La verdad

     



La verdad es como un inmenso 
árbol que brinda más y más 
frutos cuanto más se lo nutre. 
Reflexiones sobre la verdad 
Mahatma Gandhi

El maestro caminaba con sus discípulos cruzando el bosquecito. Hacía varios minutos que lo hacían en silencio. De pronto uno de ellos preguntó:

—Maestro…¿Qué es la verdad?

El maestro se detuvo, quedó un rato pensativo y se dirigió hacia los arbustos. Durante un rato buscó entre las ramas mientras los alumnos lo observaban. Cuando pareció encontrar lo que buscaba, los llamó:

—¡Acérquense! Miren esto. ¿Qué ven?

Se acercaron y vieron una tela de araña donde una mosca se debatía por soltarse mientras la araña se afanaba en inmovilizarla.

—La mosca quiere escapar de una muerte segura —dijo uno de los discípulos.

—Esa es la verdad para la mosca —respondió el maestro.

—La araña quiere asegurarse su alimento —dijo otro.

—Esa es la verdad para la araña —acotó el maestro.

En ese instante una lagartija bajó corriendo por la rama y de un salto se engulló a la mosca, rompiendo la tela, mientras la araña se refugiaba en un rincón.

—La mosca es buen alimento para la lagartija. La araña no —dijo un tercero.

—Ah! Pero se aprovechó del trabajo de la araña. ¡No es justo! —agregó un cuarto.

—Pero logró su objetivo. La araña no —respondió el anterior.

—Esa es la verdad para la lagartija —concluyó el maestro.

—Entonces, Maestro… ¿Hay distintas verdades para un mismo evento? —preguntó el discípulo que había iniciado el diálogo.

—¿Dependerá de la posición en la que cada uno esté? —fue la pregunta del defensor de la araña.

—¿Vosotros que creéis? —dijo el maestro y continuó su camino.

 

Osvaldo Villalba

17/05/15

 

Un mal día




…no hay días terribles
ni fiestas inolvidables…
Hebe Uhart

Bajo la escalera del subte y ya se escucha el sonido. El cartel luminoso indica que todas las líneas funcionan con normalidad. Una buena por lo menos en medio de tantas pálidas. Mientras paso los molinetes pienso que hoy no tendría que haberme levantado de la cama. Cuando me desperté de repente y comprobé que el reloj no había sonado porque se había cortado la luz, debí darme vuelta y seguir durmiendo.

Avanzo por el pasillo que combina con la línea A, bajo otra escalera y allí están. Son tres. El que toca el bandoneón parece tener tantos años como el tango. Está sentado en un banco bajo y sostiene el instrumento sobre sus piernas. A su derecha, un cincuentón puntea la viola con maestría. Frente a ellos un flaco con barba espesa hace llorar el violín mientras Malena sigue cantando como ninguna.

 

El corte de luz era en todo el barrio. Para colmo no había puesto a cargar el celular y no pude llamar al trabajo para avisar que llegaría tarde. Me asomé por el balcón y la calle se veía como boca de lobo. El encargado del edificio igual baldeaba la vereda. En planta baja, evidentemente, no faltaba el agua. En mi baño no salía ni una gota. Los vecinos que se dieron cuenta del corte durante la noche deben haber llenado las bañeras y todos los baldes y cacerolas con agua y dejado el tanque con sólo el sedimento de…¿cuánto hará que no lo limpian? No tuve más remedio que irme a trabajar sin bañarme. Y además sin desayunar porque ni siquiera un café pude prepararme. Le puse comida a mi gata Frida y rogué por que el agua que le sobró de ayer estuviera en buenas condiciones.

 

Los tipos tocan muy bien. Y a mí el tango me puede.  Me paro a escucharlos. Total no tengo apuro por volver a casa. Desde que Sofía se fue nadie me espera. Bueno, sí, me espera Frida, pero ella nunca hace problema por la hora a que llego.

 

Tenía la esperanza que las cosas mejoraran al llegar a la oficina. Pero como ocurre casi siempre que empiezan mal, después empeoran favorablemente. Como era obvio, con el caos de tránsito producto de la falta de semáforos, llegué más tarde todavía de lo que suponía.  No hubiera sido mucho problema si no fuera porque el buchón de Alfredo firmó la planilla a las 8,30, que es el máximo de tolerancia, dejándome en evidencia. Para colmo imagino que la mujer del jefe le debe haber taladrado la cabeza todo el fin de semana porque vino más agresivo que un gurka. Nos llamó a su oficina y nos gritó por el trabajo realizado la semana  pasada, por el que teníamos en curso y por el que nos tenía preparado para darnos. Cuando llegaron las cinco de la tarde tuve la misma sensación de alivio que una libertad condicional.

