Confidente



¿No va a arder jamás para siempre
la víctima secreta del Amor?
George Freiherr von Hardemberg (Novalis)
  
—Te estoy aburriendo ¿no? —Tu voz suena a disculpa.
—¡No! ¡Para nada! —Me apresuro a responderte. Cualquier cosa menos aburrimiento. ¿Te cuento? ¡Si pudiera! Envidia, bronca, dolor. Pero sobre todo…¡Amor! Hace más de una hora que, sentados frente al río, en esta hermosa costanera de Vicente López, me contás los desplantes que te hace el estúpido de Pablo. Los deseos de agarrarlo del cuello y romperle la nariz de un frentazo son tan intensos como el de tomar tu rostro entre mis manos y comerte la boca. Pero no tengo el coraje para ninguna de las dos cosas. Entonces miento.
—Lo que pasa es que mirar el horizonte de agua me pone melancólico, pero te estoy escuchando. Me apena mucho que sufras por sus desaires.  Deberías tomar una decisión.
“Rajalo de una vez, yo te voy a consolar”, pienso. Pero…
—Sí, es cierto —me decís—, pero no puedo. No sé por qué es tan insensible. Tampoco por qué siempre lo perdono.
“Porque no te quiere. Porque nunca te va a querer como te quiero yo”, pienso. “Porque sólo se quiere a sí mismo”.
—Tendrías que ahondar en esos por qué —te digo—. No existe ninguna razón para que aguantes sus insolencias.
—Tenés razón. Cuando me quedo sola no paro de llorar —se te quiebra la voz y tus ojos se humedecen.
Contengo las ganas de abrazarte. Respiro hondo y pongo mi mano sobre la tuya. Una corriente eléctrica me recorre el cuerpo y mi corazón se larga al galope. ¿Cómo puedo ser tan cobarde? ¿Cómo puedo ser tan boludo? ¡Este es el momento! ¡Abrazala! ¡Decile que no podés vivir sin ella!
—Nunca hablé con nadie de esto —continuas un poco más recompuesta—. Te lo cuento a vos porque sos mi amigo.
¡Puñalada en el estómago! ¡Gancho al hígado! No soy tu amigo, te gritaría, no quiero ser tu amigo. ¿Estoy condenado a ser eternamente la víctima secreta de este amor?
—¿Qué te pasa? ¡Estás llorando! —me decís al observar los gruesos lagrimones caer por mis mejillas. Saben salados.
—Es que…—titubeo—, no soy tu amigo. Yo te amo. Estás en mis pensamientos todo el tiempo. Y sufro como nadie con tus conflictos. Te lo tenía que decir.
Mientras me abro veo como se va transfigurando tu rostro. La sorpresa se va convirtiendo en disgusto. Tu enojo estalla como una granada.
—¿Cómo me decís esto ahora? Después de todo lo que te conté, pensando que eras mi amigo. Seguro disfrutás lo que me pasa con Pablo. Todo lo que me decías era para tu interés personal.
—¡No! ¿Cómo me decís eso? Sólo quiero lo mejor para vos. ¿Cómo me voy a alegrar si te hacen sufrir?
—Ya no puedo creerte nada. ¡Andate por favor!
—Pero…
—¡Andate! ¡No te quiero ver más!

Mediodía del sábado. Me siento en el suelo, recostado contra el árbol. El día está gris y ventoso. El viento levanta copitos de espuma en el río. Hoy no hay veleros. El domingo pasado me fui de aquí con el corazón roto y una sensación de vacío que no se fue en toda la semana. Ni sumergiéndome en el trabajo ni sentándome a escribir y mucho menos con ganas de agarrar la viola. Parece que va a lloviznar. “El cielo llora como mi alma” pienso y sonrío con lo cursi de la frase. ¿Cómo se sale de esto? ¿Lo curará el tiempo? Hoy me parece que no. Tengo el teléfono apagado porque no quiero hablar con nadie. Ni siquiera fui esta mañana a jugar al fútbol con los pibes. Igual, al único que no pude engañar fue al abuelo. Anoche cuando terminamos de cenar y salí al patio se vino conmigo.
—¿Qué te anda pasando pibito? —preguntó bajito.
—Nada abu. Todo bien.
—Contáselo a tu cara entonces, porque parece que no se enteró.
Es muy bicho el abuelo. Me insistió hasta que le conté. Después de escuchar con atención, sentenció:
—Mirá pibe. Siempre es preferible penar por ir de frente que sufrir por comerte los sentimientos. Nunca te arrepientas de la verdad.
Empieza a lloviznar. Ojalá el abuelo tenga razón.

