Prejuicio

“Nada nos engaña tanto
 como nuestro propio juicio”
Leonardo da Vinci


La chica salió de la boca del subte y en la primera esquina, la calle de su casa, dobló caminando rápido. A escasos diez metros un hombre dobló en la misma dirección. Ella presintió que la seguían e intentó apurar el paso. Él se puso la capucha del buzo y corrió.


Mientras bajaba en el ascensor se miró en el espejo y sonrió. “Nunca imaginaste que ibas a hacer esto”, pensó. Ya en la calle se dirigió hacia la  avenida, a dos cuadras de su casa. En la esquina, la barra de pibes que limpian parabrisas, charlaban esperando que corte el semáforo. Debía ser una de las pocas veces que pasaba caminando por allí. Siempre le había molestado el aluvión que se venía cada vez que la luz roja detenía su auto.
—¿Le limpio maestro? —Ante la negativa, hacían un círculo entre el índice y el pulgar— ¿Una moneda?
Muy rara vez accedía, solamente si había llovido y su parabrisas estaba muy sucio de gotas y salpicaduras de otros autos. Pero en general su gesto era negativo ante las dos preguntas.
Cruzó la avenida y entró en la pizzería. Hizo el encargo. Fue a la caja y pagó con tarjeta las pizzas y las empanadas. El empleado del mostrador recibió con una sonrisa el billete de propina.  De regreso a su casa entró en el supermercado chino, el único que podía encontrar abierto a esa hora de la noche, y se llevó cuatro cervezas en envases no retornables.
Llegó hasta la esquina justo cuando el semáforo había detenido a los autos. Dos de los muchachos estaban limpiando y el tercero se había quedado parado al lado de los baldes. Se acercó a él y lo abordó:
—Buenas noches ¿Quién es Dante?
—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.


—¿Cómo se llama? —le había preguntado hace una hora a su hija.
—Creo que Dante —respondió ella todavía con la respiración entrecortada.
Estaba sufriendo frente al televisor, como todos los hinchas de Independiente, porque el empate se les negaba y el tiempo se iba acabando, cuando escuchó los gritos de su mujer en la cocina.
—¿Qué te pasó? ¡Mi amor! ¿Qué te hicieron?
—¡Me asaltaron! —escuchó la voz de su hija quebrada por el llanto.
Corrió y vio cómo su mujer ayudaba a la chica a sentarse en una silla. Preguntó que había pasado pero ambas lloraban y no podían explicar. Revisó la cabeza de su hija. Tenía un chichón morado sobre el lado derecho de la frente cerca de la sien sobre el que apoyaba un repasador con trozos de hielo.
—Bueno, tranquila, es un golpe fuerte pero con lo cabeza dura que sos… —le dijo para aflojar un poco la tensión.
Sin dejar de llorar, la joven sonrió.
—No perdés oportunidad papá ¿eh? ¿A quién salí?
—¿Qué te robaron? ¿Cómo fue?
—Salí del subte y venía para acá.  Me pareció que alguien me seguía y cuando me quise apurar sentí que me tironeaban de la mochila y me empujaron. Sentí como un estallido y cuando abrí los ojos estaba sentada contra la pared y los pibes de la esquina me estaban atendiendo. Uno me dio este repasador con hielo que fue a buscar a la heladería. Me preguntaban si estaba bien. Si me podía parar. Lo habían corrido al tipo y recuperaron mi mochila. Después otro de ellos me acompañó hasta la puerta.
—¿Cómo se llama? —preguntó él.
—Creo que Dante —respondió.


—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.
—Digamos que un padre agradecido.
—¡Ah! ¿Por la piba? Yo soy Dante. No hay nada que agradecer. A la piba la vemos pasar todos los días.
—Gracias por recuperar la mochila de mi hija.
—¡Ja! ¡Para el flaco Ráfaga fue sencillo! Cuando le gritamos el chabón quiso salir corriendo pero Ráfaga es Usaín Bolt. No se le podía escapar. Posta que con la murra que le dio no le quedan más ganas de afanar por acá.
—Les compré unas pizzas y empanadas y traje unas cervezas.
—¡Eh, joya! ¡Ráfaga, Corcho, paren que pintó pizza y birra!

