Violencia
¡Cómo no amarte Buenos Aires si sos la forma de saber quién soy!
Hoy escribo porque siempre me gustó y la vida no me permitió hacerlo. Un día encontré el tiempo y descubrí que siempre hay algo para contar.
Si logro que el lector se emocione, se asombre, sonría o se quede pensando habré logrado el objetivo.
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La verdad
El maestro
caminaba con sus discípulos cruzando el bosquecito. Hacía varios minutos que lo
hacían en silencio. De pronto uno de ellos preguntó:
—Maestro…¿Qué es la verdad?
El maestro se
detuvo, quedó un rato pensativo y se dirigió hacia los arbustos. Durante un
rato buscó entre las ramas mientras los alumnos lo observaban. Cuando pareció
encontrar lo que buscaba, los llamó:
—¡Acérquense! Miren esto. ¿Qué ven?
Se acercaron y
vieron una tela de araña donde una mosca se debatía por soltarse mientras la
araña se afanaba en inmovilizarla.
—La mosca
quiere escapar de una muerte segura —dijo uno de los discípulos.
—Esa es la
verdad para la mosca —respondió el maestro.
—La araña
quiere asegurarse su alimento —dijo otro.
—Esa es la verdad para la araña —acotó el
maestro.
En ese instante
una lagartija bajó corriendo por la rama y de un salto se engulló a la mosca,
rompiendo la tela, mientras la araña se refugiaba en un rincón.
—La mosca es
buen alimento para la lagartija. La araña no —dijo un tercero.
—Ah! Pero se
aprovechó del trabajo de la araña. ¡No es justo! —agregó un cuarto.
—Pero logró su
objetivo. La araña no —respondió el anterior.
—Esa es la
verdad para la lagartija —concluyó el maestro.
—Entonces,
Maestro… ¿Hay distintas verdades para un mismo evento? —preguntó el discípulo
que había iniciado el diálogo.
—¿Dependerá de
la posición en la que cada uno esté? —fue la pregunta del defensor de la araña.
—¿Vosotros que
creéis? —dijo el maestro y continuó su camino.
Osvaldo
Villalba
17/05/15
¡Cómo no amarte Buenos Aires si sos la forma de saber quién soy!
Hoy escribo porque siempre me gustó y la vida no me permitió hacerlo. Un día encontré el tiempo y descubrí que siempre hay algo para contar.
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Un mal día
Bajo la escalera del subte y ya se escucha el sonido. El cartel luminoso
indica que todas las líneas funcionan con normalidad. Una buena por lo menos en
medio de tantas pálidas. Mientras paso los molinetes pienso que hoy no tendría
que haberme levantado de la cama. Cuando me desperté de repente y comprobé que el reloj no había sonado porque se había cortado la luz, debí darme vuelta y
seguir durmiendo.
Avanzo por el pasillo que combina con la línea A, bajo otra escalera y
allí están. Son tres. El que toca el bandoneón parece tener tantos años como el
tango. Está sentado en un banco bajo y sostiene el instrumento sobre sus
piernas. A su derecha, un cincuentón puntea la viola con maestría. Frente a
ellos un flaco con barba espesa hace llorar el violín mientras Malena sigue cantando como ninguna.
El corte de luz era en todo el barrio. Para colmo no había puesto a
cargar el celular y no pude llamar al trabajo para avisar que llegaría tarde.
Me asomé por el balcón y la calle se veía como boca de lobo. El encargado del
edificio igual baldeaba la vereda. En planta baja, evidentemente, no faltaba el
agua. En mi baño no salía ni una gota. Los vecinos que se dieron cuenta del
corte durante la noche deben haber llenado las bañeras y todos los baldes y
cacerolas con agua y dejado el tanque con sólo el sedimento de…¿cuánto hará que
no lo limpian? No tuve más remedio que irme a trabajar sin bañarme. Y además
sin desayunar porque ni siquiera un café pude prepararme. Le puse comida a mi
gata Frida y rogué por que el agua que le sobró de ayer estuviera en buenas
condiciones.
