Amnesia




“El recuerdo es vecino
 del remordimiento”. 
Víctor Hugo

Sábado, 6:40 h

Aún no amanece. Detengo el auto frente al portón de ingreso del estacionamiento para el personal. En invierno comienza a aclarar recién a las 7:30, y el sol sale cerca de las 8:00. Espero que el guardia registre mi ingreso y conduzco hasta la cochera habitual. Este es mi último año de residencia en Emergentología que cumplo como médico de guardia “franquero” los sábados y domingos. Faltan quince minutos para tomar mi guardia pero seguro que el Chapu, ya cambiadito, me vio estacionar por la ventana y se está tirando por las escaleras. Cuando me lo cruce en hall central me va a gritar: “¡Rolfy! ¡Hola! Te dejé las novedades con la enfermera. ¡Buen finde!”. ¿Nunca se le ocurre que lo paso aquí adentro? ¡Alguna vez me va a tocar descansar los fines de semana! Bueno, si yo estuviera en su lugar, también me iría contento.
Llego a la Unidad de Terapia Intensiva y le pido a la enfermera el parte y las historias clínicas para ordenar mis prioridades de las próximas 48 horas, además de todo lo nuevo que ingrese.
—¿Alguna novedad del accidentado? —le pregunto a la enfermera.
—Ninguna, doctor. El respirador no hizo falta porque satura bien. 
Los informes de laboratorio están en la carpeta. 
—Gracias, Sandra, cualquier cosa la llamo.
El paciente había ingresado la semana pasada a causa de un accidente automovilístico. El auto, en el que viajaba junto a otras dos personas, fue embestido en la Ruta 14, unos 20 kilómetros al norte de Concordia, por un camión que iba de Brasil a Buenos Aires. Quedó volcado al costado del camino, provocando el fallecimiento inmediato de dos de los pasajeros, mientras que el tercero fue derivado aquí. Ingresó sin conocimiento pero al controlar sus signos vitales comprobamos que no existía riesgo para su vida. Tenía varios traumatismos en el lado izquierdo de su cuerpo; en el parietal, en la zona intercostal y en la pierna. Presentaba algunas heridas cortantes que fueron atendidas. Como su ritmo cardíaco y presión arterial permanecían normales, y respiraba por sus propios medios, desconecté el respirador. Por prevención lo derivé a Imágenes y los estudios no mostraron lesiones óseas. Lo único extraño eran unas ampollas de quemaduras en el cuello y en el hombro derecho. Pregunté si el auto se había incendiado y me respondieron que no. 
Estaba ocupado haciendo el informe de rutina cuando me vino a ver el comisario Sánchez, de la Séptima, quien me informó que debía dejar un agente de consigna para cuidar al paciente.
—¿A qué se deben estas precauciones, comisario? —le pregunté.
—Es que ninguno de los tres tiene documentos identificatorios — me respondió—. Además, el auto no tiene placas y los números de motor y chasis están adulterados. No sabemos nada de ellos. Avíseme si recupera el conocimiento.

Domingo, 4:00 h

Ya es de madrugada y recién me puedo ir a dormir un rato. Toda la noche ocupado con los pibes que se pelearon a la salida del boliche. Dos con heridas de arma blanca y el tercero muy golpeado. No entiendo al que va a bailar con un cuchillo. 
Ojalá pueda dormir un par de horas.
—¡Doctor! ¡Doctor! ¡Venga! ¡Se despertó! —los gritos de la enfermera me sacan abruptamente del sueño. 
Corremos al box. El tipo, con los ojos muy abiertos, me mira con una expresión mezcla de asombro y susto.
—¡La luz! ¡La luz! ¿Qué es esa luz? —me pregunta señalando la lámpara del techo.
—¡Tranquilo! —le digo mientras lo tomo de la muñeca y controlo su pulso—. Es la luz de la sala. ¿Sabe dónde está?
—¡No! ¿Dónde estoy?
—En el hospital Delicia Concepción Masvernat de la ciudad de Concordia. Soy el doctor Rodolfo Méndez. Tuvo un accidente. ¿Sabe cómo llegó o adónde iba? ¿Cuál es su nombre?
—¡No! ¡No tengo idea! ¿Dónde queda Concordia? ¡No recuerdo mi nombre!
—Bueno, tranquilícese. Vamos a hacerle unos controles. Ya se va a acordar. ¡Sandra! —me dirijo a la enfermera—. Por favor avísele al agente de consigna que le informe al comisario que el paciente recuperó el conocimiento. Ahora le voy a hacer unos controles para ver si está en condiciones de ser interrogado.
Le hago una serie de pruebas para comprobar sus respuestas neurológicas y los resultados son normales. Desisto de seguir interrogándolo para no ponerlo más nervioso. Mejor que eso lo haga el comisario.
Entra el agente y me informa que el comisario ordenó esposarlo a la cama por seguridad.
Lunes, 6:30 h 
Por suerte se acaba mi guardia. El comisario no vino. ¿Iba a dejar su partida de golf para venir a interrogar a un desconocido? ¡Nunca pensé que lo hiciera!
Durante el domingo pasé por el box un par veces, pero solo hablamos de la evolución de sus heridas. No le volví a preguntar si recordaba algo de antes de despertarse y él tampoco mencionó nada.