 

Observo a los que, como yo, se pararon a escuchar la música. Es un   conjunto variopinto: estudiantes secundarios, una señora mayor muy maquillada, jóvenes oficinistas, —lo infiero por el tipo de vestimenta—, un grupo de obreros de la construcción con sus cascos amarillos, un par de vendedores ambulantes, una familia con cuatro niños, un matrimonio anciano, dos parejas vestidas como hippies y…ella. Cabello largo, lacio, castaño con reflejos rubios, enmarcando un rostro bronceado, de ojos marrones, boca grande con apenas un toque de maquillaje. Una musculosa color crema y un jean muy ajustado sugieren un cuerpo armonioso, sin mucha voluptuosidad pero, casi con seguridad, riguroso trabajo en el gym. La música pasa a segundo plano. Todos mis sentidos convergen en un único propósito: admirarla. Imagino hasta su perfume. ¿La vie est Belle tal vez? Coincidiría con su target. Concentrada en la música parece transportada a otra dimensión. Y si le gusta el tango, bingo. De repente gira la cabeza hacia mí. ¿Sintió mi mirada? Sonrío. Vuelve su atención a los músicos pero no parece molesta. Mi pulso se acelera. ¿Me acerco? ¿Le hablo? ¿Cómo hacerlo para no quedar en evidencia y rebotar? El trío arremetió con Por una cabeza. ¿Y si canto para llamar su atención? Naaa, no me da para eso. ¡Ya sé! Busco mi billetera, saco 50 pesos, me acerco al estuche de la guitarra que está en el suelo y los dejo caer. Los músicos me agradecen con la mirada sin dejar de tocar. Al retirarme camino hacia donde ella estaba parada…No está. Se fue. Corro hacia el andén. Está lleno. Camino con el cuello estirado buscando ubicar su pelo entre todas las cabezas. Nada. A lo mejor salía del subte. Subo los escalones de a dos y corro hasta los molinetes. En la escalera mecánica que va a la calle la veo. Sube abrazada a un tipo con indumentaria deportiva de Boca.

 

Confirmado. Hoy no debí salir de la cama. La única chance de mejorar un mal día la vengo a perder con un bostero.

 

Osvaldo Villalba

19/10/2018

 

 


Esperándote

La noche cae lentamente sobre el río
tu recuerdo me perfora las entrañas
(sin consuelo)

tu partida fue tan súbita como inesperada
mi ruego no alcanzó a retenerte
(sin piedad)
durante el día te sueño en mi delirio
dulce, tierna, sensible y frágil
(sin mácula)

pero en la noche mi fe flaquea
mi espíritu se hunde en las sombras
(sin esperanza)

sin embargo espero ansioso la mañana
anhelo al sol iluminando tu rostro
(sin tiempo)

Osvaldo Villalba
26/08/2018

Si fuera posible

Quisiera ser el viento que acaricia tu pelo
y en las tardes de estío te invita a caminar
quisiera ser la luna que como tenue velo
te ilumina en las noches cuando te ve pasar.

Quisiera ser perfume en tu piel derramado
el color que te gusta y también la canción
que transporte tu alma hasta el cielo rosado
del alba sobre el río o la puesta del sol.

Quisiera ser la manta que te abriga en invierno
y abrazándote fuerte dejarte mi calor
o la fruta madura que se pierde en tu boca
y te deja en un beso ese dulce sabor.

Quisiera ser alhaja que se abrace a tu cuello
caricia en tu mejilla, consuelo en tu dolor
y mirarme en tus ojos y ver que son tan bellos
y besarte en la boca y decirte mi amor.


Osvaldo Villalba
11/08/1977



Cada vez que llueve




Como si se pudiese
 elegir en el amor, como
si no fuera un rayo que
te parte los huesos
 y te deja estaqueado
 en la mitad del patio.
Julio Cortázar

¡Qué suerte, empezó a llover! Ya salgo a caminar. Cada vez que llueve te salgo a buscar.

Esto no me pasaba desde que, en un día de lluvia, María Teresa se fue, dejándome un vacio que no pude llenar. Por eso, cuando llovía, me deprimía hasta el punto de no querer salir de la cama.