—Sabía que te iba a encontrar acá —tu voz me sobresalta.
—Es mi lugar preferido —respondo sin mirarte.
—Por eso lo sabía. ¡Uh, que serio! ¿Estás enojado?
—¿Por qué estaría? —te miro y mi corazón se acelera.
—¡No aprendés más! —me decís con una sonrisa que me derrite como un cubito en agua caliente—. ¿Cuándo vas a decir lo que sentís de primera? ¿Por qué? Porque te traté mal, porque te eché, porque te dije que no quería verte más.
Te sentás a mi lado. Ya me ablandaste.
—En realidad no es enojo —te digo—, es pena, es dolor por pensar que me quería aprovechar de…
No me dejas terminar. Rodeás mi cuello con tus brazos y me tapás la boca de un beso.
¡El abuelo es un genio!

Osvaldo Villalba
20/11/2017



El reportaje



“El verdadero tiempo no se puede
medir por el reloj o el calendario.”
Michael Ende

Finalizo el check in y el conserje, junto con la llave de la habitación, me da el sobre que dejaron a mi nombre en la recepción.
Mientras subo, agradezco que no es el mismo de hace dos años. Me tiro sobre la cama y abro el sobre. La nota, manuscrita, comienza agradeciendo a la editorial, a mí, por la disposición en venir hasta aquí a realizar el reportaje y termina transcribiendo la dirección, el número telefónico y los horarios en que se encuentra disponible para la entrevista. La firma Érika Sánchez.
Mañana la llamo para combinar. Cierro los ojos. Mi mente vuela hasta aquella noche. La editorial me había enviado a La Pampa para conducir una presentación de libros en Santa Rosa. Anochecía y la tormenta era tremenda. Las escobillas no alcanzaban a sacar toda el agua del parabrisas. Cuando faltaba poco para llegar a Pehuajó la ruta comenzó a llenarse de una espesa niebla.  Disminuí la velocidad porque el auto patinaba. Parecía estar embarrado. Unos minutos después la niebla comenzó a despejarse. Me encontré en un camino de tierra aunque nunca me di cuenta de que había salido de la ruta. Seguía lloviendo muy fuerte pero el viento había cesado. Consulté el celular  pero no tenía señal y el GPS no funcionaba. Avancé unos minutos más y, a la salida de una curva, apareció una casa de estilo europeo. Por lo oscuro de la noche no se veían otras construcciones alrededor, o tal vez no había nada. Era una buena oportunidad para averiguar dónde estaba. No se veían luces, enfilé el auto de frente, enfoqué los faros a la puerta y me bajé. La puerta era de madera maciza con un llamador de bronce con forma de mano. Di dos golpes, esperé unos segundos y volví a golpear. Escuché correr un cerrojo. Una  joven abrió apenas la puerta y se tapó los ojos con la mano izquierda, encandilada por los faros. En la mano derecha traía un viejo farol a kerosene. Me disculpé, corrí al auto, apagué los faros y me presenté:
—Buenas noches, me llamo Germán, voy a Pehuajó pero, aparentemente me desvié del camino.
Ella levantó el farol para mirarme. Era rubia, muy hermosa, con aire europeo, y ojos muy claros que miraban con asombro mi automóvil. Se recompuso y respondió:
—Pase, por favor, se está mojando. Mi padre, seguramente, sabrá indicarle.  —Abrió la puerta del todo, haciéndose a un lado para dejarme pasar, y gritó hacia el interior de la casa— ¡Padre! ¡Es un viajero que parece haberse extraviado!
Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra vi a un hombre sentado en un sillón hamaca, frente a una chimenea con leños encendidos. Su cabello corto enmarcaba un rostro rubicundo, acrecentado por el reflejo de las llamas y le daba un aspecto imponente. Era evidente que no tenían luz eléctrica porque había otros faroles en el ambiente.
—¿Qué lo trae por estas tierras, forastero? —preguntó con acento europeo.
—Iba para Pehuajó pero, por la tormenta y la niebla, me debo haber desviado de la ruta —intenté explicarle.
—¡Ah! No le falta mucho. Pero con esta tormenta no le aconsejo seguir porque las lagunas han de estar desbordadas dejando intransitable el camino. Quédese esta noche aquí y mañana, de día, decida si sigue o regresa. La cena estará lista en un rato. ¡Berta! ¡Pon otro cubierto por favor! ¡Érika, ayúdala! ¿Cómo dijo que se llama? —me preguntó mientras se ponía de pie.
—Germán, Germán Fischer.
—¡Ah! ¿De familia alemana? —Su rostro se iluminó mientras extendía su mano y me apretaba fuerte—. ¡Mucho gusto! Soy Otto Hoffmann.
La cena transcurrió en un clima cálido y ameno. Otto era muy conversador y se interesó en los antecedentes de mi familia. También en mi actividad en la editorial, que no conocía. Berta, su esposa, parecía muy joven, en relación a Érika, a quien le calculé unos veinte años. Otto contó que Berta estaba embarazada. Érika,  permaneció callada. Seguía pareciéndome muy bonita. Yo la miraba de reojo pero no levantaba la vista del plato.
Cuando llegó la hora de ir a dormir Érika me guió por un pasillo, que daba a un patio trasero donde, según me dijo, estaba la habitación de huéspedes. Me puso muy contento que fuera ella. Mientras estaba en la mesa imaginé mil maneras de encontrarla a solas, y al final se me dio sin hacer nada.  Al entrar a la pieza saqué una mini-linterna de mi riñonera e hice un paneo. Érika me miraba boquiabierta.
—¡Qué buena luz! —exclamó.
—¡Ah, sí! Son alógenas, iluminan muy bien.
—Nunca vi algo así.
—Tome, se la regalo —le dije divertido por su sorpresa.
—¡No, por favor! —dijo ruborizada.
—No se preocupe —respondí sonriendo—, en el auto tengo otra.
Le tomé la mano, puse la linterna en su palma y la sentí estremecerse. Sin soltarla, acaricié su rostro suavemente. Estaba sonrojada pero no se apartó. La besé y lo aceptó. Nos quedamos abrazados un rato hasta que me dijo:
—Tengo que irme…
—Está bien. No quiero que tengas problemas. Pero cuando termine mi trabajo, voy a volver y hablaré con tus padres.
—Mi madre murió al nacer yo —dijo—. Mi padre se casó este año con Berta. Ella es muy buena. Él estaba muy solo y deprimido.
—¿Y con vos?
—Sobrellevamos —la sonrisa iluminó su rostro.
—¡Andate antes de que pregunten por vos! —le dije besándola otra vez.
A la mañana los tres salieron a despedirme. La mirada de Érika me quemó cuando estreché su mano. Cuando arrancaba oí que Otto decía algo de mi auto pero no lo entendí. Saludé con la mano mientras me alejaba. Decidí volver atrás por el camino. Ya no llovía pero el piso estaba muy anegado. Unos minutos después apareció otra vez la niebla. Cuando se fue disipando comencé a ver las señalizaciones de la ruta.
Al llegar a Pehuajó pasé por el hotel, el Piccolini, para disculparme por no haber cumplido con la reserva, pensando en confirmar el alojamiento para mi vuelta.
—¿Conoce la casa de los Hoffmann? —le pregunté al conserje.
—No, no me suena.
Cuando le describí el camino de tierra, la casona, el tipo me miró con una mezcla de burla y compasión.
 —No ubico nada de lo que dice —respondió en un tono condescendiente. Seguro pensó que me había pasado de droga o alcohol, o ambas a la vez.
Paré en la YPF a cargar nafta y mis preguntas tampoco hallaron respuesta. Por lo menos la que yo esperaba.

