Cicatrices



La memoria del corazón elimina los malos
 recuerdos y magnifica los buenos,
y gracias a ese artificio,
logramos sobrellevar el pasado.

Gabriel García Márquez

El embotellamiento en la Autopista 25 de Mayo, empleando casi una hora y media en un trayecto que no llevaría más de quince minutos, fue la puerta que lo  transportó a su niñez, tan lejana como dolorosa, tan escondida en su subconsciente hasta ayer, como vívida hoy después de ese llamado. Se vio otra vez, haciéndose el dormido en el sofá del comedor, tapado hasta la cabeza, para no escuchar las peleas de sus padres que, invariablemente, terminaban en golpes. Después, su madre con anteojos negros y pañuelo al cuello para ocultar los moretones. El odio y la impotencia estallaban en su pecho como entonces. Correr a encerrarse en el baño al oír los golpes en la puerta del departamento porque llegaba tan borracho que no podía ni poner la llave en la cerradura. O acurrucarse debajo de la mesa, los brazos cubriendo su cabeza, para atajar los azotes del cinturón. Luego su madre limpiando con agua oxigenada las heridas, producidas por la hebilla, cicatrices en el cuero cabelludo y en el alma, que hoy le duelen otra vez.

El bocinazo lo sacó de sus cavilaciones. Puso primera y avanzó por la Avenida Belgrano. Recordó lo que siempre decía Julio: “Fracción de segundo: tiempo que pasa entre que el semáforo se pone en verde y el tonto de atrás te toca bocina” y, por primera vez en las últimas horas, esbozó una sonrisa.

Los viernes, después del trabajo, era noche de fútbol, pizza y cerveza con sus amigos del barrio. Durante la semana salía muy temprano a recorrer las obras que tenía en construcción la empresa donde trabajaba como arquitecto. Cuando llegaba a su departamento apenas tenía fuerzas para calentarse algo que sacaba del freezer y mirar un rato de televisión antes de quedarse dormido. Pero el viernes, cuando cerraba su escritorio y se sentaba en el auto, sus fuerzas se renovaban con sólo imaginarse, en un rato, en la cancha de fútbol 5, tirando paredes, caños y pisadas y, después con los pibes, cerveza de por medio, reírse de cualquier cosa y aflojar las tensiones de la semana.

En eso estaba la noche anterior cuando sonó su celular. Como no conocía el número, no lo atendió. Después del tercer llamado pensó que tal vez debía responder. Por la insistencia, difícilmente fuera alguna empresa tratando de venderle algo. Se disculpó con sus amigos y se alejó hacia la barra, mientras atendía, para mitigar el bullicio.

Ingresó al estacionamiento ubicado unos metros antes de la Avenida Entre Ríos, paró en el lugar que indicaba el cartel, dejó el coche en marcha y mientras esperaba que le dieran el ticket repasó el diálogo telefónico mantenido en la pizzería:
−Hola, ¿Sos Gastón?, dijo una voz de mujer.
−Sí, ¿quién habla?
−Alicia, tu hermana.
− Ah, hola, ¿cómo estás?   −“Media hermana” pensó.  
−Te llamo porque internaron a papá.
−¿Sí? ¿Qué le pasó?
−Se descompensó. Pensé que debías saberlo.
−Bueno gracias.
−¿No vas a preguntar dónde está?
−¿Dónde está? Igual no quiere decir que vaya
−En la Fundación Favaloro. Hacé lo que te parezca. ¡Chau!
−Chau.”

Caminó hasta la entrada de la clínica pero se quedó en la vereda sin decidirse a entrar. Volvió sobre sus pasos, cruzó otra vez la avenida y entró en el bar. Se sentó en una mesa sobre la vidriera y pidió un café cortado.

Mientras sorbía el café cayó en la cuenta: “Hace más de doce años que no veo a Julio. ¿Cuántos años antes dejé de llamarlo papá?  La última vez que lo tuve frente a mí fue cuando murió mamá. Vino al velorio y, si no me para el abuelo, lo echo a patadas. En ese momento tenía dieciocho o diecinueve años. Él se había ido de casa cuando yo era un pibe de siete u ocho. Se fue a vivir con esa mujer con la que, −después me contó mamá− andaba mucho antes. Al principio venía a verme cada tanto, pero siempre terminábamos mal porque yo le contestaba y me ligaba un sopapo. Cuando nació Alicia, yo tendría diez años, me llevó a conocerla.  ¡Era una beba muy linda! Mi mamá estaba furiosa. Cuando le conté que conocí a mi hermana, me dijo: −¡Tu hermanastra dirás! Yo ni entendía que era eso. Creo que en el fondo mi vieja, a pesar de todo lo que le pegó y la hizo sufrir, lo quería. Un tiempo después cayó en un pozo depresivo del que no pudo salir nunca. Con Alicia nunca pude relacionarme. Nos veíamos en las fiestas si yo iba a verlo a Julio, pero nada más. Cuando mamá murió le hice la cruz. Esa tarde le dije a Julio que mejor se fuera, que no quería verlo nunca más. Y acá estoy, ahora, a treinta metros de donde está internado y no tengo claro qué quiero hacer. ”

Pagó la cuenta y llamó a Alicia. Le dijo que estaba en la esquina y que iba para allá. Ella respondió que bajaba a buscarlo al hall de entrada.
−¡Qué bueno que viniste! –dijo ella mientras le daba un beso en la mejilla−. Disculpame la forma en que te corté ayer.
−Está bien. Estabas enojada y con razón. Disculpame vos, no tenés que hacerte cargo de mis rollos.
−No es nada. Vamos. Está en la unidad renal. A las doce nos dejan pasar quince minutos y después el médico nos da el parte.

Cuando entró a la habitación casi no pudo reconocer al hombre que, conectado a varios monitores, parecía dormitar. El color cetrino de su piel, sus ojos hundidos, grandes ojeras moradas, el cabello ralo y la barba crecida le daban un aspecto tan desmejorado que poco se parecía a la imagen de hombre fuerte y avasallador que había sido en su juventud. Se veía tan débil y vulnerable que, por un momento, todo su odio acumulado, ese que había acuñado desde su niñez, alimentado en su adolescencia y fortalecido en su juventud, pareció desvanecerse. Sintió que traicionaba su propia historia y, mentalmente, sacudió su cabeza ahuyentando todo pensamiento de blandura.

−¿Está consciente? –le preguntó a Alicia.
−Sí, pero está muy sedado. Cuando lo encuentro despierto algo conversa. Pero es muy parco, como siempre.

“Ojalá no se despierte ahora” pensó Gastón, justo cuando la enfermera les avisó que el doctor los esperaba en la oficina al final del pasillo.

−Buenos días –dijo el médico, extendiendo su mano para saludarlos− Por favor, tomen asiento.

Alicia, que ya conocía al médico, tomó la iniciativa.
−Buen día doctor, él es mi hermano Gastón.
−Mucho gusto –dijo el médico, dirigiéndose a Gastón. Luego le preguntó a Alicia− ¿Está al tanto de la situación?
−No –dijo ella bajando la cabeza.

La alarma roja comenzó a sonar en la cabeza de Gastón. Algo le había ocultado.

−Su padre está en emergencia. –le dijo el médico a Gastón− Su cuerpo ya no aguanta más diálisis. La única salida es un trasplante de riñón. La señorita no es compatible. ¿Querría usted hacerse los análisis?

El enojo lo envolvió como una llamarada. Se volvió hacia su hermana, que permanecía con la cabeza baja, en un intento de librarse de ser quemada por su mirada.  “¡Eso era!”, pensó, “¡Con razón quería que viniera!”
−¡De ninguna manera! –sin más, se levantó y salió dando un portazo.

