Me parece que aquel es el auto —Tenaza se pone serio.


Nos bajamos los pasamontañas pese a que verificamos que no hay cámaras en la zona. Cuando su auto empieza a cruzar la esquina le cruzo el mío haciéndolo frenar de golpe. Tenaza se baja corriendo y lo encañona por el parabrisas mientras tironea de la puerta del conductor.

—¡Abrí la puerta! ¡Quiero ver tus manos! —le grita.

El tipo abre la puerta, temblando, con los ojos y la boca desmesuradamente abiertos.

—¡Tranquilos! ¡Llévense el auto! —dice torpemente— Sólo déjenme bajar al nene.

—¡Papi! ¡Papi! —la vocecita viene del asiento de atrás.

Tenaza lo agarra de la camisa y lo pone contra el suelo, boca abajo. El tipo llora. El nene sigue gritando.

—¡Papi! ¡Papi!

Nos miramos incrédulos. ¡Esto no puede estar pasando!

—¡Vamo´ Negro! A un pibe no, ¿eh? —me susurra Tenaza.

—Esperá —le digo— Dejame pensar. Si no cumplimos estamos terminados.

—No me importa —la voz de Tenaza suena ronca— Pero con un pibe, no.

Me agacho y lo agarro al tipo de los pelos.

—Decime. ¿Qué tiene tu socio contra vos?

—¿Él los manda? ¿Qué hijo de puta! —dejó de llorar— Saqué plata de la fábrica por un apuro que tuve  y el turro me hizo cederle mi parte para no denunciarme por estafa.

—¡Ah! Estafa… ¿Y qué firmaste?

—Un contrato de sesión con firma certificada por escribano.

—Ahá. ¿Sabés donde lo guarda?

—En la caja fuerte del local con todos los papeles de la empresa. Yo ya no tengo llave.

—Tenaza, sentalo. —y dirigiéndome al tipo— Calmalo al nene.

Tenaza lo levanta y lo sienta en el suelo recostado contra el auto. Hace bajar al chico, de unos cinco años, y lo acomoda en la falda del padre. El pibe se calma.

—¡Oíme bien! —le digo— Vas a hacer exactamente lo que te diga. El día de hoy festejalo como tu cumpleaños porque naciste de nuevo. Cuando llegues a tu casa decile a tu mujer que lo llame al turro y con voz afligida le pregunte si sabe algo de vos, porque no llegaste. A ella decile que cuando pase todo le vas a explicar. A nadie más una palabra de todo esto porque me puedo arrepentir. ¿Dónde queda la fábrica?

Tomo nota de la dirección y lo dejamos ir.

—¿Qué vamos a hacer? —me pregunta Tenaza cuando nos vamos a casa.

—Nos pagaron por un muerto. Para no perder prestigio tenemos que cumplir.


III

Sentado en la mesa del fondo del café releo el WhatsApp que me escribió antes de ayer Tenaza: Ya le yevé las fotos de la fiesta al fulano le dije que nos quedamos con los negativos por seguridá (de él jajaja)


Me costó enseñarle que no se debe dejar por escrito ningún dato porque no hay red que sea segura. Pero al final aprendió. Ya tenemos el contrato de sesión. La “interné” como él dice, lo alcanzó también, pienso con una sonrisa.


Me acerco al mostrador y mientras le paso al gallego un fajito de dólares por su “servicio de recaudación”,  le pregunto si llegaron los diarios.

—Sí seor! ¡Aquí lus tienes! —me dice con esa tonada que no perdió en los 50 años que tiene en el país.

Tomo el más importante y empiezo a hojearlo. Me detengo en la página de policiales:


EXTRAÑA MUERTE DE UN INDUSTRIAL

El industrial metalúrgico Raúl Estévez fue encontrado sin vida en el depósito de la planta que poseía en la localidad de Villa Lynch. El cuerpo fue hallado por el empleado de vigilancia, en su ronda habitual, al pie de la escalera que permite ingresar desde el despacho de Gerencia, en el tercer piso, en forma directa al sector productivo. En apariencia habría rodado desde arriba y por la posición de la cabeza, podría haberse quebrado el cuello. Según fuentes cercanas a la empresa el personal ya se había retirado. Habitualmente el industrial se quedaba en la planta hasta más tarde.  Pudo saberse que antes de su ronda, el vigilador estuvo revisando el tablero eléctrico por un cortocircuito que se había producido en la instalación, lo que no permitió  registros en las cámaras de seguridad. En el despacho de Estévez la caja de seguridad se encontraba abierta con importantes sumas de dinero en pesos y moneda extranjera en su interior.