El GPS del celular me dice que estoy frente a mi destino. Antes de bajar releo el cuestionario que preparé para hacer la nota. Sólo espero que no me traicione la ansiedad. De los cinco cuentos que Érika envió a la editorial en el correo de los escritores inéditos, uno me rompió la cabeza: “Del tiempo de mis abuelas”. Por él hice todo el lobby con el gerente para convencerlo de que se justificaba la entrevista, que era buen material y que me ofrecía a hacer el reportaje con los viáticos a mi cargo. Esto último fue lo que más sedujo al ratón de mi jefe. Escribí las preguntas para comenzar con generalidades antes de llegar a la historia que hay detrás de cada cuento, y de allí al que me interesaba.
Bajo del auto y observo la casa. Un pequeño jardín al frente detrás de un cerco de material y un portón de madera lustrada. El porche, con un banco de plaza al costado de la puerta, bajo la ventana, me recuerda las construcciones en mi pueblo natal. No se ve timbre así que golpeo las manos. Unos ladridos me indican que, por lo menos el perro, me escuchó. Abre la puerta una joven de pelo castaño, muy bonita, al mismo tiempo que un perro blanco, enorme, corre hasta la verja y entre gruñidos me muestra su dentadura en forma amenazante.
—¡Duque! ¡Down! —grita la joven y el perro se sienta en sus cuatro patas pegado el suelo. —¿Germán? —pregunta ella dirigiéndose a mí.
—Si. ¿Érika? —El susto no me permite reconocer mi propia voz—. Creí que acá se terminaba mi viaje —le digo intentando sonreír.
—Tranquilo, es pura espuma —dice riendo con ganas— ya hizo su rutina. Pasá, el portón está abierto.
Corro el cerrojo y entro mirando de reojo a la bestia. Érika me saluda con un beso y pasamos al living. Me señala un sillón y nos sentamos. Sirve café y me alcanza la taza. Saco mi grabador y comenzamos la entrevista de acuerdo a lo planeado: cuando comenzó a escribir, como elige los temas, si sus personajes se basan en gente conocida o son pura ficción. Por fin llegamos a la historia por la que vine.
—Contame sobre Del tiempo de mis abuelas.
—¡Ah! Son historias que me contó mi abuela Ana cuando yo era chica. Creo que entre los diez y los doce años. En realidad son de mi abuela Ana y mi tía abuela Érika, hija del primer matrimonio de mi bisabuelo. Su madre murió cuando ella nació y varios años después él se volvió a casar. De ese matrimonio nació mi abuela Ana. Las hermanas se llevaban como veinte años de diferencia. Ana me contó que Érika nunca se casó ni tuvo novio. Solía decir que esperaba al príncipe azul que nunca llegó. De esos relatos imaginé historias de amor que volqué a los cuentos. Cuando murió la abuela Ana, vaciando su habitación encontramos una caja con cosas que pertenecieron a Ërika y que en honor a mi nombre me la quedé.
—¿La tenés a mano? —pregunto
—¡Si, claro! La usé para inspirarme en algunos relatos. Ahora la traigo.
Mientras se va a buscarla siento que mi estómago se estruja. ¿Habré entendido bien lo que mencionaba en el cuento? Regresa y apoya la caja sobre la mesa ratona. Retira la tapa y comienza a sacar anillos, un brazalete, un abanico, varias hojas atadas con una cinta y…¡Mi linterna a pilas  toda oxidada!