Todo cambió cuando se vino esa última tormenta de verano. Pensé que sería bueno llevar el auto unas cuadras más arriba donde no se inunda. La lucha entre lo que debía hacer y lo que quería hacer duró hasta que comenzaron a caer las primeras gotas. Allí no dudé más. Al fin y al cabo, el odio a la lluvia se iba a transformar en el odio a mi obstinación si el coche se me inundaba, sumado al dinero que eso me costaría. Salí a la calle, entré al auto y lo puse en marcha. “Bueno, arrancó de una”, pensé. Una buena por lo menos. La lluvia era cada vez más intensa. Los vidrios se me empañaron y tuve que prender la calefacción, pese al calor que hacía. Lo estacioné a cinco cuadras de casa, donde esperaba que no se inunde, y volví caminado bajo la lluvia. “Menos mal que lo hice”, pensé cuando llegué a la esquina de mi casa, porque la calle estaba inundada de bote a bote.

Y allí…te vi venir. Mojada como si te hubieran volcado un balde lleno de agua en la cabeza. Bajo un paraguas pequeño que no cubría nada, las sandalias en la mano, caminando con dificultad y lentamente por el agua que te cubría los tobillos. El vestido clarito se te pegaba al cuerpo y te hacía más sexy. Parecías salida de una película de Fellini. Tu cabello, pese a estar recogido, estaba empapado, con mechones en la frente y a los costados del rostro. Cuando nuestras miradas se cruzaron, una leve sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en tu rostro. Sentí que el corazón se me derretía. Me quedé paralizado, sin reacción. Cuando decidí que te iba a decir algo, te vi correr a un colectivo y hacerle señas. “¡Que no pare!, ¡Que no pare!”, pensé. Y el guacho paró. Claro, yo en el lugar del colectivero también te hubiera parado. “Seguro que ni me registró”, pensé. La sonrisa debió ser un acto reflejo por la situación. Pero la fotografía que sacó mi cerebro no se borró más. Y la tengo presente a cada momento.

Por eso cada vez que llueve te salgo a buscar. Pero ahora, ya tengo planificado lo que voy a hacer. Cuando te vea venir, voy a ir derecho hacia vos y te voy a decir  “¡Que hermosa que sos!”. Voy a tomar tu rostro entre mis manos, voy a mirarme en tus ojos color miel y, si para ese momento no me rompiste el paraguas en la cabeza…me voy a hundir en el abismo de tu boca.

Cada vez que llueve, te salgo a buscar y sé que un día… voy a encontrarte.

Osvaldo Villalba
07/08/18

Problema resuelto


El hombre se descubre cuando
se mide con un obstáculo.
Antoine de Saint-Éxupery

I

La notificación de la notebook me sobresalta sacándome bruscamente del sueño. La configuré para que me avise cuando entra algún correo en esa cuenta. No la tengo en el celular para evitar que me relacione con ella ante cualquier peritaje. Me percato que son las 6 de la mañana. ¿Quién puede ponerse a escribir tan temprano? —pienso— ¡Es no tener nada que hacer!


Me quedo un rato en la cama, estirado, tratando de despertarme del todo. Igual, me pica la curiosidad por saber quien escribió. La cuenta, creada especialmente para nuestra actual actividad, tiene bastante movimiento, dejando como resultado buenos ingresos.


Me levanto, abro la notebook y reviso el correo. Como casi siempre, el remitente no se identifica:


De: rufianmelancolico@hotmail.com

A:  problemaresuelto@gmail.com

Asunto: Recomendados


Estimados:

Tengo muy buenas referencias de ustedes y me agradaría encomendarles una tarea que requiere tanta profesionalidad como discreción. Si están dispuestos, a vuelta de correo les paso un teléfono para que nos contactemos.

Atentamente.


El texto no difiere demasiado de la mayoría de los mensajes. Nadie quiere dejar sentado por escrito el objetivo que pretende de nosotros. Le respondo. En minutos me pasa el teléfono, y lo llamo tomando la precaución que no quede identificado mi teléfono en el llamado.


—Hola —dice una voz de hombre.

—Hola, le hablo de Problema Resuelto. Me llaman El Negro —respondo— ¿Usted nos escribió?

—¡Ah, sí! Me hablaron muy bien de ustedes, como puse en el mail. Necesito un trabajo especial y, como también aclaré, que se haga con limpieza y discreción.

—Lo tiene garantizado. Somos efectivos y discretos —presumo— ¿De qué se trata?