“Por algo me resistía a venir”, pensaba mientras manejaba de regreso a su casa, “debí hacer caso a mi primera impresión. El médico debe pensar que soy un hijo de puta. Lo que él no sabe es que soy el hijo de un hijo de puta. ¿Y a ese tendría que darle un riñón? Cada golpe que me dio lo tengo marcado en mi cerebro, en mi corazón…y claro, también en los riñones. ¡Que joder! Ahora parece un pobrecito, pero cuando venía borracho y me pegaba porque sí, no estaba ni el médico ese que me miró horrorizado ni tampoco Alicia, que me engañó para que viniera a verlo. ¿Por qué tengo que darle un riñón?”

Llegó a su casa, se cambió y se tiró sobre la cama. “Ya está”, pensó, “no me importa lo que piensen. Quien no haya estado en mis zapatos no puede juzgarme. Sólo con Alicia voy a ser delicado. No sé qué padre habrá sido Julio con ella. Al fin y al cabo, cada uno cosecha lo que siembra”

Osvaldo Villalba
25/06/2016





Morir en el pescante


Muchos no creen en nada, 
pero temen a todo.

La madrugada del lunes 13 de febrero de 1950 se presentó con una feroz tormenta de verano. De esas que se descargan luego de un día sofocante y pesado. Sin embargo, en Ezpeleta, al sur del conurbano bonaerense, la actividad laboral se cumplía con normalidad. En un par de horas, algunos operarios marcharían hacia la localidad de Quilmes a trabajar en la cervecería. Pero también las pequeñas actividades locales se ponían en marcha.

Así, José Echea, más conocido como El Vasco, ataba a Mora, su yegua, al carro de lechero. Nada hacía presumir que ese día moriría en el pescante.
El Vasco iba de lunes a viernes con su carro cargado de tachos lecheros hasta la ruta donde un camión, que venía desde Ranchos, traía la leche recién ordeñada de los tambos de la zona. Luego hacía el reparto, casa por casa, en su barrio y alrededores. Las vecinas salían con su jarra en la que él vertía el líquido con un envase de aluminio que, se suponía, era la medida de un litro. Los sábados no trabajaba porque a la mañana jugaba pelota vasca con sus amigos y a la tarde sufría en la tribuna del Club Atlético Argentino de Quilmes. Trabajador como el que más, su única debilidad era el cigarrillo. O por lo menos a eso le atribuía su agitación y falta de aire cuando jugaba pelota, lo que le provocó desmayos en más de una oportunidad. Su familia no sabía nada porque les había prohibido a sus amigos que lo mencionaran. A los cincuenta años, el Vasco era un tipo respetado en el barrio por su trabajo y en la tribuna por su coraje.

A pocas cuadras de allí, Arnoldo Cardozo, alias El Negro, se despertaba alarmado por la tormenta a las cuatro de la mañana.
El Negro había nacido en Ezpeleta y siempre había vivido en su casa natal. A los veinte años, trabajaba, con su padre y su hermano mayor, en el cementerio de la localidad que, en realidad, era conocido como el “cementerio de Quilmes”, por ser cabeza de Partido. Desde chico había acompañado a ambos en su tarea de cuidar y mantener las tumbas, nichos y bóvedas. Renovaban los jardines, lustraban las placas de bronce, colocaban los mármoles y monumentos, cobrando una mensualidad a los deudos. Su casa estaba ubicada frente al paredón trasero del predio. Su padre había clavado en los ladrillos unos fierros escalonados que ellos usaban, en ocasiones, para entrar al cementerio sin necesidad de dar toda la vuelta hasta la entrada principal o cuando ésta estaba cerrada.
Sus amigos bromeaban cuando lo veían llegar al bar, donde se juntaban a jugar al billar:
−¡Che! ¿No sienten olor a velorio? −preguntaba uno.
−¿Sabés que sí? −decía otro.
−¡Gallego! ¡Tirá un poco de acaroina! –gritaba un tercero dirigiéndose al dueño del bar.
Sin embargo, realmente, lo admiraban.
−¿No te da miedo entrar o quedarte solo después que cierran? –le preguntan.
−¡No! ¡Para nada! ¡A los vivos les tengo más miedo! –respondía riendo.

¿Qué circunstancias se encadenan de tal manera para que, en un momento,  dos caminos separados se crucen? ¿Qué fuerza hace que ese encuentro  termine en tragedia? ¿Existe una mano invisible que mueve los hilos de cada persona, como si fueran marionetas, y los coloca en el momento preciso y en el lugar indicado para que las cosas ocurran? Los creyentes seguramente se lo atribuyen a Dios, los otros al destino o simplemente a la casualidad.

En medio del aguacero el Vasco terminó de atar la yegua. Se apuró a revisar los tarros para comprobar que estuvieran limpios, subió al pescante y azuzó al animal. Tenía que llegar a la ruta antes que las calles de tierra del barrio se hicieran intransitables. Para cortar camino enfiló por la calle de atrás del cementerio.

El Negro saltó en la cama con el estampido del rayo. Todavía somnoliento, se sentó escuchando el silbido del viento y el golpeteo de la lluvia sobre el techo de chapa. Recordó que la tarde anterior su padre le había pedido que dejara las puertas de las bóvedas abiertas para que se ventilaran después del calor sofocante del día. Si las puertas se golpean se van a romper los cristales, además de mojarse los cajones”, pensó, “Mejor me voy a cerrarlas”
Buscó una linterna y, para no perder tiempo salió como estaba, camiseta y calzoncillo blanco. “Quién va a andar por la calle a esta hora”, pensó. Saltó el muro, tomó el camino que bordea el sector de tumbas más antiguas que sale justo a la calle de las bóvedas. El viento doblaba las copas de los árboles y producía un silbido que, a cualquiera que no estuviera acostumbrado lo hubiera paralizado. La lluvia arreció de tal manera que su linterna se mojó y dejó de funcionar. Como no se veía nada siguió caminando de memoria. Cada tanto los relámpagos lo iluminaban mostrando que iba bien. Cuando iba llegando a las bóvedas escuchó cómo se golpeaba una puerta con el viento. Corrió y se dio cuenta que el camino había comenzado a inundarse. Fue primero a la de los Losada que tiene subsuelo, rogando que el agua no hubiera rebalsado el escalón. Sacar el agua de allí sería un trabajo de locos. Se alegró que no hubiera pasado. Cerró todas las bóvedas sin que se dañara nada. Estaba mojado como si le hubieran volcado encima el tambor donde se junta el agua de lluvia.

El carro del Vasco avanzaba trabajosamente entre las huellas barrosas de la calle. Cubriendo con la palma de la mano para que no se moje el segundo cigarrillo encendido esa madrugada se paró en el pescante para ver mejor.

El Negro, empapado pero feliz porque todo había quedado en orden, llegó al paredón y empezó a trepar desde adentro. Pasó un pie por arriba y había empezado a descolgarse, cuando un rayo cayó muy cerca iluminando toda la escena.

Cuando ya iba por la mitad del trayecto, el Vasco prendió su tercer cigarrillo, usando varios fósforos. El relámpago iluminó la calle y vio, con espanto, una figura blanca que saltaba el paredón del cementerio y se descolgaba hacia la calle.
−¡Dios mío! ¡Dios mío! −gritó tironeando de las riendas.

El Negro escuchó los gritos y vio al caballo patinando en el barro y sin dudar se dirigió hacia el carro para socorrerlo.

El alarido del Vasco llenó la calle. La yegua, al sentir las riendas flojas, se lanzó al galope y el carro se perdió en la noche.

El Negro se quedó parado en la vereda sin saber cómo reaccionar. Se fue a acostar pero no pudo conciliar el sueño.