Osvaldo Villalba
10/09/2017









El jefe



La vida te da sorpresas,
sorpresas te da la vida.
Rubén Blades

El auto estaciona junto al cordón de la vereda, frente a mí. Los vidrios polarizados no dejan ver los ocupantes. Se abre la puerta trasera, Moncho baja y me hace una seña con la cabeza para que entre. Adentro hay otro grandote, cruzado de brazos, además del chofer. Quedo en medio de los dos en el asiento de atrás y el auto arranca. El tipo de mi izquierda me alcanza una capucha.
−¿Es necesario? –le pregunto.
−Es imprescindible –responde.

Empiezo a arrepentirme de lo que estoy haciendo. ¿Quién me manda meterme en lo que no me importa? ¡No aprendo más! Aunque tampoco podía ignorar lo que pasó antes de ayer. Mientras el auto avanza rápidamente, vaya a saber por dónde, vuelve a mi mente el momento en que salí del ascensor y vi la puerta abierta del departamento de mi vecina, Doña Isabel, con quien no tengo mucho trato, más que los saludos y alguno que otro favor de vecino, como guardarle un par de recipientes en mi freezer, –que siempre está vacío−, porque el suyo se había dañado.  Me acerqué y la llamé sin obtener respuesta. Abrí un poco más la puerta comprobando que estaba todo revuelto, con cajones dados vuelta en el suelo, los armarios abiertos, lo mismo que la alacena de la cocina que se veía a través de la abertura. También la heladera estaba abierta y todo su contenido diseminado por el suelo. La llamé otra vez, antes de pasar al dormitorio y nada. Entré despacio, con temor de lo que podía encontrar, pero sólo había desorden, los cajones de la cómoda vaciados sobre la cama y la ropa de los placares desparramada. Salí y llamé al portero. No había escuchado nada. Llamamos al 911 y en un rato estaba el patrullero de la comisaría de la zona. No había rastros de la anciana. Sacaron algunas fotos, nos tomaron declaración de lo poco que podíamos aportar y pusieron una franja sobre la puerta, dejando un agente de consigna. 

El auto se detiene y me bajan sin sacarme la capucha. Me guían para subir un par de escalones en lo que debe ser la entrada a una casa. Escucho una puerta que se abre y, al entrar, el piso cruje como pinotea. Me hacen sentar en un sillón y el grandote me dice:
−Ahora te va a recibir el jefe. No te saques la capucha hasta que te avisemos.

¡Insisto! Estoy acá por entrometido. Cuando volví a mi departamento, después que el oficial se fue, me percaté que la heladera de la mujer estaba funcionando. ¿Por qué no vino a buscar sus recipientes? Los saqué de la heladera, los abrí y cada uno tenía adentro una bolsa envasada al vacio de un polvo blanco. Abrí una punta, metí el dedo, lo puse sobre mis labios, sentí que se dormían. “¡Carajo!”, pensé en ese momento, “debía ser esto lo que buscaban.¿Qué habrá pasado con Doña Isabel?” Envolví los paquetes en papel de diario, fui al compartimiento del motor del ascensor y los escondí entre unos escombros que están ahí desde siempre.

Ayer a la noche, cuando volvía del trabajo, en la esquina, el tipo me paró y me dijo:
−El jefe te manda decir que tenés algo que es de él.
−¿Perdón? ¿De qué me hablas?
−Sabés de que te hablo Federico, no te hagás el gil.
−¡Ah! ¡Sabés mi nombre! ¿Y Vos quien sos? ¿Quién es el jefe?
−Soy Moncho y me estoy refiriendo a los paquetes de la vieja. ¡No me hagás enojar!
−No me asustés que me voy a hacer pis. Laburé en un frigorífico. He manejado tipos más pesados que vos. Primero decime qué hicieron con ella.
−¡Ah, bueno! Ahora soy yo el que tiembla. Ella está bien, el jefe la cuida. Dame los paquetes.
−A vos no te voy a dar nada. Y no vayas a revolverme el departamento. No pensarás que están ahí.
−Tranquilo, no fuimos nosotros los que volteamos el departamento de Isabel. Ahora que nos estamos entendiendo ¿Cuál es tu propuesta?
−Quiero comprobar que ella está bien y sólo arreglo con tu jefe.
−Está bien, dame un minuto.

