Violencia


La violencia es el último
 recurso del incompetente.
"Fundación" (1951),
Isaac Asimov

Reacomoda una vez más su ropa en la valija y opta por dejar la campera afuera y atársela a la cintura. Así logra cerrarla. Echa una mirada en derredor como despidiéndose del lugar que fue su hogar durante los últimos treinta años. La habitación ahora, sin sus fotos, la cama de dos plazas pelada, los muebles sin adornos, le parece extraña. En realidad hace mucho que se siente extraña en ese lugar, donde el único objetivo en los últimos tiempos fue satisfacer los requerimientos sexuales de su marido sin que a él le importe si ella disfruta el momento. Sólo su almohada guarda sus lágrimas cuando a los cinco minutos él ya dormía.

Va al dormitorio que usó su hijo. Se le hace un nudo en la garganta cuando recuerda la primera vez que llevó la cuna a esa habitación sacándola de la pieza matrimonial. Allí pasó noches de fiebres y toses mientras el padre dormía. Tan pegado a ella cuando era chiquito. Reconoce que fue un poco sobreprotectora. Sin embargo él fue cambiando a medida que creció. Tal vez de tanto verla sometida, en los últimos tiempos, se dirigía a ella con un tono insolente. Los posters de Estudiantes de la Plata aún siguen en las paredes. Viene a su memoria el día que, en una cena, les dijo que quería irse a vivir solo. El padre, como casi todas las noches, comenzó a insultar a los gritos y le echó la culpa a ella:
—Seguro que fuiste vos la que le metió eso en la cabeza. ¿Qué necesidad tiene de irse? ¿A dónde vas a vivir Alexis? ¡A mí no me pidas plata después!
—No papá. Mamá no tiene nada que ver en esto. Lo decidimos con Sandra. Nos vamos a arreglar. No te voy a pedir nada.
—¿Por qué no terminas de recibirte primero? Te vas a pasar el día cogiendo y vas a abandonar la facultad.
—¡Papá, sos un desubicado! —se levantó y se fue a su cuarto.
—¿Y vos no vas a decir nada? La putita esa le calienta la cabeza y vos…¿Nada? ¡Sos una inútil! ¡Llevate esta basura que cocinaste! ¡Ya me sacaron las ganas de seguir comiendo!
Alexis se fue. Hace dos años. Desde entonces ella es la única que soporta todas sus agresiones. Gritos si la comida está fría, caliente, no tiene sal o gusto a nada. Insultos si llega cansado del trabajo y no hay un mate preparado. Fue muy inocente al pensar que, cuando se quedaran solos, su actitud cambiaría. Si bien las discusiones entre Alexis y su papá eran durísimas, ella siempre trató de poner paños fríos y mediar, El resultado más de una vez fue contraproducente. Ambos le contestaban mal y terminaba quedando como la mala de la película.  Después ellos miraban el partido juntos y parecía que no hubiera pasado nada. Pero la amargura en su corazón, aún le dura. 

Se detiene frente al espejo del pasillo que lleva al living. Se pone los anteojos negros. El moretón de su ojo izquierdo se sigue viendo pero menos. Lo que no se puede disimular es su labio hinchado.