Sábado, 6:45 h

Estaciono en la cochera de siempre. Subo a la UTI, extrañado de que el Chapu no haya bajado corriendo. Lo encuentro en la habitación de los médicos, ya cambiado, pero sentado en la cama esperándome.
—¿Qué le diste al NN? —me pregunta riéndose.
—Solo analgésicos. ¿Por?
—¡No, guacho! ¿Qué le diste que no quiere hablar con nadie más que con el doctor Méndez? —me dice imitando la voz del tipo.
—¿En serio? ¡Me estás jodiendo!
—¡No! ¡De verdad! Lo pasaron a sala. Lo pusieron en la que está solo. En la semana vino el comisario y el tipo no recuerda nada. Ni el auto, ni a los otros dos. Le mostraron las fotos que sacó el forense. Se dio cuenta de que estaban muertos pero no tuvo ninguna reacción ni los reconoció. Y con los médicos de la sala… ni la hora. El lunes dijo que solo iba a hablar con el doctor Méndez, y el resto de la semana directamente miraba para otro lado y no contestaba. Les dije que lo dejaran todo un día sin analgésicos y el guacho se la bancó.
—¡Nooo! ¡No podés! ¡Sos un hijo de puta! —le digo riéndome.
—Te juro. Ni mu. Después le dieron otra vez. Tenían miedo de que les hiciera una queja a la Dirección Médica. Bueno. Me voy. Ahí lo tenés, todo para vos —mientras se va escucho sus carcajadas bajando la escalera. 
Después de leer todos los partes, comienzo la recorrida. Cuando termino, bajo a la sala y busco al “NN”, como lo llama el Chapu. Lo ubico enseguida por el consigna en la puerta. Cuando me ve entrar, esboza una sonrisa.
—¡Doctor Méndez! ¡Por fin llegó! Quería hablar con usted.
—Es que yo estoy solamente los fines de semana —respondo—. Y esta sala no me corresponde. Soy de Terapia Intensiva. Por lo visto está mejor ¿Recordó su nombre?
—No, doctor, no puedo recordar nada. Pero esta semana he tenido un sueño recurrente y se lo quería contar. Lo esperé a usted porque es el único que se preocupó por mí. Los demás me tratan como si molestara.
—No lo tome como algo personal —le digo, tratando de justificar a mis colegas—. Son formas de ser, nomás.
—¡No, doctor! Yo no me acuerdo de lo anterior, pero lo que pasa ahora no se me escapa.
—Bueno, cuénteme del sueño —le sugiero para sacarlo del tema.
—Antes… ¿hay forma que me saquen esto? —señalando las esposas. —No depende de mí.
—Bueno, qué se le va a hacer. Fueron tres o cuatro días en la semana, no estoy seguro. Con pequeñas variantes me veo corriendo por un bosque, como escapando de un incendio. 
—Cuénteme qué cosas se repiten y cuáles no, en los diferentes sueños.
Se queda pensando un rato y empieza a enumerar:
—Siempre es un bosque, el incendio es en una casa. A veces me alejo del fuego y otras voy hacia él. Solo una vez escuché gritos.
Pienso qué preguntarle que pueda sacudir su inconsciente, cuando entra Sandra:
—Doctor, están bajando de quirófano un paciente baleado anoche en un asalto.
—Bueno, ahí voy —respondo. Y dirigiéndome a él: —Fíjese si recuerda algo más del sueño y después seguimos charlando.

Domingo, 16:30 h

¡Por Dios! ¡Qué fin de semana! Con el choque del micro de ayer al mediodía no paré hasta ahora. ¡Me muero de sueño! Pero quiero ir a ver al amnésico para seguir la charla de ayer. Creo que algo hay en su sueño. Y tal vez explique sus quemaduras. 
Entro al box. Duerme.
—¡Hola! —lo despierto— ¿Seguimos la conversación de ayer?
—¡Ah! Hola, doctor. Sí, sí.
—Me decía ayer que en uno de los sueños escuchó gritos. ¿De quiénes eran? ¿De mujer o de hombre? ¿De adultos o de chicos?
Se queda pensando y de repente su expresión se ensombrece.
—No recuerdo —responde—. Estoy cansado, tengo sueño. ¿Segui mos después?
Tengo la impresión de que algo sonó en su cabeza pero no quiero presionarlo.
—Sí, claro. Cuando quiera. Avísele a la enfermera y ella me llama.