Se esperan los resultados de la autopsia para determinar fehacientemente la causa de su muerte. 


Cierro el diario. ¡No debiste amenazar con estafa!  —pienso— ¡Esa palabra me cae muy mal!

 

Osvaldo Villalba

28/11/2015


Martín, el callejero



Hay derrotas  que tienen más
dignidad que una victoria
Jorge Luis Borges


Llueve. Martín corre hasta el túnel que pasa bajo las vías del ferrocarril San Martín para refugiarse. Hace frío. Ya no se acuerda cuánto hace que está en “situación de calle”. Él prefiere llamarse callejero. Camina por el sendero peatonal hasta las escaleras en la otra punta. Se sienta en el primer escalón y se tapa con la frazada que trae en la bolsa de consorcio, su equipaje.

Tiene hambre pero llueve mucho para ir hasta la plaza donde repartirán comida en un par de horas. Mejor dormirse un rato. Cierra los ojos y se encuentra en el departamento que alquilaban con Bettina. Un pañuelito pero para ellos, un palacio. ¡Cuántos sueños!  En esa época los dos trabajaban y aunque tenían muchas dificultades, eran felices. Hasta que comenzaron las hemorragias. Primero las encías, luego la nariz. Leucemia fue el diagnóstico. La peleó durante un año pero todo fue en vano. Todavía no puede aceptar que su amor no vuelve más. Todavía sueña con encontrarla. Sabe que jamás volverá a amar a alguien de esa forma.

A partir de ahí nada tuvo importancia. Ni siquiera ese lunes que llegó a la fábrica y se encontró con un candado en los portones. Sus compañeros le contaron que los patrones se habían llevado todas las máquinas y la mercadería en el fin de semana. Buscó trabajo infructuosamente. El dueño del departamento lo esperó dos meses Finalmente tuvo que dejarlo. Vivió un tiempo en un hotelucho de Balvanera mientras le duró la plata de la venta de sus muebles. Después…la calle.

El segundo día ya aprendió las reglas. Se acercó a un grupo que paraba debajo del puente de Córdoba y Juan B. Justo. Pensaba que podrían enseñarle algunos tips de supervivencia.
—¡Lindas zapatillas! —dijo uno.
—¡La campera es para mí! —gritó otro.

Intentó resistirse pero sólo consiguió que lo golpearan y patearan como nunca le había pasado. Se fue rumiando su bronca e impotencia jurándose que nunca más se iba a dejar sorprender. El Viejo Matías, que duerme en la estación de Corrientes y Dorrego, —lo bautizó así por la canción de Víctor Heredia—, le enseñó los lugares donde reparten comida, calzado y abrigo. Es con el único que se da. Prefiere andar sólo todo el tiempo. 

De un pedazo de chapa de zinc que encontró en un volquete se armó una faca como alguna vez vio en la televisión que hacían en las cárceles. El mango con trapos y afilada en el cordón de la vereda. Alguna vez va a ir a buscarlos.

El grito lo despierta. Se para y ve a una chica que forcejea con un tipo que quiere arrancarle el bolso. Están a unos diez metros más o menos. Corre hacia ellos y grita:
—¡Soltala!
—¡No te metás puto! —le dice el tipo.

En la carrera lo lleva por delante y lo hace caer. Se abalanza sobre él mientras el tipo, en medio de insultos, saca un arma y dispara dos veces. Siente que algo le quema en el estómago. Con el impulso cae sobre él y le clava la faca en el cuello.

Se tiende boca arriba. Le cuesta respirar. La chica se comunica con el 911. El tipo ya no se mueve. Ella se acerca a Martín.
—¡Gracias! —le dice— ¡Aguantá, ya viene la ambulancia!

Con una mueca de asombro la mirada de Martín se pierde en el techo del túnel. Su cuerpo se estremece como en una convulsión, la sangre sale a borbotones por el costado de su boca mientras en un hilo de voz exclama:
—¡Bettina, mi amor!