Se alejó un momento y habló por teléfono.
−Está bien. Mañana a la noche esperanos en la esquina que te venimos a buscar.

Escucho abrirse una puerta:
−Ahí está el jefe −dice Moncho mientras me saca la capucha.
−Hola Federico, gracias por preocuparte –me dice Isabel.

Osvaldo Villalba
13/09/2016

Este cuento fue publicado por Editorial Dunken en la Antología Escritores en Oficio, como cierre de una clínica de creatividad literaria.

Lluvia


Llegará un día que nuestros recuerdos
 serán nuestra riqueza.

¡Cómo disfrutaba la lluvia! El repiqueteo de las gotas en mi ventana o el ruido en el toldo del departamento de abajo eran una música increíble. Hasta aquel sábado... Sábado sin programa, recostado en mi sofá, vaso de whisky, escuchando a Piazzolla mientras la tormenta sacudía con fuerza las copas de los árboles.

En esa época vivía en un departamento antiguo en Paternal, sobre Espinosa, casi Seguí, con un pasillo largo, cuatro departamentos en planta baja, con patio, al que confluían todos los ambientes y cuatro en planta alta, donde estaba el mío. Escalera de mármol con escalones muy gastados, ambientes amplios, altos, puertas y ventanas mitad madera y mitad vidrio, con banderola y balcón con postigos metálicos.

Los gritos de la calle me sacaron de mi trance. Me acerqué a la ventana y el panorama ante mis ojos era aterrador. La calle parecía un río que venía desde Juan B. Justo haciendo olas al rodear los árboles. Las veredas ya no se veían. La corriente había arrastrado un par de autos estacionados y los había amontonado contra el camión de mudanzas, siempre estacionado en la esquina, dejándolos atravesados en el medio la calle. Los vecinos de la vereda de enfrente sacaban agua con un secador, pero la fuerza de la corriente los vencía una y otra vez.

Llevaba cinco años viviendo allí y nunca se había inundado de esa forma. No había salido de mi asombro todavía, cuando se cortó la luz. Fui a la cocina a buscar una linterna y fue entonces cuando escuché un grito desgarrador. “¡¡Nooo!! ¿Por qué?” gritó doña Julia, la anciana del departamento de abajo. Corrí al pasillo de mi departamento y me asomé a la pared que daba a su patio. Le pregunté si estaba bien. “Se mojó, se mojó” me respondió entre sollozos. Le pedí que no se moviera y baje corriendo. En la calle el agua me llegó hasta las rodillas. El umbral de entrada era alto por lo que, tanto en el zaguán como en el pasillo, el nivel del agua era menor. Por suerte doña Julia tenía la puerta de su departamento abierta. Entré, alumbré el patio y alcancé a divisar las macetas, una mesa con sillas y el lavarropas al lado de la pileta. El agua tendría una altura de cinco centímetros porque sólo me cubría las zapatillas. La llamé y me respondió desde el dormitorio. Entré a la habitación, hice un paneo con la linterna y la vi sentada, a los pies de la cama, con algo sobre su regazo. Su rostro estaba desolado. Repetía una y otra vez “se mojó, se mojó”. La pieza tenía poca agua, y no afectaba al viejo ropero ni a la mesa de luz o la cómoda porque tenían patas. Apoyé la linterna sobre un mueble de manera que iluminara un poco, y me senté a su lado. La abracé, intenté tranquilizarla, ofreciéndole levantar las cosas para preservarlas del agua. Me miró con tristeza y repitió “se mojó, estaba bajo la cama”. Busqué la linterna, la alumbré y entendí. Sus manos temblorosas acariciaban con ternura… ¡un álbum de fotos!

Subí a los muebles más altos las cosas mojadas, levanté la heladera, que por suerte era pequeña, sobre dos bancos de madera, el lavarropas sobre dos sillas, y llevé a doña Julia a mi departamento, junto con su gato Bandido, para que descansaran en lugar seco. Cuando volvió la luz, con un secador de pelo, estuvimos varias horas secando el álbum y las fotos, que para tranquilidad de la anciana, no se habían dañado. A medida que lo hacía comprendía más y más su angustia. ¡Toda su vida, toda su historia, estaba en ese álbum! “Para ella debe ser como si se me quemara el disco rígido de la computadora”, pensé. “Y tal vez peor, porque son cosas que no se podrían replicar. ¡Mañana mismo, sin falta, hago un backup!”.

