El espectro


       Cuando ví el pozo me dije: ¡Qué peligroso! Alguien caminando desprevenido podría caerse.
       Lo que nunca imaginé es que algo saliera de él.  Cuandol la ví salir y luego esfumarse en el aire pensé que el espíritu de esa mujer quería dejarme un mensaje...o que yo estaba demasiado fumado.

Osvaldo Villalba
22/06/2019

Espera



Chorro de luz:
un pájaro
Octavio Paz


El frío me hace tiritar. ¿O es el miedo? Debe estar amaneciendo. Me hago un ovillo debajo de la manta mugrienta pero no dejo de temblar. ¿Cómo se puede detener el tiempo? No es posible. El destino no puede burlarse. Cuando asome el sol vendrán a buscarme y todo terminará. Igual quisiera evitarlo.
Escucho pasos. Un chorro de luz se filtra por debajo de la puerta de mi celda. Afuera el pájaro madrugador canta. El indulto no llegó.

Osvaldo Villalba
19/06/2019


El disfraz


Al final todos los
disfraces deben caer
Gregory Maguire


Es el último día de Carnaval. El salón está repleto. Hace una hora que la busco y no logro hallarla.

La conocí en el baile de la semana previa a los Carnavales, el domingo más precisamente. No me gustan los bailes en general y mucho menos en estas fechas, pero Ariel, mi amigo, me había pedido que lo acompañara pues la chica que a él le gustaba iría con una amiga. Ellos desaparecieron de la vista en menos de una hora y la amiga no me dio ni bola y se fue a bailar con el primero que la invitó. Y yo, como decimos en el barrio, me quedé de garpe.
Entonces la vi. Estaba sola en una mesa entretenida con el celular. “Es de las mías” pensé. Su disfraz era de bailaora flamenca. Su cabellera renegrida y brillante hacía juego con el atuendo. Cuando me acerqué, detrás del antifaz, sus ojos negros relampaguearon junto con su sonrisa. Mi vestimenta era el ambo verde que uso todos los días en quirófano. Total si siempre opiné que es un disfraz más que un uniforme, para este caso vendría bien. Sólo debía ponerme un antifaz porque era obligatorio para ingresar y éste me lo prestó Ariel que tiene una colección.
—¿Tampoco te divierte esto? —le pregunté.
—Te estaba esperando —me dijo.
—¿Cómo es eso?
—Bueno, es una forma de decir. Tenía que haber alguien que pensara como yo.
—¡Ah! Pensé que me conocías —dije con alivio.
—Nunca descartes nada.
Seguimos conversando toda la noche. Nos despedimos con un largo beso prometiéndonos encontrarnos el sábado siguiente. No aceptó, a pesar de mis ruegos, que la acompañara a su casa.
Cuando llegué el sábado ella ya estaba allí. Me pareció más bella todavía que el domingo anterior.
—Llegaste temprano Rodolfo —me dijo.
Me di cuenta entonces que no habíamos compartido nuestros nombres.
—¿Cómo sabes mi nombre? —le dije.
—Me lo debés haber dicho —respondió sonriendo.
—No me acuerdo. ¿Cuál es el tuyo?
—Mora
—Te sienta —le dije besándola.
Pasamos tres noches increíbles aún cuando no logré convencerla de hacer el amor pero igual nos abrazamos y besamos mucho. Hablamos de mi vida, de mi trabajo, de mis sueños. De ella sólo pude saber que trabaja en algo así como asesora de viajes.

—¡Aqui estás! —suena su voz a mis espaldas.
Giro pero no encuentro a la bailaora. En su lugar hay una figura con una túnica negra, con capucha, desde la cual me miran unos ojos rojizos.
—¿Por qué cambiaste tu disfraz? —pregunto.
—Hoy vine sin disfraz —me dice. Mi nombre real es Morta, una de las Parcas. Mi tarea es llevarte. ¿Vamos?