Los tipos tocan muy bien. Y a mí el tango me puede. Me paro a escucharlos. Total no tengo apuro
por volver a casa. Desde que Sofía se fue nadie me espera. Bueno, sí, me espera
Frida, pero ella nunca hace problema por la hora a que llego.
Tenía la esperanza que las cosas mejoraran al llegar a la oficina. Pero
como ocurre casi siempre que empiezan mal, después empeoran favorablemente.
Como era obvio, con el caos de tránsito producto de la falta de semáforos,
llegué más tarde todavía de lo que suponía.
No hubiera sido mucho problema si no fuera porque el buchón de Alfredo
firmó la planilla a las 8,30, que es el máximo de tolerancia, dejándome en
evidencia. Para colmo imagino que la mujer del jefe le debe haber taladrado la
cabeza todo el fin de semana porque vino más agresivo que un gurka. Nos llamó a
su oficina y nos gritó por el trabajo realizado la semana pasada, por el que teníamos en curso y por el
que nos tenía preparado para darnos. Cuando llegaron las cinco de la tarde tuve
la misma sensación de alivio que una libertad condicional.
Observo a los que, como yo, se pararon a escuchar la música. Es un conjunto variopinto: estudiantes
secundarios, una señora mayor muy maquillada, jóvenes oficinistas, —lo infiero
por el tipo de vestimenta—, un grupo de obreros de la construcción con sus
cascos amarillos, un par de vendedores ambulantes, una familia con cuatro
niños, un matrimonio anciano, dos parejas vestidas como hippies y…ella. Cabello
largo, lacio, castaño con reflejos rubios, enmarcando un rostro bronceado, de
ojos marrones, boca grande con apenas un toque de maquillaje. Una musculosa
color crema y un jean muy ajustado sugieren un cuerpo armonioso, sin mucha
voluptuosidad pero, casi con seguridad, riguroso trabajo en el gym. La música pasa a segundo plano. Todos
mis sentidos convergen en un único propósito: admirarla. Imagino hasta su
perfume. ¿La vie est Belle tal vez? Coincidiría con su target. Concentrada en la música parece
transportada a otra dimensión. Y si le gusta el tango, bingo. De repente gira
la cabeza hacia mí. ¿Sintió mi mirada? Sonrío. Vuelve su atención a los músicos
pero no parece molesta. Mi pulso se acelera. ¿Me acerco? ¿Le hablo? ¿Cómo
hacerlo para no quedar en evidencia y rebotar? El trío arremetió con Por una cabeza. ¿Y si canto para llamar
su atención? Naaa, no me da para eso. ¡Ya sé! Busco mi billetera, saco 50 pesos,
me acerco al estuche de la guitarra que está en el suelo y los dejo caer. Los músicos
me agradecen con la mirada sin dejar de tocar. Al retirarme camino hacia donde
ella estaba parada…No está. Se fue. Corro hacia el andén. Está lleno. Camino
con el cuello estirado buscando ubicar su pelo entre todas las cabezas. Nada. A
lo mejor salía del subte. Subo los escalones de a dos y corro hasta los
molinetes. En la escalera mecánica que va a la calle la veo. Sube abrazada a un
tipo con indumentaria deportiva de Boca.
Confirmado. Hoy no debí salir de la cama. La única chance de mejorar un
mal día la vengo a perder con un bostero.
Osvaldo
Villalba
19/10/2018
¡Cómo no amarte Buenos Aires si sos la forma de saber quién soy!
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Esperándote
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Si fuera posible
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Cada vez que llueve
¡Cómo no amarte Buenos Aires si sos la forma de saber quién soy!
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Problema resuelto
se mide con un obstáculo.
I
La notificación de la notebook me sobresalta sacándome bruscamente del sueño. La configuré para que me avise cuando entra algún correo en esa cuenta. No la tengo en el celular para evitar que me relacione con ella ante cualquier peritaje. Me percato que son las 6 de la mañana. ¿Quién puede ponerse a escribir tan temprano? —pienso— ¡Es no tener nada que hacer!
Me quedo un rato en la cama, estirado, tratando de despertarme del todo. Igual, me pica la curiosidad por saber quien escribió. La cuenta, creada especialmente para nuestra actual actividad, tiene bastante movimiento, dejando como resultado buenos ingresos.