La mañana se presentó soleada. La tormenta había quedado atrás. Tomando mate con su madre en la cocina escuchó que llegaba su hermano a buscarlo para ir a trabajar.
−¿Saben que pasó? –les dijo− Vine por la barrera. Estaba la policía. Encontraron un carro parado de este lado. El lechero estaba muerto en el pescante. Un ataque al corazón.

Osvaldo Villalba
11/06/2016




Ser periodista



El periodismo es libre
 o es una farsa.
Rodolfo Walsh

—En dos minutos, apenas termine un llamado en curso, el Sr. Benítez lo recibe —le informó la secretaria.

Estaba nervioso, no podía negarlo. Tomó asiento en la antesala del despacho del editor y aunque estaba decidido no podía evitar esa sensación de un puño apretando su estómago. No era muy optimista en cuanto al resultado de la reunión. El día anterior se había ido  de allí muy descorazonado. Cuando la secretaria le dijo que podía pasar, al abrir la puerta, como un flash, vino a su mente el diálogo con Benítez.
—Rafael, vos sabés que no podemos publicar esto —le había dicho el editor mostrándole las hojas que entregara esa mañana—. Esta nota es como poner una bomba en la alcaldía.
—Pero todo es real. Cada dato está chequeado y tenemos los documentos que demuestran la corrupción.
—Ese no es el punto. No podemos echarnos al intendente en contra. Si enganchamos a algún inspector municipal en un cohecho… Todo bien. Lo denunciamos, ellos lo sacrifican y equiparamos nuestra posición con las denuncias sobre los que estuvieron antes y el público sigue creyendo en nuestra imparcialidad. Pero una denuncia que involucre directamente al jefe…
—¿Y la plata que este contrato le cuesta al pueblo, que nos cuesta a todos? ¿Eso no importa?
—No digo que no importa. Sólo creo que debemos ser cuidadosos. Mirá si con el escándalo nos saca la pauta publicitaria ¿Cómo te voy a pagar el sueldo? Eso sin contar con que nos manden los muchachos  a visitarnos.
—Ah, entiendo. La verdad está supeditada al equilibrio económico o al miedo al apriete. Bueno, usted es el editor. Haga lo que crea conveniente.
Sin despedirse se retiró y se fue directo a su casa. Estaba tan enojado que no pudo disimularlo ante su esposa e hijo, Ana y Juan Marcos, que lo esperaban para cenar. Intentó, sin éxito, responder con evasivas el interrogatorio sobre qué le pasaba, pero ellos lo conocían demasiado como para conformarse y terminó contándoles.
—Bueno Rafael —intentó tranquilizarlo su esposa— Si no publican la nota no va a pasar nada.
—Mama, no es así —intervino el hijo—. Papá es periodista. Ocultar una noticia así es como ser cómplice.
—Pero si es la editorial la que no quiere publicar no sos culpable —insistió ella.
—Juan Marcos tiene razón, Ana No denunciar esto es ser un encubridor. Además… ¿Tengo que soportar que la editorial ignore así una investigación que me llevó casi un año? Entrevistando gente en horarios insólitos para no despertar sospechas. Quitándole tiempo a ustedes.
—¿Y entonces? —preguntó Ana.
—Mando al carajo la editorial, renuncio y hago la denuncia en la fiscalía. Esperaba hacerlo apenas me aprobaran la nota, mientras estuviera en imprenta, para que la revista tuviera la primicia, pero que, cuando se publicara, ya estuviera en la justicia.
—¿Te parece quedarte sin trabajo? —insistió Ana.
—¡Mamá! ¡La dignidad está primero que cualquier trabajo! ¡Me lo enseñaron ustedes! Y si papá no consigue un puesto en otro medio compramos brochas y rodillos y nos vamos a pintar casas por el pueblo.
La respuesta de Juan Marcos lo conmovió. Nunca pensó que un pibe de dieciséis años tuviera esa claridad de conceptos. La decisión estaba tomada.

—Ah Rafael, pasá, sentate —la invitación de Benítez lo sacó bruscamente de su cavilaciones, sorprendido por todo lo revivido en esos pocos segundos.
—Gracias señor Benítez. Vine en cuanto su secretaria me avisó de la reunión porque creo que es necesario darle un corte a este tema.
—Sí, es cierto. Opino igual. Estuve pensando en todo este asunto, —Benítez se rascó la barbilla— y creo que es de tal gravedad que, por sí o por no, requiere una respuesta rápida. ¿Vos entendés mi posición?
—Sí. Claro que la entiendo. Pero no la comparto. ¿Usted entiende la mía?
—Pues claro. ¿Cuánto hace que te conozco? ¿Cinco años? Hablé con el Directorio de la editorial. Para decirlo en francés, se cagaron todos.
—¿Y entonces? —la salida le sacó a Rafael la primera sonrisa en los últimos dos días.
—¿Qué vas a hacer si la nota no se publica?
—Presentar mi renuncia y llevar la información a la justicia.
—¡Me lo imaginaba! ¿Sabés? Cuando ingresé a la editorial, hace más de veinte años, era cronista de espectáculos. Chimentos de la vida de los artistas, comentarios de las películas y toda esa basura. Cuando se jubiló el de policiales me dieron el puesto. Creí que tocaba el cielo con las manos. Hacía las investigaciones mejor que la policía. Hasta que un día me frenaron porque había alguien importante del pueblo implicado. Yo tenía principios, pero al igual que Groucho Marx, cuando no gustaron, apelé a otros. Y así me fui acomodando a las conveniencias. Y llegué alto a costa de venderlos. Se fue muriendo el periodista y creciendo el comerciante. Y así llegué a editor.
Le extendió las hojas de la nota que Rafael había presentado el día anterior.

—Tomá. Dale la última revisada a la nota. Se publica este domingo Podrán matar al comerciante pero el periodista no está dispuesto a morir dos veces.

Osvaldo Villalba
19/05/2016

Misterio en el consorcio




Si se reconoce “mi estilo” es
porque siempre escribo lo
mismo. ¡Ay de mí!

Jules Renard

I - La frase que falta

Federico mira con estupor. ¡No, no! Federico está sorprendido. ¡No, tampoco!. Los ojos de Federico se abren en un gesto de sorpresa. No, no me gusta. ¿Por qué siempre que vengo escribiendo fluido me trabo en una frase?
¿Qué es ese olor? ¿Pedro se habrá olvidado de sacar la basura?. ¡Uh! ¡En el palier es más fuerte! ¡Ya está la chismosa de Doña Sofía mirando! ¡No hay movimiento del edificio que se le escape!
La saludo y le pregunto si ella también sintió el olor, aún cuando la respuesta es evidente porque está tapándose la boca y la nariz con un pañuelo. Me lo confirma  y además le parece insoportable.
Le comento que salí para ver si Pedro se había olvidado de sacar la basura. Me responde que no puede ser porque ella lo vio sacarla anoche.
¿Qué puede pasar que vos no sepas? Si vivís prendida a la mirilla de la puerta, digo para mis adentros.
Señala el departamento del fondo. Cree que viene de allí, del gitano, como ella le dice.
Le pido si puede avisarle al encargado, para sacármela de encima, y se va. Me acerco a la puerta del departamento de contrafrente y allí el olor es más fuerte todavía. Creo que lo del pañuelo es una buena idea.
       Llega Pedro con cara de dormido. Detrás lo sigue Doña Sofía. Pedro me dice que no tiene llave de ese departamento. Sería una buena idea llamar a la policía. Marco el 911 y hago la denuncia. 
     Bajamos todos a la calle a esperar al patrullero. Cuando llega el oficial a cargo nos pregunta cuál era el problema. Después de mi explicación nos informa que necesita una orden de la fiscalía para forzar la puerta. Vuelve al patrullero y lo vemos hablar por radio. Unos minutos después nos informa que están consiguiendo la orden y que le van a avisar. Cuando le llega la autorización, subimos al primer piso y el oficial con un agente que lo acompaña proceden a romper la cerradura. Nos piden que nos quedemos alejados. Cuando logran ingresar al departamento encuentran el cadáver del gitano, como le dice Doña Sofía, en un charco de sangre, sobre el sillón, con un balazo en la frente y en avanzado estado de descomposición. No me permiten verlo ni ingresar al departamento.
      El rostro de Federico refleja la sorpresa que le hubiera producido un balazo en la frente. ¡Esa es la frase!