El agua bajó al día siguiente. Otras vecinas la ayudaron a limpiar su departamento. El álbum, con algunas arruguitas y ondulaciones, quedó bastante bien. Quedó tan agradecida que una vez por mes, cuando cobraba su pensión, me hacía un bizcochuelo.

Jamás se alejó de mi memoria la triste imagen de Doña Julia, abrazada a su álbum de fotos, chorreando agua. Pasaron muchos años, me mudé varias veces, me fui aviejando por afuera y sigo amontonado recuerdos por adentro, pero desde aquel sábado, nunca, pero nunca más, pude disfrutar la lluvia.





Osvaldo Villalba
09/04/2014

El arqueo



A Susana, la
mujer de mi vida.

Absorbido por los comentarios en los diarios digitales sobre las repercusiones que tuvieron las elecciones de Estados Unidos en las bolsas del mundo no me di cuenta que ya son las diecinueve y treinta y en la oficina se fueron casi todos. La única que queda es la tesorera que, por sus bufidos, parece estar en una lucha desigual, en la que pierde, con la planilla de caja.
Dejo mi lectura y me acerco.
—Te iba a preguntar si tenés diferencia, pero es una obviedad —le digo.
—Hacés bien —responde—. Sino ya no estaría aquí, ¿no?
—¡Uh! ¡No está el horno para bollos! ¿Te ayudo?
—Si no te es muy molesto.
—¿Cuanta diferencia tenés?
—Setenta y dos mil pesos.
—Si faltan te los descuento del sueldo. Si sobran los repartimos.
—¡Más generoso no podés ser! —exclama sonriendo por primera vez—. Sobran.
—Bueno, mejor la buscamos. Pero si la encuentro quiero un premio.
—Que sería...
—Un beso.
—Te estás aprovechando de tu posición.
—¡Y! Ya que la diferencia de puesto no se refleja en los sueldos...
—Ya revisé todo. No tengo muchas más alternativas.
—¡Bien! Repasemos los controles. ¿Vuelco del saldo inicial con el cierre de la caja de ayer?
—Sí.
—¿Control de la numeración de recibos de cobranza, verificando que el primero de hoy sea correlativo al último de ayer?
—También.
—Control del último número con el subdiario de cobranza.
—Sí, y verifiqué que no faltara ningún número.
—Bien. Control de las órdenes de pago, numeración inicial y final.
—Verificado. Y controlé que los totales de los subdiarios de cobranzas y pagos dieran con los subtotales de ingresos y egresos de la planilla de caja.
—¡Muy bien! ¡Esa es mi discípula! —aplaudo logrando que vuelva a sonreír—. Entonces la diferencia está en los valores. Descuento  que el efectivo lo contaste varias veces.
—¡Tres!
—De acuerdo. Alcanzame los cheques —digo extendiendo mi mano.
Empiezo a revisar los cheques con detenimiento y anoto en un papel dos casos:
Galicia N° 835 $ 208526,30
HSBC N° 322 $ 519875,00
—Bueno, yo te canto los datos de un cheque y vos me das el importe que volcaste en la planilla —le propongo.
—¡Dale! —responde más animada.
—Banco Galicia con número final ochocientos treinta y cinco.
Busca con el cursor del mouse y lee pausado.
—Doscientos ocho mil quinientos veintiséis con treinta.
—¡Bien! Ahora HSBC que termina en trescientos veintidós.
Tarda unos segundos.
—Quinientos noventa y un mil ochocientos setenta y cinco.
—¡Bingo! Es quinientos diecinueve —le digo extendiéndole el cheque.
Lo toma, lo mira incrédula varias veces comparando con la cifra cargada en la computadora y exclama:
—¡Sos un genio!
—Mi mamá siempre me lo dijo.
—¿Cómo lo hiciste?
—Si la suma de los dígitos de una diferencia da nueve, la probabilidad de que sea una inversión es muy alta. En este caso setenta y dos tiene dos posibilidades: un ochenta por cero ocho o noventa y uno por diecinueve. Ahora mi premio...
Se acerca, rodea mi cuello con sus brazos y nos besamos largamente.
Luego, sin dejar de abrazarme, me mira a los ojos y dice:
—Me preocupa coincidir con tu mamá.
Suelto la carcajada y la aprieto fuerte contra mi.
—Tranquila, es en lo único. Ahora, si no fueses mi esposa, ¿me denunciarías por acoso laboral?