Osvaldo Villalba
19/08/2018



Cuarenta


Las verdaderas historias
 de amor nunca tienen final.
Richard Bach

¿Cuántas cosas pueden vivirse en cuarenta años? Sería imposible enumerarlas en un texto corto. A los 74, los últimos 40 son más de la mitad de mi vida. Y en tu caso es mucho más.

Claro que cuando comenzamos esta aventura ni pensábamos en todo este recorrido. Ni siquiera podíamos prever qué pasaría unos meses después. Y a diferencia de lo que expresa Manrique en uno de sus poemas: “Como a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”, para nosotros es ahora. Los hijos ya adultos, menos presiones y obligaciones, pero sobre todo porque desde el principio hasta hoy, compartimos juntos este camino.

Por supuesto que hemos vivido muchos momentos felices. Nuestro primer departamento. El nacimiento de nuestra hija. Para vos el estreno de mamá. Para mí, que tengo tres hijos varones de mi primer matrimonio, mi primera nena. Después llegó el varón. Me acompañaste cuando tuve mis primeros nietos. La mayor ya una joven, otro adolescente. El nacimiento de nuestra nieta, que te estrenó como abuela.  Verlos crecer a todos.

También hubo tiempos de dolor y angustia. La pérdida de tu sobrina justo antes de nacer y la partida de mi nieto con tan sólo seis meses.

Tampoco pudimos soslayar las cíclicas crisis económicas que sacuden a nuestro país. Sufrimos la 1050, un sistema de crédito hipotecario muy similar a los actuales UVA. Ser despedido de una empresa con diez años de antigüedad en el mes de noviembre y no conseguir trabajo hasta el mes de abril del año siguiente. Todo lo transitamos juntos. Con desavenencias muchas veces, con acuerdos otras, pero apoyándonos mutuamente cuando nos sentíamos aflojar.

El lunes pasado, en la cena familiar, nuestro hijo menor (35) le preguntó a nuestra nieta cuántos años iba a cumplir. “Once” respondió ella. “Bueno”, le dijo él, “cuando se juegue el próximo mundial, que va a ser en noviembre, vas a tener 15 años. Ahí vas a comprobar que la vida transcurre entre mundiales, cada cuatro años.” Nos reímos en ese momento pero cuando estoy escribiendo esto, recuerdo que nuestra historia comenzó cuando se apagaban los ecos del Mundial 78. Y aquí estamos, once mundiales después, con la seguridad que si tuviéramos que volver a vivir todo esto, lo haríamos otra vez.

¡Feliz Aniversario Susa! ¡Por otros cuarenta!

Osvaldo Villalba
22/07/1978 – 22/07/2018




La luna de mi ventana


Coge un cántaro de vino,
 siéntate a la luz de la luna
 y bebe pensando en que
 mañana quizás la luna
 te busque en vano
Omar Khayyan

Termina el partido y voy a enjuagar mi copa en la pileta de la cocina. En el momento de abrir el grifo levanto la vista y allí está. Enorme, redonda, amarilla. Ella. La luna.



—¿Viste la luna? —le grito a Susana. Cuando veo fútbol ella se exilia en el dormitorio y le da un poco de uso a nuestro viejo televisor con treinta y tantos años cumplidos.
—No, de acá no se ve. Ahora voy —responde.
Nos quedamos un rato contemplándola. Tiene una fascinación difícil de explicar. Me gusta el sol y celebro los días soleados. Pero también me gusta caminar bajo la llovizna. Pero mirar la luna no se compara con nada.
—Lástima el mamotreto que construyeron y nunca terminaron. Si por lo menos sirviera de vivienda —me dice.
—Es cierto. Antes la veíamos apenas asomaba. Ahora hay que esperar que pase la torre. Igual me sigue gustando.

De chico, cuando visitaba a mis primas en Quilmes, las mayores nos decían a los más chicos que la luna era de queso. ¿Tendrá alguna influencia mi admiración por ella en mi predilección por todos los tipos de quesos?

Recuerdo como me devoré la novela de Julio Verne De la tierra a la luna cuando los rusos no habían comenzado a lanzar los Sputnik. Muchos años después, el 20 de julio de 1969, pude ver en un televisor blanco y negro la transmisión desde Estados Unidos del alunizaje de la Apolo XI. Siempre me quedó la duda si fue verídica esa epopeya.


¡Cuántas noches en la playa de Villa Gesell esperando que salga sobre el mar! ¡La emoción que nos embargaba a los locos que esperábamos cuando aparecía en el horizonte!