Al pasar por el comedor su mirada se va al cristalero donde está el juego de copas y la vajilla que sus compañeros de trabajo le regalaron cuando se casó. Ya no tiene contacto con ninguno de ellos porque al poco tiempo de casada su marido le pidió que renuncie. Él sería quien la mantendría y ella debía sólo ocuparse de la casa. Claro que el día en que lo echaron del trabajo y hasta que consiguió uno nuevo ella salvó las papas trabajando por hora en casas de familia.
Sobre la mesita ratona aún sigue el Libro de Misa. Hace casi dos semanas que no va a la parroquia.  Acostumbraba ir a la reunión de oración de los jueves porque sábados y domingos “hay que quedarse en casa”. Todo empezó con el comentario de su vecina. Una tarde, veinte días atrás, tomando unos mates en la cocina, antes de que él vuelva del trabajo, ella le dijo:
—La verdad que vos tenés mucha paciencia. No sé cómo te aguantás.
—¿Por qué?
—Si mi marido me grita y me dice la mitad de lo que te dicen a vos, le revoleo algo por la cabeza y me mando a mudar.
—¡Eh! ¡Qué exagerada! Todas las parejas discuten.
—¡Ah bueno! ¿Para vos discutir es que te digan basura, puta de mierda y otras lindezas por el estilo? Yo pensaría en separarme.
—¡No! ¿Cómo decís algo así? Es que la situación del país nos tiene nerviosos a todos.
La vecina no insistió más pero la semilla de la duda comenzó a germinar. El jueves siguiente pidió hablar con el párroco. Cuando salió de la reunión se fue con más culpa que cuando entró. Un montón de preceptos le quedaron rondando por la cabeza: lo que unió Dios que no lo separe el hombre, el amor es sufrido, todo lo soporta, la obediencia y otras cosas. Lo único positivo que se llevó es que el párroco quiso tener una reunión con ambos. Positivo hasta que llegó a su casa porque cuando le contó a él sobre la reunión estalló.
—¿Qué tenés que andar contando las discusiones que tenemos en casa en otros lugares? ¿Quién te dio autorización para hablar de mí? ¡Ahora vas a aprender!
La paliza fue tremenda. La vecina escuchó los gritos y llamó al 911. Cuando vino la policía él parecía un corderito. Les dijo que no había pasado nada, que sólo fue una discusión y que ella se había golpeado con una puerta.
La agente femenina que vino con el patrullero entendió enseguida lo que pasaba y aunque no le creyó, no quiso agravar la situación y labró el acta de intervención sin novedades.

A la mañana siguiente la visitó una asistente social y le explicó los pasos a seguir ante nuevos actos de violencia. Le explicó que si persisten y está en juego su seguridad, hay lugares donde alojan a las mujeres, mientras se sustancian los trámites legales. Que no dudara en hacer la denuncia.
 En ese momento pensó que no haría falta. Que ella lo había hecho enojar. Se equivocó. Golpearla ya es rutina.

El timbre la saca de sus pensamientos. Abre la puerta
—Hola. ¿Estás lista? —le dice la asistente social.
—Sí, claro. Vamos a hacer la denuncia.

Osvaldo Villalba
05/05/2019





La verdad

     



La verdad es como un inmenso 
árbol que brinda más y más 
frutos cuanto más se lo nutre. 
Reflexiones sobre la verdad 
Mahatma Gandhi

El maestro caminaba con sus discípulos cruzando el bosquecito. Hacía varios minutos que lo hacían en silencio. De pronto uno de ellos preguntó:

—Maestro…¿Qué es la verdad?

El maestro se detuvo, quedó un rato pensativo y se dirigió hacia los arbustos. Durante un rato buscó entre las ramas mientras los alumnos lo observaban. Cuando pareció encontrar lo que buscaba, los llamó:

—¡Acérquense! Miren esto. ¿Qué ven?

Se acercaron y vieron una tela de araña donde una mosca se debatía por soltarse mientras la araña se afanaba en inmovilizarla.

—La mosca quiere escapar de una muerte segura —dijo uno de los discípulos.

—Esa es la verdad para la mosca —respondió el maestro.

—La araña quiere asegurarse su alimento —dijo otro.

—Esa es la verdad para la araña —acotó el maestro.

En ese instante una lagartija bajó corriendo por la rama y de un salto se engulló a la mosca, rompiendo la tela, mientras la araña se refugiaba en un rincón.

—La mosca es buen alimento para la lagartija. La araña no —dijo un tercero.

—Ah! Pero se aprovechó del trabajo de la araña. ¡No es justo! —agregó un cuarto.

—Pero logró su objetivo. La araña no —respondió el anterior.

—Esa es la verdad para la lagartija —concluyó el maestro.

—Entonces, Maestro… ¿Hay distintas verdades para un mismo evento? —preguntó el discípulo que había iniciado el diálogo.

—¿Dependerá de la posición en la que cada uno esté? —fue la pregunta del defensor de la araña.

—¿Vosotros que creéis? —dijo el maestro y continuó su camino.

 

Osvaldo Villalba

17/05/15

 

Un mal día




…no hay días terribles
ni fiestas inolvidables…
Hebe Uhart

Bajo la escalera del subte y ya se escucha el sonido. El cartel luminoso indica que todas las líneas funcionan con normalidad. Una buena por lo menos en medio de tantas pálidas. Mientras paso los molinetes pienso que hoy no tendría que haberme levantado de la cama. Cuando me desperté de repente y comprobé que el reloj no había sonado porque se había cortado la luz, debí darme vuelta y seguir durmiendo.