Lunes, 8:05 h

Ya me voy de la guardia. No me volvió a llamar. Yo tampoco fui a verlo. Le voy a dar tiempo para que digiera lo recordado. Mañana, cuando juegue al fútbol con los pibes, le voy a pedir al Rolo, que trabaja en un semanario, que me averigüe sobre algún posible incendio ocurrido tres semanas atrás.

Sábado, 7:50 h

Me llama la atención no ver la camioneta policial estacionada como siempre. Sandra me da los partes. Antes de empezar a leer le pregunto:
 —¿Sabe algo del NN?
—Me dijeron que se fue de alta, doctor.
—¡Ah! Después consulto.
Comienzo a hacer la recorrida. No me lo puedo sacar de la cabeza. ¿Encontrará su historia por fin? Siempre me dicen que no es bueno involucrarse tanto con los pacientes. Sobre todo en mi especialidad, en la que algunos no resisten.
Golpeo la puerta de la Dirección Médica.
—¡Adelante! —se escucha.
—¡Hola, jefe! —le digo asomándome—. ¿Le puedo hacer una consulta?
—¡Sí, pasá, Rolfy!
—Quería saber qué pasó con el amnésico. Me enteré de que le dieron el alta.
—Así es. En realidad, ya hacía más de una semana que podríamos haberle dado el alta, porque médicamente ya estaba bien, pero el comisario me pidió que lo aguantara un poco porque no tenía dónde ponerlo y había recibido un llamado del secretario de un juzgado federal de Buenos Aires avisándole que iban a enviar un oficio de traslado y en ese momento necesitarían el alta médica. Y a mediados de esta semana me trajo la orden, acompañando a la delegación de la Federal que lo trasladó. 
—¿Y en el oficio decían algo de la filiación?
—No. Solo hacían referencia al accidente y mencionaban “al masculino sobreviviente”. La orden judicial también autorizaba a retirar los cuerpos que estaban en la morgue y el automóvil accidentado. ¿Querés ver el oficio?
—¡Claro! Si me permite.
Busca en el fichero de las historias clínicas y me alcanza una hoja. Empiezo a leer. Me causa gracia cómo cada profesión tiene su léxico específico; un paper de medicina, una escritura pública, un informe contable o un oficio judicial se redactan con terminologías tan específicas que, al común de la gente, le cuesta entender. Traducido al “castellano” el oficio decía que, a efectos de una mejor identificación, se trasladen los dos cadáveres y al masculino sobreviviente a dependencias de Servicios Especiales de la Policía Federal, así como el vehículo siniestrado. En otro párrafo mencionaba que la solicitud había partido de la dependencia mencionada y se autorizaba al Comisario Inspector Alfonso Rocamora a realizar el operativo. 
Le devuelvo la hoja. Me despido agradeciendo y regreso a la unidad de terapia. Algo en todo esto no me termina de cerrar.

Domingo, 17:45 h

¡Goool! ¡Vamos, Patronato! Por suerte, domingo tranquilo, me permite ver el partido. Suena mi celular. Es Rolo.
—Hola, Rolfy. Soy Rolo. Estuve averiguando lo que me pediste. 
Hace tres semanas hubo un incendio en un pueblito llamado San Jor ge, cercano a Villaguay, en el que murieron un matrimonio y sus dos hijos. Se sospecha, por dichos de los vecinos, que fueron ejecutados por tres sicarios por ser testigos protegidos en una causa contra un comisario inspector de la Policía Federal. Por supuesto, nadie en el pueblo quiso declarar.
—Rolo, ¿el comisario inspector se llama Rocamora?
—¡Sí! ¿Cómo sabés? 
—¡Por metido! ¡Menos mal que los pacientes vienen sin etiquetas de sus antecedentes! ¡Si no, sería tan difícil cumplir el juramento hipocrático!

