Postales de mi Ciudad


 Los últimos años de mi período laboral, previo a jubilarme, los cumplí en un country del sur del conurbano. Siempre viví en CABA y viajaba todos los días menos uno que hacía trámites y buscaba firmas de los directivos en la ciudad. Un día, cruzando la 9 de Julio, vi un grupo de turistas que sacaba fotos al obelisco. Me di cuenta que en viajes o vacaciones sacaba muchas fotos pero no tenía ninguna de la ciudad. Comencé entonces a armar un álbum con cúpulas, monumentos, edificios y fachadas para poder mostrar lo hermosa que es mi ciudad.

Osvaldo Villalba

18/08/2023

Inspiración

 Cuando hice mi primer taller de escritura, para mi sorpresa, el profesor era Alberto Laiseca.

Él siempre nos decía: “Si no saben sobre qué escribir, párense en una esquina, miren alrededor la gente que pasa. Cada persona tiene una historia que se puede contar. Imagínenla". 

Me ubico en la mesa con ventanal a la avenida. Es buen lugar. Traen el cortado que pedí. Saco mi cuaderno. La chica espera el colectivo. Mira la hora insistentemente. El colectivo se demora. ¿Llega tarde a la entrevista de trabajo? Dos meses sin pagar el alquiler ni mandar a su hija al jardín.

El delivery pasa pedaleando con luz roja. Si llega tarde ¿pierde el plus que paga la aplicación? Le deben las propinas de la semana pasada. No tiene con quien hablar, solo chat por la app. La precarización gana terreno.

Termino mi café, pago y salgo. El Maestro era un genio.

Osvaldo Villalba

18/08/2023

Campeones

 

El Campeonato Mundial en Qatar movilizó Argentina. Fue un bálsamo ante tanta pálida. Nuestra hija y nieta, no futboleras, también se coparon. Tenían una conexión por streaming y en el debut, los vecinos gritaban los goles antes que aparecieran en su televisor. Así fue que, apenas finalizado, nuestra nieta nos escribió en el chat familiar para “sacar abono“ en nuestro sofá para ver el segundo partido. Nuestra hija vendría al salir de su trabajo, casi seguro al comenzar el segundo tiempo. Demás está decir que, como fue victoria frente a Méjico, mantuvimos esta rutina hasta la coronación.

Osvaldo Villalba

18/08/2023

Volver

 


Yo adivino el parpadeo de las luces
que a lo lejos van marcando mi retorno.
Alfredo Lepera (Volver)

     Diez años habían pasado desde que comenzó su exilio. Hoy, con las "sienes plateadas por la nieves del tiempo", como dice el tango, vuelve a su pueblo. ¿Quedará alguien en su casa?. Baja del micro en la ruta y el viento frío golpea su rostro. Toma el camino de tierra a su derecha. Pasa el montecito y su corazón se acelera. El farol que ilumina el rancho enciende su esperanza.

Osvaldo Villalba 
19/04/2023

N. del Autor: Foto de Francisko Abel - Pinterest
                  Texto creado por una propuesta del sitio Breves suspiros, de Sil Torres en Facebook, con el disparador de tres palabras: tierra, frío, farol.

El duelo

 

En las relaciones entre

Individuos, el uso de la

fuerza solamente es

legítimo cuando se trata

de legítima defensa.

Frédéric Bastiat


Llegaba la Navidad y ya de baja de mi servicio militar en la policía, disfrutaba, sin buscar trabajo, el regreso a la vida civil. Para ganar unos pesos, con un amigo, nos dedicamos a preparar alumnos de secundario para exámenes (y por suerte, para nosotros, no para ellos, teníamos unos cuantos).

A casa de mis primos ya no iba una vez por mes. Desde noviembre, después del cumpleaños de 18 de Héctor, el menor, todos los fines de semana enfilaba para Quilmes. Claro que ya no era sólo por la pizza y el truco, que seguían siendo prioridad el sábado a la noche. La culpable era Rossi, la vecina de mis primos, a quien había conocido en la fiesta, y con quien había bailado toda la noche, sobre todo los lentos. Y no porque me gustara bailar…me gustaba ella. No era el tipo de chica por la cual los pibes se dan vuelta al verla pasar. Morocha, algo gordita, labios gruesos. A mí me parecía muy sensual. Dos razones más avalaban mi interés por ella: me daba bola y le gustaba el tango. De mis conocidas era la única que disfrutaba el dos por cuatro. Todavía nos duraba el duelo por la muerte de Julio Sosa, unas semanas atrás. Ese sábado le tenía preparada una sorpresa. En la semana, caminando por las disquerías de la calle Corrientes, había encontrado un simple del Varón del Tango, en 45 rpm, que tenía de un lado “Nada” y del otro “Que falta que me haces”. Yo no tenía tocadiscos así que no había podido escucharlo. Cuando llegué a su casa, me recibió con esa sonrisa luminosa con que me esperaba todos los sábados.