Me levanto, abro la notebook y reviso el correo. Como casi siempre, el remitente no se identifica:
De: rufianmelancolico@hotmail.com
Asunto: Recomendados
Estimados:
Tengo muy buenas referencias de ustedes y me agradaría encomendarles una tarea que requiere tanta profesionalidad como discreción. Si están dispuestos, a vuelta de correo les paso un teléfono para que nos contactemos.
Atentamente.
El texto no difiere demasiado de la mayoría de los mensajes. Nadie quiere dejar sentado por escrito el objetivo que pretende de nosotros. Le respondo. En minutos me pasa el teléfono, y lo llamo tomando la precaución que no quede identificado mi teléfono en el llamado.
—Hola —dice una voz de hombre.
—Hola, le hablo de Problema Resuelto. Me llaman El Negro —respondo— ¿Usted nos escribió?
—¡Ah, sí! Me hablaron muy bien de ustedes, como puse en el mail. Necesito un trabajo especial y, como también aclaré, que se haga con limpieza y discreción.
—Lo tiene garantizado. Somos efectivos y discretos —presumo— ¿De qué se trata?
—Quiero que me liberen de mi socio.
—Defíname liberar.
—Lo quiero muerto —dice con determinación.
—¡Apa! ¡Eso es algo muy serio! No está dentro del servicio standard.
—Por eso dije que era especial. ¿Está arrugando?
—¡No! Déjeme consultarlo con mi socio y lo llamo. Claro que en caso que el trabajo se haga la tarifa tampoco será standard.
—Por el pago no hay problema. Ponga la cifra y dígame cómo procedo.
—De acuerdo. Lo llamo ni bien tenga la respuesta. ¡Chau!
Corto y me tiro sobre la cama. Antes de consultar quiero tener en claro qué hacer. De una cosa estoy seguro. A la cárcel no quiero volver. De sólo pensar en los años que me comí adentro me da escalofrío. Mi viejo, enojado porque había sacado plata de la caja de la fábrica, no quiso pagar la fianza ni me puso abogado. El defensor oficial me informó que quedaba en preventiva y me trajo una Biblia. "¿Y esto?", le pregunté. "Estudiate todas las páginas que te marqué. Le voy a pedir al juez que te ubique en el pabellón de los evangelistas, asi no terminás siendo gato en una ranchada común", me dijo. Mejor no les cuento que es ser gato en un pabellón. Estuve guardado hasta esperar el juicio oral. Cuando me condenaron por estafa, —¡estafa! ¡Mi familia!—, ya había cumplido casi toda la pena, así que pronto salí. Pero el guacho de mi viejo no me dejó volver a casa. ¡Ah! ¡Y de mis amigos mejor ni hablar! Cuando yo garpaba las jodas…¡Un capo! Cuando salí del penal… ¡No tenían tiempo para verme! ¡Y para darme cobijo, menos! ¡Hijos de puta!
Me levanto y le envío un mensaje a Tenaza para reunirnos a las 11 en el café. Tenaza es como el hermano que no tengo. Cuando volví al barrio estuve como seis meses en situación de calle. La “gente bien” no me daba bola por ser ex presidiario. Los pibes de la calle me miraban con desconfianza por ser el “cheto” venido a menos. Me costó un montón ganármelos. Los convencí el día que me crucé delante de la moto de un tira para que el pibe que venía persiguiendo se escapara. Quedé todo golpeado, con un tremendo raspón en la pierna, pero la diferencia de orígenes que teníamos quedó definitivamente zanjada. Después de eso Tenaza intercedió para que me consiguieran un lugar en una casa tomada.
En ese tiempo hice de todo. Levanté quiniela y apuestas de carreras de caballos para un capitalista del barrio; participé en la mesa de una timba que manejaba el Rengo en la que desplumaban giles; levanté autos para el desarmadero o para la banda de los Grillos, si tenían algún golpe. Con ellos nunca fui. Salir de caño no es mi estilo. Con la droga no me meto. Los conozco pero en esa no entro.