Osvaldo Villalba 
07/04/2016


El defensor


"Las tragedias se resuelven en ejemplos. Un espacio y un tiempo escuetos, cifrados, que acaban con una cabeza real ensartada en la pica de la virtud.
Pero ¿es ejemplar una tragedia que enarbola en la lanza no la bendita cabeza de un monarca, sino la cabeza piojosa de un vendedor de yuyos?"[1]


En el silencio del cuarto la cita me da tranquilidad. No recuerdo cuándo ni dónde la he leído tal vez en la clase de literatura del secundario, en mi Mendoza natal, pero en momentos especiales de mi vida viene a mí mente. Aunque fue el día de mi graduación de abogado, con el título desenrollado sobre la mesa, cuándo entendí, por fin, el significado de esa idea que había dado vueltas tantas veces por mi cabeza sin comprenderlo con claridad: La diferencia está en la repercusión, en la importancia que la noticia tiene para el mundo. Y se debe a la diferencia de clase existente entre ellos.

Algunos años después sigue teniendo vigencia. ¿Acaso es lo mismo el industrial asesinado en un asalto que el pibe acribillado en un barrio marginal por el gatillo fácil de un policía? Seguro en el primer caso habrá una catarata de información en todos los medios. Los diarios, las radios y la televisión dedicarán enormes espacios de sus columnas en el primer caso y de sus programas en los otros dos, utilizando a los mejores periodistas de policiales, con invitados especialistas en criminología, en derecho y en psicología y, mientras el rating y el morbo de la población lo justifique, lo mantendrán en el tope de las noticias. En el segundo caso puede aparecer en un recuadrito en las páginas interiores de los diarios más amarillistas, sin ninguna mención en aquellos de mayor tirada. Esta diferencia, recibida como una revelación aquella vez, fue la que me impulsó a estar del lado de los más débiles, más allá de lo que puedan pagarme, sin darme cuenta de los peligros a los que me expone.

Cuando le conté al Dr. Insaurralde, dueño del bufete de abogados penalistas donde trabajaba desde antes de recibirme, mi decisión de inscribirme en el Registro de Defensores de Oficio, me dijo poco menos que estaba loco. Su discurso resaltaba las bondades de la profesión independiente, donde está la plata grande,  cuidando las espaldas de empresarios y banqueros, ladrones de guante blanco, cuanto más tramposos, mejores pagadores, porque saben que sin tu intervención irían a parar a la cárcel. De los pequeños delincuentes que necesiten un defensor de Oficio porque no pueden pagarse un abogado, ¿qué se puede conseguir?
Cuando le pregunté donde quedaba la defensa de la justicia y la verdad, lanzó una estruendosa carcajada y me dijo: O sos muy joven todavía o muy inocente (por educación no me dijo pelotudo).

La semana pasada me vino a ver la madre de Martín. Martín es un pibe de 19 años que vive en un caserío sobre el margen de un afluente del río Matanza en el partido de Esteban Echeverría. Es el mayor de cinco hermanos, trabaja haciendo changas con albañiles de la zona y los sábados y domingos es caddie en la cancha de golf de un country en Canning. Hace un mes, volviendo de un baile con dos amigos fueron interceptados por una patrulla policial y llevados detenidos por “portación de cara”. Así decimos en la jerga de tribunales cuando los pibes son detenidos sin ninguna razón, tan sólo por su aspecto. Desde entonces, me contó la señora, los persiguen intentando obligarlos a robar para ellos, asegurando que los van a proteger. Como se negaron la semana pasada se los llevaron otra vez y les imputaron un asalto a una estación de servicio. Mi hijo es pobre pero no ladrón señor, me decía la señora llorando. Le prometí ocuparme y envié inmediatamente el escrito al juzgado asumiendo la defensa del imputado y solicitando su excarcelación. Esa misma tarde llamé a la Fiscalía. El caso lo tenía una fiscal conocida y muy buena profesional. Quedamos en encontrarnos al otro día para ver el expediente y lo haríamos juntos porque todavía no había podido leerlo. Al día siguiente, cuando analizamos el expediente pudimos comprobar que tenía un montón de irregularidades y ni siquiera coincidía la descripción de los empleados de la estación de servicio con los detenidos. La fiscal decidió presentar al juzgado la solicitud de falta de méritos para liberarlos. Lamentablemente no pude comprobar si se hizo.