Osvaldo Villalba

28/01/2017

Tristeza



La justicia es el medio 
por el que las injusticias 
establecidas son sancionadas.
Anatole France.
I

—¿Cómo que murió? —Pablo no da crédito a las palabras de la encargada del geriátrico.
—Estaba muy deprimido y no quería comer. —responde la mujer—. Siempre es difícil aceptar la muerte. Mirá que acá es frecuente pero aún así no puedo acostumbrarme. 
—¿Cuándo fue? — pregunta Pablo.
—Hace diez días.
—¿Quién se hizo cargo? 
—El sobrino que pagaba la cuota. No quiso llevarse sus cosas. Nos dijo que regaláramos lo que sirviera y el resto a la basura. 
—Se ve que mucho no le importaba —dice Pablo.
—En realidad…¡nada! Mientras vivía no vino nunca. Vos sos el único que lo visitaba. ¡Ah, a propósito! Revisando sus cosas encontramos algo que, suponemos, es para vos.
 La mujer le alcanza una carpeta con una nota abrochada en la que se puede leer, con letra temblorosa, “Para entregar a Pablo”.

II

Raúl saluda a los tres hombres con un fuerte apretón de manos y los acompaña hasta la puerta de su oficina.
Cuando se queda sólo, da rienda suelta a su euforia. Acaba de cerrar el negocio de su vida. Son directivos de un importante country de zona sur y aceptaron su propuesta para prestar el servicio de vigilancia en el predio. Es el contrato más importante que consiguió su empresa de seguridad en sus diez años de actividad.
Se sirve un vaso de whisky y enciende un cigarro Cohiba. Mientras suelta despacio las bocanadas de humo,  piensa que al final, le ganó al destino. Quince años atrás, cuando su jefe le sugirió que pidiera la baja poniendo fin a su carrera en la Fuerza, sintió que todo se derrumbaba. No tuvo alternativa. Llevaba poco tiempo de casado, con un hijo de tres años, y debía pensar en su familia. Un comisario retirado lo llevó a trabajar a su empresa y lo puso a cargo de la seguridad de una fábrica textil. Cinco años trabajó con él, hasta que aprendió el funcionamiento y decidió crear su propia empresa. No le fue mal todo este tiempo y, a partir de ahora, el futuro se presenta promisorio. Puede enterrar definitivamente su pasado y olvidar sus miedos y angustias.

Llama a su secretaria y le entrega todos los datos para que prepare la documentación.

III

Pablo sube al colectivo y elige el asiento del fondo. Le parece mentira que ya no verá más a Simón. Cierra los ojos y vuelve a la tarde en que lo conoció. Fue al geriátrico con un grupo de jóvenes de una iglesia, en la semana de Navidad, invitado por una chica que a él le gustaba mucho. Católico por tradición, no practicante, aceptó para acercarse a ella. Cuando llegaron, la encargada los hizo pasar al comedor, donde tenía reunidos a los abuelos, y les cantaron unos villancicos. Pablo los observaba sin participar, —ni sabía las canciones—, pero le llamó la atención un hombre que se mantenía alejado del grupo. Cuando los visitantes entregaron a cada uno un regalito, tomó un paquete y se acercó al hombre.
—¿Por qué se mantuvo tan alejado? —le preguntó— ¿No le gustaron las canciones?
—Porque soy judío y ellos hablan de Jesús —respondió—. ¿Y vos por qué no cantabas?
Pablo vuelve a sonreír, como en aquel entonces, al recordar el diálogo.
—Porque no me sé las letras —le dijo—. Además Jesús también era judío. Me llamo Pablo.
—¡Pablo! ¡Hermoso nombre! Yo soy Simón, Simón Roitman
Ambos se rieron y siguieron conversando hasta la hora de irse. Cuando se despedían Pablo le dijo:
—¡Chau Simón! Otro día la seguimos.
—Cuando quieras. Aquí me vas a encontrar siempre.