Osvaldo Villalba
17/10/2017



Prejuicio

“Nada nos engaña tanto
 como nuestro propio juicio”
Leonardo da Vinci


La chica salió de la boca del subte y en la primera esquina, la calle de su casa, dobló caminando rápido. A escasos diez metros un hombre dobló en la misma dirección. Ella presintió que la seguían e intentó apurar el paso. Él se puso la capucha del buzo y corrió.


Mientras bajaba en el ascensor se miró en el espejo y sonrió. “Nunca imaginaste que ibas a hacer esto”, pensó. Ya en la calle se dirigió hacia la  avenida, a dos cuadras de su casa. En la esquina, la barra de pibes que limpian parabrisas, charlaban esperando que corte el semáforo. Debía ser una de las pocas veces que pasaba caminando por allí. Siempre le había molestado el aluvión que se venía cada vez que la luz roja detenía su auto.
—¿Le limpio maestro? —Ante la negativa, hacían un círculo entre el índice y el pulgar— ¿Una moneda?
Muy rara vez accedía, solamente si había llovido y su parabrisas estaba muy sucio de gotas y salpicaduras de otros autos. Pero en general su gesto era negativo ante las dos preguntas.
Cruzó la avenida y entró en la pizzería. Hizo el encargo. Fue a la caja y pagó con tarjeta las pizzas y las empanadas. El empleado del mostrador recibió con una sonrisa el billete de propina.  De regreso a su casa entró en el supermercado chino, el único que podía encontrar abierto a esa hora de la noche, y se llevó cuatro cervezas en envases no retornables.
Llegó hasta la esquina justo cuando el semáforo había detenido a los autos. Dos de los muchachos estaban limpiando y el tercero se había quedado parado al lado de los baldes. Se acercó a él y lo abordó:
—Buenas noches ¿Quién es Dante?
—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.


—¿Cómo se llama? —le había preguntado hace una hora a su hija.
—Creo que Dante —respondió ella todavía con la respiración entrecortada.
Estaba sufriendo frente al televisor, como todos los hinchas de Independiente, porque el empate se les negaba y el tiempo se iba acabando, cuando escuchó los gritos de su mujer en la cocina.
—¿Qué te pasó? ¡Mi amor! ¿Qué te hicieron?
—¡Me asaltaron! —escuchó la voz de su hija quebrada por el llanto.
Corrió y vio cómo su mujer ayudaba a la chica a sentarse en una silla. Preguntó que había pasado pero ambas lloraban y no podían explicar. Revisó la cabeza de su hija. Tenía un chichón morado sobre el lado derecho de la frente cerca de la sien sobre el que apoyaba un repasador con trozos de hielo.
—Bueno, tranquila, es un golpe fuerte pero con lo cabeza dura que sos… —le dijo para aflojar un poco la tensión.
Sin dejar de llorar, la joven sonrió.
—No perdés oportunidad papá ¿eh? ¿A quién salí?
—¿Qué te robaron? ¿Cómo fue?
—Salí del subte y venía para acá.  Me pareció que alguien me seguía y cuando me quise apurar sentí que me tironeaban de la mochila y me empujaron. Sentí como un estallido y cuando abrí los ojos estaba sentada contra la pared y los pibes de la esquina me estaban atendiendo. Uno me dio este repasador con hielo que fue a buscar a la heladería. Me preguntaban si estaba bien. Si me podía parar. Lo habían corrido al tipo y recuperaron mi mochila. Después otro de ellos me acompañó hasta la puerta.
—¿Cómo se llama? —preguntó él.
—Creo que Dante —respondió.