Me hace bien mantener la cabeza ocupada en todos estos recuerdos. No tengo idea de la hora ni cuanto llevo aquí. Pero debe hacer más de un día. Sólo he dormitado de a ratos. Tengo la boca reseca y una sed espantosa. El golpe en la nuca nunca dejó de dolerme pero casi ya estoy acostumbrado. Alguien está abriendo la cerradura de la puerta.
—¡Ah! ¡El doctorcito está despierto! —dice con tono burlón.
La capucha en mi cabeza me impide verlo pero la voz es la misma de uno de los dos que interceptaron mi auto con una moto cuando salía del juzgado. ¿Fue ayer? ¿O antes de ayer? Tenían cascos negros con el vidrio polarizado y me encañonaron con una pistola haciéndome bajar del auto. Creí que me robaban.
—¡Bajate del auto y poné las manos en el techo! —gritó el mismo que ahora me está hablando. Cuando obedecí sentí un golpe en la cabeza y me desperté en esta silla con las manos esposadas hacia atrás, aseguradas al respaldo.
—Así que ahora te sentís el Zorro —dice cerca de mi oído—. Los paladines de la justicia son de otra época. De cuando se peleaba a espada. Ahora se usa esto —siento que apoya algo duro contra mi sien.
—No sé de qué estás hablando —le digo tratando de aparentar serenidad.
—¿Ah no? ¡No me tomes por pelotudo! De que te inmiscuyas en nuestros negocios estoy hablando. De que te hagas el justiciero estoy hablando. Con un solo plomo tus sesos van a quedar desparramados por la pared.
Escucho el click de un arma al ser amartillada. Se me hace un nudo en el estómago.
—¿Sabes rezar? —pregunta— hacelo rápido porque a la cuenta de cinco, fuiste. Cinco, cuatro, tres, dos, uno…
Instintivamente aprieto los ojos y la boca como si eso pudiera ayudarme, al tiempo que escucho el click del percutor sobre la cámara vacía.
—¡Ah! ¡Tuviste suerte! No había bala en la recámara. Tal vez la próxima vez no seas tan afortunado —sigue con el tono burlón mientras me suelta las esposas.
 —¡Vamos caminá —dice mientras me lleva fuera del cuarto agarrándome de la ropa—.Y mañana vas a ir al juzgado y vas a presentar la renuncia a la defensa de Martín Mamani. Esto nunca pasó —aclara y me tira en el asiento de un auto.

El viaje dura unos quince minutos. Por las conversaciones parece haber por lo menos dos tipos más en el vehículo El auto se detiene. Me tironean de la ropa fuera del auto y me tiran boca abajo al piso. Lo siento mojado y con olor a podrido.
—¿Ahora? —pregunta uno. Ninguno responde.
¡Me van a matar! Me tiemblan las piernas. Tengo náuseas. El auto arranca y lo escucho alejarse. No me atrevo a moverme. ¿Y si alguno se quedó para vigilarme? Debe estar apuntándome esperando que me mueva para acribillarme como a una rata. Hace frío. Me tiembla todo el cuerpo. ¡Que se acabe ya!
—¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta! —grito.
No sé cuánto tiempo pasa pero no escucho ningún ruido. Me duele todo el cuerpo. Me saco la capucha. Las náuseas se transforman en vómito. El llanto se me atraganta hasta que decido soltarlo. Lloro como hace años no lo hago, me chorrea la nariz, me siento ahogado. Grito con todas mis fuerzas. Con el aire que queda en mis pulmones. Un alarido que nace en mis tripas y se pierde en el silencio. Grito hasta quedarme sin voz. Alrededor sólo muda oscuridad.
Me debo haber quedado dormido. Es de día y hay sol. Estoy junto a un curso de agua a mi derecha y una calle con boulevard del otro lado. Ahora hay mucho tránsito. Del otro lado de la avenida, una planta de AySA. Es el Camino de la Rivera Sur sobre el Riachuelo.

—Buen día doctor. ¿En qué puedo servirle? —pregunta el fiscal de turno.
Estuve esperando en la antesala más de media hora hasta que la secretaria me hizo pasar.
—Vengo a presentar una denuncia por amenazas y privación ilegítima de la libertad. Soy el damnificado.

 Osvaldo Villalba

07/02/2016


[1] Liliana Bodoc - Presagio de Carnaval

La noche del sábado



Esperaba con impaciencia la respuesta 
a mi carta, sin atreverme a abrigar 
una esperanza y tratando de acallar 
oscuros presentimiento 
Aleksandr Pushkin

Asunto: La noche del sábado

Querida Silvina:
Utilizo este medio como última opción de comunicarme con vos, habida cuenta que no respondés mis mensajes ni atendés mis llamados.

A pesar del poco tiempo que nos conocemos quiero hacerte saber como te aprecio y me gustaría poder seguir alimentado esta relación como lo hicimos hasta la noche del sábado.

Por eso quiero explicarte los motivos que me llevaron a reaccionar como lo hice y puedas así comprenderme, haciendo un paralelo con el título de aquella película que vimos juntos, “No sos vos, soy yo”, la culpa es sólo mía.