II - Mirilla tiempo completo

¡Mamma mía! ¡Qué olor a podrido! Alguien tiró un perro muerto en el palier. Por la mirilla no se ve nada. ¡Uf! ¡Al abrir la puerta es peor! Hasta me pican los ojos. Voy a poner perfume en el pañuelo. ¡Ah! ¡Ahora sí! Por lo menos respiro el perfume. Ahí salió el barbudo. ¡Es un boludo éste! No sé de qué vive. Nunca va a trabajar. Dice el encargado que trabaja en la casa, escribiendo libros o algo así. ¿Se puede vivir de escribir? Si trabajara para un diario o una revista por lo menos cobraría un sueldo. Pero… ¿libros? Para ganar plata hay que esperar que se vendan. Bueno, por lo menos las expensas las paga.  ¿No venderá otra cosa éste? Me pregunta si sentí el olor. ¿No dije que era un boludo? ¿No me ve con el pañuelo en la boca? ¿O creerá que estoy resfriada? Dice que salió a ver si era la basura. ¡Si Pedro retira la basura todas las noches, menos los sábados que el basurero no pasa! Yo siempre lo controlo. Como decía un viejo político, “la gente es buena pero si se la controla, es mejor”. Le digo que el olor viene del departamento del gitano. No le cuento que hace tres días que no lo veo porque va a pensar que estoy espiando. En realidad, la última vez que lo vi fue cuando le abrió la puerta a la mujer del carnicero del quinto piso cuando éste había viajado a visitar a su madre en Olavarría. ¿Fue el martes? ¿O el lunes? Es igual, son tres o cuatro días. Me pide que lo busque al encargado. Le voy a interrumpir la siesta, pero esto no se aguanta más. Tengo que golpearle varias veces. A esta hora nunca da bola por más que se esté incendiando el edificio. Voy a insistir hasta que me atienda. ¡Por fin! Tuve que gritarle además de golpear la puerta. El aliento a vino que tiene justifica por qué tardó tanto en despertarse. Pero bueno, su trabajo lo hace bien. Está todo limpito. Le cuento y me dice que no puede hacer nada porque no tiene llave del departamento. El escritor llama a la policía. Me voy abajo para ver que van a hacer cuando llegue el patrullero. Detrás de mí bajan Pedro y el escritor. Cuando llega la policía habla con los hombres. ¡Qué machistas que son! Subimos pero no me dejan acercar, así que mejor me quedo en la puerta de mi departamento. Al final, no era un perro muerto, pero el gitano no era mejor que eso.

III - La siesta es sagrada

¿Quién carajo está golpeando la puerta? ¡Son las tres de la tarde! ¡Qué ganas de joder! ¿Y si me hago el boludo? ¡Uh! ¡Es Sofía! ¡Como grita! Mejor me levanto porque no va a parar. ¿Qué sale olor a podrido del departamento del primero contrafrente? ¿Y qué quiere que haga? ¿Qué le ponga desodorante? No, no tengo la llave para entrar. El gitano no confía en nadie. ¿Qué me va a dejar una llave? ¿Quién le dijo que me llame? Ah, el barbeta. Ahora bajo. ¡Ahora quiere llamar a la policía! ¿Y por qué no la llamó antes? ¿Para qué me necesitaba a mí? ¡Qué ganas de joder! Pero bueno, ahora me tengo que quedar. Aunque sea para hacer rostro. Voy a poner cara de preocupado aunque a mí, todo esto, me importa un carajo. Además, a esta hora nadie del edificio me ve que me estoy ocupando. No como en las mañanas, cuando todos se van a trabajar que dejo que me vean lustrando los bronces de la puerta de entrada y limpiando los blindex. O por las tardes cuando regresan, bien paradito, con el uniforme, en el hall de entrada. Bueno, por lo menos está Sofía. Ella se va a encargar de contarle a todo el mundo que yo estuve presente.
La policía no deja que nos acerquemos así que mejor me voy a seguir con mi siesta. Ya me contarán como termina.

IV - Comando radioeléctrico

La tarde viene tranquila. Llevamos casi la mitad del servicio sin novedad por lo que le indico al chofer que se dirija a la estación de servicio de Avellaneda y Fray Cayetano para tomar algo en la cafetería. Nos faltan dos cuadras para llegar y la radio emite su fatídico: “Atención móvil 345 llamado de emergencia”. Respondo con el clásico: “Aquí móvil 345 indique coordenadas”. “Bogotá 2381, entre Fray Cayetano y Caracas. Vecinos reportan mal olor que sale de un departamento”. “QSL, en diez minutos estamos allí” No es urgente así que vamos primero por nuestro café. Cuando llegamos al objetivo hay dos masculinos y una femenina en la puerta. Me confirman la denuncia por lo que llamo a la comisaría para que gestionen la autorización de la fiscalía de turno para forzar la puerta. Me quedo en el móvil hasta que llega la autorización. Subimos al primer piso, el sargento y yo, con dos de los vecinos, el otro masculino, encargado del edificio, se retiró. Les pido que se queden a distancia por lo que la femenina se dirige a su departamento del primer piso al frente. El vecino del departamento interno se queda en el palier, y el sargento con una barreta fuerza la cerradura de la puerta de la unidad contrafrente, identificada con la letra C. Ingresamos al living encontrando el cuerpo de un masculino, en avanzado estado de descomposición, causante del olor denunciado, recostado en un sillón sobre un gran charco de sangre y con un impacto de bala en el hueso frontal con posible orificio de salida por el occipital. Procedemos a cercar la zona y comunicar el hallazgo a la comisaría para que den parte a la fiscalía y a Policía Científica. Dejo al sargento de consigna hasta que lleguen las instrucciones de la fiscalía y del juzgado de turno y me dirijo a la comisaría para redactar el informe de lo actuado.

V – El último que se entera

¿Por qué me citó a mí el fiscal si casi no lo conocía al fulano ese? ¿Habrán citado a otros vecinos también? Me lo habré cruzado una o dos veces en los últimos dos años, porque nunca usa el ascensor. Tampoco va a las reuniones de consorcio. Igual, tiene, o tenía, algo que no me gustaba. No sé que es, pero no lo tragué nunca. La verdad, no lamento en absoluto lo que le pasó. Claro, a la justicia no se lo dije para que no pensaran nada raro. ¡Y me preguntaron si yo tenía llave de su departamento! ¿Para qué mierda iba yo a tener la llave de su departamento? No me enteré hasta la noche, al volver de la carnicería, que lo habían boleteado. ¡El tipo me miró con una cara! Insistía en saber si había discutido con él alguna vez. ¿De qué iba a discutir si no teníamos trato en absoluto? Al final me dijo que podía irme y si tenía algo más para declarar lo llamara.
Por lo que me contó el portero, andaba en la mafia de los autos. Le decían el Gitano, no sé si era sólo un apodo. ¡Debió ser un ajuste de cuentas!
La que quedó muy conmocionada fue mi mujer. Se ve que se impresiona con estas cosas. ¡Claro! ¡Siempre viendo novelitas rosas! Cuando quiero ver una película de acción me dice que vaya sólo al cine, así la disfruto tranquilo y ella no se pone nerviosa. Y si es en la tele, se va al dormitorio a chatear con sus amigas.