—Tengo una sorpresa por un beso —le dije.

—Primero la sorpresa y si me gusta…dos besos —respondió con picardía.

Le di el paquetito y esperé con ansiedad su reacción. Lo abrió rompiendo el envoltorio y sus ojazos negros brillaron al tiempo que en su boca se abría en una exclamación:

—¡Noooo! ¡Que hermoso! —gritó mientras se abrazaba a mi cuello…y fueron mucho mas que dos besos.

Toda la tarde el Wincofón nos acompañó, cantando a dúo, entre besos y risas.

Cuando llegué, a la noche, a casa de mi tía, además de las cargadas de mis primos, que ella festejaba, me enteré que estaba el tío Fermín, primo de mi papá y mi tía, que vivía en Corrientes. Era viudo y no tuvo hijos, así que mi tía lo invitó a pasar las fiestas aquí. Se había ido a visitar otros familiares pero vendría a cenar.

Mientras se preparaban las pizzas, Omar me comentó que había escuchado alguna vez que el tío Fermín, de joven, había presenciado un duelo, por lo que me pedió que le tirara de la lengua a ver si contaba.

Cuando largamos el truco invitamos al tío a participar, con la seguridad que aceptaría. Tiramos los reyes para armar las parejas, y le tocó conmigo. Llevábamos media hora de juego, muy divertidos por su tonada correntina, por la pronunciación de las “ll” y por las frases que usaba para cantar el puntaje o retrucar, cuando, sin anestesia, le pregunté:

—Tío…¿es cierto que de joven estuviste en un duelo?

La pregunta lo sorprendió. Pensó unos segundos, sonrió y dijo:

—Sí, presencié uno cuando tenía unos 20 años, allá por 1922.

—Dale, contanos —intervino Omar, y los demás nos unimos al pedido.

Frunció el ceño, como haciendo memoria, y con parsimonia provinciana comenzó el relato.

—Yo trabajaba por ese entonces en una estancia a 30 Km de Curuzú Cuatiá. La mitad del día cuidaba un toro de raza. Dormía entre la paja del sobretecho del corral. Mi trabajo era cepillarlo, limpiar de bosta el lugar, sacarlo a caminar y que no le faltara el agua y el forraje. Por la tarde tareas generales en la estancia. Los domingos íbamos pa´l pueblo con otros peones a los bailes o a visitar alguna kuñataí. Ese día había ido con el Roque. Estábamos en el patio del almacén de ramos generales de Jesús, el gallego, donde se había armado el baile. Tomábamos unos vinos con dos muchachas que ya conocíamos de antes, cuando llegó, bastante chupao, el Kambá Godoy, el hijo del puestero de otra estancia de la zona. Se fue derechito ande el Roque y le dijo: 

—Andate. Esa mujer está conmigo

—¡D´iande! —le respondió el Roque— si cuando yo llegué estaba sola.

El otro intentó agarrar a la muchacha de un brazo y el Roque, de un manotazo se lo impidió.

—¡Ni se te ocurra tocarla! —le advirtió.

El Kambá, que traía un talero colgao de la muñeca, le tiró un rebencazo. El Roque lo esquivó echándose pa´atrás mientras con un movimiento rápido se sacó, con la mano derecha la alpargata izquierda, y le cruzó la cara de revés. El otro empezó a tirarle rebencazos que el Roque esquivaba con quiebres de la cintura y le respondía con la alpargata. La cara del Kambá se había puesto roja de bronca y de zapatillazos.