—¿Te conté alguna vez cómo la luna me salvó la vida? —le pregunto a Susana.
—¡No! Después de casi 40 años juntos… ¿todavía guardás algún secreto? —responde riéndose.
—Es que es una historia tan fantástica que nunca me animé a contársela a nadie.
—¡Y bueno! ¡Siempre hay una primera vez! Prometo no divulgarlo.
—Está bien. Ocurrió cuando yo tenía 14 años. Me habían invitado a un cumpleaños de 15. La fiesta se celebraba en un club de Vicente López que tenía varios salones, parque y salida al Río de la Plata.
Era la época del rock and roll y todos mis amigos eran eximios bailarines. Yo en cambio, tenía la plasticidad de un playmobil. Por eso ellos acaparaban a todas las chicas. A mí me quedaba conformarme con los sandwichs o las masas. Además nunca fui muy agraciado así que cuando llegaba el momento de los lentos, si quería bailar tenía que buscar alguna tía solterona.
Pero esa noche ocurrió algo sorprendente. Una piba que no era conocida por nosotros me vino a buscar y me sacó a bailar el rock. “Yo te enseño” me dijo ante mi resistencia. Era tan hermosa, con su pelo castaño, largo, cayendo sobre sus hombros descubiertos, un vestido con flores estampadas y enaguas almidonadas en forma de miriñaque marcando su cintura, que no me importó hacer el ridículo y accedí. Pensé que bailaría una o dos piezas conmigo y después a otra cosa. Para mi sorpresa no me dejó. Parábamos para tomar algo y me llevaba otra vez a bailar. No podía creerlo. Mis amigos me hacía caras y señas alentándome. Cuando llegaron los lentos se abrazó a mí y pegó su mejilla a la mía. Bailamos un montón de piezas y en un momento dijo susurrándome al oído: “Tengo calor. ¿Vamos un rato afuera?” No dudé un minuto. En cuanto estemos en el parque la beso, pensé. Salimos tomados de la mano. Caminamos alejándonos del salón hacia un grupo de álamos sobre el borde de la playa. El cielo estaba encapotado y la oscuridad era total. Llegamos a los árboles, apoyé mi espalda en un tronco y tomándola de los hombros la atraje hacia mi. Se dejó abrazar y pasó sus brazos alrededor de mi cuello. Nos quedamos unos instantes apretados, en silencio y en el momento que tomo su rostro entre mis manos para buscar su boca, las nubes se corren, aparece la luna y… ¡en su boca abierta cuatro colmillos enormes brillaron como cuchillos! No paré de correr hasta llegar a la avenida.

—¡Ah! ¡Qué loco sos! —me dice riendo Susana—. Por un momento pensé que hablabas en serio.
—¿No me creés?
—Claro que no, a esta altura ya sé que sos un cuentero incorregible. Eso sí, lo bueno de la historia es que no tenías secretos.
—¡Cría fama…! Mejor me tomo otra copa de vino en honor de Omar.

Osvaldo Villalba
10/06/2018

Una cena especial




Ni aún permaneciendo sentado
junto al fuego de su hogar,
puede el hombre escapar
a la sentencia de su destino.
Esquilo

Su llamada señor. Por línea dos.
La voz de la secretaria en el intercomunicador lo saca de sus cavilaciones. Hace rato que debió tomar esta decisión. La situación no daba para más. ¿Por qué dejó que avanzara tanto? ¿Se estaría ablandando? Descuelga el auricular y aprieta el dos.
—Hola Chino. ¿Cómo estas?... Me alegro… Tengo algo para vos… Esta noche… ¡No! ¡Tiene que ser hoy!... ¿Por qué? ¡Porque yo lo digo! ¡Porque soy el que paga! ¡Porque se me cantan las pelotas! ¿Por qué tengo que darte explicaciones?... ¡No, no me enojo! Sólo soy sanguíneo… Está bien. Ya sé que nunca me fallaste. Por eso cuando necesito algo especial busco quien te reemplace en tu laburo y te llamo a vos… Sí, entiendo. “conocer algunos detalles me dan más panorama” —lo dice en tono burlón—. ¡Andá!... Bueno, tranquilo, te doy la derecha. Tiene que ser hoy porque mañana va a una entrevista con el periodista que vos sabés… ¡Ah! ¿Ahora entendés? ¡Que cabezón! ¡Si sabés que no es por capricho!... Dale. Lo cité en Gambrinus… Sí, la de Federico Lacroze… ¡No! Yo no voy a ir. Tengo entradas para el Colón. Una ópera que me encanta. Todos lo saben —esto último lo dice remarcando las palabras—… ¡No! La mesa está reservada a nombre de él. Sobre la ventana que da a Rosetti… ¿Aumento? ¡No me jodás! ¡Con lo que te pago los adicionales no me vas a decir que te afecta la inflación!... ¡Uh! No me llorés que se me moja el teléfono… ¡Bué! Diez por ciento más… ¡Eh, que apuro!... ¡Ah! ¿Te vas de vacaciones? Dale. Esta misma noche te mando el sobre con una moto.