—Quiero que me liberen de mi socio.

—Defíname liberar.

—Lo quiero muerto —dice con determinación.

—¡Apa! ¡Eso es algo muy serio! No está dentro del servicio standard.

—Por eso dije que era especial. ¿Está arrugando?

—¡No! Déjeme consultarlo con mi socio y lo llamo. Claro que en caso que el trabajo se haga la tarifa tampoco será standard.

—Por el pago no hay problema. Ponga la cifra y dígame cómo procedo.

—De acuerdo. Lo llamo ni bien tenga la respuesta. ¡Chau!


Corto y me tiro sobre la cama. Antes de consultar quiero tener en claro qué hacer. De una cosa estoy seguro. A la cárcel no quiero volver. De sólo pensar en los años que me comí adentro me da escalofrío. Mi viejo, enojado porque había sacado plata de la caja de la fábrica, no quiso pagar la fianza ni me puso abogado. El defensor oficial me informó que quedaba en preventiva y me trajo una Biblia. "¿Y esto?", le pregunté. "Estudiate todas las páginas que te marqué. Le voy a pedir al juez que te ubique en el pabellón de los evangelistas, asi no terminás siendo gato en una ranchada común", me dijo. Mejor no les cuento que es ser gato en un pabellón. Estuve guardado hasta esperar el juicio oral. Cuando me condenaron por estafa, —¡estafa! ¡Mi familia!—, ya había cumplido casi toda la pena, así que pronto salí. Pero el guacho de mi viejo no me dejó volver a casa. ¡Ah! ¡Y de mis amigos mejor ni hablar! Cuando yo garpaba las jodas…¡Un capo! Cuando salí del penal… ¡No tenían tiempo para verme! ¡Y para darme cobijo, menos! ¡Hijos de puta!


Me levanto y le envío un mensaje a Tenaza para reunirnos a las 11 en el café. Tenaza es como el hermano que no tengo. Cuando volví al barrio estuve como seis meses en situación de calle. La “gente bien” no me daba bola por ser ex presidiario. Los pibes de la calle me miraban con desconfianza por ser el “cheto” venido a menos. Me costó un montón ganármelos. Los convencí el día que me crucé delante de la moto de un tira para que el pibe que venía persiguiendo se escapara. Quedé todo golpeado, con un tremendo raspón en la pierna, pero la diferencia de orígenes que teníamos quedó definitivamente zanjada. Después de eso Tenaza intercedió para que me consiguieran un lugar en una casa tomada.

En ese tiempo hice de todo. Levanté quiniela y apuestas de carreras de caballos para un capitalista del barrio; participé en la mesa de una timba que manejaba el Rengo en la que desplumaban giles; levanté autos para el desarmadero o para la banda de los Grillos, si tenían algún golpe. Con ellos nunca fui. Salir de caño no es mi estilo. Con la droga no me meto. Los conozco pero en esa no entro.

Pero hace un par de años todo cambió. Mejores ingresos con menos ocupación. Disfruto más tiempo de mi actividad preferida: el ocio. Me acuerdo como si fuera hoy, yo estaba sin un mango, muerto de frío, recostado en la vidriera del café, esperando a alguno de la barra que me invitara con algo caliente, —el gallego del boliche ya no me fiaba— cuando lo veo venir a Tenaza con una sonrisa que le llenaba toda la cara.

—¡Negro, qué suerte que te encuentro! —dijo mientras me daba una palmada en el hombro con esas manazas que daban razón a su apodo— Tengo un laburito y necesito que me hagás pata.

—¡Claro! ¡No hay problema! —le dije— Si me pagás un café con leche con medias lunas, soy todo oídos.

—¡Que hijo de una gran…! —me respondió sin terminar la frase— Dale, vamos. ¡Gallego! ¡Dos cafés con leche con medias lunas! —Gritó desde la puerta mientras nos acomodábamos en la mesa del rincón.


El trabajo era sencillo. Teníamos que “convencer” a un fulano que dejara de ver a la mujer de un importante abogado del barrio. Salió todo redondito. Esperamos al tipo a media cuadra de su casa, y lo interceptamos antes que entrara al zaguán. Intentó hacerse el héroe pero Tenaza le apretó la cara con su mano derecha mientras yo le “masajeaba” los riñones y el hígado. No tardó mucho más en convencerse que esa señora no le convenía. Cobramos buena plata, pero lo más importante es que ese “favor” nos dio cartel. 