—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.
—Digamos que un padre agradecido.
—¡Ah! ¿Por la piba? Yo soy Dante. No hay nada que agradecer. A la piba la vemos pasar todos los días.
—Gracias por recuperar la mochila de mi hija.
—¡Ja! ¡Para el flaco Ráfaga fue sencillo! Cuando le gritamos el chabón quiso salir corriendo pero Ráfaga es Usaín Bolt. No se le podía escapar. Posta que con la murra que le dio no le quedan más ganas de afanar por acá.
—Les compré unas pizzas y empanadas y traje unas cervezas.
—¡Eh, joya! ¡Ráfaga, Corcho, paren que pintó pizza y birra!

Osvaldo Villalba
10/09/2017









El jefe



La vida te da sorpresas,
sorpresas te da la vida.
Rubén Blades

El auto estaciona junto al cordón de la vereda, frente a mí. Los vidrios polarizados no dejan ver los ocupantes. Se abre la puerta trasera, Moncho baja y me hace una seña con la cabeza para que entre. Adentro hay otro grandote, cruzado de brazos, además del chofer. Quedo en medio de los dos en el asiento de atrás y el auto arranca. El tipo de mi izquierda me alcanza una capucha.
−¿Es necesario? –le pregunto.
−Es imprescindible –responde.

Empiezo a arrepentirme de lo que estoy haciendo. ¿Quién me manda meterme en lo que no me importa? ¡No aprendo más! Aunque tampoco podía ignorar lo que pasó antes de ayer. Mientras el auto avanza rápidamente, vaya a saber por dónde, vuelve a mi mente el momento en que salí del ascensor y vi la puerta abierta del departamento de mi vecina, Doña Isabel, con quien no tengo mucho trato, más que los saludos y alguno que otro favor de vecino, como guardarle un par de recipientes en mi freezer, –que siempre está vacío−, porque el suyo se había dañado.  Me acerqué y la llamé sin obtener respuesta. Abrí un poco más la puerta comprobando que estaba todo revuelto, con cajones dados vuelta en el suelo, los armarios abiertos, lo mismo que la alacena de la cocina que se veía a través de la abertura. También la heladera estaba abierta y todo su contenido diseminado por el suelo. La llamé otra vez, antes de pasar al dormitorio y nada. Entré despacio, con temor de lo que podía encontrar, pero sólo había desorden, los cajones de la cómoda vaciados sobre la cama y la ropa de los placares desparramada. Salí y llamé al portero. No había escuchado nada. Llamamos al 911 y en un rato estaba el patrullero de la comisaría de la zona. No había rastros de la anciana. Sacaron algunas fotos, nos tomaron declaración de lo poco que podíamos aportar y pusieron una franja sobre la puerta, dejando un agente de consigna. 

El auto se detiene y me bajan sin sacarme la capucha. Me guían para subir un par de escalones en lo que debe ser la entrada a una casa. Escucho una puerta que se abre y, al entrar, el piso cruje como pinotea. Me hacen sentar en un sillón y el grandote me dice:
−Ahora te va a recibir el jefe. No te saques la capucha hasta que te avisemos.

¡Insisto! Estoy acá por entrometido. Cuando volví a mi departamento, después que el oficial se fue, me percaté que la heladera de la mujer estaba funcionando. ¿Por qué no vino a buscar sus recipientes? Los saqué de la heladera, los abrí y cada uno tenía adentro una bolsa envasada al vacio de un polvo blanco. Abrí una punta, metí el dedo, lo puse sobre mis labios, sentí que se dormían. “¡Carajo!”, pensé en ese momento, “debía ser esto lo que buscaban.¿Qué habrá pasado con Doña Isabel?” Envolví los paquetes en papel de diario, fui al compartimiento del motor del ascensor y los escondí entre unos escombros que están ahí desde siempre.

Ayer a la noche, cuando volvía del trabajo, en la esquina, el tipo me paró y me dijo:
−El jefe te manda decir que tenés algo que es de él.
−¿Perdón? ¿De qué me hablas?
−Sabés de que te hablo Federico, no te hagás el gil.
−¡Ah! ¡Sabés mi nombre! ¿Y Vos quien sos? ¿Quién es el jefe?
−Soy Moncho y me estoy refiriendo a los paquetes de la vieja. ¡No me hagás enojar!
−No me asustés que me voy a hacer pis. Laburé en un frigorífico. He manejado tipos más pesados que vos. Primero decime qué hicieron con ella.
−¡Ah, bueno! Ahora soy yo el que tiembla. Ella está bien, el jefe la cuida. Dame los paquetes.
−A vos no te voy a dar nada. Y no vayas a revolverme el departamento. No pensarás que están ahí.
−Tranquilo, no fuimos nosotros los que volteamos el departamento de Isabel. Ahora que nos estamos entendiendo ¿Cuál es tu propuesta?
−Quiero comprobar que ella está bien y sólo arreglo con tu jefe.
−Está bien, dame un minuto.

Se alejó un momento y habló por teléfono.
−Está bien. Mañana a la noche esperanos en la esquina que te venimos a buscar.