—Eh, pero eso no es un duelo!  —interrumpió Héctor

El tío sonrió, y mientras todos le tirábamos los naipes al pendejo, continuó:

—¿Vos querés sangre, no? ¡Pará que te vi´á contar! En ese momento el Kambá tiró el rebenque y peló el facón. Ya se había armado la ronda alrededor de ellos. Empezó a tirar puntazos y hachazos cruzados pero el Roque los eludía con saltos atrás y de costado. Y le seguía dando con la alpargata. Cada vez mas enfurecido el Kambá tiró un puntazo a fondo y le cortó la cara. 

—¡Añamenby! —gritó el Roque y recién ahí sacó su cuchillo. Se midieron un rato caminando en círculos y de golpe el Kambá tiró otro hachazo cruzado de izquierda a derecha y se mandó de frente en un puntazo profundo a la altura del pecho. El Roque se había arqueado hacia atrás para esquivar el hachazo y cuando vio venir el cuchillo de frente saltó de costado al tiempo que, con su mano izquierda golpeó el brazo del otro, desviándolo, quedando todo el flanco derecho del Kambá al descubierto y con un movimiento corto de su cuchillo lo ensartó hasta la manija. Se quedó de pie unos instantes, y se fue desplomando despacito.

Nos fuimos rajando del almacén antes que llegara la policía. Ninguno declaró haber visto lo que pasó. El Roque, igual, se tuvo que ir del pueblo por bastante tiempo. 

—¿Y con la chica que paso?  —preguntó Omar

—Desapareció del pueblo junto con su defensor. Después nos enteramos que vivían juntos —respondió el tío.

Cuando nos íbamos a dormir, a solas con el Tío Fermín, le pregunté:

—Tío, ¿con que te hiciste esa cicatriz en el pómulo?

Me miró y con una  sonrisa pícara me dijo:

—Con un alambre de púas.

Osvaldo Villalba

16/11/2014

Yarará




“No temo a la muerte”, decía,
y seguro que decía la verdad.
Pero y a lo demás, ¿Le temía?
Al dolor de estar sin ellas, de que
ellas estuvieran sin él, de que
la vida continuara a pesar de
su ausencia. El miedo a ser
un recuerdo, una anécdota.
“Tuve un padre y se murió”

Carmen Amoraga
“La vida era eso”

El calor es insoportable. Se sienta al borde de la cama hasta que la somnolencia se disipa. Herminia, su mujer, duerme con las piernas encogidas. Se para despacio para no despertarla. Espía por el borde de la cortina. Afuera todo es negro todavía. Apenas se ve una línea de claridad hacia el lado del río. Calcula que deben faltar un par de horas para que amanezca.

Va hasta el fogón y atiza el rescoldo, tira un par de astillas y cuando encienden pone la pava y, mientras prepara el mate, acerca la parrilla con el trozo de carne que quedó de anoche. Sale al patio, bombea un par de veces en la batea y se refresca.

Entra al rancho y el agua ya está a punto. Mientras ceba y come el churrasco, observa a los gurises que duermen en los catres al otro extremo de la pieza. Están creciendo rápido. Hortensia, la mayor va para trece, Héctor tiene diez y Horacio seis recién cumplidos. En invierno pasan la semana en la escuela y el sábado y domingo en casa. Ahora en enero están de vacaciones.

Durante el verano Hortensia acompaña a la madre que trabaja en el casco de los Voith. Los otros se quedan haciendo lío en el rancho mientras Ramón, el Moncho para todos, se desloma en la yerbatera de lunes a sábado.

Pero hoy es domingo y Moncho, quiere ir a recorrer las trampas para ver si el almuerzo de hoy puede ser distinto.

Se pone la camisa, las botas para el monte, la bolsa de lona en bandolera, el sombrero de ala ancha y el machete en la cintura.

—¿Ya te vas? —pregunta Herminia.

—Sí, sí. Quiero volver antes del mediodía. Tené el fuego prendido. Que los gurises barran el gallinero. Así no están toda la mañana al pedo.

Toma el camino que va al río. Ya comenzó a clarear. Después de media hora de caminata encuentra el sendero que él mismo abrió para colocar las trampas. Se interna hacia el oeste en el monte.

Sabe cuáles son las especies protegidas que debe soltar y aquellas que por ser consideradas plagas se pueden cazar. Tiene claro que tampoco serviría atrapar, aunque se pudiera, una corzuela o un pecarí porque es un animal muy grande para su familia y no se aprovecharía. Mientras avanza piensa: "me basta con un conejo o una liebre, que alguien introdujo hace mucho y se reproducen...como liebres". Sonríe con su propio chiste.