Avanzo por el pasillo que combina con la línea A, bajo otra escalera y allí están. Son tres. El que toca el bandoneón parece tener tantos años como el tango. Está sentado en un banco bajo y sostiene el instrumento sobre sus piernas. A su derecha, un cincuentón puntea la viola con maestría. Frente a ellos un flaco con barba espesa hace llorar el violín mientras Malena sigue cantando como ninguna.

 

El corte de luz era en todo el barrio. Para colmo no había puesto a cargar el celular y no pude llamar al trabajo para avisar que llegaría tarde. Me asomé por el balcón y la calle se veía como boca de lobo. El encargado del edificio igual baldeaba la vereda. En planta baja, evidentemente, no faltaba el agua. En mi baño no salía ni una gota. Los vecinos que se dieron cuenta del corte durante la noche deben haber llenado las bañeras y todos los baldes y cacerolas con agua y dejado el tanque con sólo el sedimento de…¿cuánto hará que no lo limpian? No tuve más remedio que irme a trabajar sin bañarme. Y además sin desayunar porque ni siquiera un café pude prepararme. Le puse comida a mi gata Frida y rogué por que el agua que le sobró de ayer estuviera en buenas condiciones.

 

Los tipos tocan muy bien. Y a mí el tango me puede.  Me paro a escucharlos. Total no tengo apuro por volver a casa. Desde que Sofía se fue nadie me espera. Bueno, sí, me espera Frida, pero ella nunca hace problema por la hora a que llego.

 

Tenía la esperanza que las cosas mejoraran al llegar a la oficina. Pero como ocurre casi siempre que empiezan mal, después empeoran favorablemente. Como era obvio, con el caos de tránsito producto de la falta de semáforos, llegué más tarde todavía de lo que suponía.  No hubiera sido mucho problema si no fuera porque el buchón de Alfredo firmó la planilla a las 8,30, que es el máximo de tolerancia, dejándome en evidencia. Para colmo imagino que la mujer del jefe le debe haber taladrado la cabeza todo el fin de semana porque vino más agresivo que un gurka. Nos llamó a su oficina y nos gritó por el trabajo realizado la semana  pasada, por el que teníamos en curso y por el que nos tenía preparado para darnos. Cuando llegaron las cinco de la tarde tuve la misma sensación de alivio que una libertad condicional.

 

Observo a los que, como yo, se pararon a escuchar la música. Es un   conjunto variopinto: estudiantes secundarios, una señora mayor muy maquillada, jóvenes oficinistas, —lo infiero por el tipo de vestimenta—, un grupo de obreros de la construcción con sus cascos amarillos, un par de vendedores ambulantes, una familia con cuatro niños, un matrimonio anciano, dos parejas vestidas como hippies y…ella. Cabello largo, lacio, castaño con reflejos rubios, enmarcando un rostro bronceado, de ojos marrones, boca grande con apenas un toque de maquillaje. Una musculosa color crema y un jean muy ajustado sugieren un cuerpo armonioso, sin mucha voluptuosidad pero, casi con seguridad, riguroso trabajo en el gym. La música pasa a segundo plano. Todos mis sentidos convergen en un único propósito: admirarla. Imagino hasta su perfume. ¿La vie est Belle tal vez? Coincidiría con su target. Concentrada en la música parece transportada a otra dimensión. Y si le gusta el tango, bingo. De repente gira la cabeza hacia mí. ¿Sintió mi mirada? Sonrío. Vuelve su atención a los músicos pero no parece molesta. Mi pulso se acelera. ¿Me acerco? ¿Le hablo? ¿Cómo hacerlo para no quedar en evidencia y rebotar? El trío arremetió con Por una cabeza. ¿Y si canto para llamar su atención? Naaa, no me da para eso. ¡Ya sé! Busco mi billetera, saco 50 pesos, me acerco al estuche de la guitarra que está en el suelo y los dejo caer. Los músicos me agradecen con la mirada sin dejar de tocar. Al retirarme camino hacia donde ella estaba parada…No está. Se fue. Corro hacia el andén. Está lleno. Camino con el cuello estirado buscando ubicar su pelo entre todas las cabezas. Nada. A lo mejor salía del subte. Subo los escalones de a dos y corro hasta los molinetes. En la escalera mecánica que va a la calle la veo. Sube abrazada a un tipo con indumentaria deportiva de Boca.

 

Confirmado. Hoy no debí salir de la cama. La única chance de mejorar un mal día la vengo a perder con un bostero.