Pablo abre los ojos y comienza a hojear la carpeta. Los jóvenes de la iglesia no volvieron más al lugar, y la chica nunca le dio bolilla. Pero él siguió visitando a Simón. Había algo que los conectaba. Pasaban horas charlando de mil temas, mientras jugaban al ajedrez o a las cartas. Sólo una vez se puso muy serio cuando le comentó que su apellido era Miguens y que su segundo nombre era Raúl, como su papá, pero en seguida se le pasó.
Nunca hablaba de su historia. Las veces que Pablo le preguntó sobre su vida, sobre su familia, siempre eludía la respuesta. Y aunque se reían mucho, en sus ojos había una tristeza que no lograba descifrar. 
Se pregunta por qué no se dio cuenta que estaba tan bajoneado. Ahora ya está. De nada sirve enrollarse con eso. Es fácil sacar conclusiones con el diario del lunes.
Cierra la carpeta, mira por la ventanilla. Ya tiene que bajarse. Siente nauseas.

IV

—¡Qué bueno que llegaste Pablo! —dice Raúl— ¡Estaba por descorchar un espumante! Decile a tu mamá que sirva la comida que tengo una noticia bomba.
—Ahora le digo —responde Pablo, mientras abre una carpeta y desparrama sobre la mesa tres recortes de diarios, amarillentos. 

En el primero puede leerse:
POLICÍA MATÓ A UN JOVEN Y DENUNCIAN 
CASO DE “GATILLO FÁCIL”
En lo que va del 2000 es el sexto caso. En esta oportunidad
la víctima es Pablo Roitman de 22 años

El segundo dice:
CASACIÓN CONFIRMA EL SOBRESEIMIENTO DEL
OFICIAL PRINCIPAL RAUL MIGUENS
El tribunal confirmó el fallo de Primera Instancia
que consideró legítima defensa


Y el último:
SIMÓN ROITMAN, PADRE DE PABLO PIDE JUSTICIA
Afirma que la víctima nunca tuvo armas y que la
mencionada en el expediente fue “plantada”.


Osvaldo Villalba
22/11/2016



El barranco



Algún día en cualquier parte,
en cualquier lugar indefectiblemente
 te encontrarás a ti mismo, y ésa,
sólo ésa, puede ser la más feliz
o la más amarga de tus horas.
 Pablo Neruda
I

El dolor lo saca del estado de semiinconsciencia. Hay yuyos muy altos alrededor; trata de recordar qué pasó. Desabrocha el cinturón de seguridad, y ve vidrios por todos lados Está en la cabina de su auto, si lograra abrir la puerta, podría…El dolor es ahora una cuchillada en su pierna izquierda. Quedó atrapada entre el asiento, fuera de su eje, la puerta y el panel de comandos, quebrado a la altura del volante.

El auto está en una pendiente. Algo impide que se desbarranque, pero  no sabe qué es. Tal vez algunas raíces o uno de esos peñascos. A través de la abertura del parabrisas destruido, ve el capó abollado y el aceite del motor marcando un camino al precipicio que no quiere transitar. Es mejor relajarse y no moverse.

Un sobresalto le paraliza el pecho cuando el auto, luego de un crujido, se mueve un poco. Lo mejor sería bajarse, separar el destino del coche y el de él. La puerta está trabada y su pierna dolorida totalmente fuera de eje; no le hace falta ser médico para saber que está fracturada ¿Qué pasó? Cierra los ojos, y a su mente viene un camino de tierra, el sol de costado sobre su ventanilla. ¿Se habrá quedado dormido? ¿No vio una curva? No puede recordar. Busca el teléfono en su campera. ¡No hay señal! Pareciera que el destino no tiene una sola buena para él. Grita con fuerza por si alguien anda por ahí, pero sólo escucha el ruido del viento y el piar de pájaros.