Las dos primeras trampas están vacías. "Si algún animal cayó —piensa—, escapó o alguien pasó antes que yo y se lo llevó."

 

El ofidio lleva dos noches de caza infructuosa. Sufre mucho el calor y prefiere guardarse cuando el sol abrasa. Se está retirando cuando el aroma de la presa golpea sus glándulas olfativas. Se aproxima y la ve debatiéndose por salir de un pozo profundo. Prepara su ataque en el momento que las vibraciones del piso le indican que algo se acerca. Se repliega y esconde en el follaje.

 

Moncho llega a la tercera y a través de las ramas ve algo que se mueve en el fondo. Parece un conejo. Se arrodilla en el borde y mete la mano para agarrarlo en el momento que, como un latigazo, el ofidio muerde su mano en el dorso, cerca de la muñeca.

—¡Mierda! —grita Moncho al tiempo que sacude el brazo.

Con la izquierda saca el machete pero el ofidio desapareció entre los arbustos. Un dolor punzante en el lugar de la mordedura justo donde se ve las dos marcas de los colmillos que comienzan a sangrar. "Debo mantener la calma" —piensa Moncho mientras trata de recordar los consejos que les dio el año pasado un doctor del micro sanitario que pasó por el pueblo. "Claro, uno siempre piensa que no le va a pasar. A ver: no torniquete, no chupar, inmovilizar la zona, sacar la ropa, atenderse enseguida".

Se saca la camisa, pone el brazo derecho contra su pecho sostenido en las manijas de la bolsa de lona y con la izquierda saca el conejo del pozo y lo suelta.

Sale al camino. Se tiene que atender enseguida. No vuelve a su casa sino sigue hacia el río donde está el puesto de Gendarmería.

La mano ya está hinchada hasta los dedos y tomando una coloración morada. Le duele mucho. Tiene por delante como media hora más de camino. Mientras apura el paso, no puede dejar de pensar en un cuento que trajo una vez Hortensia del colegio, de un escritor que se llama Horacio, como su hijo más chico, pero no recuerda el apellido, donde una yarará lo pica al honbre y tarda tanto en llegar a atenderse que se termina muriendo. "A mí no me va a pasar" —se dice— "En un rato estaré en el destacamento. Por lo menos no me picó en las patas y puedo caminar"

Parece que el camino es más largo que nunca. Siente una puntada en el codo. El antebrazo también se está hinchando. Una arcada lo hace detenerse. Respira hondo. Se le pasa. Sigue. Tiene miedo. No miedo a morir, eso es un paso. En su vida vio mucha muerte. Es no ver crecer a sus hijos. Es dejar a su mujer sola. Recuerda una canción que escuchó hace un tiempo: Volver en guitarra. “Sería bueno –piensa—morir y volver en árbol y de su madera en guitarra. A lo mejor después alguno de mis hijos toque en ella un chamamé.”

Se siente mareado. Por lo que lleva caminando debe estar cerca. A la salida de una curva ve el mástil y la bandera del destacamento. Nunca amó tanto su bandera como en ese momento.

El gendarme de guardia lo ve venir tambaleante y sale a buscarlo.

—Moncho. ¿Qué te pasa?

—Yarará —alcanza a decirle al tiempo que el agente lo toma por debajo del brazo y lo ayuda a entrar al destacamento.

El oficial a cargo ordena que preparen el jeep y avisa por handy al hospital que lo llevan.

 

Moncho abre los ojos y Herminia y sus hijos lo están mirando. Está en la sala de internación con suero en el brazo izquierdo. La mano le duele un poco pero está menos hinchada.

—Se me consumió el fuego —le dice su mujer sonriendo.

—Es que me ganaron de mano. Mejor dicho, me ganaron la mano —responde Moncho mostrando las huellas del combate.

 

Osvaldo Villalba

27/12/2021


N de A: La canción mencionada en el relato, Volver en guitarra, es la que inspiró el mismo. Fue escuchada por el autor en la voz de la cantante santafecina Patricia Gómez, a quien conoció en forma virtual por una entrevista realizada por la escritora Natalia Sordi. La pieza corresponde al músico y cantante santafecino Roberto Galarza (1932-2008)


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ALGO PARA CONTAR


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