Osvaldo Villalba
17/01/2019

A mi viejo

    

     Remigio nació casi con el siglo XX, el 1° de octubre de 1903, en Curuzú Cuatiá, República de Corrientes. Con poco mas de 20 años se vino a Buenos Aires con la idea de estudiar medicina. Pero la realidad de nuestro país en esa época no permitía que los pobres accedieran a la educación. Ni siquiera pudo hacer la primaria porque tuvo que trabajar para mantenerse. Trabajó toda su vida y era un ejemplo de cumplimiento en su trabajo. Nunca, pero nunca, lo ví tomar una copa de mas. Y fue un autodidacta. En su biblioteca guardaba con celo El Hombre Mediocre de José Ingenieros.

     Yo llegué casi con el peronismo, en 1944, y viví la mejor época de su vida laboral. Con aguinaldo, vacaciones pagas, sueldos dignos, poder ir al cine y a Las Cuartetas en su día franco. Me contaba mi mamá que antes, el día que le daban de franco, y que no se lo pagaban, ellos salían a caminar y se quedaban por la calle hasta que veían salir el reparto de La Martona, con el suplente, y recién ahí volvían a casa. Porque si el suplente no llegaba, lo venían a buscar y tenía que salir a trabajar.

     Recuerdo que de chico, todos los meses lo acompañaba al correo a enviar el giro a mis abuelos que vivían todavía en Curuzú Cuatiá. Él nunca olvidó sus orígenes ni a sus padres. Y siempre ayudó a todos sus hermanos cuando hizo falta. Mi viejo vivió y murió como un buen correntino. Tuve el privilegio de conocer Curuzú hace unos años.

     La experiencia del golpe del 55 ya lo conté en otra nota de este blog y pueden buscarla (Una tarde grabada a fuego en su corazón).

     Con él fueron mis primeras armas en el ajedrez. Con mi amigo Roberto jugábamos juntos contra él para intentar ganarle. Todavía conservo sus piezas.

     Tuve la suerte de recibirme de contador un año antes de que se fuera. Fue un gran orgullo para él. De mis cinco hijos sólo conoció a los dos mayores. Estoy seguro que se sentiría muy feliz por el compromiso social de todos ellos. A veces, escuchando cantar a mi única hija mujer, lo imagino lagrimeando como yo. Ojalá hubiera podido ver a su nieto menor ejerciendo la medicina, que como dije, fue su ilusión.  

     Su mejor herencia fue el ejemplo de su hombría de bien, de su generosidad y de su lealtad. Para vos viejo...




Violencia


La violencia es el último
 recurso del incompetente.
"Fundación" (1951),
Isaac Asimov

Reacomoda una vez más su ropa en la valija y opta por dejar la campera afuera y atársela a la cintura. Así logra cerrarla. Echa una mirada en derredor como despidiéndose del lugar que fue su hogar durante los últimos treinta años. La habitación ahora, sin sus fotos, la cama de dos plazas pelada, los muebles sin adornos, le parece extraña. En realidad hace mucho que se siente extraña en ese lugar, donde el único objetivo en los últimos tiempos fue satisfacer los requerimientos sexuales de su marido sin que a él le importe si ella disfruta el momento. Sólo su almohada guarda sus lágrimas cuando a los cinco minutos él ya dormía.