Pero hace un par de años todo cambió. Mejores ingresos con menos ocupación. Disfruto más tiempo de mi actividad preferida: el ocio. Me acuerdo como si fuera hoy, yo estaba sin un mango, muerto de frío, recostado en la vidriera del café, esperando a alguno de la barra que me invitara con algo caliente, —el gallego del boliche ya no me fiaba— cuando lo veo venir a Tenaza con una sonrisa que le llenaba toda la cara.
—¡Negro, qué suerte que te encuentro! —dijo mientras me daba una palmada en el hombro con esas manazas que daban razón a su apodo— Tengo un laburito y necesito que me hagás pata.
—¡Claro! ¡No hay problema! —le dije— Si me pagás un café con leche con medias lunas, soy todo oídos.
—¡Que hijo de una gran…! —me respondió sin terminar la frase— Dale, vamos. ¡Gallego! ¡Dos cafés con leche con medias lunas! —Gritó desde la puerta mientras nos acomodábamos en la mesa del rincón.
El trabajo era sencillo. Teníamos que “convencer” a un fulano que dejara de ver a la mujer de un importante abogado del barrio. Salió todo redondito. Esperamos al tipo a media cuadra de su casa, y lo interceptamos antes que entrara al zaguán. Intentó hacerse el héroe pero Tenaza le apretó la cara con su mano derecha mientras yo le “masajeaba” los riñones y el hígado. No tardó mucho más en convencerse que esa señora no le convenía. Cobramos buena plata, pero lo más importante es que ese “favor” nos dio cartel.
Comenzaron a buscarnos para otros trabajitos. Así, le cobramos una deuda que tenía con un prestamista del barrio uno que se las daba de pesado. Atendimos una barrita que había abusado de la hermana del farmacéutico y otros asuntos por el estilo. Pero la fama trascendió el barrio. Nos llamó una vez un contador con oficina en el microcentro para pedirnos que “conversáramos” con el entrenador de un equipo de fútbol barrial que se negaba a poner en el equipo titular a su hijo. Quedó tan agradecido con nosotros, después de ver a su hijo jugando en primera, que me aconsejó publicar en internet nuestros servicios y abrir una cuenta de e-mail.
—¡Quién te ha visto y quién te ve, Negro! —me decía Tenaza— ¡Con una noubuc y en interné! ¡Jajaja!
Cuando llego al café Tenaza ya me está esperando.
.
II
Paro el auto una cuadra antes del cruce donde pensamos interceptar al blanco. Estuvimos más de dos semanas estudiando los movimientos del sujeto. Es un tipo muy metódico, repite toda su rutina casi sin cambios. Hoy jueves debería volver de jugar al golf como a las 18 horas y siempre toma esta ruta camino a su casa.
—¿Por qué querrá limpiarlo? —pregunta Tenaza.
—No es ético preguntar. Algunos cuentan los porqués como una forma de autojustificar el trabajo que nos encargan. El laburo de hoy es el primero de este tipo. Si el fulano no dijo nada…
—Y, si ni siquiera la jeta le pudimos ver. La guita la mandó por un remís en una caja de mermeladas. Menos mal que le habíamos avisado al gallego —dice riéndose Tenaza, como una forma de aflojarse.
—Se cuida. Las llamadas siempre fueron de celulares diferentes —agrego.
—Me parece que aquel es el auto —Tenaza se pone serio.
Nos bajamos los pasamontañas pese a que verificamos que no hay cámaras en la zona. Cuando su auto empieza a cruzar la esquina le cruzo el mío haciéndolo frenar de golpe. Tenaza se baja corriendo y lo encañona por el parabrisas mientras tironea de la puerta del conductor.
—¡Abrí la puerta! ¡Quiero ver tus manos! —le grita.
El tipo abre la puerta, temblando, con los ojos y la boca desmesuradamente abiertos.
—¡Tranquilos! ¡Llévense el auto! —dice torpemente— Sólo déjenme bajar al nene.
—¡Papi! ¡Papi! —la vocecita viene del asiento de atrás.
Tenaza lo agarra de la camisa y lo pone contra el suelo, boca abajo. El tipo llora. El nene sigue gritando.
—¡Papi! ¡Papi!
Nos miramos incrédulos. ¡Esto no puede estar pasando!
