Una cena especial




Ni aún permaneciendo sentado
junto al fuego de su hogar,
puede el hombre escapar
a la sentencia de su destino.
Esquilo

Su llamada señor. Por línea dos.
La voz de la secretaria en el intercomunicador lo saca de sus cavilaciones. Hace rato que debió tomar esta decisión. La situación no daba para más. ¿Por qué dejó que avanzara tanto? ¿Se estaría ablandando? Descuelga el auricular y aprieta el dos.
—Hola Chino. ¿Cómo estas?... Me alegro… Tengo algo para vos… Esta noche… ¡No! ¡Tiene que ser hoy!... ¿Por qué? ¡Porque yo lo digo! ¡Porque soy el que paga! ¡Porque se me cantan las pelotas! ¿Por qué tengo que darte explicaciones?... ¡No, no me enojo! Sólo soy sanguíneo… Está bien. Ya sé que nunca me fallaste. Por eso cuando necesito algo especial busco quien te reemplace en tu laburo y te llamo a vos… Sí, entiendo. “conocer algunos detalles me dan más panorama” —lo dice en tono burlón—. ¡Andá!... Bueno, tranquilo, te doy la derecha. Tiene que ser hoy porque mañana va a una entrevista con el periodista que vos sabés… ¡Ah! ¿Ahora entendés? ¡Que cabezón! ¡Si sabés que no es por capricho!... Dale. Lo cité en Gambrinus… Sí, la de Federico Lacroze… ¡No! Yo no voy a ir. Tengo entradas para el Colón. Una ópera que me encanta. Todos lo saben —esto último lo dice remarcando las palabras—… ¡No! La mesa está reservada a nombre de él. Sobre la ventana que da a Rosetti… ¿Aumento? ¡No me jodás! ¡Con lo que te pago los adicionales no me vas a decir que te afecta la inflación!... ¡Uh! No me llorés que se me moja el teléfono… ¡Bué! Diez por ciento más… ¡Eh, que apuro!... ¡Ah! ¿Te vas de vacaciones? Dale. Esta misma noche te mando el sobre con una moto.


El Chino estaciona su auto sobre Rosetti apenas cruzando Lacroze. Retrocede hasta la avenida y en la esquina dobla a la izquierda, caminando sobre los escombros de un sector vallado por obras. Por esa razón no hay automóviles estacionados. Se detiene al llegar al restaurante y enciende un cigarrillo. Mientras cubre con sus dos manos la llama del encendedor observa que nadie camina por la vereda. En la primera ventana está el tipo cuya foto verificó en un WhatsApp antes de salir de su casa. Después de una pitada profunda, saca su Glock de la cintura, apunta y dispara tres veces. En medio de la confusión y el ruido de cristales corre hacia la esquina, entra al auto y parte raudamente.


Gladys termina de secar la vajilla y la guarda en la alacena. Hoy es menos que de costumbre. Sólo ella y la nena ya que ni Marcelo, su marido, ni su hijo Facundo cenaron en casa. Facu se fue directo de la escuela a casa de un compañero y Marcelo salió con el jefe. Lo había escuchado hablar por teléfono en el baño mientras se duchaba cuando volvió de correr. Cuando salió le dijo que el Tano lo había citado esta noche para una cena de trabajo. “¿Nunca labura en horarios normales?”, le había preguntado. “Nada es normal en el Tano” fue su respuesta.  “¿Por dónde es?” le preguntó cuando salía. “Por Chacarita”.
Pasa el trapo rejilla por la mesada y observa complacida como brilla. Va al living y enciende el televisor. Se sirve una copita de licor de chocolate y se estira en el sofá mientras el control remoto no descansa del zapping. En todos los programas de noticias hay discusiones políticas. Escucha un rato, cambia, vuelve. En uno de esos cambios aparece una placa roja con letras enormes que dice. ATENCIÓN y la música que anuncia una primicia. Se queda esperando mientras la placa se repite una y otra vez hasta que la voz en off del locutor dice: “Tiroteo en Chacarita. Ampliaremos”. “¿A Chacarita no fue Marcelo?”, piensa. Una leve inquietud hace que se quede mirando la programación del canal que vuelve a su formato habitual. Luego de unos minutos el locutor del noticiero le da el pase a un móvil. El notero transmite pegado a una cinta de seguridad amarilla con la que la Policía de la Ciudad cercó la zona.
“Estamos frente al legendario restaurante Gambrinus —comienza el cronista— donde un hombre que se encontraba en una mesa fue acribillado desde la calle. Recibió tres impactos de bala, según los trascendidos. La vidriera, como se ve, está tapada por un mantel, —la cámara muestra la entrada del local y la ventana de la izquierda cubierta por un mantel blanco—. La Policía Científica está trabajando dentro. No se conoce todavía la identidad de la víctima.

Gladys está petrificada. “Marcelo iba a un restaurante por ahí” —piensa—. “¿Estará bien?” Busca su teléfono y marca. Tiembla y la angustia le nubla la vista. “El celular que intenta llamar está apagado o fuera del área de servicios”, dice la voz impersonal de la operadora virtual. Intenta nuevamente y se repite el mensaje. La televisión sigue repitiendo las mismas imágenes pero sin datos nuevos. No sabe qué hacer. ¿Le cuenta a Lisa que está en su cuarto? Mejor no. Le va a decir que no sea tan patética. Pero ¿cómo poder evitarlo? Siempre piensa lo peor. Se hunde en el sillón, mira la tele sin ver y llora en silencio.