 

Osvaldo Villalba

19/10/2018

 

 


Esperándote

La noche cae lentamente sobre el río
tu recuerdo me perfora las entrañas
(sin consuelo)

tu partida fue tan súbita como inesperada
mi ruego no alcanzó a retenerte
(sin piedad)
durante el día te sueño en mi delirio
dulce, tierna, sensible y frágil
(sin mácula)

pero en la noche mi fe flaquea
mi espíritu se hunde en las sombras
(sin esperanza)

sin embargo espero ansioso la mañana
anhelo al sol iluminando tu rostro
(sin tiempo)

Osvaldo Villalba
26/08/2018

Si fuera posible

Quisiera ser el viento que acaricia tu pelo
y en las tardes de estío te invita a caminar
quisiera ser la luna que como tenue velo
te ilumina en las noches cuando te ve pasar.

Quisiera ser perfume en tu piel derramado
el color que te gusta y también la canción
que transporte tu alma hasta el cielo rosado
del alba sobre el río o la puesta del sol.

Quisiera ser la manta que te abriga en invierno
y abrazándote fuerte dejarte mi calor
o la fruta madura que se pierde en tu boca
y te deja en un beso ese dulce sabor.

Quisiera ser alhaja que se abrace a tu cuello
caricia en tu mejilla, consuelo en tu dolor
y mirarme en tus ojos y ver que son tan bellos
y besarte en la boca y decirte mi amor.


Osvaldo Villalba
11/08/1977



Cada vez que llueve




Como si se pudiese
 elegir en el amor, como
si no fuera un rayo que
te parte los huesos
 y te deja estaqueado
 en la mitad del patio.
Julio Cortázar

¡Qué suerte, empezó a llover! Ya salgo a caminar. Cada vez que llueve te salgo a buscar.

Esto no me pasaba desde que, en un día de lluvia, María Teresa se fue, dejándome un vacio que no pude llenar. Por eso, cuando llovía, me deprimía hasta el punto de no querer salir de la cama.

Todo cambió cuando se vino esa última tormenta de verano. Pensé que sería bueno llevar el auto unas cuadras más arriba donde no se inunda. La lucha entre lo que debía hacer y lo que quería hacer duró hasta que comenzaron a caer las primeras gotas. Allí no dudé más. Al fin y al cabo, el odio a la lluvia se iba a transformar en el odio a mi obstinación si el coche se me inundaba, sumado al dinero que eso me costaría. Salí a la calle, entré al auto y lo puse en marcha. “Bueno, arrancó de una”, pensé. Una buena por lo menos. La lluvia era cada vez más intensa. Los vidrios se me empañaron y tuve que prender la calefacción, pese al calor que hacía. Lo estacioné a cinco cuadras de casa, donde esperaba que no se inunde, y volví caminado bajo la lluvia. “Menos mal que lo hice”, pensé cuando llegué a la esquina de mi casa, porque la calle estaba inundada de bote a bote.

Y allí…te vi venir. Mojada como si te hubieran volcado un balde lleno de agua en la cabeza. Bajo un paraguas pequeño que no cubría nada, las sandalias en la mano, caminando con dificultad y lentamente por el agua que te cubría los tobillos. El vestido clarito se te pegaba al cuerpo y te hacía más sexy. Parecías salida de una película de Fellini. Tu cabello, pese a estar recogido, estaba empapado, con mechones en la frente y a los costados del rostro. Cuando nuestras miradas se cruzaron, una leve sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en tu rostro. Sentí que el corazón se me derretía. Me quedé paralizado, sin reacción. Cuando decidí que te iba a decir algo, te vi correr a un colectivo y hacerle señas. “¡Que no pare!, ¡Que no pare!”, pensé. Y el guacho paró. Claro, yo en el lugar del colectivero también te hubiera parado. “Seguro que ni me registró”, pensé. La sonrisa debió ser un acto reflejo por la situación. Pero la fotografía que sacó mi cerebro no se borró más. Y la tengo presente a cada momento.

Por eso cada vez que llueve te salgo a buscar. Pero ahora, ya tengo planificado lo que voy a hacer. Cuando te vea venir, voy a ir derecho hacia vos y te voy a decir  “¡Que hermosa que sos!”. Voy a tomar tu rostro entre mis manos, voy a mirarme en tus ojos color miel y, si para ese momento no me rompiste el paraguas en la cabeza…me voy a hundir en el abismo de tu boca.