Recuerdo el día que nos conocimos en el cumpleaños de Alicia. Habías llegado acompañada de ese rubio musculoso, de camisa blanca dos talles más chicos del necesario, apretada al cuerpo resaltando así su torso trabajado en incansables horas de gimnasio. Como era de esperarse, al rato, el tipo era el centro de atención de todas las chicas, y egocéntrico como era se olvidó de vos. Por mi parte, como es mi costumbre, –tímido como soy– estaba en un rincón concentrado en mi copa. Te sentaste a mi lado, trayéndome otra copa. Me preguntaste si estaba aburrido. Intenté una respuesta que sonara inteligente, cambiando el verbo estaba por era, aburrido es mi naturaleza. El efecto fue el buscado porque te reíste, sin percatarte de la realidad: eso sentía yo. Después de un pequeño sorbo a tu copa, dijiste con un tono de gravedad fingida, Ninguna persona es aburrida todo el tiempo, las situaciones generan ese estado, por ejemplo, asistir a un cumpleaños por obligación. ¡Casi se me cae la copa de la mano! ¿Tanto se me nota?, pensé. Con una sonrisa te dije cuán perceptiva eras y te expliqué mi amistad con Alicia desde la escuela primaria, la importancia de mi asistencia a su cumpleaños, no fallarle aún cuando no encajaba en su grupo de amistades, por eso tomé ese evento como un compromiso de amistad, hacer algo por un amigo aunque no le guste.
Lejos de desanimarte con mi confesión, me aseguraste que el aburrimiento no estaba en mis genes y así como hacía cosas sin gustarme debía haber otras hechas con gusto. Y me pediste que nombrara cuáles. Dudé si decirte la verdad, por no parecer presuntuoso, pero después pensé, al fin de cuentas, no tengo por qué ocultar mis gustos. Enumeré entonces mi afición por el teatro, sobre todo el independiente –también llamado underground para diferenciarlo del comercial–, por la ópera, los conciertos y el ballet, sin olvidar la lectura, por ocupar una gran parte de mis fines de semana. A esta altura me preguntaba por qué no habías huido espantada a saltar como hacía el resto de la gente en la pista de baile. Entonces subí la apuesta y te dije como todo eso, mis preferencias, para el común de la gente es aburrido. Esa vez no te reíste y me dijiste muy seria, tal vez fuera así para el común de la gente pero a vos te estaba mostrando una persona con una sensibilidad especial y eso no es aburrido en lo más mínimo.

Y así seguimos charlando toda la noche. Y cuando llegó la hora de retirarnos me sorprendiste al decirle al rubio, cuando se acercó a buscarte, que se fuera tranquilo, yo te acompañaría. La cara de disgusto del fulano me hizo disimular mi asombro y lo miré con mi mejor expresión de ganador. Me sentí como si lo hubiera puesto KO en el primer round con un directo al mentón. Después te disculpaste dispensándome de acompañarte por haberlo inventado para sacarte al coso de encima. Llamarías un taxi. Sabías que  yo no iba a aceptar de ninguna manera dejarte sola, pero igual me dejaste hacer todo el esfuerzo para demostrarte mi voluntad de llevarte. En la puerta de tu casa nos despedimos con un beso en la mejilla, prometiéndonos llamarnos luego de intercambiar nuestros celulares.

Nunca te lo conté pero el viernes siguiente, cuando me llamaste preguntándome, en tono de broma, si había conseguido entradas para la ópera, me había pasado las últimas tres horas elucubrando la forma más “casual” de llamarte. Nos reímos un rato hablando tonterías y después de confesar mi absoluta carencia de programa, te invité a cenar comida armenia. Esa fue nuestra primera salida solos. Para mí fue muy gratificante ver que teníamos tantos puntos en común en nuestra manera de ver las cosas y disfruté muchísimo tu compañía.

A partir de ese día, tomé la iniciativa de llamarte. No puedo dejar de agradecer tu paciencia por acompañarme, en los últimos tres meses, al cine –soportando mi elección–, a ver IL TROVATORE en el teatro Avenida y, lo más meritorio, tu disposición a comer en los distintos restaurantes típicos –comida mejicana, tailandesa, peruana, judía– conociendo tu afición a las cadenas de comida rápida.

Por eso, cuando el sábado pasado elegiste ir a un restaurante con cena y baile no pude negarme. ¿Cómo no iba a darte el gusto después de haberme acompañado en todos mis programas? Sólo te aclaré que era muy malo bailando y te reíste.