Lisa baja a servirse un vaso de coca y cuando regresa de la cocina al living la ve llorosa.
—¡Mamá! ¿Qué te pasa?
—Hubo un tiroteo en el barrio donde lo citó el jefe a papá.
—¿Dijeron algo en el noticiero? —pregunta Lisa mirando el aparato.
—No. Pasan siempre las mismas noticias.
—¿Lo llamaste?
—Tiene el celular apagado.
—Bueno mamá. A lo mejor fue a otro lado. O por la conmoción no hay señal en la zona.
—¡Algo le pasó! ¡Algo le pasó!
—Tranquila mamá. Tomá un poco —le alcanza el vaso. Piensa que siempre es tan negativa pero prefiere no decírselo. Se sienta a su lado y la abraza.

Un rato después, Gladys un poco más calmada, sigue haciendo zapping pero en ningún canal dicen nada más.
—¿Querés un té? —pregunta Lisa en el momento que se escucha ruido de llaves en la puerta de entrada.
—¿Facu? —Hay ansiedad en la voz de Gladys.
—No, Marcelo.
La respuesta hace que la mujer salte del sillón y corra hacia la entrada.  Marcelo apenas termina de cerrar la puerta cuando ella se abraza a su cuello.
—¿Estás bien? —los sollozos le entrecortan la voz.
—¡Claro mujer! ¿Por qué no iba a estarlo?
—¡Papá! Mamá estaba preocupada por lo que pasó en el lugar al que fuiste —le recrimina Lisa.
—¡Ah, eso! ¡Sí! Era un lío. No pudimos llegar. Estaba lleno de patrulleros.
—¿Y por qué no contestabas el teléfono? —el tono de Lisa es de reproche.
—¡Uyy! ¡Claro! —responde Marcelo mientras separa a Gladys y saca un celular desarmado del bolsillo de su campera—. Se me bloqueó cuando subí al auto, le saqué la batería y después me olvidé de armarlo. ¿Quedó algo para comer? Porque al final no cené.
—Lisa, calentale a papá las milanesas.

Marcelo vuelve del dormitorio con ropa más cómoda. Gladys pone la mesa. Mientras espera la comida se sirve una copa de vino. Ella lo mira como si no creyera que está ahí. Cuando él lo advierte, sonríe y le acaricia la mejilla.
—¡Qué susto me diste! —dice la mujer.
—Bueno, ya está. Para compensarte ¿qué tal si nos vamos unos días a Mar del Plata?
La sorpresa la deja sin respuesta. Suena el portero eléctrico.
 —¡Papá! Traen un sobre para vos —grita Lisa desde la cocina.
—¿Podés bajar vos Lisa? —pregunta el hombre.
—Ahora voy —la voz suena desganada.

Unos minutos después vuelve la joven y mientras le entrega el sobre le pregunta:
¡Papá! ¿A vos te dicen el Chino?

Osvaldo Villalba
31/05/2018










En la ruta


Caminante no hay camino
se hace camino al andar
Antonio Machado


El sol se pone lentamente al otro lado de la ruta. Hace varias horas que camina a un costado. El calor empieza a ceder y un viento fresco le trae un poco de alivio. La sed es lo que más le molesta. Siente la boca pastosa.
A la vera de la ruta los yuyos están amarillos y las zanjas secas. Los camiones pasan a gran velocidad y lo sacuden en medio de una nube de polvo.
No tiene idea hacia dónde va. Tampoco sabe si le interesa. Camina hacia el lado donde vio alejarse a Claudia. Cada vez que ve venir un auto de frente por la mano contraria le parece que vuelve a buscarlo. Pero como una ilusión óptica se desvanece su esperanza cuando siguen de largo.
Sube al asfalto para cruzar un puente sobre el cauce de un río que ya no está y el bocinazo de un camión lo hace correr. En su carrera una bandada de saltamontes levanta vuelo y cruza la ruta sin conciencia del peligro.
El camión sale de la ruta y se detiene sobre la banquina unos metros más adelante. El chofer baja y se queda mirándolo. Él se detiene y también lo observa.  Ve cómo hace gestos con sus brazos animándolo a acercarse. Camina lentamente, desconfiado. Llega hasta la cola del camión y el hombre comienza a acercarse.
—¿Qué hacés por acá sólo? ¿Te perdiste? —le dice cuando lo alcanza mientras le acaricia la cabeza.
—Vení. Hace calor —dice el hombre al tiempo que vuelve hacia la cabina. Pegado atrás sobre el acoplado hay un tanque pequeño. El camionero abre una canilla. Cae un hilo de agua.
Eso le quita las dudas, corre hacia el tanque y bebe. Cuando termina el chofer cierra la canilla y abre la puerta del camión.
—¿Vamos? ¿Te llevo? —le dice.
Sube de un salto y se sienta en el lugar del acompañante. El camionero sonríe y enciende el motor.
—A media hora hay un parador. Ahí compraremos algo para comer. ¿Dale?
Por primera vez, con la garganta más recompuesta, le contesta.
—¡Guau, guau!