VI – Y el mundo sigue andando

¡No puedo parar de llorar! ¡Tengo una angustia que me oprime el corazón como si me lo apretaran con una pinza! Tengo en “repeat” en mi teléfono Sus ojos se cerraron, en la voz de Gardel. No sé si me alivia o me hace peor, pero no puedo dejar de escucharlo. “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando, su boca que era mía ya no me besa mas…”
Menos mal que mi marido está todo el día afuera. Trato como puedo de recomponerme a la noche cuando llega del negocio. No sé cómo voy a seguir viviendo sin sus besos, sus caricias, sus brazos apretándome, haciéndome vibrar como nadie pudo hacerlo. ¡Y mañana me llamaron a declarar en la fiscalía!
¡Nunca quise a nadie como a él! Y sé que nunca volveré a querer a nadie así. Cuando me casé era tan jovencita que ni sabía qué era el amor. Jorge era un buen muchacho, trabajador. Era aprendiz en la carnicería del barrio. Me gustaba y pensé que eso era amor. Y después pasaron muchos años en que la vida se fue transformando en rutina. ¡Hasta que el Gitano se mudó al edificio! Al principio era muy correcto, pero muy galante. Siempre me decía cosas lindas. Yo le respondía con una sonrisa y un “gracias”. ¡A los cuarenta años empecé a sentir mariposas en el estómago cuando lo veía venir! Hasta que un día, como él no usaba el ascensor, por vivir en el primer piso, bajé por la escalera a la hora en que salía y esperé en el segundo piso hasta escuchar cerrar su puerta. Entonces bajé y nos encontramos en la escalera. Nos miramos y sin decir palabra me dio un beso que me partió la boca.
A partir de ahí nos veíamos en su departamento cuando mi marido viajaba para comprar reses o cuando se iba de pesca con sus amigos. Después ya no podíamos esperar a que esto sucediera y empezamos a vernos casi todos los días. ¡Como esperaba el momento de encontrarnos!
Pero la semana pasada me dijo que debíamos hablar. Bajé intrigada y lo encontré muy serio. Me contó como su comunidad acostumbraba a arreglar los casamientos entre las familias. Por eso debíamos dejar de vernos, se iba a casar. Muy enojada, argumenté que yo era casada y eso no había impedido que hiciéramos el amor. ¿Qué le impedía a él hacer lo mismo?

Se quedó callado, bajó la cabeza y me dijo que él no iba a engañar a su esposa. ¡No me dejó opción! Abrí el cajón de la cómoda donde guardaba el chocolate que siempre comíamos después, tomé el revólver que había visto allí antes. ¡Si nos vas a ser mio!, le dije…¡Y lo maté!

Osvaldo Villalba
15/03/2016

(Nota del Autor : 
Raymond Queneau (1903-1976), francés, cuenta que por 1930 asistió a un concierto, El Arte de la Fuga, sobre variaciones de una obra de Bach. Esto lo inspiró, entre 1942 y 1949, a escribir Ejercicios de Estilo, donde un tema nimio, tomado como ejemplo, es relatado por 99 personajes diferentes para mostrar, justamente, sus diferentes estilos. En ese trabajo está inspirado este relato)

El cuidador de animales



Claro, te sentás ahí y me pedís
 que te cuente… ¿Querés que te cuente?
Te cuento.
Clide Gremiger
Explosión – Demonios Humanos

¿En serio me lo decís? ¿Vos crees realmente que Nemesio es un fracasado? ¡Ah! Además un indolente sin futuro. Y también un bueno para nada. ¡Qué fácil resulta desde tu posición poner etiquetas! Con tus veinte años, como hijo del dueño, pensás que te las sabés todas. No niego que te asiste la autoridad legal, como hijo de Don Ramón, de hacerte cargo del circo, mientras dure la convalecencia de tu padre, pero de ahí a venir como una topadora a pasarnos por arriba a todos hay un trecho. Catorce años hace que no pisas el circo. Cuando cumpliste los seis años tu mamá te llevó con ella a la ciudad y nunca más regresaste. ¿Qué sabés de circo? Seguro que también pensás que el Pelado y yo ya estamos viejos para ser payasos ¿no? Pero con Nemesio…¿Vos sabés quien es Nemesio Flores Rojas? ¿No? ¿Querés que te cuente? Te cuento.

Ese flaco bajito, morocho, de cara redonda, bocón, con nariz de boxeador, entró al circo cuando apenas había cumplido los doce años, y todavía faltaban siete para que vos nacieras. Habíamos llegado a un pueblito perdido en el desierto y acampamos a las afueras del caserío. Tu padre siempre contrataba gente de los lugares donde parábamos para armar la carpa. Así apareció Nemesio. Don Ramón le dijo que eso era trabajo de hombres, pero le insistió tanto que al final lo conchabó. Su primer trabajo fue sacar todas las piedras del piso para que no se rompieran las lonas al apoyarlas. Luego repartir las invitaciones para la función y finalmente darle agua y comida a los animales. Habíamos cargado el camión cisterna de agua en la última estación de servicio y  él hizo un montón de viajes llevando el pesado tacho de agua desde el camión hasta las jaulas. ¡No sabés con qué alegría lo hacía! Cantaba a voz en cuello y nos contagió a todos. Cuando nos fuimos del pueblo, se escondió entre las lonas en un camión y se vino con nosotros. Al llegar a la próxima parada, cuando lo descubrieron, Don Ramón quiso llevarlo de vuelta al pueblo, a sus padres, antes que lo persiguieran por ladrón de chicos, como se acusaba en esa época a los gitanos, pero Nemesio le contó que no tenía padres, que vivía en la calle, que nadie en el pueblo lo iba a extrañar y que más de uno festejaría que se haya ido y así librarse de sus travesuras.  Y se quedó.

Claro. El pueblo se salvó pero empezamos a sufrir nosotros. Encontrábamos ranas en nuestras cuchetas. ¡Ni te imaginás los gritos de las bailarinas! Nos escondía los elementos de trabajo, o los modificaba para que funcionaran mal. Yo tenía una flor que ponía en el ojal de mi saco que, al apretar en mi bolsillo un pomo de goma, arrojaba agua al que estaba frente a mí. Se tomó el trabajo de torcer el pico de salida y, cuando lo apreté, el chorro me dio en la cara. A Hércules, el Forzudo, le cambió la tira de goma, pintada como si fuera de hierro, con la cual hacía su número, simulando doblarla con mucho esfuerzo, por una de metal de verdad que apenas si pudo levantarla. Lo corrió por todo el circo. ¡Ah! Y el día que le puso grasa a la soga que usaba Jorge para subir hasta el trapecio. Fue tanto su enojo que nosotros no podíamos más de la risa. Le gritaba: ¡Flores Rojas, vení acá, sino flores rojas voy a llevar a tu entierro! Claro que todo eso lo hacía en los ensayos. Para él la función con el público era sagrada y la disfrutaba como si nunca hubiera visto lo que hacíamos. Por otro lado, en su tarea específica, nunca nadie cuidó tanto de los animales como él lo hace. Todos los bichos lo conocen y se acercan apenas lo ven aparecer.

Por suerte para nosotros creció, y la adolescencia le encendió otras prioridades. Entre ellas, la hija del domador de fieras, la que hoy comparte el lugar con su padre. No tenia…No tiene…ojos más que para ella. Pero nunca, en tantos años, se animó a encararla. Mirá que lo alentamos. Tan extrovertido que es para otras cosas. Tan tímido para esto. Pero ella lo sigue esperando. Se pasan horas hablando. Creo que en algún momento se va a animar, o ella tomará la iniciativa. ¿No te parece que hay que darle la oportunidad que ocurra?