Va al dormitorio que usó su hijo. Se le hace un nudo en la garganta cuando recuerda la primera vez que llevó la cuna a esa habitación sacándola de la pieza matrimonial. Allí pasó noches de fiebres y toses mientras el padre dormía. Tan pegado a ella cuando era chiquito. Reconoce que fue un poco sobreprotectora. Sin embargo él fue cambiando a medida que creció. Tal vez de tanto verla sometida, en los últimos tiempos, se dirigía a ella con un tono insolente. Los posters de Estudiantes de la Plata aún siguen en las paredes. Viene a su memoria el día que, en una cena, les dijo que quería irse a vivir solo. El padre, como casi todas las noches, comenzó a insultar a los gritos y le echó la culpa a ella:
—Seguro que fuiste vos la que le metió eso en la cabeza. ¿Qué necesidad tiene de irse? ¿A dónde vas a vivir Alexis? ¡A mí no me pidas plata después!
—No papá. Mamá no tiene nada que ver en esto. Lo decidimos con Sandra. Nos vamos a arreglar. No te voy a pedir nada.
—¿Por qué no terminas de recibirte primero? Te vas a pasar el día cogiendo y vas a abandonar la facultad.
—¡Papá, sos un desubicado! —se levantó y se fue a su cuarto.
—¿Y vos no vas a decir nada? La putita esa le calienta la cabeza y vos…¿Nada? ¡Sos una inútil! ¡Llevate esta basura que cocinaste! ¡Ya me sacaron las ganas de seguir comiendo!
Alexis se fue. Hace dos años. Desde entonces ella es la única que soporta todas sus agresiones. Gritos si la comida está fría, caliente, no tiene sal o gusto a nada. Insultos si llega cansado del trabajo y no hay un mate preparado. Fue muy inocente al pensar que, cuando se quedaran solos, su actitud cambiaría. Si bien las discusiones entre Alexis y su papá eran durísimas, ella siempre trató de poner paños fríos y mediar, El resultado más de una vez fue contraproducente. Ambos le contestaban mal y terminaba quedando como la mala de la película.  Después ellos miraban el partido juntos y parecía que no hubiera pasado nada. Pero la amargura en su corazón, aún le dura. 

Se detiene frente al espejo del pasillo que lleva al living. Se pone los anteojos negros. El moretón de su ojo izquierdo se sigue viendo pero menos. Lo que no se puede disimular es su labio hinchado.

Al pasar por el comedor su mirada se va al cristalero donde está el juego de copas y la vajilla que sus compañeros de trabajo le regalaron cuando se casó. Ya no tiene contacto con ninguno de ellos porque al poco tiempo de casada su marido le pidió que renuncie. Él sería quien la mantendría y ella debía sólo ocuparse de la casa. Claro que el día en que lo echaron del trabajo y hasta que consiguió uno nuevo ella salvó las papas trabajando por hora en casas de familia.
Sobre la mesita ratona aún sigue el Libro de Misa. Hace casi dos semanas que no va a la parroquia.  Acostumbraba ir a la reunión de oración de los jueves porque sábados y domingos “hay que quedarse en casa”. Todo empezó con el comentario de su vecina. Una tarde, veinte días atrás, tomando unos mates en la cocina, antes de que él vuelva del trabajo, ella le dijo:
—La verdad que vos tenés mucha paciencia. No sé cómo te aguantás.
—¿Por qué?
—Si mi marido me grita y me dice la mitad de lo que te dicen a vos, le revoleo algo por la cabeza y me mando a mudar.
—¡Eh! ¡Qué exagerada! Todas las parejas discuten.
—¡Ah bueno! ¿Para vos discutir es que te digan basura, puta de mierda y otras lindezas por el estilo? Yo pensaría en separarme.
—¡No! ¿Cómo decís algo así? Es que la situación del país nos tiene nerviosos a todos.
La vecina no insistió más pero la semilla de la duda comenzó a germinar. El jueves siguiente pidió hablar con el párroco. Cuando salió de la reunión se fue con más culpa que cuando entró. Un montón de preceptos le quedaron rondando por la cabeza: lo que unió Dios que no lo separe el hombre, el amor es sufrido, todo lo soporta, la obediencia y otras cosas. Lo único positivo que se llevó es que el párroco quiso tener una reunión con ambos. Positivo hasta que llegó a su casa porque cuando le contó a él sobre la reunión estalló.
—¿Qué tenés que andar contando las discusiones que tenemos en casa en otros lugares? ¿Quién te dio autorización para hablar de mí? ¡Ahora vas a aprender!
La paliza fue tremenda. La vecina escuchó los gritos y llamó al 911. Cuando vino la policía él parecía un corderito. Les dijo que no había pasado nada, que sólo fue una discusión y que ella se había golpeado con una puerta.
La agente femenina que vino con el patrullero entendió enseguida lo que pasaba y aunque no le creyó, no quiso agravar la situación y labró el acta de intervención sin novedades.