Cada vez que llueve, te salgo a buscar y sé que un día… voy a encontrarte.

Osvaldo Villalba
07/08/18

Problema resuelto


El hombre se descubre cuando
se mide con un obstáculo.
Antoine de Saint-Éxupery

I

La notificación de la notebook me sobresalta sacándome bruscamente del sueño. La configuré para que me avise cuando entra algún correo en esa cuenta. No la tengo en el celular para evitar que me relacione con ella ante cualquier peritaje. Me percato que son las 6 de la mañana. ¿Quién puede ponerse a escribir tan temprano? —pienso— ¡Es no tener nada que hacer!


Me quedo un rato en la cama, estirado, tratando de despertarme del todo. Igual, me pica la curiosidad por saber quien escribió. La cuenta, creada especialmente para nuestra actual actividad, tiene bastante movimiento, dejando como resultado buenos ingresos.


Me levanto, abro la notebook y reviso el correo. Como casi siempre, el remitente no se identifica:


De: rufianmelancolico@hotmail.com

A:  problemaresuelto@gmail.com

Asunto: Recomendados


Estimados:

Tengo muy buenas referencias de ustedes y me agradaría encomendarles una tarea que requiere tanta profesionalidad como discreción. Si están dispuestos, a vuelta de correo les paso un teléfono para que nos contactemos.

Atentamente.


El texto no difiere demasiado de la mayoría de los mensajes. Nadie quiere dejar sentado por escrito el objetivo que pretende de nosotros. Le respondo. En minutos me pasa el teléfono, y lo llamo tomando la precaución que no quede identificado mi teléfono en el llamado.


—Hola —dice una voz de hombre.

—Hola, le hablo de Problema Resuelto. Me llaman El Negro —respondo— ¿Usted nos escribió?

—¡Ah, sí! Me hablaron muy bien de ustedes, como puse en el mail. Necesito un trabajo especial y, como también aclaré, que se haga con limpieza y discreción.

—Lo tiene garantizado. Somos efectivos y discretos —presumo— ¿De qué se trata?

—Quiero que me liberen de mi socio.

—Defíname liberar.

—Lo quiero muerto —dice con determinación.

—¡Apa! ¡Eso es algo muy serio! No está dentro del servicio standard.

—Por eso dije que era especial. ¿Está arrugando?

—¡No! Déjeme consultarlo con mi socio y lo llamo. Claro que en caso que el trabajo se haga la tarifa tampoco será standard.

—Por el pago no hay problema. Ponga la cifra y dígame cómo procedo.

—De acuerdo. Lo llamo ni bien tenga la respuesta. ¡Chau!


Corto y me tiro sobre la cama. Antes de consultar quiero tener en claro qué hacer. De una cosa estoy seguro. A la cárcel no quiero volver. De sólo pensar en los años que me comí adentro me da escalofrío. Mi viejo, enojado porque había sacado plata de la caja de la fábrica, no quiso pagar la fianza ni me puso abogado. El defensor oficial me informó que quedaba en preventiva y me trajo una Biblia. "¿Y esto?", le pregunté. "Estudiate todas las páginas que te marqué. Le voy a pedir al juez que te ubique en el pabellón de los evangelistas, asi no terminás siendo gato en una ranchada común", me dijo. Mejor no les cuento que es ser gato en un pabellón. Estuve guardado hasta esperar el juicio oral. Cuando me condenaron por estafa, —¡estafa! ¡Mi familia!—, ya había cumplido casi toda la pena, así que pronto salí. Pero el guacho de mi viejo no me dejó volver a casa. ¡Ah! ¡Y de mis amigos mejor ni hablar! Cuando yo garpaba las jodas…¡Un capo! Cuando salí del penal… ¡No tenían tiempo para verme! ¡Y para darme cobijo, menos! ¡Hijos de puta!


Me levanto y le envío un mensaje a Tenaza para reunirnos a las 11 en el café. Tenaza es como el hermano que no tengo. Cuando volví al barrio estuve como seis meses en situación de calle. La “gente bien” no me daba bola por ser ex presidiario. Los pibes de la calle me miraban con desconfianza por ser el “cheto” venido a menos. Me costó un montón ganármelos. Los convencí el día que me crucé delante de la moto de un tira para que el pibe que venía persiguiendo se escapara. Quedé todo golpeado, con un tremendo raspón en la pierna, pero la diferencia de orígenes que teníamos quedó definitivamente zanjada. Después de eso Tenaza intercedió para que me consiguieran un lugar en una casa tomada.