Osvaldo Villalba
30/04/18

Topadora


Un hombre no es otra cosa
que lo que hace de sí mismo.
Jean Paul Sartre

Amanece. Los primeros rayos de luz se cuelan por los costados de la cortina de black out. Te das cuenta que deberían haberla colocado más pegada a la ventana para que eso no pase. Nunca lo habías notado porque siempre te despertás más tarde. Hoy es distinto,  no pudiste pegar un ojo en toda la noche. Es el día D. Lograste diferirlo un par de veces. Hubieras hecho lo imposible por evitarlo. ¡Mirá que tuviste días jodidos! ¿eh? Creciste en un barrio donde el respeto se ganaba a las piñas. Desde pibe estuviste entre los más duros. Ya joven, aguantando los trapos en plena Isla Maciel, y en la tribuna de San Telmo, te ganaste el apodo. Topadora te dicen desde entonces, porque te llevás todo por delante. Nunca corriste: ni ante otras barras ni por la policía. Ni siquiera aflojaste cuando te tocó perder, como el día que aquel cafishio te metió dos balas; o cuando te cortaron la cara en un baile. Sin embargo, hoy, pisando los cincuenta, con una posición un poco más acomodada, íntimamente, reconocés que estás asustado. Nadie podría imaginarlo y tampoco vas a permitir que se den cuenta.

Decidís levantarte para enfrentar el día. Al fin y al cabo, lo que no podés evitar es mejor que pase rápido. Antes de darte una ducha, un trago de ginebra para ir entonando. Después dejás correr el agua tibia por tu cuerpo. Es una sensación tranquilizadora. Igual no logra sacarte el nudo en el estómago. Frente al espejo, te afeitás con prolijidad; recortás un poco el espeso bigote, que le da a tu cara un aspecto fiero. Mientras te peinás ves como el pelo se blanquea cada vez más ralo. Te abotonás la camisa blanca y pensás: ¡Puta madre! ¡Los años no vienen solos! Habías pensado ponerte la camisa negra con el saco blanco, pero te acordás que la última vez que lo usaste te había costado un montón sacarle las manchas de sangre. Claro que al gil que te gritó “heladero” le debe haber costado más arreglarse la nariz. Igual, por las dudas, mejor un saco oscuro, no sea cosa que esta vez se manche con tu propia sangre.

Salís a la calle dispuesto a tomar un taxi. Por lo que pudiera pasar, decidís no manejar. La mañana está fresca pero soleada. Faltan treinta minutos para la hora señalada. Vas a llegar a tiempo. Instintivamente tanteás tu cintura. El revólver lo dejaste en el cajón. Tampoco llevás el cuchillo en la pierna. Hoy el enfrentamiento es cara a cara y con las armas del adversario.

A pesar del caos que es el tránsito en Buenos Aires, llegás a horario. Parado frente a la puerta de la casa, respirás hondo y tocás el timbre. Atiende él. Te mira a los ojos. Esboza una sonrisa.
—¡Topadora! Pensé que otra vez me ibas a plantar —te dice.
—Tuve algunos inconvenientes…pero aquí estoy —respondés aparentando tranquilidad.
—Está bien, pasá. Sentate ahí —-te-señala un sillón—. Enseguida estoy con vos.
Te estirás a lo largo en el lugar indicado. Una luz potente te obliga a mover la cabeza hacia un costado. Sobre la pared, en un cuadro alcanzás a leer:

“Universidad de Buenos Aires, Facultad de Odontología…”

Osvaldo Villalba
09/12/2016



Este cuento obtuvo 3ra. Mención Especial en el Premio de Literatura 2018 de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), filial 3 de Febrero.

Un vaso de whisky


¿Es superior el vaso transparente
a la mano del hombre que lo crea?
Nicanor Parra – Preguntas a la
 hora del té (poemas y antipoemas)

Se despierta en una habitación desconocida. Lo último que registra es el sonido de una sirena, un vehículo a gran velocidad y una camilla rodando por pasillos iluminados. Intenta moverse y un dolor agudo en su costado izquierdo, debajo de sus costillas, lo paraliza. En su antebrazo una vía gotea suero desde la percha al costado de la cama. Entra una enfermera y lo ve despierto.
—Buen día —le dice mientras renueva la bolsa—. ¿Cómo se siente?
—Todavía no lo sé. Tengo la boca seca y me duele acá —responde tocándose el costado descubriendo un apósito pegado con cinta.
—En un rato pasa el cirujano para ver cómo está la herida. Ahora le traigo un vaso de agua. Más no puedo darle todavía.