A la mañana siguiente la visitó una asistente social y le explicó los pasos a seguir ante nuevos actos de violencia. Le explicó que si persisten y está en juego su seguridad, hay lugares donde alojan a las mujeres, mientras se sustancian los trámites legales. Que no dudara en hacer la denuncia.
 En ese momento pensó que no haría falta. Que ella lo había hecho enojar. Se equivocó. Golpearla ya es rutina.

El timbre la saca de sus pensamientos. Abre la puerta
—Hola. ¿Estás lista? —le dice la asistente social.
—Sí, claro. Vamos a hacer la denuncia.

Osvaldo Villalba
05/05/2019





La verdad

     



La verdad es como un inmenso 
árbol que brinda más y más 
frutos cuanto más se lo nutre. 
Reflexiones sobre la verdad 
Mahatma Gandhi

El maestro caminaba con sus discípulos cruzando el bosquecito. Hacía varios minutos que lo hacían en silencio. De pronto uno de ellos preguntó:

—Maestro…¿Qué es la verdad?

El maestro se detuvo, quedó un rato pensativo y se dirigió hacia los arbustos. Durante un rato buscó entre las ramas mientras los alumnos lo observaban. Cuando pareció encontrar lo que buscaba, los llamó:

—¡Acérquense! Miren esto. ¿Qué ven?

Se acercaron y vieron una tela de araña donde una mosca se debatía por soltarse mientras la araña se afanaba en inmovilizarla.

—La mosca quiere escapar de una muerte segura —dijo uno de los discípulos.

—Esa es la verdad para la mosca —respondió el maestro.

—La araña quiere asegurarse su alimento —dijo otro.

—Esa es la verdad para la araña —acotó el maestro.

En ese instante una lagartija bajó corriendo por la rama y de un salto se engulló a la mosca, rompiendo la tela, mientras la araña se refugiaba en un rincón.

—La mosca es buen alimento para la lagartija. La araña no —dijo un tercero.

—Ah! Pero se aprovechó del trabajo de la araña. ¡No es justo! —agregó un cuarto.

—Pero logró su objetivo. La araña no —respondió el anterior.

—Esa es la verdad para la lagartija —concluyó el maestro.

—Entonces, Maestro… ¿Hay distintas verdades para un mismo evento? —preguntó el discípulo que había iniciado el diálogo.

—¿Dependerá de la posición en la que cada uno esté? —fue la pregunta del defensor de la araña.

—¿Vosotros que creéis? —dijo el maestro y continuó su camino.

 

Osvaldo Villalba

17/05/15

 

Un mal día




…no hay días terribles
ni fiestas inolvidables…
Hebe Uhart

Bajo la escalera del subte y ya se escucha el sonido. El cartel luminoso indica que todas las líneas funcionan con normalidad. Una buena por lo menos en medio de tantas pálidas. Mientras paso los molinetes pienso que hoy no tendría que haberme levantado de la cama. Cuando me desperté de repente y comprobé que el reloj no había sonado porque se había cortado la luz, debí darme vuelta y seguir durmiendo.

Avanzo por el pasillo que combina con la línea A, bajo otra escalera y allí están. Son tres. El que toca el bandoneón parece tener tantos años como el tango. Está sentado en un banco bajo y sostiene el instrumento sobre sus piernas. A su derecha, un cincuentón puntea la viola con maestría. Frente a ellos un flaco con barba espesa hace llorar el violín mientras Malena sigue cantando como ninguna.