El celular tiene poca batería, en poco tiempo se va a apagar, pero ve en la pantalla principal el widget de un mapa. Lo abre. Tiene el recorrido entre Jesús María y Ongamira, por la ruta provincial 17. ¿Ongamira? Como relámpagos aparecen las imágenes en su mente. ¡Sí! ¡Allí iba! ¡A buscarla! ¿Cómo que no iba a volver? Si su contrato en el hotel se había terminado. Además ella sabía que él la esperaba ansioso. Seguro que el atorrante de su jefe le está haciendo la cabeza. Nunca lo tragó. Se acuerda bien como la mira. Y ahora está atrapado en este podrido auto sin saber cómo ni cuándo alguien lo encontrará. Claro que esto le pasa por atolondrado. ¿Cómo se califica a un tipo que se manda por un camino poco transitado sin avisarle a nadie que irá por ahí? Podía haberle avisado a ella que iba a buscarla, por lo menos se preocuparía cuando no llegara. Tampoco le contó al despistado de Aníbal, su compañero de  cuarto. Nadie sabe siquiera que viajó. Mucho menos a dónde. La calificación no deja lugar a dudas: ¡Es Boludo!

Los pómulos y la frente le arden. Se toca despacio y descubre en su mano trocitos de vidrios y sangre. Igual es la pierna lo que más le duele. La rodilla está muy hinchada. Debe haber algo que pueda hacer, piensa, pero no se le ocurre nada. Prueba la bocina. ¡Funciona! Tocándola en forma intermitente tal vez alguien la escuche.

Comienza a sentir hambre y sed. Muchas veces pensó que debería llevar en el auto una botella de agua a mano y algo comestible, como un alfajor o galletitas. En realidad le pasa cuando lo necesita. Entonces se promete hacerlo para volver a acordarse cuando le vuelve a pasar. ¡Como ahora! Busca en su riñonera. ¡Tiene pastillas! Algo es algo.

II

Anochece. Todo alrededor pronto se pone negro. Gira la llave del auto en contacto y prueba las luces. Mientras la batería tenga carga iluminará y tal vez alguien note la luz. ¿Se verá el auto desde el camino? ¿O quedará escondido por los yuyos? Si no se ve, nadie lo va a encontrar. Si pudiera salir buscaría maderas y haría una fogata. Tal vez así alguien la vea. ¿De qué sirve pensar en alternativas imposibles? ¿Será éste su final? Tal vez en algunos años encuentren el auto con el esqueleto adentro y se harán un montón de conjeturas. ¿Quién lo mató? ¿Ajuste de cuentas? ¿Crimen pasional? Un poco de humor negro o resignación. Comienza a tener sueño.

III

Abre los ojos. Ya amanece. Mira su reloj: las cinco y media. Los faros todavía iluminan. Corta el contacto para guardar un poco de batería. ¿La pierna le duele menos o se acostumbró al dolor? Las pastillas se acabaron. Una bandada de cotorras pasa chillando, y de pronto escucha un ruido que le suena a la mejor música: ¡ladridos! ¡perros! ¿Podrá ser que vengan acompañados de humanos? Comienza a gritar y toca bocina con el último aliento de voz y de la batería. Alguien grita: “¡Por acá! ¡Por acá!” mientras los sollozos se le amontonan en la garganta.

Osvaldo Villalba
26/11/2016


Revancha


Hasta que no hayas amado a un animal
una parte de tu alma permanecerá dormida.

Anatole France

−¿Esta es Revancha? –le pregunto, incrédulo, a la joven colaboradora que la trae caminando hacia el alambrado, conduciéndola con una soga enganchada al bozal.
−¡Sí! ¿Viste cómo cambió? –me dice la chica, con un brillo en los ojos que le ilumina todo el rostro.

Revancha, una yegua de pelaje marrón con una mancha blanca en la cabeza, vino casi pegada a la espalda de la joven, con pasos lentos pero firmes. Ya no se le notan las costillas ni los huesos de las ancas. Se queda quieta contra el alambrado, permitiéndome acariciarla. El nudo que tengo en la garganta no me deja decir nada más. No quiero que me vean llorar, pero no sé si voy a lograrlo.