La comida estuvo muy buena. Los momentos de baile con salsa, cumbia y otras melodías movidas las fui salvando como pude, tratando de copiar los pasos de los demás y como nadie se fija en el otro hasta fue divertido. Después del postre y el champagne, invitado por la casa, vinieron los lentos. Traté de disuadirte argumentando cansancio pero tu insistencia y predilección por los boleros acabaron con mi resistencia. Como música, a mí también me gustan. Salimos a bailar y me pasaste los dos brazos por el cuello apretándote contra mí. Cantabas los boleros en mi oído, me acariciabas el pelo y yo, transpirando –lo debes haber notado–, estaba cada vez más tenso. Cuando por fin decidimos irnos fue un alivio para mí. Pero al llegar a tu casa me ofreciste subir a tomar un café. Intenté rehuir la invitación preguntando si no era tarde, pero tu respuesta me descolocó. Con una mirada pícara me preguntaste para qué era tarde, si me esperaba mi esposa en casa. Nunca antes habíamos hablado de nuestra vida personal, ni nos habíamos hecho preguntas íntimas. Me repuse de la sorpresa y traté de salir de la situación con una broma, respondiendo que sólo me espera mi gata Frida pero, como no sabe la hora, nunca me regaña.

Subimos a tu departamento y todo se desarrolló como un torbellino. Apenas cerramos la puerta, me llevaste de la mano hasta el sofá, sacaste mis zapatos y recostada sobre mí comenzaste a besarme suavemente mientras me desabrochabas la camisa y el cinturón. Yo estaba muy nervioso y no sabía cómo pararte. Sólo atiné a decirte que mejor me iba. Y esa chispa encendió la mecha. Toda tu dulzura se transformó en un volcán de ira. Ahora, más tranquilo lo entiendo y hasta lo justifico. Como una ametralladora me preguntaste qué pasaba, si no me gustabas, si era eso. No me salían las palabras. Creo haber dicho: no, no es eso, sos muy hermosa o algo parecido. La respuesta, en lugar de calmarte aumentó más tu enojo. A los gritos me preguntaste cuál era el motivo entonces, si yo creía estar con una puta,  o  que te estabas regalando, o si te consideraba poca cosa para un intelectual como yo. La forma de marcar las sílabas de “intelectual” me causó gracia, pero traté de que no se me notara porque no estaba el horno para bollos. Intenté hilvanar una explicación pero ya no me diste oportunidad. Con los ojos centelleantes me echaste de tu casa. Desaparecer de tu vista fue la ordenanza.
Y para cumplirla te paraste, abriste la puerta y me empujaste afuera. No hubo forma de calmarte. Cuando estaba en el palier, arreglándome la camisa y abrochándome el cinturón, te asomaste otra vez y me revoleaste los zapatos. Por suerte pude esquivarlos pero no impedir su caída por el hueco de la escalera. Bajé descalzo hasta la planta baja y, sentado en el primer escalón, me los puse. Cuando levanté la vista un grupito de adolescentes, desde el umbral, me estaban mirando con sonrisas cómplices y comenzaron a aplaudirme.

Te pido disculpas por lo del sábado. Te pido disculpas por toda esta perorata. Te pido disculpas si mi actitud te ofendió. Te considero una mina extraordinaria, muy hermosa y mucha mujer para cualquier hombre.

Pero como dije no soy un tipo convencional, razón por la cual toda esta situación me ha dejado muy confundido. Todavía no he podido reponerme de una pérdida sufrida hace un poco más de un año. Estuve en pareja casi cinco años y hasta hace unos meses consideraba esa relación como el amor de mi vida. Se fue de este mundo  –no sé si habrá otras dimensiones– en el invierno del año pasado. Tenía HIV. Se llamaba Javier.

Sólo te pido un poco más de tiempo. Un beso, te quiero
Raúl   


Osvaldo Villalba
19/01/2016
                                                                                                                                                                                                                                                                                


Patadura





El fútbol que vale es el que 
uno guarda en el recuerdo 
Roberto Fontanarrosa 

I

Me gusta mucho el fútbol. Mi mamá se enoja porque veo todos los partidos, los de mi equipo y otros también. Mi papá se ríe porque hace lo mismo. Pero tenemos una diferencia. ¡Una gran diferencia! Mi papá juega muy bien. En el club del barrio, en el equipo de más de treinta y cinco años es el goleador. En cambio yo soy un patadura, lo tengo asumido. Estoy en el equipo de hasta doce pero sólo juego en los entrenamientos. En el torneo siempre hago banco. Pero no me importa y festejo cuando el equipo gana. En realidad sí me importa, me gustaría jugar bien, saber gambetear, cabecear bien. Pero…

 En el fondo de mi casa hay un terreno grande: papá quería armar una canchita de fútbol, y mamá la pileta de natación. Llegaron a un acuerdo. Papá compró una pileta de lona, muy grande, que armamos en verano, y en invierno queda como canchita.