En ese tiempo hice de todo. Levanté quiniela y apuestas de carreras de caballos para un capitalista del barrio; participé en la mesa de una timba que manejaba el Rengo en la que desplumaban giles; levanté autos para el desarmadero o para la banda de los Grillos, si tenían algún golpe. Con ellos nunca fui. Salir de caño no es mi estilo. Con la droga no me meto. Los conozco pero en esa no entro.

Pero hace un par de años todo cambió. Mejores ingresos con menos ocupación. Disfruto más tiempo de mi actividad preferida: el ocio. Me acuerdo como si fuera hoy, yo estaba sin un mango, muerto de frío, recostado en la vidriera del café, esperando a alguno de la barra que me invitara con algo caliente, —el gallego del boliche ya no me fiaba— cuando lo veo venir a Tenaza con una sonrisa que le llenaba toda la cara.

—¡Negro, qué suerte que te encuentro! —dijo mientras me daba una palmada en el hombro con esas manazas que daban razón a su apodo— Tengo un laburito y necesito que me hagás pata.

—¡Claro! ¡No hay problema! —le dije— Si me pagás un café con leche con medias lunas, soy todo oídos.

—¡Que hijo de una gran…! —me respondió sin terminar la frase— Dale, vamos. ¡Gallego! ¡Dos cafés con leche con medias lunas! —Gritó desde la puerta mientras nos acomodábamos en la mesa del rincón.


El trabajo era sencillo. Teníamos que “convencer” a un fulano que dejara de ver a la mujer de un importante abogado del barrio. Salió todo redondito. Esperamos al tipo a media cuadra de su casa, y lo interceptamos antes que entrara al zaguán. Intentó hacerse el héroe pero Tenaza le apretó la cara con su mano derecha mientras yo le “masajeaba” los riñones y el hígado. No tardó mucho más en convencerse que esa señora no le convenía. Cobramos buena plata, pero lo más importante es que ese “favor” nos dio cartel. 


Comenzaron a buscarnos para otros trabajitos. Así, le cobramos una deuda que tenía con un prestamista del barrio uno que se las daba de pesado. Atendimos una barrita que había abusado de la hermana del farmacéutico y otros asuntos por el estilo. Pero la fama trascendió el barrio. Nos llamó una vez un contador con oficina en el microcentro para pedirnos que “conversáramos” con el entrenador de un equipo de fútbol barrial que se negaba a poner en el equipo titular a su hijo. Quedó tan agradecido con nosotros, después de ver a su hijo jugando en primera, que me aconsejó publicar en internet nuestros servicios y abrir una cuenta de e-mail.

—¡Quién te ha visto y quién te ve, Negro! —me decía Tenaza— ¡Con una noubuc y en interné! ¡Jajaja! 


Cuando llego al café Tenaza ya me está esperando.


II

Paro el auto una cuadra antes del cruce donde pensamos interceptar al blanco. Estuvimos más de dos semanas estudiando los movimientos del sujeto. Es un tipo muy metódico, repite toda su rutina casi sin cambios. Hoy jueves debería volver de jugar al golf como a las 18 horas y siempre toma esta ruta camino a su casa.

—¿Por qué querrá limpiarlo? —pregunta Tenaza.

—No es ético preguntar. Algunos cuentan los porqués como una forma de autojustificar el trabajo que nos encargan. El laburo de hoy es el primero de este tipo. Si el fulano no dijo nada… 

—Y, si ni siquiera la jeta le pudimos ver. La guita la mandó por un remís en una caja de mermeladas. Menos mal que le habíamos avisado al gallego  —dice riéndose Tenaza, como una forma de aflojarse.

—Se cuida. Las llamadas siempre fueron de celulares diferentes —agrego.

—Me parece que aquel es el auto —Tenaza se pone serio.


Nos bajamos los pasamontañas pese a que verificamos que no hay cámaras en la zona. Cuando su auto empieza a cruzar la esquina le cruzo el mío haciéndolo frenar de golpe. Tenaza se baja corriendo y lo encañona por el parabrisas mientras tironea de la puerta del conductor.

—¡Abrí la puerta! ¡Quiero ver tus manos! —le grita.