Escucho abrirse una puerta:
−Ahí está el jefe −dice Moncho mientras me saca la capucha.
−Hola Federico, gracias por preocuparte –me dice Isabel.

Osvaldo Villalba
13/09/2016

Este cuento fue publicado por Editorial Dunken en la Antología Escritores en Oficio, como cierre de una clínica de creatividad literaria.

Lluvia


Llegará un día que nuestros recuerdos
 serán nuestra riqueza.

¡Cómo disfrutaba la lluvia! El repiqueteo de las gotas en mi ventana o el ruido en el toldo del departamento de abajo eran una música increíble. Hasta aquel sábado... Sábado sin programa, recostado en mi sofá, vaso de whisky, escuchando a Piazzolla mientras la tormenta sacudía con fuerza las copas de los árboles.

En esa época vivía en un departamento antiguo en Paternal, sobre Espinosa, casi Seguí, con un pasillo largo, cuatro departamentos en planta baja, con patio, al que confluían todos los ambientes y cuatro en planta alta, donde estaba el mío. Escalera de mármol con escalones muy gastados, ambientes amplios, altos, puertas y ventanas mitad madera y mitad vidrio, con banderola y balcón con postigos metálicos.

Los gritos de la calle me sacaron de mi trance. Me acerqué a la ventana y el panorama ante mis ojos era aterrador. La calle parecía un río que venía desde Juan B. Justo haciendo olas al rodear los árboles. Las veredas ya no se veían. La corriente había arrastrado un par de autos estacionados y los había amontonado contra el camión de mudanzas, siempre estacionado en la esquina, dejándolos atravesados en el medio la calle. Los vecinos de la vereda de enfrente sacaban agua con un secador, pero la fuerza de la corriente los vencía una y otra vez.

Llevaba cinco años viviendo allí y nunca se había inundado de esa forma. No había salido de mi asombro todavía, cuando se cortó la luz. Fui a la cocina a buscar una linterna y fue entonces cuando escuché un grito desgarrador. “¡¡Nooo!! ¿Por qué?” gritó doña Julia, la anciana del departamento de abajo. Corrí al pasillo de mi departamento y me asomé a la pared que daba a su patio. Le pregunté si estaba bien. “Se mojó, se mojó” me respondió entre sollozos. Le pedí que no se moviera y baje corriendo. En la calle el agua me llegó hasta las rodillas. El umbral de entrada era alto por lo que, tanto en el zaguán como en el pasillo, el nivel del agua era menor. Por suerte doña Julia tenía la puerta de su departamento abierta. Entré, alumbré el patio y alcancé a divisar las macetas, una mesa con sillas y el lavarropas al lado de la pileta. El agua tendría una altura de cinco centímetros porque sólo me cubría las zapatillas. La llamé y me respondió desde el dormitorio. Entré a la habitación, hice un paneo con la linterna y la vi sentada, a los pies de la cama, con algo sobre su regazo. Su rostro estaba desolado. Repetía una y otra vez “se mojó, se mojó”. La pieza tenía poca agua, y no afectaba al viejo ropero ni a la mesa de luz o la cómoda porque tenían patas. Apoyé la linterna sobre un mueble de manera que iluminara un poco, y me senté a su lado. La abracé, intenté tranquilizarla, ofreciéndole levantar las cosas para preservarlas del agua. Me miró con tristeza y repitió “se mojó, estaba bajo la cama”. Busqué la linterna, la alumbré y entendí. Sus manos temblorosas acariciaban con ternura… ¡un álbum de fotos!

Subí a los muebles más altos las cosas mojadas, levanté la heladera, que por suerte era pequeña, sobre dos bancos de madera, el lavarropas sobre dos sillas, y llevé a doña Julia a mi departamento, junto con su gato Bandido, para que descansaran en lugar seco. Cuando volvió la luz, con un secador de pelo, estuvimos varias horas secando el álbum y las fotos, que para tranquilidad de la anciana, no se habían dañado. A medida que lo hacía comprendía más y más su angustia. ¡Toda su vida, toda su historia, estaba en ese álbum! “Para ella debe ser como si se me quemara el disco rígido de la computadora”, pensé. “Y tal vez peor, porque son cosas que no se podrían replicar. ¡Mañana mismo, sin falta, hago un backup!”.

El agua bajó al día siguiente. Otras vecinas la ayudaron a limpiar su departamento. El álbum, con algunas arruguitas y ondulaciones, quedó bastante bien. Quedó tan agradecida que una vez por mes, cuando cobraba su pensión, me hacía un bizcochuelo.

Jamás se alejó de mi memoria la triste imagen de Doña Julia, abrazada a su álbum de fotos, chorreando agua. Pasaron muchos años, me mudé varias veces, me fui aviejando por afuera y sigo amontonado recuerdos por adentro, pero desde aquel sábado, nunca, pero nunca más, pude disfrutar la lluvia.