El Chino estaciona su auto sobre Rosetti apenas cruzando Lacroze. Retrocede hasta la avenida y en la esquina dobla a la izquierda, caminando sobre los escombros de un sector vallado por obras. Por esa razón no hay automóviles estacionados. Se detiene al llegar al restaurante y enciende un cigarrillo. Mientras cubre con sus dos manos la llama del encendedor observa que nadie camina por la vereda. En la primera ventana está el tipo cuya foto verificó en un WhatsApp antes de salir de su casa. Después de una pitada profunda, saca su Glock de la cintura, apunta y dispara tres veces. En medio de la confusión y el ruido de cristales corre hacia la esquina, entra al auto y parte raudamente.


Gladys termina de secar la vajilla y la guarda en la alacena. Hoy es menos que de costumbre. Sólo ella y la nena ya que ni Marcelo, su marido, ni su hijo Facundo cenaron en casa. Facu se fue directo de la escuela a casa de un compañero y Marcelo salió con el jefe. Lo había escuchado hablar por teléfono en el baño mientras se duchaba cuando volvió de correr. Cuando salió le dijo que el Tano lo había citado esta noche para una cena de trabajo. “¿Nunca labura en horarios normales?”, le había preguntado. “Nada es normal en el Tano” fue su respuesta.  “¿Por dónde es?” le preguntó cuando salía. “Por Chacarita”.
Pasa el trapo rejilla por la mesada y observa complacida como brilla. Va al living y enciende el televisor. Se sirve una copita de licor de chocolate y se estira en el sofá mientras el control remoto no descansa del zapping. En todos los programas de noticias hay discusiones políticas. Escucha un rato, cambia, vuelve. En uno de esos cambios aparece una placa roja con letras enormes que dice. ATENCIÓN y la música que anuncia una primicia. Se queda esperando mientras la placa se repite una y otra vez hasta que la voz en off del locutor dice: “Tiroteo en Chacarita. Ampliaremos”. “¿A Chacarita no fue Marcelo?”, piensa. Una leve inquietud hace que se quede mirando la programación del canal que vuelve a su formato habitual. Luego de unos minutos el locutor del noticiero le da el pase a un móvil. El notero transmite pegado a una cinta de seguridad amarilla con la que la Policía de la Ciudad cercó la zona.
“Estamos frente al legendario restaurante Gambrinus —comienza el cronista— donde un hombre que se encontraba en una mesa fue acribillado desde la calle. Recibió tres impactos de bala, según los trascendidos. La vidriera, como se ve, está tapada por un mantel, —la cámara muestra la entrada del local y la ventana de la izquierda cubierta por un mantel blanco—. La Policía Científica está trabajando dentro. No se conoce todavía la identidad de la víctima.

Gladys está petrificada. “Marcelo iba a un restaurante por ahí” —piensa—. “¿Estará bien?” Busca su teléfono y marca. Tiembla y la angustia le nubla la vista. “El celular que intenta llamar está apagado o fuera del área de servicios”, dice la voz impersonal de la operadora virtual. Intenta nuevamente y se repite el mensaje. La televisión sigue repitiendo las mismas imágenes pero sin datos nuevos. No sabe qué hacer. ¿Le cuenta a Lisa que está en su cuarto? Mejor no. Le va a decir que no sea tan patética. Pero ¿cómo poder evitarlo? Siempre piensa lo peor. Se hunde en el sillón, mira la tele sin ver y llora en silencio.