Comenzaron a buscarnos para otros trabajitos. Así, le cobramos una deuda que tenía con un prestamista del barrio uno que se las daba de pesado. Atendimos una barrita que había abusado de la hermana del farmacéutico y otros asuntos por el estilo. Pero la fama trascendió el barrio. Nos llamó una vez un contador con oficina en el microcentro para pedirnos que “conversáramos” con el entrenador de un equipo de fútbol barrial que se negaba a poner en el equipo titular a su hijo. Quedó tan agradecido con nosotros, después de ver a su hijo jugando en primera, que me aconsejó publicar en internet nuestros servicios y abrir una cuenta de e-mail.

—¡Quién te ha visto y quién te ve, Negro! —me decía Tenaza— ¡Con una noubuc y en interné! ¡Jajaja! 


Cuando llego al café Tenaza ya me está esperando.


II

Paro el auto una cuadra antes del cruce donde pensamos interceptar al blanco. Estuvimos más de dos semanas estudiando los movimientos del sujeto. Es un tipo muy metódico, repite toda su rutina casi sin cambios. Hoy jueves debería volver de jugar al golf como a las 18 horas y siempre toma esta ruta camino a su casa.

—¿Por qué querrá limpiarlo? —pregunta Tenaza.

—No es ético preguntar. Algunos cuentan los porqués como una forma de autojustificar el trabajo que nos encargan. El laburo de hoy es el primero de este tipo. Si el fulano no dijo nada… 

—Y, si ni siquiera la jeta le pudimos ver. La guita la mandó por un remís en una caja de mermeladas. Menos mal que le habíamos avisado al gallego  —dice riéndose Tenaza, como una forma de aflojarse.

—Se cuida. Las llamadas siempre fueron de celulares diferentes —agrego.

—Me parece que aquel es el auto —Tenaza se pone serio.


Nos bajamos los pasamontañas pese a que verificamos que no hay cámaras en la zona. Cuando su auto empieza a cruzar la esquina le cruzo el mío haciéndolo frenar de golpe. Tenaza se baja corriendo y lo encañona por el parabrisas mientras tironea de la puerta del conductor.

—¡Abrí la puerta! ¡Quiero ver tus manos! —le grita.

El tipo abre la puerta, temblando, con los ojos y la boca desmesuradamente abiertos.

—¡Tranquilos! ¡Llévense el auto! —dice torpemente— Sólo déjenme bajar al nene.

—¡Papi! ¡Papi! —la vocecita viene del asiento de atrás.

Tenaza lo agarra de la camisa y lo pone contra el suelo, boca abajo. El tipo llora. El nene sigue gritando.

—¡Papi! ¡Papi!

Nos miramos incrédulos. ¡Esto no puede estar pasando!

—¡Vamo´ Negro! A un pibe no, ¿eh? —me susurra Tenaza.

—Esperá —le digo— Dejame pensar. Si no cumplimos estamos terminados.

—No me importa —la voz de Tenaza suena ronca— Pero con un pibe, no.

Me agacho y lo agarro al tipo de los pelos.

—Decime. ¿Qué tiene tu socio contra vos?

—¿Él los manda? ¿Qué hijo de puta! —dejó de llorar— Saqué plata de la fábrica por un apuro que tuve  y el turro me hizo cederle mi parte para no denunciarme por estafa.

—¡Ah! Estafa… ¿Y qué firmaste?

—Un contrato de sesión con firma certificada por escribano.

—Ahá. ¿Sabés donde lo guarda?

—En la caja fuerte del local con todos los papeles de la empresa. Yo ya no tengo llave.

—Tenaza, sentalo. —y dirigiéndome al tipo— Calmalo al nene.

Tenaza lo levanta y lo sienta en el suelo recostado contra el auto. Hace bajar al chico, de unos cinco años, y lo acomoda en la falda del padre. El pibe se calma.

—¡Oíme bien! —le digo— Vas a hacer exactamente lo que te diga. El día de hoy festejalo como tu cumpleaños porque naciste de nuevo. Cuando llegues a tu casa decile a tu mujer que lo llame al turro y con voz afligida le pregunte si sabe algo de vos, porque no llegaste. A ella decile que cuando pase todo le vas a explicar. A nadie más una palabra de todo esto porque me puedo arrepentir. ¿Dónde queda la fábrica?

Tomo nota de la dirección y lo dejamos ir.

—¿Qué vamos a hacer? —me pregunta Tenaza cuando nos vamos a casa.