El mes pasado, cuando se enfermó el Pelado, Nemesio lo reemplazó en nuestro sketch. ¿Podés creer que cuando tenía que darme el cachetazo, en lugar de hacer sólo el amago, me lo pegó de verdad? Lo quería matar. Pero los pibes lo festejaron tanto que, al final, me la banqué. Yo se que él está esperando que el Pelado o yo nos jubilemos para tomar nuestro lugar, ser el preferido de los niños, tener un carromato propio y…¿sabés?... creo que se lo merece.

Lo último que te cuento: Cuando la trapecista quedó embarazada fue una alegría para todos los integrantes. Porque somos una familia. Nos peleamos como en todas, pero también nos queremos. Y Nemesio estaba feliz. Cuando el bebé nació lo llevaba a pasear en el cochecito para que su mamá volviera a los entrenamientos. Le daba la mamadera, le cambiaba los pañales y lo hacía reír con sus monerías. Cuando empezó a dar sus primeros pasos le compró una pelota. Y se pasaban horas jugando. En los pueblos, cuando llegábamos, preguntaba si había calesita para llevarlo a dar vueltas en los caballitos que suben y bajan. Cuando el niño cumplió los seis años, su madre, que ya arrastraba algunas desavenencias con su esposo decidió irse a la gran ciudad para que su hijo dejara de ser nómade y pudiera ir a una escuela estable. No sabés la tristeza que su partida le causó a Nemesio.

¡Epa, epa, epa! ¿Qué pasa? ¡Los que lagrimeamos somos los payasos! El público se tiene que reír. Vení, vení. Dame un abrazo.

Osvaldo Villalba
16/04/2016

Amnesia




“El recuerdo es vecino
 del remordimiento”. 
Víctor Hugo

Sábado, 6:40 h

Aún no amanece. Detengo el auto frente al portón de ingreso del estacionamiento para el personal. En invierno comienza a aclarar recién a las 7:30, y el sol sale cerca de las 8:00. Espero que el guardia registre mi ingreso y conduzco hasta la cochera habitual. Este es mi último año de residencia en Emergentología que cumplo como médico de guardia “franquero” los sábados y domingos. Faltan quince minutos para tomar mi guardia pero seguro que el Chapu, ya cambiadito, me vio estacionar por la ventana y se está tirando por las escaleras. Cuando me lo cruce en hall central me va a gritar: “¡Rolfy! ¡Hola! Te dejé las novedades con la enfermera. ¡Buen finde!”. ¿Nunca se le ocurre que lo paso aquí adentro? ¡Alguna vez me va a tocar descansar los fines de semana! Bueno, si yo estuviera en su lugar, también me iría contento.
Llego a la Unidad de Terapia Intensiva y le pido a la enfermera el parte y las historias clínicas para ordenar mis prioridades de las próximas 48 horas, además de todo lo nuevo que ingrese.
—¿Alguna novedad del accidentado? —le pregunto a la enfermera.
—Ninguna, doctor. El respirador no hizo falta porque satura bien. 
Los informes de laboratorio están en la carpeta. 
—Gracias, Sandra, cualquier cosa la llamo.
El paciente había ingresado la semana pasada a causa de un accidente automovilístico. El auto, en el que viajaba junto a otras dos personas, fue embestido en la Ruta 14, unos 20 kilómetros al norte de Concordia, por un camión que iba de Brasil a Buenos Aires. Quedó volcado al costado del camino, provocando el fallecimiento inmediato de dos de los pasajeros, mientras que el tercero fue derivado aquí. Ingresó sin conocimiento pero al controlar sus signos vitales comprobamos que no existía riesgo para su vida. Tenía varios traumatismos en el lado izquierdo de su cuerpo; en el parietal, en la zona intercostal y en la pierna. Presentaba algunas heridas cortantes que fueron atendidas. Como su ritmo cardíaco y presión arterial permanecían normales, y respiraba por sus propios medios, desconecté el respirador. Por prevención lo derivé a Imágenes y los estudios no mostraron lesiones óseas. Lo único extraño eran unas ampollas de quemaduras en el cuello y en el hombro derecho. Pregunté si el auto se había incendiado y me respondieron que no. 
Estaba ocupado haciendo el informe de rutina cuando me vino a ver el comisario Sánchez, de la Séptima, quien me informó que debía dejar un agente de consigna para cuidar al paciente.
—¿A qué se deben estas precauciones, comisario? —le pregunté.
—Es que ninguno de los tres tiene documentos identificatorios — me respondió—. Además, el auto no tiene placas y los números de motor y chasis están adulterados. No sabemos nada de ellos. Avíseme si recupera el conocimiento.

Domingo, 4:00 h

Ya es de madrugada y recién me puedo ir a dormir un rato. Toda la noche ocupado con los pibes que se pelearon a la salida del boliche. Dos con heridas de arma blanca y el tercero muy golpeado. No entiendo al que va a bailar con un cuchillo. 
Ojalá pueda dormir un par de horas.
—¡Doctor! ¡Doctor! ¡Venga! ¡Se despertó! —los gritos de la enfermera me sacan abruptamente del sueño. 
Corremos al box. El tipo, con los ojos muy abiertos, me mira con una expresión mezcla de asombro y susto.
—¡La luz! ¡La luz! ¿Qué es esa luz? —me pregunta señalando la lámpara del techo.
—¡Tranquilo! —le digo mientras lo tomo de la muñeca y controlo su pulso—. Es la luz de la sala. ¿Sabe dónde está?
—¡No! ¿Dónde estoy?
—En el hospital Delicia Concepción Masvernat de la ciudad de Concordia. Soy el doctor Rodolfo Méndez. Tuvo un accidente. ¿Sabe cómo llegó o adónde iba? ¿Cuál es su nombre?
—¡No! ¡No tengo idea! ¿Dónde queda Concordia? ¡No recuerdo mi nombre!
—Bueno, tranquilícese. Vamos a hacerle unos controles. Ya se va a acordar. ¡Sandra! —me dirijo a la enfermera—. Por favor avísele al agente de consigna que le informe al comisario que el paciente recuperó el conocimiento. Ahora le voy a hacer unos controles para ver si está en condiciones de ser interrogado.
Le hago una serie de pruebas para comprobar sus respuestas neurológicas y los resultados son normales. Desisto de seguir interrogándolo para no ponerlo más nervioso. Mejor que eso lo haga el comisario.
Entra el agente y me informa que el comisario ordenó esposarlo a la cama por seguridad.
Lunes, 6:30 h 
Por suerte se acaba mi guardia. El comisario no vino. ¿Iba a dejar su partida de golf para venir a interrogar a un desconocido? ¡Nunca pensé que lo hiciera!
Durante el domingo pasé por el box un par veces, pero solo hablamos de la evolución de sus heridas. No le volví a preguntar si recordaba algo de antes de despertarse y él tampoco mencionó nada.