Osvaldo Villalba
09/04/2014

El arqueo



A Susana, la
mujer de mi vida.

Absorbido por los comentarios en los diarios digitales sobre las repercusiones que tuvieron las elecciones de Estados Unidos en las bolsas del mundo no me di cuenta que ya son las diecinueve y treinta y en la oficina se fueron casi todos. La única que queda es la tesorera que, por sus bufidos, parece estar en una lucha desigual, en la que pierde, con la planilla de caja.
Dejo mi lectura y me acerco.
—Te iba a preguntar si tenés diferencia, pero es una obviedad —le digo.
—Hacés bien —responde—. Sino ya no estaría aquí, ¿no?
—¡Uh! ¡No está el horno para bollos! ¿Te ayudo?
—Si no te es muy molesto.
—¿Cuanta diferencia tenés?
—Setenta y dos mil pesos.
—Si faltan te los descuento del sueldo. Si sobran los repartimos.
—¡Más generoso no podés ser! —exclama sonriendo por primera vez—. Sobran.
—Bueno, mejor la buscamos. Pero si la encuentro quiero un premio.
—Que sería...
—Un beso.
—Te estás aprovechando de tu posición.
—¡Y! Ya que la diferencia de puesto no se refleja en los sueldos...
—Ya revisé todo. No tengo muchas más alternativas.
—¡Bien! Repasemos los controles. ¿Vuelco del saldo inicial con el cierre de la caja de ayer?
—Sí.
—¿Control de la numeración de recibos de cobranza, verificando que el primero de hoy sea correlativo al último de ayer?
—También.
—Control del último número con el subdiario de cobranza.
—Sí, y verifiqué que no faltara ningún número.
—Bien. Control de las órdenes de pago, numeración inicial y final.
—Verificado. Y controlé que los totales de los subdiarios de cobranzas y pagos dieran con los subtotales de ingresos y egresos de la planilla de caja.
—¡Muy bien! ¡Esa es mi discípula! —aplaudo logrando que vuelva a sonreír—. Entonces la diferencia está en los valores. Descuento  que el efectivo lo contaste varias veces.
—¡Tres!
—De acuerdo. Alcanzame los cheques —digo extendiendo mi mano.
Empiezo a revisar los cheques con detenimiento y anoto en un papel dos casos:
Galicia N° 835 $ 208526,30
HSBC N° 322 $ 519875,00
—Bueno, yo te canto los datos de un cheque y vos me das el importe que volcaste en la planilla —le propongo.
—¡Dale! —responde más animada.
—Banco Galicia con número final ochocientos treinta y cinco.
Busca con el cursor del mouse y lee pausado.
—Doscientos ocho mil quinientos veintiséis con treinta.
—¡Bien! Ahora HSBC que termina en trescientos veintidós.
Tarda unos segundos.
—Quinientos noventa y un mil ochocientos setenta y cinco.
—¡Bingo! Es quinientos diecinueve —le digo extendiéndole el cheque.
Lo toma, lo mira incrédula varias veces comparando con la cifra cargada en la computadora y exclama:
—¡Sos un genio!
—Mi mamá siempre me lo dijo.
—¿Cómo lo hiciste?
—Si la suma de los dígitos de una diferencia da nueve, la probabilidad de que sea una inversión es muy alta. En este caso setenta y dos tiene dos posibilidades: un ochenta por cero ocho o noventa y uno por diecinueve. Ahora mi premio...
Se acerca, rodea mi cuello con sus brazos y nos besamos largamente.
Luego, sin dejar de abrazarme, me mira a los ojos y dice:
—Me preocupa coincidir con tu mamá.
Suelto la carcajada y la aprieto fuerte contra mi.
—Tranquila, es en lo único. Ahora, si no fueses mi esposa, ¿me denunciarías por acoso laboral?

Osvaldo Villalba

28/01/2017

Tristeza



La justicia es el medio 
por el que las injusticias 
establecidas son sancionadas.
Anatole France.
I

—¿Cómo que murió? —Pablo no da crédito a las palabras de la encargada del geriátrico.
—Estaba muy deprimido y no quería comer. —responde la mujer—. Siempre es difícil aceptar la muerte. Mirá que acá es frecuente pero aún así no puedo acostumbrarme. 
—¿Cuándo fue? — pregunta Pablo.
—Hace diez días.
—¿Quién se hizo cargo? 
—El sobrino que pagaba la cuota. No quiso llevarse sus cosas. Nos dijo que regaláramos lo que sirviera y el resto a la basura. 
—Se ve que mucho no le importaba —dice Pablo.
—En realidad…¡nada! Mientras vivía no vino nunca. Vos sos el único que lo visitaba. ¡Ah, a propósito! Revisando sus cosas encontramos algo que, suponemos, es para vos.
 La mujer le alcanza una carpeta con una nota abrochada en la que se puede leer, con letra temblorosa, “Para entregar a Pablo”.