El tipo abre la puerta, temblando, con los ojos y la boca desmesuradamente abiertos.

—¡Tranquilos! ¡Llévense el auto! —dice torpemente— Sólo déjenme bajar al nene.

—¡Papi! ¡Papi! —la vocecita viene del asiento de atrás.

Tenaza lo agarra de la camisa y lo pone contra el suelo, boca abajo. El tipo llora. El nene sigue gritando.

—¡Papi! ¡Papi!

Nos miramos incrédulos. ¡Esto no puede estar pasando!

—¡Vamo´ Negro! A un pibe no, ¿eh? —me susurra Tenaza.

—Esperá —le digo— Dejame pensar. Si no cumplimos estamos terminados.

—No me importa —la voz de Tenaza suena ronca— Pero con un pibe, no.

Me agacho y lo agarro al tipo de los pelos.

—Decime. ¿Qué tiene tu socio contra vos?

—¿Él los manda? ¿Qué hijo de puta! —dejó de llorar— Saqué plata de la fábrica por un apuro que tuve  y el turro me hizo cederle mi parte para no denunciarme por estafa.

—¡Ah! Estafa… ¿Y qué firmaste?

—Un contrato de sesión con firma certificada por escribano.

—Ahá. ¿Sabés donde lo guarda?

—En la caja fuerte del local con todos los papeles de la empresa. Yo ya no tengo llave.

—Tenaza, sentalo. —y dirigiéndome al tipo— Calmalo al nene.

Tenaza lo levanta y lo sienta en el suelo recostado contra el auto. Hace bajar al chico, de unos cinco años, y lo acomoda en la falda del padre. El pibe se calma.

—¡Oíme bien! —le digo— Vas a hacer exactamente lo que te diga. El día de hoy festejalo como tu cumpleaños porque naciste de nuevo. Cuando llegues a tu casa decile a tu mujer que lo llame al turro y con voz afligida le pregunte si sabe algo de vos, porque no llegaste. A ella decile que cuando pase todo le vas a explicar. A nadie más una palabra de todo esto porque me puedo arrepentir. ¿Dónde queda la fábrica?

Tomo nota de la dirección y lo dejamos ir.

—¿Qué vamos a hacer? —me pregunta Tenaza cuando nos vamos a casa.

—Nos pagaron por un muerto. Para no perder prestigio tenemos que cumplir.


III

Sentado en la mesa del fondo del café releo el WhatsApp que me escribió antes de ayer Tenaza: Ya le yevé las fotos de la fiesta al fulano le dije que nos quedamos con los negativos por seguridá (de él jajaja)


Me costó enseñarle que no se debe dejar por escrito ningún dato porque no hay red que sea segura. Pero al final aprendió. Ya tenemos el contrato de sesión. La “interné” como él dice, lo alcanzó también, pienso con una sonrisa.


Me acerco al mostrador y mientras le paso al gallego un fajito de dólares por su “servicio de recaudación”,  le pregunto si llegaron los diarios.

—Sí seor! ¡Aquí lus tienes! —me dice con esa tonada que no perdió en los 50 años que tiene en el país.

Tomo el más importante y empiezo a hojearlo. Me detengo en la página de policiales:


EXTRAÑA MUERTE DE UN INDUSTRIAL

El industrial metalúrgico Raúl Estévez fue encontrado sin vida en el depósito de la planta que poseía en la localidad de Villa Lynch. El cuerpo fue hallado por el empleado de vigilancia, en su ronda habitual, al pie de la escalera que permite ingresar desde el despacho de Gerencia, en el tercer piso, en forma directa al sector productivo. En apariencia habría rodado desde arriba y por la posición de la cabeza, podría haberse quebrado el cuello. Según fuentes cercanas a la empresa el personal ya se había retirado. Habitualmente el industrial se quedaba en la planta hasta más tarde.  Pudo saberse que antes de su ronda, el vigilador estuvo revisando el tablero eléctrico por un cortocircuito que se había producido en la instalación, lo que no permitió  registros en las cámaras de seguridad. En el despacho de Estévez la caja de seguridad se encontraba abierta con importantes sumas de dinero en pesos y moneda extranjera en su interior.

Se esperan los resultados de la autopsia para determinar fehacientemente la causa de su muerte. 


Cierro el diario. ¡No debiste amenazar con estafa!  —pienso— ¡Esa palabra me cae muy mal!

 

Osvaldo Villalba

28/11/2015