“¿Herida?” se pregunta. Nuevas imágenes van apareciendo en su cabeza. Ve al Chino abalanzarse sobre él empuñando un cuchillo. Recuerda haber barrido el lance con el brazo izquierdo hacia afuera protegiendo su vientre y un dolor punzante en el costado que le corta la respiración. Debió hacerle caso a Lucho cuando le aconsejó que no hiciera la denuncia. “Igual yo te banco” le había dicho Lucho. ¡Es un tipazo!
En cambio Rafael, su socio, se había enfurecido con él. “Ahora, por tu culpa, el Chino no nos entrega los vasos” le gritó. “¿Quién sos ahora? ¿Miembro de la Liga de la Justicia? Tenemos un negocio y funciona comprando barato y vendiendo caro. No creyéndote el Defensor de Menores”
“Es un insensible” piensa. “Le importa más el vaso que genera plata que la explotación de los pibes.” El mes pasado se había aparecido con la novedad. Un tipo que les vendía vasos de whisky a la mitad del precio que les cobra la cristalera. Y si no le pedían factura y pagaban en efectivo podían conseguir un 10% adicional.
Cuando fueron a verlo, en la costa del Riachuelo del lado de Provincia, entre Avellaneda y Lomas, el taller le pareció un espanto. De chapas, un calor infernal con los hornos al mango y poca ventilación. Pero eso era lo de menos. Lo que le pareció inadmisible fue ver unos diez pibes entre 11 y 13 años soplando el vidrio dentro de los moldes. Ni soñar con medidas de seguridad ni ropa adecuada. Los crisoles desde donde juntaban el material con la punta del caño iluminaban sus caritas con resplandores amarillos y anaranjados y le daban a la escena un aspecto dantesco.
El Chino, un morocho grandote, pelo corto, barba candado y una panza prominente, los hizo pasar a una piecita en el fondo y les puso las muestras sobre la mesa que hacía las veces de escritorio. Cerraron el negocio y cuando volvían le dijo a Rafael: “Este tipo es un delincuente. ¿Cómo puede tener pibes trabajando en esas condiciones? ¡Es un explotador! Y el lugar es inhabitable”. “No empecés con tu onda sindicalista. Ya bastante te aguanto con nuestros empleados”, fue la respuesta.

—¿Cómo va amigo? ¿Le duele? —la voz del cirujano lo sacó de sus pensamientos.
—Un poco. Cuando me muevo.
—A ver…—le quita el apósito y comienza a limpiar la herida—. Zafó por un poquito, ¿eh?. Unos centímetros más arriba y no la contaba. Lo único extraño es el ángulo de ingreso de la hoja. Hacía abajo. No es común en este tipo de heridas. Bueno, sigue todo bien.
—¿Cuándo me puedo ir doctor?
—En dos o tres días, si todo sigue igual. Su amigo, el que lo trajo, dijo que iba a buscar ropa a su casa y volvía. ¡Ah! Y ya puede comer algo. Ahora le dejo la autorización a la enfermera.
—Gracias doc.

En un rato va a llegar Lucho. Se conocen desde la primaria. Siempre fue un bocho. Es abogado y se ofreció a asesorarlo cuando se puso en sociedad con Rafael. Le contó la experiencia y su intención de hacer la denuncia. Lucho trató de disuadirlo. “Mirá que son organizaciones. Que todos hacen lo mismo. Son tipos muy pesados”. “Si no lo hago no me respetaría a mí mismo” fue su respuesta. Aceptó patrocinarlo. Hicieron la denuncia en el Ministerio de Trabajo de Lomas y les dieron fecha de audiencia. “Yo te acompaño ese día como tu abogado” le había dicho. Como no quería cobrarle pensó en hacerle un regalo. Decidió encargar una chapa de bronce para colocar en su puerta que decía: Dr. Luis Angel Flores Abogado. La retiró el día de la audiencia y la guardó en el bolsillón interno de la campera de jean para dársela a la salida de la Audiencia. “Eso nunca pasó” piensa, “debe estar todavía en el bolsa con mi ropa que veo en el placard”.
Ayer a la mañana Lucho pasó a buscarlo por su casa y fueron en su auto hasta Banfield, donde está el Ministerio. Estacionaron en la calle paralela a la Avenida Hipólito Yrigoyen, casi Hipólito Vieytes, a una cuadra. Subían por la escalera al segundo piso y al llegar al último rellano aparecieron el Chino y otro tipo con más pinta de matón que de abogado y comenzó a increparlo.
—¡Hijo de puta! ¡Hiciste que me clausuraran el galpón! —Y se abalanzó sobre él.
—¡Hola! ¿Cómo anda el Justiciero? —dice Lucho entrando—. Te traje algo de ropa porque la que tenías ayer la manchaste toda de sangre. ¡Sos un sucio!
—¡Ah! ¡Qué amigo que sos! Con amigos así… Contame que pasó ayer que lo último que me acuerdo es al Chino viniéndose.
—¡Ah! Después que te ensartó el tipo que venía con él lo agarró y por suerte había dos efectivos de la Bonaerense en el piso y lo redujeron. La audiencia se pospuso por razones obvias y el tipo tiene ahora una causa penal además de la administrativa. Los agentes llamaron a emergencias y yo me vine con vos en la ambulancia. Más adelante veremos como sigue. Ahora lo que importa es que te pongas bien.
—¡Gracias capo! ¡No se qué haría sin vos! Sólo quiero pedirte dos cosas más. La primera que inicies la disolución de mi sociedad con Rafael. Ni quiero verle la cara.
—¡Ja! Eso lo descontaba. Esta mañana mientras desayunaba empecé a preparar los escritos. ¿Y la segunda?
—Que me alcances de esa bolsa de ropa mi campera de jean.
Lucho va hasta la bolsa. La desata, revuelve, saca la campera y se la da. Busca en el bolsillo y saca un paquete.
—Tomá esto es para vos.
Lucho abre el paquete y se queda mirando con expresión sorprendida.
—¡Gracias! Pero mirá esto —le extiende la placa que debajo de la palabra Abogado muestra la abolladura de un puntazo y un rayón hacia abajo.