—Nos pagaron por un muerto. Para no perder prestigio tenemos que cumplir.


III

Sentado en la mesa del fondo del café releo el WhatsApp que me escribió antes de ayer Tenaza: Ya le yevé las fotos de la fiesta al fulano le dije que nos quedamos con los negativos por seguridá (de él jajaja)


Me costó enseñarle que no se debe dejar por escrito ningún dato porque no hay red que sea segura. Pero al final aprendió. Ya tenemos el contrato de sesión. La “interné” como él dice, lo alcanzó también, pienso con una sonrisa.


Me acerco al mostrador y mientras le paso al gallego un fajito de dólares por su “servicio de recaudación”,  le pregunto si llegaron los diarios.

—Sí seor! ¡Aquí lus tienes! —me dice con esa tonada que no perdió en los 50 años que tiene en el país.

Tomo el más importante y empiezo a hojearlo. Me detengo en la página de policiales:


EXTRAÑA MUERTE DE UN INDUSTRIAL

El industrial metalúrgico Raúl Estévez fue encontrado sin vida en el depósito de la planta que poseía en la localidad de Villa Lynch. El cuerpo fue hallado por el empleado de vigilancia, en su ronda habitual, al pie de la escalera que permite ingresar desde el despacho de Gerencia, en el tercer piso, en forma directa al sector productivo. En apariencia habría rodado desde arriba y por la posición de la cabeza, podría haberse quebrado el cuello. Según fuentes cercanas a la empresa el personal ya se había retirado. Habitualmente el industrial se quedaba en la planta hasta más tarde.  Pudo saberse que antes de su ronda, el vigilador estuvo revisando el tablero eléctrico por un cortocircuito que se había producido en la instalación, lo que no permitió  registros en las cámaras de seguridad. En el despacho de Estévez la caja de seguridad se encontraba abierta con importantes sumas de dinero en pesos y moneda extranjera en su interior.

Se esperan los resultados de la autopsia para determinar fehacientemente la causa de su muerte. 


Cierro el diario. ¡No debiste amenazar con estafa!  —pienso— ¡Esa palabra me cae muy mal!

 

Osvaldo Villalba

28/11/2015


Martín, el callejero



Hay derrotas  que tienen más
dignidad que una victoria
Jorge Luis Borges


Llueve. Martín corre hasta el túnel que pasa bajo las vías del ferrocarril San Martín para refugiarse. Hace frío. Ya no se acuerda cuánto hace que está en “situación de calle”. Él prefiere llamarse callejero. Camina por el sendero peatonal hasta las escaleras en la otra punta. Se sienta en el primer escalón y se tapa con la frazada que trae en la bolsa de consorcio, su equipaje.

Tiene hambre pero llueve mucho para ir hasta la plaza donde repartirán comida en un par de horas. Mejor dormirse un rato. Cierra los ojos y se encuentra en el departamento que alquilaban con Bettina. Un pañuelito pero para ellos, un palacio. ¡Cuántos sueños!  En esa época los dos trabajaban y aunque tenían muchas dificultades, eran felices. Hasta que comenzaron las hemorragias. Primero las encías, luego la nariz. Leucemia fue el diagnóstico. La peleó durante un año pero todo fue en vano. Todavía no puede aceptar que su amor no vuelve más. Todavía sueña con encontrarla. Sabe que jamás volverá a amar a alguien de esa forma.

A partir de ahí nada tuvo importancia. Ni siquiera ese lunes que llegó a la fábrica y se encontró con un candado en los portones. Sus compañeros le contaron que los patrones se habían llevado todas las máquinas y la mercadería en el fin de semana. Buscó trabajo infructuosamente. El dueño del departamento lo esperó dos meses Finalmente tuvo que dejarlo. Vivió un tiempo en un hotelucho de Balvanera mientras le duró la plata de la venta de sus muebles. Después…la calle.

El segundo día ya aprendió las reglas. Se acercó a un grupo que paraba debajo del puente de Córdoba y Juan B. Justo. Pensaba que podrían enseñarle algunos tips de supervivencia.
—¡Lindas zapatillas! —dijo uno.
—¡La campera es para mí! —gritó otro.

Intentó resistirse pero sólo consiguió que lo golpearan y patearan como nunca le había pasado. Se fue rumiando su bronca e impotencia jurándose que nunca más se iba a dejar sorprender. El Viejo Matías, que duerme en la estación de Corrientes y Dorrego, —lo bautizó así por la canción de Víctor Heredia—, le enseñó los lugares donde reparten comida, calzado y abrigo. Es con el único que se da. Prefiere andar sólo todo el tiempo. 