Sábado, 6:45 h

Estaciono en la cochera de siempre. Subo a la UTI, extrañado de que el Chapu no haya bajado corriendo. Lo encuentro en la habitación de los médicos, ya cambiado, pero sentado en la cama esperándome.
—¿Qué le diste al NN? —me pregunta riéndose.
—Solo analgésicos. ¿Por?
—¡No, guacho! ¿Qué le diste que no quiere hablar con nadie más que con el doctor Méndez? —me dice imitando la voz del tipo.
—¿En serio? ¡Me estás jodiendo!
—¡No! ¡De verdad! Lo pasaron a sala. Lo pusieron en la que está solo. En la semana vino el comisario y el tipo no recuerda nada. Ni el auto, ni a los otros dos. Le mostraron las fotos que sacó el forense. Se dio cuenta de que estaban muertos pero no tuvo ninguna reacción ni los reconoció. Y con los médicos de la sala… ni la hora. El lunes dijo que solo iba a hablar con el doctor Méndez, y el resto de la semana directamente miraba para otro lado y no contestaba. Les dije que lo dejaran todo un día sin analgésicos y el guacho se la bancó.
—¡Nooo! ¡No podés! ¡Sos un hijo de puta! —le digo riéndome.
—Te juro. Ni mu. Después le dieron otra vez. Tenían miedo de que les hiciera una queja a la Dirección Médica. Bueno. Me voy. Ahí lo tenés, todo para vos —mientras se va escucho sus carcajadas bajando la escalera. 
Después de leer todos los partes, comienzo la recorrida. Cuando termino, bajo a la sala y busco al “NN”, como lo llama el Chapu. Lo ubico enseguida por el consigna en la puerta. Cuando me ve entrar, esboza una sonrisa.
—¡Doctor Méndez! ¡Por fin llegó! Quería hablar con usted.
—Es que yo estoy solamente los fines de semana —respondo—. Y esta sala no me corresponde. Soy de Terapia Intensiva. Por lo visto está mejor ¿Recordó su nombre?
—No, doctor, no puedo recordar nada. Pero esta semana he tenido un sueño recurrente y se lo quería contar. Lo esperé a usted porque es el único que se preocupó por mí. Los demás me tratan como si molestara.
—No lo tome como algo personal —le digo, tratando de justificar a mis colegas—. Son formas de ser, nomás.
—¡No, doctor! Yo no me acuerdo de lo anterior, pero lo que pasa ahora no se me escapa.
—Bueno, cuénteme del sueño —le sugiero para sacarlo del tema.
—Antes… ¿hay forma que me saquen esto? —señalando las esposas. —No depende de mí.
—Bueno, qué se le va a hacer. Fueron tres o cuatro días en la semana, no estoy seguro. Con pequeñas variantes me veo corriendo por un bosque, como escapando de un incendio. 
—Cuénteme qué cosas se repiten y cuáles no, en los diferentes sueños.
Se queda pensando un rato y empieza a enumerar:
—Siempre es un bosque, el incendio es en una casa. A veces me alejo del fuego y otras voy hacia él. Solo una vez escuché gritos.
Pienso qué preguntarle que pueda sacudir su inconsciente, cuando entra Sandra:
—Doctor, están bajando de quirófano un paciente baleado anoche en un asalto.
—Bueno, ahí voy —respondo. Y dirigiéndome a él: —Fíjese si recuerda algo más del sueño y después seguimos charlando.

Domingo, 16:30 h

¡Por Dios! ¡Qué fin de semana! Con el choque del micro de ayer al mediodía no paré hasta ahora. ¡Me muero de sueño! Pero quiero ir a ver al amnésico para seguir la charla de ayer. Creo que algo hay en su sueño. Y tal vez explique sus quemaduras. 
Entro al box. Duerme.
—¡Hola! —lo despierto— ¿Seguimos la conversación de ayer?
—¡Ah! Hola, doctor. Sí, sí.
—Me decía ayer que en uno de los sueños escuchó gritos. ¿De quiénes eran? ¿De mujer o de hombre? ¿De adultos o de chicos?
Se queda pensando y de repente su expresión se ensombrece.
—No recuerdo —responde—. Estoy cansado, tengo sueño. ¿Segui mos después?
Tengo la impresión de que algo sonó en su cabeza pero no quiero presionarlo.
—Sí, claro. Cuando quiera. Avísele a la enfermera y ella me llama.

Lunes, 8:05 h

Ya me voy de la guardia. No me volvió a llamar. Yo tampoco fui a verlo. Le voy a dar tiempo para que digiera lo recordado. Mañana, cuando juegue al fútbol con los pibes, le voy a pedir al Rolo, que trabaja en un semanario, que me averigüe sobre algún posible incendio ocurrido tres semanas atrás.

Sábado, 7:50 h

Me llama la atención no ver la camioneta policial estacionada como siempre. Sandra me da los partes. Antes de empezar a leer le pregunto:
 —¿Sabe algo del NN?
—Me dijeron que se fue de alta, doctor.
—¡Ah! Después consulto.
Comienzo a hacer la recorrida. No me lo puedo sacar de la cabeza. ¿Encontrará su historia por fin? Siempre me dicen que no es bueno involucrarse tanto con los pacientes. Sobre todo en mi especialidad, en la que algunos no resisten.
Golpeo la puerta de la Dirección Médica.
—¡Adelante! —se escucha.
—¡Hola, jefe! —le digo asomándome—. ¿Le puedo hacer una consulta?
—¡Sí, pasá, Rolfy!
—Quería saber qué pasó con el amnésico. Me enteré de que le dieron el alta.
—Así es. En realidad, ya hacía más de una semana que podríamos haberle dado el alta, porque médicamente ya estaba bien, pero el comisario me pidió que lo aguantara un poco porque no tenía dónde ponerlo y había recibido un llamado del secretario de un juzgado federal de Buenos Aires avisándole que iban a enviar un oficio de traslado y en ese momento necesitarían el alta médica. Y a mediados de esta semana me trajo la orden, acompañando a la delegación de la Federal que lo trasladó. 
—¿Y en el oficio decían algo de la filiación?
—No. Solo hacían referencia al accidente y mencionaban “al masculino sobreviviente”. La orden judicial también autorizaba a retirar los cuerpos que estaban en la morgue y el automóvil accidentado. ¿Querés ver el oficio?
—¡Claro! Si me permite.
Busca en el fichero de las historias clínicas y me alcanza una hoja. Empiezo a leer. Me causa gracia cómo cada profesión tiene su léxico específico; un paper de medicina, una escritura pública, un informe contable o un oficio judicial se redactan con terminologías tan específicas que, al común de la gente, le cuesta entender. Traducido al “castellano” el oficio decía que, a efectos de una mejor identificación, se trasladen los dos cadáveres y al masculino sobreviviente a dependencias de Servicios Especiales de la Policía Federal, así como el vehículo siniestrado. En otro párrafo mencionaba que la solicitud había partido de la dependencia mencionada y se autorizaba al Comisario Inspector Alfonso Rocamora a realizar el operativo. 
Le devuelvo la hoja. Me despido agradeciendo y regreso a la unidad de terapia. Algo en todo esto no me termina de cerrar.

Domingo, 17:45 h

¡Goool! ¡Vamos, Patronato! Por suerte, domingo tranquilo, me permite ver el partido. Suena mi celular. Es Rolo.
—Hola, Rolfy. Soy Rolo. Estuve averiguando lo que me pediste. 
Hace tres semanas hubo un incendio en un pueblito llamado San Jor ge, cercano a Villaguay, en el que murieron un matrimonio y sus dos hijos. Se sospecha, por dichos de los vecinos, que fueron ejecutados por tres sicarios por ser testigos protegidos en una causa contra un comisario inspector de la Policía Federal. Por supuesto, nadie en el pueblo quiso declarar.
—Rolo, ¿el comisario inspector se llama Rocamora?
—¡Sí! ¿Cómo sabés? 
—¡Por metido! ¡Menos mal que los pacientes vienen sin etiquetas de sus antecedentes! ¡Si no, sería tan difícil cumplir el juramento hipocrático!

Osvaldo Villalba 
07/04/2016


El defensor


"Las tragedias se resuelven en ejemplos. Un espacio y un tiempo escuetos, cifrados, que acaban con una cabeza real ensartada en la pica de la virtud.
Pero ¿es ejemplar una tragedia que enarbola en la lanza no la bendita cabeza de un monarca, sino la cabeza piojosa de un vendedor de yuyos?"[1]


En el silencio del cuarto la cita me da tranquilidad. No recuerdo cuándo ni dónde la he leído tal vez en la clase de literatura del secundario, en mi Mendoza natal, pero en momentos especiales de mi vida viene a mí mente. Aunque fue el día de mi graduación de abogado, con el título desenrollado sobre la mesa, cuándo entendí, por fin, el significado de esa idea que había dado vueltas tantas veces por mi cabeza sin comprenderlo con claridad: La diferencia está en la repercusión, en la importancia que la noticia tiene para el mundo. Y se debe a la diferencia de clase existente entre ellos.