Osvaldo Villalba
27/12/2017



Confidente



¿No va a arder jamás para siempre
la víctima secreta del Amor?
George Freiherr von Hardemberg (Novalis)
  
—Te estoy aburriendo ¿no? —Tu voz suena a disculpa.
—¡No! ¡Para nada! —Me apresuro a responderte. Cualquier cosa menos aburrimiento. ¿Te cuento? ¡Si pudiera! Envidia, bronca, dolor. Pero sobre todo…¡Amor! Hace más de una hora que, sentados frente al río, en esta hermosa costanera de Vicente López, me contás los desplantes que te hace el estúpido de Pablo. Los deseos de agarrarlo del cuello y romperle la nariz de un frentazo son tan intensos como el de tomar tu rostro entre mis manos y comerte la boca. Pero no tengo el coraje para ninguna de las dos cosas. Entonces miento.
—Lo que pasa es que mirar el horizonte de agua me pone melancólico, pero te estoy escuchando. Me apena mucho que sufras por sus desaires.  Deberías tomar una decisión.
“Rajalo de una vez, yo te voy a consolar”, pienso. Pero…
—Sí, es cierto —me decís—, pero no puedo. No sé por qué es tan insensible. Tampoco por qué siempre lo perdono.
“Porque no te quiere. Porque nunca te va a querer como te quiero yo”, pienso. “Porque sólo se quiere a sí mismo”.
—Tendrías que ahondar en esos por qué —te digo—. No existe ninguna razón para que aguantes sus insolencias.
—Tenés razón. Cuando me quedo sola no paro de llorar —se te quiebra la voz y tus ojos se humedecen.
Contengo las ganas de abrazarte. Respiro hondo y pongo mi mano sobre la tuya. Una corriente eléctrica me recorre el cuerpo y mi corazón se larga al galope. ¿Cómo puedo ser tan cobarde? ¿Cómo puedo ser tan boludo? ¡Este es el momento! ¡Abrazala! ¡Decile que no podés vivir sin ella!
—Nunca hablé con nadie de esto —continuas un poco más recompuesta—. Te lo cuento a vos porque sos mi amigo.
¡Puñalada en el estómago! ¡Gancho al hígado! No soy tu amigo, te gritaría, no quiero ser tu amigo. ¿Estoy condenado a ser eternamente la víctima secreta de este amor?
—¿Qué te pasa? ¡Estás llorando! —me decís al observar los gruesos lagrimones caer por mis mejillas. Saben salados.
—Es que…—titubeo—, no soy tu amigo. Yo te amo. Estás en mis pensamientos todo el tiempo. Y sufro como nadie con tus conflictos. Te lo tenía que decir.
Mientras me abro veo como se va transfigurando tu rostro. La sorpresa se va convirtiendo en disgusto. Tu enojo estalla como una granada.
—¿Cómo me decís esto ahora? Después de todo lo que te conté, pensando que eras mi amigo. Seguro disfrutás lo que me pasa con Pablo. Todo lo que me decías era para tu interés personal.
—¡No! ¿Cómo me decís eso? Sólo quiero lo mejor para vos. ¿Cómo me voy a alegrar si te hacen sufrir?
—Ya no puedo creerte nada. ¡Andate por favor!
—Pero…
—¡Andate! ¡No te quiero ver más!

Mediodía del sábado. Me siento en el suelo, recostado contra el árbol. El día está gris y ventoso. El viento levanta copitos de espuma en el río. Hoy no hay veleros. El domingo pasado me fui de aquí con el corazón roto y una sensación de vacío que no se fue en toda la semana. Ni sumergiéndome en el trabajo ni sentándome a escribir y mucho menos con ganas de agarrar la viola. Parece que va a lloviznar. “El cielo llora como mi alma” pienso y sonrío con lo cursi de la frase. ¿Cómo se sale de esto? ¿Lo curará el tiempo? Hoy me parece que no. Tengo el teléfono apagado porque no quiero hablar con nadie. Ni siquiera fui esta mañana a jugar al fútbol con los pibes. Igual, al único que no pude engañar fue al abuelo. Anoche cuando terminamos de cenar y salí al patio se vino conmigo.
—¿Qué te anda pasando pibito? —preguntó bajito.
—Nada abu. Todo bien.
—Contáselo a tu cara entonces, porque parece que no se enteró.
Es muy bicho el abuelo. Me insistió hasta que le conté. Después de escuchar con atención, sentenció:
—Mirá pibe. Siempre es preferible penar por ir de frente que sufrir por comerte los sentimientos. Nunca te arrepientas de la verdad.
Empieza a lloviznar. Ojalá el abuelo tenga razón.