Lisa baja a servirse un vaso de coca y cuando regresa de la cocina al living la ve llorosa.
—¡Mamá! ¿Qué te pasa?
—Hubo un tiroteo en el barrio donde lo citó el jefe a papá.
—¿Dijeron algo en el noticiero? —pregunta Lisa mirando el aparato.
—No. Pasan siempre las mismas noticias.
—¿Lo llamaste?
—Tiene el celular apagado.
—Bueno mamá. A lo mejor fue a otro lado. O por la conmoción no hay señal en la zona.
—¡Algo le pasó! ¡Algo le pasó!
—Tranquila mamá. Tomá un poco —le alcanza el vaso. Piensa que siempre es tan negativa pero prefiere no decírselo. Se sienta a su lado y la abraza.

Un rato después, Gladys un poco más calmada, sigue haciendo zapping pero en ningún canal dicen nada más.
—¿Querés un té? —pregunta Lisa en el momento que se escucha ruido de llaves en la puerta de entrada.
—¿Facu? —Hay ansiedad en la voz de Gladys.
—No, Marcelo.
La respuesta hace que la mujer salte del sillón y corra hacia la entrada.  Marcelo apenas termina de cerrar la puerta cuando ella se abraza a su cuello.
—¿Estás bien? —los sollozos le entrecortan la voz.
—¡Claro mujer! ¿Por qué no iba a estarlo?
—¡Papá! Mamá estaba preocupada por lo que pasó en el lugar al que fuiste —le recrimina Lisa.
—¡Ah, eso! ¡Sí! Era un lío. No pudimos llegar. Estaba lleno de patrulleros.
—¿Y por qué no contestabas el teléfono? —el tono de Lisa es de reproche.
—¡Uyy! ¡Claro! —responde Marcelo mientras separa a Gladys y saca un celular desarmado del bolsillo de su campera—. Se me bloqueó cuando subí al auto, le saqué la batería y después me olvidé de armarlo. ¿Quedó algo para comer? Porque al final no cené.
—Lisa, calentale a papá las milanesas.

Marcelo vuelve del dormitorio con ropa más cómoda. Gladys pone la mesa. Mientras espera la comida se sirve una copa de vino. Ella lo mira como si no creyera que está ahí. Cuando él lo advierte, sonríe y le acaricia la mejilla.
—¡Qué susto me diste! —dice la mujer.
—Bueno, ya está. Para compensarte ¿qué tal si nos vamos unos días a Mar del Plata?
La sorpresa la deja sin respuesta. Suena el portero eléctrico.
 —¡Papá! Traen un sobre para vos —grita Lisa desde la cocina.
—¿Podés bajar vos Lisa? —pregunta el hombre.
—Ahora voy —la voz suena desganada.

Unos minutos después vuelve la joven y mientras le entrega el sobre le pregunta:
¡Papá! ¿A vos te dicen el Chino?

Osvaldo Villalba
31/05/2018










En la ruta


Caminante no hay camino
se hace camino al andar
Antonio Machado


El sol se pone lentamente al otro lado de la ruta. Hace varias horas que camina a un costado. El calor empieza a ceder y un viento fresco le trae un poco de alivio. La sed es lo que más le molesta. Siente la boca pastosa.
A la vera de la ruta los yuyos están amarillos y las zanjas secas. Los camiones pasan a gran velocidad y lo sacuden en medio de una nube de polvo.
No tiene idea hacia dónde va. Tampoco sabe si le interesa. Camina hacia el lado donde vio alejarse a Claudia. Cada vez que ve venir un auto de frente por la mano contraria le parece que vuelve a buscarlo. Pero como una ilusión óptica se desvanece su esperanza cuando siguen de largo.
Sube al asfalto para cruzar un puente sobre el cauce de un río que ya no está y el bocinazo de un camión lo hace correr. En su carrera una bandada de saltamontes levanta vuelo y cruza la ruta sin conciencia del peligro.
El camión sale de la ruta y se detiene sobre la banquina unos metros más adelante. El chofer baja y se queda mirándolo. Él se detiene y también lo observa.  Ve cómo hace gestos con sus brazos animándolo a acercarse. Camina lentamente, desconfiado. Llega hasta la cola del camión y el hombre comienza a acercarse.
—¿Qué hacés por acá sólo? ¿Te perdiste? —le dice cuando lo alcanza mientras le acaricia la cabeza.
—Vení. Hace calor —dice el hombre al tiempo que vuelve hacia la cabina. Pegado atrás sobre el acoplado hay un tanque pequeño. El camionero abre una canilla. Cae un hilo de agua.
Eso le quita las dudas, corre hacia el tanque y bebe. Cuando termina el chofer cierra la canilla y abre la puerta del camión.
—¿Vamos? ¿Te llevo? —le dice.
Sube de un salto y se sienta en el lugar del acompañante. El camionero sonríe y enciende el motor.
—A media hora hay un parador. Ahí compraremos algo para comer. ¿Dale?
Por primera vez, con la garganta más recompuesta, le contesta.
—¡Guau, guau!