Algunos años después sigue teniendo vigencia. ¿Acaso es lo mismo el industrial asesinado en un asalto que el pibe acribillado en un barrio marginal por el gatillo fácil de un policía? Seguro en el primer caso habrá una catarata de información en todos los medios. Los diarios, las radios y la televisión dedicarán enormes espacios de sus columnas en el primer caso y de sus programas en los otros dos, utilizando a los mejores periodistas de policiales, con invitados especialistas en criminología, en derecho y en psicología y, mientras el rating y el morbo de la población lo justifique, lo mantendrán en el tope de las noticias. En el segundo caso puede aparecer en un recuadrito en las páginas interiores de los diarios más amarillistas, sin ninguna mención en aquellos de mayor tirada. Esta diferencia, recibida como una revelación aquella vez, fue la que me impulsó a estar del lado de los más débiles, más allá de lo que puedan pagarme, sin darme cuenta de los peligros a los que me expone.

Cuando le conté al Dr. Insaurralde, dueño del bufete de abogados penalistas donde trabajaba desde antes de recibirme, mi decisión de inscribirme en el Registro de Defensores de Oficio, me dijo poco menos que estaba loco. Su discurso resaltaba las bondades de la profesión independiente, donde está la plata grande,  cuidando las espaldas de empresarios y banqueros, ladrones de guante blanco, cuanto más tramposos, mejores pagadores, porque saben que sin tu intervención irían a parar a la cárcel. De los pequeños delincuentes que necesiten un defensor de Oficio porque no pueden pagarse un abogado, ¿qué se puede conseguir?
Cuando le pregunté donde quedaba la defensa de la justicia y la verdad, lanzó una estruendosa carcajada y me dijo: O sos muy joven todavía o muy inocente (por educación no me dijo pelotudo).

La semana pasada me vino a ver la madre de Martín. Martín es un pibe de 19 años que vive en un caserío sobre el margen de un afluente del río Matanza en el partido de Esteban Echeverría. Es el mayor de cinco hermanos, trabaja haciendo changas con albañiles de la zona y los sábados y domingos es caddie en la cancha de golf de un country en Canning. Hace un mes, volviendo de un baile con dos amigos fueron interceptados por una patrulla policial y llevados detenidos por “portación de cara”. Así decimos en la jerga de tribunales cuando los pibes son detenidos sin ninguna razón, tan sólo por su aspecto. Desde entonces, me contó la señora, los persiguen intentando obligarlos a robar para ellos, asegurando que los van a proteger. Como se negaron la semana pasada se los llevaron otra vez y les imputaron un asalto a una estación de servicio. Mi hijo es pobre pero no ladrón señor, me decía la señora llorando. Le prometí ocuparme y envié inmediatamente el escrito al juzgado asumiendo la defensa del imputado y solicitando su excarcelación. Esa misma tarde llamé a la Fiscalía. El caso lo tenía una fiscal conocida y muy buena profesional. Quedamos en encontrarnos al otro día para ver el expediente y lo haríamos juntos porque todavía no había podido leerlo. Al día siguiente, cuando analizamos el expediente pudimos comprobar que tenía un montón de irregularidades y ni siquiera coincidía la descripción de los empleados de la estación de servicio con los detenidos. La fiscal decidió presentar al juzgado la solicitud de falta de méritos para liberarlos. Lamentablemente no pude comprobar si se hizo.

Me hace bien mantener la cabeza ocupada en todos estos recuerdos. No tengo idea de la hora ni cuanto llevo aquí. Pero debe hacer más de un día. Sólo he dormitado de a ratos. Tengo la boca reseca y una sed espantosa. El golpe en la nuca nunca dejó de dolerme pero casi ya estoy acostumbrado. Alguien está abriendo la cerradura de la puerta.
—¡Ah! ¡El doctorcito está despierto! —dice con tono burlón.
La capucha en mi cabeza me impide verlo pero la voz es la misma de uno de los dos que interceptaron mi auto con una moto cuando salía del juzgado. ¿Fue ayer? ¿O antes de ayer? Tenían cascos negros con el vidrio polarizado y me encañonaron con una pistola haciéndome bajar del auto. Creí que me robaban.
—¡Bajate del auto y poné las manos en el techo! —gritó el mismo que ahora me está hablando. Cuando obedecí sentí un golpe en la cabeza y me desperté en esta silla con las manos esposadas hacia atrás, aseguradas al respaldo.
—Así que ahora te sentís el Zorro —dice cerca de mi oído—. Los paladines de la justicia son de otra época. De cuando se peleaba a espada. Ahora se usa esto —siento que apoya algo duro contra mi sien.
—No sé de qué estás hablando —le digo tratando de aparentar serenidad.
—¿Ah no? ¡No me tomes por pelotudo! De que te inmiscuyas en nuestros negocios estoy hablando. De que te hagas el justiciero estoy hablando. Con un solo plomo tus sesos van a quedar desparramados por la pared.
Escucho el click de un arma al ser amartillada. Se me hace un nudo en el estómago.
—¿Sabes rezar? —pregunta— hacelo rápido porque a la cuenta de cinco, fuiste. Cinco, cuatro, tres, dos, uno…
Instintivamente aprieto los ojos y la boca como si eso pudiera ayudarme, al tiempo que escucho el click del percutor sobre la cámara vacía.
—¡Ah! ¡Tuviste suerte! No había bala en la recámara. Tal vez la próxima vez no seas tan afortunado —sigue con el tono burlón mientras me suelta las esposas.
 —¡Vamos caminá —dice mientras me lleva fuera del cuarto agarrándome de la ropa—.Y mañana vas a ir al juzgado y vas a presentar la renuncia a la defensa de Martín Mamani. Esto nunca pasó —aclara y me tira en el asiento de un auto.

El viaje dura unos quince minutos. Por las conversaciones parece haber por lo menos dos tipos más en el vehículo El auto se detiene. Me tironean de la ropa fuera del auto y me tiran boca abajo al piso. Lo siento mojado y con olor a podrido.
—¿Ahora? —pregunta uno. Ninguno responde.
¡Me van a matar! Me tiemblan las piernas. Tengo náuseas. El auto arranca y lo escucho alejarse. No me atrevo a moverme. ¿Y si alguno se quedó para vigilarme? Debe estar apuntándome esperando que me mueva para acribillarme como a una rata. Hace frío. Me tiembla todo el cuerpo. ¡Que se acabe ya!
—¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta! —grito.
No sé cuánto tiempo pasa pero no escucho ningún ruido. Me duele todo el cuerpo. Me saco la capucha. Las náuseas se transforman en vómito. El llanto se me atraganta hasta que decido soltarlo. Lloro como hace años no lo hago, me chorrea la nariz, me siento ahogado. Grito con todas mis fuerzas. Con el aire que queda en mis pulmones. Un alarido que nace en mis tripas y se pierde en el silencio. Grito hasta quedarme sin voz. Alrededor sólo muda oscuridad.
Me debo haber quedado dormido. Es de día y hay sol. Estoy junto a un curso de agua a mi derecha y una calle con boulevard del otro lado. Ahora hay mucho tránsito. Del otro lado de la avenida, una planta de AySA. Es el Camino de la Rivera Sur sobre el Riachuelo.

—Buen día doctor. ¿En qué puedo servirle? —pregunta el fiscal de turno.
Estuve esperando en la antesala más de media hora hasta que la secretaria me hizo pasar.
—Vengo a presentar una denuncia por amenazas y privación ilegítima de la libertad. Soy el damnificado.

 Osvaldo Villalba

07/02/2016


[1] Liliana Bodoc - Presagio de Carnaval