—Sabía que te iba a encontrar acá —tu voz me sobresalta.
—Es mi lugar preferido —respondo sin mirarte.
—Por eso lo sabía. ¡Uh, que serio! ¿Estás enojado?
—¿Por qué estaría? —te miro y mi corazón se acelera.
—¡No aprendés más! —me decís con una sonrisa que me derrite como un cubito en agua caliente—. ¿Cuándo vas a decir lo que sentís de primera? ¿Por qué? Porque te traté mal, porque te eché, porque te dije que no quería verte más.
Te sentás a mi lado. Ya me ablandaste.
—En realidad no es enojo —te digo—, es pena, es dolor por pensar que me quería aprovechar de…
No me dejas terminar. Rodeás mi cuello con tus brazos y me tapás la boca de un beso.
¡El abuelo es un genio!

Osvaldo Villalba
20/11/2017



El reportaje



“El verdadero tiempo no se puede
medir por el reloj o el calendario.”
Michael Ende

Finalizo el check in y el conserje, junto con la llave de la habitación, me da el sobre que dejaron a mi nombre en la recepción.
Mientras subo, agradezco que no es el mismo de hace dos años. Me tiro sobre la cama y abro el sobre. La nota, manuscrita, comienza agradeciendo a la editorial, a mí, por la disposición en venir hasta aquí a realizar el reportaje y termina transcribiendo la dirección, el número telefónico y los horarios en que se encuentra disponible para la entrevista. La firma Érika Sánchez.
Mañana la llamo para combinar. Cierro los ojos. Mi mente vuela hasta aquella noche. La editorial me había enviado a La Pampa para conducir una presentación de libros en Santa Rosa. Anochecía y la tormenta era tremenda. Las escobillas no alcanzaban a sacar toda el agua del parabrisas. Cuando faltaba poco para llegar a Pehuajó la ruta comenzó a llenarse de una espesa niebla.  Disminuí la velocidad porque el auto patinaba. Parecía estar embarrado. Unos minutos después la niebla comenzó a despejarse. Me encontré en un camino de tierra aunque nunca me di cuenta de que había salido de la ruta. Seguía lloviendo muy fuerte pero el viento había cesado. Consulté el celular  pero no tenía señal y el GPS no funcionaba. Avancé unos minutos más y, a la salida de una curva, apareció una casa de estilo europeo. Por lo oscuro de la noche no se veían otras construcciones alrededor, o tal vez no había nada. Era una buena oportunidad para averiguar dónde estaba. No se veían luces, enfilé el auto de frente, enfoqué los faros a la puerta y me bajé. La puerta era de madera maciza con un llamador de bronce con forma de mano. Di dos golpes, esperé unos segundos y volví a golpear. Escuché correr un cerrojo. Una  joven abrió apenas la puerta y se tapó los ojos con la mano izquierda, encandilada por los faros. En la mano derecha traía un viejo farol a kerosene. Me disculpé, corrí al auto, apagué los faros y me presenté:
—Buenas noches, me llamo Germán, voy a Pehuajó pero, aparentemente me desvié del camino.
Ella levantó el farol para mirarme. Era rubia, muy hermosa, con aire europeo, y ojos muy claros que miraban con asombro mi automóvil. Se recompuso y respondió:
—Pase, por favor, se está mojando. Mi padre, seguramente, sabrá indicarle.  —Abrió la puerta del todo, haciéndose a un lado para dejarme pasar, y gritó hacia el interior de la casa— ¡Padre! ¡Es un viajero que parece haberse extraviado!
Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra vi a un hombre sentado en un sillón hamaca, frente a una chimenea con leños encendidos. Su cabello corto enmarcaba un rostro rubicundo, acrecentado por el reflejo de las llamas y le daba un aspecto imponente. Era evidente que no tenían luz eléctrica porque había otros faroles en el ambiente.
—¿Qué lo trae por estas tierras, forastero? —preguntó con acento europeo.
—Iba para Pehuajó pero, por la tormenta y la niebla, me debo haber desviado de la ruta —intenté explicarle.
—¡Ah! No le falta mucho. Pero con esta tormenta no le aconsejo seguir porque las lagunas han de estar desbordadas dejando intransitable el camino. Quédese esta noche aquí y mañana, de día, decida si sigue o regresa. La cena estará lista en un rato. ¡Berta! ¡Pon otro cubierto por favor! ¡Érika, ayúdala! ¿Cómo dijo que se llama? —me preguntó mientras se ponía de pie.
—Germán, Germán Fischer.
—¡Ah! ¿De familia alemana? —Su rostro se iluminó mientras extendía su mano y me apretaba fuerte—. ¡Mucho gusto! Soy Otto Hoffmann.
La cena transcurrió en un clima cálido y ameno. Otto era muy conversador y se interesó en los antecedentes de mi familia. También en mi actividad en la editorial, que no conocía. Berta, su esposa, parecía muy joven, en relación a Érika, a quien le calculé unos veinte años. Otto contó que Berta estaba embarazada. Érika,  permaneció callada. Seguía pareciéndome muy bonita. Yo la miraba de reojo pero no levantaba la vista del plato.
Cuando llegó la hora de ir a dormir Érika me guió por un pasillo, que daba a un patio trasero donde, según me dijo, estaba la habitación de huéspedes. Me puso muy contento que fuera ella. Mientras estaba en la mesa imaginé mil maneras de encontrarla a solas, y al final se me dio sin hacer nada.  Al entrar a la pieza saqué una mini-linterna de mi riñonera e hice un paneo. Érika me miraba boquiabierta.
—¡Qué buena luz! —exclamó.
—¡Ah, sí! Son alógenas, iluminan muy bien.
—Nunca vi algo así.
—Tome, se la regalo —le dije divertido por su sorpresa.
—¡No, por favor! —dijo ruborizada.
—No se preocupe —respondí sonriendo—, en el auto tengo otra.
Le tomé la mano, puse la linterna en su palma y la sentí estremecerse. Sin soltarla, acaricié su rostro suavemente. Estaba sonrojada pero no se apartó. La besé y lo aceptó. Nos quedamos abrazados un rato hasta que me dijo:
—Tengo que irme…
—Está bien. No quiero que tengas problemas. Pero cuando termine mi trabajo, voy a volver y hablaré con tus padres.
—Mi madre murió al nacer yo —dijo—. Mi padre se casó este año con Berta. Ella es muy buena. Él estaba muy solo y deprimido.
—¿Y con vos?
—Sobrellevamos —la sonrisa iluminó su rostro.
—¡Andate antes de que pregunten por vos! —le dije besándola otra vez.
A la mañana los tres salieron a despedirme. La mirada de Érika me quemó cuando estreché su mano. Cuando arrancaba oí que Otto decía algo de mi auto pero no lo entendí. Saludé con la mano mientras me alejaba. Decidí volver atrás por el camino. Ya no llovía pero el piso estaba muy anegado. Unos minutos después apareció otra vez la niebla. Cuando se fue disipando comencé a ver las señalizaciones de la ruta.
Al llegar a Pehuajó pasé por el hotel, el Piccolini, para disculparme por no haber cumplido con la reserva, pensando en confirmar el alojamiento para mi vuelta.
—¿Conoce la casa de los Hoffmann? —le pregunté al conserje.
—No, no me suena.
Cuando le describí el camino de tierra, la casona, el tipo me miró con una mezcla de burla y compasión.
 —No ubico nada de lo que dice —respondió en un tono condescendiente. Seguro pensó que me había pasado de droga o alcohol, o ambas a la vez.
Paré en la YPF a cargar nafta y mis preguntas tampoco hallaron respuesta. Por lo menos la que yo esperaba.