II

Raúl saluda a los tres hombres con un fuerte apretón de manos y los acompaña hasta la puerta de su oficina.
Cuando se queda sólo, da rienda suelta a su euforia. Acaba de cerrar el negocio de su vida. Son directivos de un importante country de zona sur y aceptaron su propuesta para prestar el servicio de vigilancia en el predio. Es el contrato más importante que consiguió su empresa de seguridad en sus diez años de actividad.
Se sirve un vaso de whisky y enciende un cigarro Cohiba. Mientras suelta despacio las bocanadas de humo,  piensa que al final, le ganó al destino. Quince años atrás, cuando su jefe le sugirió que pidiera la baja poniendo fin a su carrera en la Fuerza, sintió que todo se derrumbaba. No tuvo alternativa. Llevaba poco tiempo de casado, con un hijo de tres años, y debía pensar en su familia. Un comisario retirado lo llevó a trabajar a su empresa y lo puso a cargo de la seguridad de una fábrica textil. Cinco años trabajó con él, hasta que aprendió el funcionamiento y decidió crear su propia empresa. No le fue mal todo este tiempo y, a partir de ahora, el futuro se presenta promisorio. Puede enterrar definitivamente su pasado y olvidar sus miedos y angustias.

Llama a su secretaria y le entrega todos los datos para que prepare la documentación.

III

Pablo sube al colectivo y elige el asiento del fondo. Le parece mentira que ya no verá más a Simón. Cierra los ojos y vuelve a la tarde en que lo conoció. Fue al geriátrico con un grupo de jóvenes de una iglesia, en la semana de Navidad, invitado por una chica que a él le gustaba mucho. Católico por tradición, no practicante, aceptó para acercarse a ella. Cuando llegaron, la encargada los hizo pasar al comedor, donde tenía reunidos a los abuelos, y les cantaron unos villancicos. Pablo los observaba sin participar, —ni sabía las canciones—, pero le llamó la atención un hombre que se mantenía alejado del grupo. Cuando los visitantes entregaron a cada uno un regalito, tomó un paquete y se acercó al hombre.
—¿Por qué se mantuvo tan alejado? —le preguntó— ¿No le gustaron las canciones?
—Porque soy judío y ellos hablan de Jesús —respondió—. ¿Y vos por qué no cantabas?
Pablo vuelve a sonreír, como en aquel entonces, al recordar el diálogo.
—Porque no me sé las letras —le dijo—. Además Jesús también era judío. Me llamo Pablo.
—¡Pablo! ¡Hermoso nombre! Yo soy Simón, Simón Roitman
Ambos se rieron y siguieron conversando hasta la hora de irse. Cuando se despedían Pablo le dijo:
—¡Chau Simón! Otro día la seguimos.
—Cuando quieras. Aquí me vas a encontrar siempre.

Pablo abre los ojos y comienza a hojear la carpeta. Los jóvenes de la iglesia no volvieron más al lugar, y la chica nunca le dio bolilla. Pero él siguió visitando a Simón. Había algo que los conectaba. Pasaban horas charlando de mil temas, mientras jugaban al ajedrez o a las cartas. Sólo una vez se puso muy serio cuando le comentó que su apellido era Miguens y que su segundo nombre era Raúl, como su papá, pero en seguida se le pasó.
Nunca hablaba de su historia. Las veces que Pablo le preguntó sobre su vida, sobre su familia, siempre eludía la respuesta. Y aunque se reían mucho, en sus ojos había una tristeza que no lograba descifrar. 
Se pregunta por qué no se dio cuenta que estaba tan bajoneado. Ahora ya está. De nada sirve enrollarse con eso. Es fácil sacar conclusiones con el diario del lunes.
Cierra la carpeta, mira por la ventanilla. Ya tiene que bajarse. Siente nauseas.

IV

—¡Qué bueno que llegaste Pablo! —dice Raúl— ¡Estaba por descorchar un espumante! Decile a tu mamá que sirva la comida que tengo una noticia bomba.
—Ahora le digo —responde Pablo, mientras abre una carpeta y desparrama sobre la mesa tres recortes de diarios, amarillentos. 

En el primero puede leerse:
POLICÍA MATÓ A UN JOVEN Y DENUNCIAN 
CASO DE “GATILLO FÁCIL”
En lo que va del 2000 es el sexto caso. En esta oportunidad
la víctima es Pablo Roitman de 22 años

El segundo dice:
CASACIÓN CONFIRMA EL SOBRESEIMIENTO DEL
OFICIAL PRINCIPAL RAUL MIGUENS
El tribunal confirmó el fallo de Primera Instancia
que consideró legítima defensa


Y el último:
SIMÓN ROITMAN, PADRE DE PABLO PIDE JUSTICIA
Afirma que la víctima nunca tuvo armas y que la
mencionada en el expediente fue “plantada”.


Osvaldo Villalba
22/11/2016