—¡Vamo´ Negro! A un pibe no, ¿eh? —me susurra Tenaza.
—Esperá —le digo— Dejame pensar. Si no cumplimos estamos terminados.
—No me importa —la voz de Tenaza suena ronca— Pero con un pibe, no.
Me agacho y lo agarro al tipo de los pelos.
—Decime. ¿Qué tiene tu socio contra vos?
—¿Él los manda? ¿Qué hijo de puta! —dejó de llorar— Saqué plata de la fábrica por un apuro que tuve y el turro me hizo cederle mi parte para no denunciarme por estafa.
—¡Ah! Estafa… ¿Y qué firmaste?
—Un contrato de sesión con firma certificada por escribano.
—Ahá. ¿Sabés donde lo guarda?
—En la caja fuerte del local con todos los papeles de la empresa. Yo ya no tengo llave.
—Tenaza, sentalo. —y dirigiéndome al tipo— Calmalo al nene.
Tenaza lo levanta y lo sienta en el suelo recostado contra el auto. Hace bajar al chico, de unos cinco años, y lo acomoda en la falda del padre. El pibe se calma.
—¡Oíme bien! —le digo— Vas a hacer exactamente lo que te diga. El día de hoy festejalo como tu cumpleaños porque naciste de nuevo. Cuando llegues a tu casa decile a tu mujer que lo llame al turro y con voz afligida le pregunte si sabe algo de vos, porque no llegaste. A ella decile que cuando pase todo le vas a explicar. A nadie más una palabra de todo esto porque me puedo arrepentir. ¿Dónde queda la fábrica?
Tomo nota de la dirección y lo dejamos ir.
—¿Qué vamos a hacer? —me pregunta Tenaza cuando nos vamos a casa.
—Nos pagaron por un muerto. Para no perder prestigio tenemos que cumplir.
III
Sentado en la mesa del fondo del café releo el WhatsApp que me escribió antes de ayer Tenaza: Ya le yevé las fotos de la fiesta al fulano le dije que nos quedamos con los negativos por seguridá (de él jajaja)
Me costó enseñarle que no se debe dejar por escrito ningún dato porque no hay red que sea segura. Pero al final aprendió. Ya tenemos el contrato de sesión. La “interné” como él dice, lo alcanzó también, pienso con una sonrisa.
Me acerco al mostrador y mientras le paso al gallego un fajito de dólares por su “servicio de recaudación”, le pregunto si llegaron los diarios.
—Sí seor! ¡Aquí lus tienes! —me dice con esa tonada que no perdió en los 50 años que tiene en el país.
Tomo el más importante y empiezo a hojearlo. Me detengo en la página de policiales:
EXTRAÑA MUERTE DE UN INDUSTRIAL
El industrial metalúrgico Raúl Estévez fue encontrado sin vida en el depósito de la planta que poseía en la localidad de Villa Lynch. El cuerpo fue hallado por el empleado de vigilancia, en su ronda habitual, al pie de la escalera que permite ingresar desde el despacho de Gerencia, en el tercer piso, en forma directa al sector productivo. En apariencia habría rodado desde arriba y por la posición de la cabeza, podría haberse quebrado el cuello. Según fuentes cercanas a la empresa el personal ya se había retirado. Habitualmente el industrial se quedaba en la planta hasta más tarde. Pudo saberse que antes de su ronda, el vigilador estuvo revisando el tablero eléctrico por un cortocircuito que se había producido en la instalación, lo que no permitió registros en las cámaras de seguridad. En el despacho de Estévez la caja de seguridad se encontraba abierta con importantes sumas de dinero en pesos y moneda extranjera en su interior.
Se esperan los resultados de la autopsia para determinar fehacientemente la causa de su muerte.
Cierro el diario. ¡No debiste amenazar con estafa! —pienso— ¡Esa palabra me cae muy mal!
Osvaldo Villalba
28/11/2015
¡Cómo no amarte Buenos Aires si sos la forma de saber quién soy!
Hoy escribo porque siempre me gustó y la vida no me permitió hacerlo. Un día encontré el tiempo y descubrí que siempre hay algo para contar.
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