El GPS del celular me dice que estoy frente a mi destino. Antes de bajar releo el cuestionario que preparé para hacer la nota. Sólo espero que no me traicione la ansiedad. De los cinco cuentos que Érika envió a la editorial en el correo de los escritores inéditos, uno me rompió la cabeza: “Del tiempo de mis abuelas”. Por él hice todo el lobby con el gerente para convencerlo de que se justificaba la entrevista, que era buen material y que me ofrecía a hacer el reportaje con los viáticos a mi cargo. Esto último fue lo que más sedujo al ratón de mi jefe. Escribí las preguntas para comenzar con generalidades antes de llegar a la historia que hay detrás de cada cuento, y de allí al que me interesaba.
Bajo del auto y observo la casa. Un pequeño jardín al frente detrás de un cerco de material y un portón de madera lustrada. El porche, con un banco de plaza al costado de la puerta, bajo la ventana, me recuerda las construcciones en mi pueblo natal. No se ve timbre así que golpeo las manos. Unos ladridos me indican que, por lo menos el perro, me escuchó. Abre la puerta una joven de pelo castaño, muy bonita, al mismo tiempo que un perro blanco, enorme, corre hasta la verja y entre gruñidos me muestra su dentadura en forma amenazante.
—¡Duque! ¡Down! —grita la joven y el perro se sienta en sus cuatro patas pegado el suelo. —¿Germán? —pregunta ella dirigiéndose a mí.
—Si. ¿Érika? —El susto no me permite reconocer mi propia voz—. Creí que acá se terminaba mi viaje —le digo intentando sonreír.
—Tranquilo, es pura espuma —dice riendo con ganas— ya hizo su rutina. Pasá, el portón está abierto.
Corro el cerrojo y entro mirando de reojo a la bestia. Érika me saluda con un beso y pasamos al living. Me señala un sillón y nos sentamos. Sirve café y me alcanza la taza. Saco mi grabador y comenzamos la entrevista de acuerdo a lo planeado: cuando comenzó a escribir, como elige los temas, si sus personajes se basan en gente conocida o son pura ficción. Por fin llegamos a la historia por la que vine.
—Contame sobre Del tiempo de mis abuelas.
—¡Ah! Son historias que me contó mi abuela Ana cuando yo era chica. Creo que entre los diez y los doce años. En realidad son de mi abuela Ana y mi tía abuela Érika, hija del primer matrimonio de mi bisabuelo. Su madre murió cuando ella nació y varios años después él se volvió a casar. De ese matrimonio nació mi abuela Ana. Las hermanas se llevaban como veinte años de diferencia. Ana me contó que Érika nunca se casó ni tuvo novio. Solía decir que esperaba al príncipe azul que nunca llegó. De esos relatos imaginé historias de amor que volqué a los cuentos. Cuando murió la abuela Ana, vaciando su habitación encontramos una caja con cosas que pertenecieron a Ërika y que en honor a mi nombre me la quedé.
—¿La tenés a mano? —pregunto
—¡Si, claro! La usé para inspirarme en algunos relatos. Ahora la traigo.
Mientras se va a buscarla siento que mi estómago se estruja. ¿Habré entendido bien lo que mencionaba en el cuento? Regresa y apoya la caja sobre la mesa ratona. Retira la tapa y comienza a sacar anillos, un brazalete, un abanico, varias hojas atadas con una cinta y…¡Mi linterna a pilas  toda oxidada!