¿Cuánto pasó desde aquella tarde? ¿Seis meses? ¿Siete? Tal vez ocho. Era invierno todavía, veníamos en el auto de Rolo, con Nacho, de perder por goleada, −cuatro a uno−, la semifinal del torneo interclubes, por una calle de tierra en una zona de quintas de Berazategui, cuando vimos, en la cuadra siguiente, un carro con caballo, parado casi sobre la zanja, y dos hombres agachados en el suelo en la parte de atrás. Cuando nos fuimos acercando vimos que había otro caballo acostado en el suelo, atado al carro, y que uno de los hombres trataba de hacerlo parar golpeándolo con un rebenque. Rolo paró la marcha y yo me bajé.
−¡Ey!, ¡Ey! ¡No le pegués! –le grité− ¿No hay otra forma de levantarlo?
−¿Y a vos qué carajo te importa? ¿Porqué no te metés en tus cosas? –me respondió.
−¡Porque no me gusta ver que golpeen a nadie! –volví a gritarle.
−¿Querés ver cómo te doy a vos? –dijo mientras se acercaba blandiendo el rebenque.
−¡Yo no lo intentaría! –sonó atrás mío el vozarrón de Nacho, el arquero del equipo, un metro noventa y ocho, noventa y cinco kilos.

Rolo también se había bajado. El tipo lo pensó mejor, volvió hacia el carro, desenganchó el caballo que estaba tirado y subió por atrás. El otro ya estaba en el pescante y se fueron en medio de un montón de insultos.

Nos quedamos los tres, alrededor del caballo, interrogándonos mutuamente con la mirada. Y ahora… ¿Qué hacemos? Rolo recordó que su madre conocía una institución dedicada al rescate de caballos. A lo mejor podían hacer algo por el animal.
−¡Llamala! –le dije, mientras iba al auto a buscar una botellita de agua de la heladera que traíamos en el baúl.

Mientras Rolo hablaba con su mamá, intentamos con Nacho, volcar de a chorritos en el morro al caballo para ver si tomaba. Lo acariciábamos pensando que así lo calmábamos, pero la verdad es que no teníamos la menor idea de cómo proceder.
−¡Ya está! –dijo Rolo− Mi vieja me dijo que llamemos al 911 que ella se ocupa de avisar a la institución. Le pasé las coordenadas del GPS para que tuviera idea de donde estábamos.
−¡Che! Si no vienen ¿Cómo ves el caballo en tu terraza? –me preguntó Nacho.
−¡Qué gracioso! ¡Te quiero ver a vos subiendo un fardo de pasto por la escalera quince pisos: –le respondí, y los tres nos reímos para aflojar la tensión.

Estábamos tratando de comunicarnos cuando vimos venir, desde el fondo de la calle, a unos trescientos metros, a los carreros con tres o cuatro personas más.
−¡Houston, estamos en problemas! –dijo Nacho imitando la voz de los doblajes.
−¡Y bueno! −dije− Si ya perdimos una por goleada…
−¡Llegó la caballería! –gritó Rolo en ese momento, señalando atrás, por donde habíamos venido.

La combi en que viajaba una parte del equipo rival se detuvo detrás de nuestro auto. Se bajaron dos de los pibes a preguntarnos que nos pasaba. Les contamos, advirtiéndoles que seguramente los tipos venían a recuperar el caballo. Uno de ellos volvió a la combi e hizo que bajara el resto. El número desalentó a los tipos que se quedaron a dos cuadras y no avanzaron más.

Cuarenta minutos después, llegó el equipo de la fundación, y el doctor revisó al animal, una yegua, nos dijo: "está muy débil y deshidratada". Pudimos comprobar el amor y la calidez con que le hablaba. El patrullero también había llegado y el doctor estaba comunicándose con la fiscalía, para obtener el permiso para trasladar el animal. Le preguntamos si teníamos forma de volver a verla y nos contó que periódicamente organizaban visitas a la estancia donde los caballos se recuperan en perfecta libertad, con toda la atención veterinaria que necesitan y donde nunca más serán usados para trabajo alguno. Le prometimos que estaríamos atentos a las invitaciones. Cuando nos despedíamos Rolo le dijo al doctor:
−Doctor, ¿podemos ponerle un nombre?
−¿Cómo la llamarías? –preguntó el doctor.
−El partido lo perdimos por goleada –dijo Rolo− pero ella fue nuestra Revancha.

Y aquí estamos, con Rolo, acariciando a una Revancha tan radiante y hermosa que tiene sabor a campeonato.

Osvaldo Villalba
26/09/2016

Nota del Autor:
Este cuento es sólo ficción pero está basado en muchas historias reales de rescate llevadas a cabo por una fundación de mi conocimiento e intenta ser un homenaje a la institución y al profesional veterinario que la dirige.