De un pedazo de chapa de zinc que encontró en un volquete se armó una faca como alguna vez vio en la televisión que hacían en las cárceles. El mango con trapos y afilada en el cordón de la vereda. Alguna vez va a ir a buscarlos.

El grito lo despierta. Se para y ve a una chica que forcejea con un tipo que quiere arrancarle el bolso. Están a unos diez metros más o menos. Corre hacia ellos y grita:
—¡Soltala!
—¡No te metás puto! —le dice el tipo.

En la carrera lo lleva por delante y lo hace caer. Se abalanza sobre él mientras el tipo, en medio de insultos, saca un arma y dispara dos veces. Siente que algo le quema en el estómago. Con el impulso cae sobre él y le clava la faca en el cuello.

Se tiende boca arriba. Le cuesta respirar. La chica se comunica con el 911. El tipo ya no se mueve. Ella se acerca a Martín.
—¡Gracias! —le dice— ¡Aguantá, ya viene la ambulancia!

Con una mueca de asombro la mirada de Martín se pierde en el techo del túnel. Su cuerpo se estremece como en una convulsión, la sangre sale a borbotones por el costado de su boca mientras en un hilo de voz exclama:
—¡Bettina, mi amor!

Osvaldo Villalba
19/08/2018



Cuarenta


Las verdaderas historias
 de amor nunca tienen final.
Richard Bach

¿Cuántas cosas pueden vivirse en cuarenta años? Sería imposible enumerarlas en un texto corto. A los 74, los últimos 40 son más de la mitad de mi vida. Y en tu caso es mucho más.

Claro que cuando comenzamos esta aventura ni pensábamos en todo este recorrido. Ni siquiera podíamos prever qué pasaría unos meses después. Y a diferencia de lo que expresa Manrique en uno de sus poemas: “Como a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”, para nosotros es ahora. Los hijos ya adultos, menos presiones y obligaciones, pero sobre todo porque desde el principio hasta hoy, compartimos juntos este camino.

Por supuesto que hemos vivido muchos momentos felices. Nuestro primer departamento. El nacimiento de nuestra hija. Para vos el estreno de mamá. Para mí, que tengo tres hijos varones de mi primer matrimonio, mi primera nena. Después llegó el varón. Me acompañaste cuando tuve mis primeros nietos. La mayor ya una joven, otro adolescente. El nacimiento de nuestra nieta, que te estrenó como abuela.  Verlos crecer a todos.

También hubo tiempos de dolor y angustia. La pérdida de tu sobrina justo antes de nacer y la partida de mi nieto con tan sólo seis meses.

Tampoco pudimos soslayar las cíclicas crisis económicas que sacuden a nuestro país. Sufrimos la 1050, un sistema de crédito hipotecario muy similar a los actuales UVA. Ser despedido de una empresa con diez años de antigüedad en el mes de noviembre y no conseguir trabajo hasta el mes de abril del año siguiente. Todo lo transitamos juntos. Con desavenencias muchas veces, con acuerdos otras, pero apoyándonos mutuamente cuando nos sentíamos aflojar.

El lunes pasado, en la cena familiar, nuestro hijo menor (35) le preguntó a nuestra nieta cuántos años iba a cumplir. “Once” respondió ella. “Bueno”, le dijo él, “cuando se juegue el próximo mundial, que va a ser en noviembre, vas a tener 15 años. Ahí vas a comprobar que la vida transcurre entre mundiales, cada cuatro años.” Nos reímos en ese momento pero cuando estoy escribiendo esto, recuerdo que nuestra historia comenzó cuando se apagaban los ecos del Mundial 78. Y aquí estamos, once mundiales después, con la seguridad que si tuviéramos que volver a vivir todo esto, lo haríamos otra vez.

¡Feliz Aniversario Susa! ¡Por otros cuarenta!

Osvaldo Villalba
22/07/1978 – 22/07/2018




La luna de mi ventana


Coge un cántaro de vino,
 siéntate a la luz de la luna
 y bebe pensando en que
 mañana quizás la luna
 te busque en vano
Omar Khayyan

Termina el partido y voy a enjuagar mi copa en la pileta de la cocina. En el momento de abrir el grifo levanto la vista y allí está. Enorme, redonda, amarilla. Ella. La luna.