Osvaldo Villalba
17/10/2017



Prejuicio

“Nada nos engaña tanto
 como nuestro propio juicio”
Leonardo da Vinci


La chica salió de la boca del subte y en la primera esquina, la calle de su casa, dobló caminando rápido. A escasos diez metros un hombre dobló en la misma dirección. Ella presintió que la seguían e intentó apurar el paso. Él se puso la capucha del buzo y corrió.


Mientras bajaba en el ascensor se miró en el espejo y sonrió. “Nunca imaginaste que ibas a hacer esto”, pensó. Ya en la calle se dirigió hacia la  avenida, a dos cuadras de su casa. En la esquina, la barra de pibes que limpian parabrisas, charlaban esperando que corte el semáforo. Debía ser una de las pocas veces que pasaba caminando por allí. Siempre le había molestado el aluvión que se venía cada vez que la luz roja detenía su auto.
—¿Le limpio maestro? —Ante la negativa, hacían un círculo entre el índice y el pulgar— ¿Una moneda?
Muy rara vez accedía, solamente si había llovido y su parabrisas estaba muy sucio de gotas y salpicaduras de otros autos. Pero en general su gesto era negativo ante las dos preguntas.
Cruzó la avenida y entró en la pizzería. Hizo el encargo. Fue a la caja y pagó con tarjeta las pizzas y las empanadas. El empleado del mostrador recibió con una sonrisa el billete de propina.  De regreso a su casa entró en el supermercado chino, el único que podía encontrar abierto a esa hora de la noche, y se llevó cuatro cervezas en envases no retornables.
Llegó hasta la esquina justo cuando el semáforo había detenido a los autos. Dos de los muchachos estaban limpiando y el tercero se había quedado parado al lado de los baldes. Se acercó a él y lo abordó:
—Buenas noches ¿Quién es Dante?
—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.


—¿Cómo se llama? —le había preguntado hace una hora a su hija.
—Creo que Dante —respondió ella todavía con la respiración entrecortada.
Estaba sufriendo frente al televisor, como todos los hinchas de Independiente, porque el empate se les negaba y el tiempo se iba acabando, cuando escuchó los gritos de su mujer en la cocina.
—¿Qué te pasó? ¡Mi amor! ¿Qué te hicieron?
—¡Me asaltaron! —escuchó la voz de su hija quebrada por el llanto.
Corrió y vio cómo su mujer ayudaba a la chica a sentarse en una silla. Preguntó que había pasado pero ambas lloraban y no podían explicar. Revisó la cabeza de su hija. Tenía un chichón morado sobre el lado derecho de la frente cerca de la sien sobre el que apoyaba un repasador con trozos de hielo.
—Bueno, tranquila, es un golpe fuerte pero con lo cabeza dura que sos… —le dijo para aflojar un poco la tensión.
Sin dejar de llorar, la joven sonrió.
—No perdés oportunidad papá ¿eh? ¿A quién salí?
—¿Qué te robaron? ¿Cómo fue?
—Salí del subte y venía para acá.  Me pareció que alguien me seguía y cuando me quise apurar sentí que me tironeaban de la mochila y me empujaron. Sentí como un estallido y cuando abrí los ojos estaba sentada contra la pared y los pibes de la esquina me estaban atendiendo. Uno me dio este repasador con hielo que fue a buscar a la heladería. Me preguntaban si estaba bien. Si me podía parar. Lo habían corrido al tipo y recuperaron mi mochila. Después otro de ellos me acompañó hasta la puerta.
—¿Cómo se llama? —preguntó él.
—Creo que Dante —respondió.


—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.
—Digamos que un padre agradecido.
—¡Ah! ¿Por la piba? Yo soy Dante. No hay nada que agradecer. A la piba la vemos pasar todos los días.
—Gracias por recuperar la mochila de mi hija.
—¡Ja! ¡Para el flaco Ráfaga fue sencillo! Cuando le gritamos el chabón quiso salir corriendo pero Ráfaga es Usaín Bolt. No se le podía escapar. Posta que con la murra que le dio no le quedan más ganas de afanar por acá.
—Les compré unas pizzas y empanadas y traje unas cervezas.
—¡Eh, joya! ¡Ráfaga, Corcho, paren que pintó pizza y birra!

Osvaldo Villalba
10/09/2017