 

El corte de luz era en todo el barrio. Para colmo no había puesto a cargar el celular y no pude llamar al trabajo para avisar que llegaría tarde. Me asomé por el balcón y la calle se veía como boca de lobo. El encargado del edificio igual baldeaba la vereda. En planta baja, evidentemente, no faltaba el agua. En mi baño no salía ni una gota. Los vecinos que se dieron cuenta del corte durante la noche deben haber llenado las bañeras y todos los baldes y cacerolas con agua y dejado el tanque con sólo el sedimento de…¿cuánto hará que no lo limpian? No tuve más remedio que irme a trabajar sin bañarme. Y además sin desayunar porque ni siquiera un café pude prepararme. Le puse comida a mi gata Frida y rogué por que el agua que le sobró de ayer estuviera en buenas condiciones.

 

Los tipos tocan muy bien. Y a mí el tango me puede.  Me paro a escucharlos. Total no tengo apuro por volver a casa. Desde que Sofía se fue nadie me espera. Bueno, sí, me espera Frida, pero ella nunca hace problema por la hora a que llego.

 

Tenía la esperanza que las cosas mejoraran al llegar a la oficina. Pero como ocurre casi siempre que empiezan mal, después empeoran favorablemente. Como era obvio, con el caos de tránsito producto de la falta de semáforos, llegué más tarde todavía de lo que suponía.  No hubiera sido mucho problema si no fuera porque el buchón de Alfredo firmó la planilla a las 8,30, que es el máximo de tolerancia, dejándome en evidencia. Para colmo imagino que la mujer del jefe le debe haber taladrado la cabeza todo el fin de semana porque vino más agresivo que un gurka. Nos llamó a su oficina y nos gritó por el trabajo realizado la semana  pasada, por el que teníamos en curso y por el que nos tenía preparado para darnos. Cuando llegaron las cinco de la tarde tuve la misma sensación de alivio que una libertad condicional.

 

Observo a los que, como yo, se pararon a escuchar la música. Es un   conjunto variopinto: estudiantes secundarios, una señora mayor muy maquillada, jóvenes oficinistas, —lo infiero por el tipo de vestimenta—, un grupo de obreros de la construcción con sus cascos amarillos, un par de vendedores ambulantes, una familia con cuatro niños, un matrimonio anciano, dos parejas vestidas como hippies y…ella. Cabello largo, lacio, castaño con reflejos rubios, enmarcando un rostro bronceado, de ojos marrones, boca grande con apenas un toque de maquillaje. Una musculosa color crema y un jean muy ajustado sugieren un cuerpo armonioso, sin mucha voluptuosidad pero, casi con seguridad, riguroso trabajo en el gym. La música pasa a segundo plano. Todos mis sentidos convergen en un único propósito: admirarla. Imagino hasta su perfume. ¿La vie est Belle tal vez? Coincidiría con su target. Concentrada en la música parece transportada a otra dimensión. Y si le gusta el tango, bingo. De repente gira la cabeza hacia mí. ¿Sintió mi mirada? Sonrío. Vuelve su atención a los músicos pero no parece molesta. Mi pulso se acelera. ¿Me acerco? ¿Le hablo? ¿Cómo hacerlo para no quedar en evidencia y rebotar? El trío arremetió con Por una cabeza. ¿Y si canto para llamar su atención? Naaa, no me da para eso. ¡Ya sé! Busco mi billetera, saco 50 pesos, me acerco al estuche de la guitarra que está en el suelo y los dejo caer. Los músicos me agradecen con la mirada sin dejar de tocar. Al retirarme camino hacia donde ella estaba parada…No está. Se fue. Corro hacia el andén. Está lleno. Camino con el cuello estirado buscando ubicar su pelo entre todas las cabezas. Nada. A lo mejor salía del subte. Subo los escalones de a dos y corro hasta los molinetes. En la escalera mecánica que va a la calle la veo. Sube abrazada a un tipo con indumentaria deportiva de Boca.

 

Confirmado. Hoy no debí salir de la cama. La única chance de mejorar un mal día la vengo a perder con un bostero.

 

Osvaldo Villalba

19/10/2018