—¿Viste la luna? —le grito a Susana. Cuando veo fútbol ella se exilia en el dormitorio y le da un poco de uso a nuestro viejo televisor con treinta y tantos años cumplidos.
—No, de acá no se ve. Ahora voy —responde.
Nos quedamos un rato contemplándola. Tiene una fascinación difícil de explicar. Me gusta el sol y celebro los días soleados. Pero también me gusta caminar bajo la llovizna. Pero mirar la luna no se compara con nada.
—Lástima el mamotreto que construyeron y nunca terminaron. Si por lo menos sirviera de vivienda —me dice.
—Es cierto. Antes la veíamos apenas asomaba. Ahora hay que esperar que pase la torre. Igual me sigue gustando.

De chico, cuando visitaba a mis primas en Quilmes, las mayores nos decían a los más chicos que la luna era de queso. ¿Tendrá alguna influencia mi admiración por ella en mi predilección por todos los tipos de quesos?

Recuerdo como me devoré la novela de Julio Verne De la tierra a la luna cuando los rusos no habían comenzado a lanzar los Sputnik. Muchos años después, el 20 de julio de 1969, pude ver en un televisor blanco y negro la transmisión desde Estados Unidos del alunizaje de la Apolo XI. Siempre me quedó la duda si fue verídica esa epopeya.


¡Cuántas noches en la playa de Villa Gesell esperando que salga sobre el mar! ¡La emoción que nos embargaba a los locos que esperábamos cuando aparecía en el horizonte!



—¿Te conté alguna vez cómo la luna me salvó la vida? —le pregunto a Susana.
—¡No! Después de casi 40 años juntos… ¿todavía guardás algún secreto? —responde riéndose.
—Es que es una historia tan fantástica que nunca me animé a contársela a nadie.
—¡Y bueno! ¡Siempre hay una primera vez! Prometo no divulgarlo.
—Está bien. Ocurrió cuando yo tenía 14 años. Me habían invitado a un cumpleaños de 15. La fiesta se celebraba en un club de Vicente López que tenía varios salones, parque y salida al Río de la Plata.
Era la época del rock and roll y todos mis amigos eran eximios bailarines. Yo en cambio, tenía la plasticidad de un playmobil. Por eso ellos acaparaban a todas las chicas. A mí me quedaba conformarme con los sandwichs o las masas. Además nunca fui muy agraciado así que cuando llegaba el momento de los lentos, si quería bailar tenía que buscar alguna tía solterona.
Pero esa noche ocurrió algo sorprendente. Una piba que no era conocida por nosotros me vino a buscar y me sacó a bailar el rock. “Yo te enseño” me dijo ante mi resistencia. Era tan hermosa, con su pelo castaño, largo, cayendo sobre sus hombros descubiertos, un vestido con flores estampadas y enaguas almidonadas en forma de miriñaque marcando su cintura, que no me importó hacer el ridículo y accedí. Pensé que bailaría una o dos piezas conmigo y después a otra cosa. Para mi sorpresa no me dejó. Parábamos para tomar algo y me llevaba otra vez a bailar. No podía creerlo. Mis amigos me hacía caras y señas alentándome. Cuando llegaron los lentos se abrazó a mí y pegó su mejilla a la mía. Bailamos un montón de piezas y en un momento dijo susurrándome al oído: “Tengo calor. ¿Vamos un rato afuera?” No dudé un minuto. En cuanto estemos en el parque la beso, pensé. Salimos tomados de la mano. Caminamos alejándonos del salón hacia un grupo de álamos sobre el borde de la playa. El cielo estaba encapotado y la oscuridad era total. Llegamos a los árboles, apoyé mi espalda en un tronco y tomándola de los hombros la atraje hacia mi. Se dejó abrazar y pasó sus brazos alrededor de mi cuello. Nos quedamos unos instantes apretados, en silencio y en el momento que tomo su rostro entre mis manos para buscar su boca, las nubes se corren, aparece la luna y… ¡en su boca abierta cuatro colmillos enormes brillaron como cuchillos! No paré de correr hasta llegar a la avenida.

—¡Ah! ¡Qué loco sos! —me dice riendo Susana—. Por un momento pensé que hablabas en serio.
—¿No me creés?
—Claro que no, a esta altura ya sé que sos un cuentero incorregible. Eso sí, lo bueno de la historia es que no tenías secretos.
—¡Cría fama…! Mejor me tomo otra copa de vino en honor de Omar.

Osvaldo Villalba
10/06/2018