Osvaldo Villalba
30/04/18

Topadora


Un hombre no es otra cosa
que lo que hace de sí mismo.
Jean Paul Sartre

Amanece. Los primeros rayos de luz se cuelan por los costados de la cortina de black out. Te das cuenta que deberían haberla colocado más pegada a la ventana para que eso no pase. Nunca lo habías notado porque siempre te despertás más tarde. Hoy es distinto,  no pudiste pegar un ojo en toda la noche. Es el día D. Lograste diferirlo un par de veces. Hubieras hecho lo imposible por evitarlo. ¡Mirá que tuviste días jodidos! ¿eh? Creciste en un barrio donde el respeto se ganaba a las piñas. Desde pibe estuviste entre los más duros. Ya joven, aguantando los trapos en plena Isla Maciel, y en la tribuna de San Telmo, te ganaste el apodo. Topadora te dicen desde entonces, porque te llevás todo por delante. Nunca corriste: ni ante otras barras ni por la policía. Ni siquiera aflojaste cuando te tocó perder, como el día que aquel cafishio te metió dos balas; o cuando te cortaron la cara en un baile. Sin embargo, hoy, pisando los cincuenta, con una posición un poco más acomodada, íntimamente, reconocés que estás asustado. Nadie podría imaginarlo y tampoco vas a permitir que se den cuenta.

Decidís levantarte para enfrentar el día. Al fin y al cabo, lo que no podés evitar es mejor que pase rápido. Antes de darte una ducha, un trago de ginebra para ir entonando. Después dejás correr el agua tibia por tu cuerpo. Es una sensación tranquilizadora. Igual no logra sacarte el nudo en el estómago. Frente al espejo, te afeitás con prolijidad; recortás un poco el espeso bigote, que le da a tu cara un aspecto fiero. Mientras te peinás ves como el pelo se blanquea cada vez más ralo. Te abotonás la camisa blanca y pensás: ¡Puta madre! ¡Los años no vienen solos! Habías pensado ponerte la camisa negra con el saco blanco, pero te acordás que la última vez que lo usaste te había costado un montón sacarle las manchas de sangre. Claro que al gil que te gritó “heladero” le debe haber costado más arreglarse la nariz. Igual, por las dudas, mejor un saco oscuro, no sea cosa que esta vez se manche con tu propia sangre.

Salís a la calle dispuesto a tomar un taxi. Por lo que pudiera pasar, decidís no manejar. La mañana está fresca pero soleada. Faltan treinta minutos para la hora señalada. Vas a llegar a tiempo. Instintivamente tanteás tu cintura. El revólver lo dejaste en el cajón. Tampoco llevás el cuchillo en la pierna. Hoy el enfrentamiento es cara a cara y con las armas del adversario.

A pesar del caos que es el tránsito en Buenos Aires, llegás a horario. Parado frente a la puerta de la casa, respirás hondo y tocás el timbre. Atiende él. Te mira a los ojos. Esboza una sonrisa.
—¡Topadora! Pensé que otra vez me ibas a plantar —te dice.
—Tuve algunos inconvenientes…pero aquí estoy —respondés aparentando tranquilidad.
—Está bien, pasá. Sentate ahí —-te-señala un sillón—. Enseguida estoy con vos.
Te estirás a lo largo en el lugar indicado. Una luz potente te obliga a mover la cabeza hacia un costado. Sobre la pared, en un cuadro alcanzás a leer:

“Universidad de Buenos Aires, Facultad de Odontología…”

Osvaldo Villalba
09/12/2016



Este cuento obtuvo 3ra. Mención Especial en el Premio de Literatura 2018 de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), filial 3 de Febrero.