Todas las tardes, después de hacer los deberes, –voy al colegio a la mañana– salgo a practicar. Intento patear con las dos piernas, pero si la derecha es de palo, la izquierda es de cemento armado. Pero igual pateo al arco casi una hora, hasta que mi mamá me llama a tomar la leche.

Después de la primavera, cuando las tardes empiezan a ser más largas y todavía no hace calor para armar la pile, jugamos con papá cuando viene del trabajo. En realidad, me hace practicar. Me tira centros desde el corner para que cabecee. Me hace pases para que remate a la carrera. Y nos reímos de los desastres que hago. Mi papá no me carga porque juego mal. Él siempre me apoya. En cambio los pibes del equipo, me tienen podrido. ¡Y me la tengo que aguantar porque tienen razón! Igual me da bronca. Los agarraría a trompadas.

  II

El equipo de papá jugó ayer sábado ¡y salieron campeones! Ganaron por ocho a cinco, con tres goles de él. Además fue el goleador del torneo. Me quedé ronco en la tribunita que tiene el polideportivo de gritar los goles y cantar. Y le saqué fotos  dando la vuelta olímpica y levantando la copa.

Hoy, por la mañana, jugamos las categorías infantiles. De todas, la única que tiene chance de salir campeona es la mía. Y jugamos en el último turno.

El entrenador nos dejó un rato en la tribuna para que viéramos los partidos de los más chiquitos así nos aflojábamos. Pero cuando empezó la categoría hasta diez años, nos llevó al vestuario.

–Jueguen tranquilos –nos dijo– ustedes pueden ganar, pero si no…, es sólo un partido de fútbol. Los rivales también quieren ganar y si llegaron hasta esta final es porque tienen méritos. Y también estarán nerviosos. ¡Hagan lo saben hacer! ¡Jugar al fútbol! ¡Vamos!

Salimos a la cancha. Miré la tribuna y mi papá y mi mamá estaban allí. Los saludé y me senté en el banco.

Empezaron ganando ellos. A los cinco minutos hicieron un golazo. La llevaron tocando hasta el área y el nueve se metió con pelota y todo, eludiendo al arquero. Lo dimos vuelta antes de terminar el primer tiempo. ¡Dos a uno!

Apenas empezó el segundo tiempo nos empataron. Después por la mitad se pusieron tres a dos. Enseguida, cuatro a dos. Nos agarró un bajón. Seguí sufriendo desde el banco. El equipo no hacía dos pases seguidos. El entrenador cambió al cinco. Salió Matías y entró Nicolás. No sé si porque entró más fresco o porque estaba más tranquilo, empezó a manejar la pelota en el medio y comenzamos a llegar. Faltaban cinco minutos y nos habíamos puesto cuatro a cuatro. Con este resultado íbamos a penales.

Y entonces… ¡Lo inesperado!  Ezequiel, el defensor central, trabó una pelota y se le dobló la rodilla. ¡Como lloraba! El entrenador, sin mirarme, me llamó:

¡Santi vení!

Me paré corriendo, miré a la tribuna. Mi papá me hacía la seña del pulgar para arriba. El entrenador me pasó la mano por el cuello y me habló señalando la cancha.

Santi, parate ahí –señaló el área nuestra– donde estaba Ezequiel. No intentes salir jugando. Reventala para arriba. Es preferible ir a penales que perder en los últimos 5 minutos.

Yo asentía con la cabeza, como hacen los jugadores profesionales cuando el entrenador les da indicaciones.

Entré a la cancha. En la primera jugada uno de ellos avanzó por mi lado. Me tiré a los pies y la saqué afuera.

¡Eso Santi! ¡Así! me gritó el entrenador.

Cuando hicieron el lateral, la reventé. Fue a parar al arco contrario. La pelota se disputaba mucho en el medio y por suerte no llegaron más por mi lado.

Faltaba un minuto, y Nico bajó una pelota en la mitad de la cancha, lo vio a Ramiro, el nueve, y se la tocó por arriba. Ramiro la bajó, se dio vuelta y sacó un remate que el arquero mandó al corner.

Fue Nico a hacerlo. Estaban casi todos en el área rival esperando el centro. Me había quedado atrás yo solo, parado en el círculo central. Nico miró la pelota, miró el área, y yo le hice una seña desde la mitad de la cancha y empecé a correr. Me entendió, y en lugar de tirar el centro al área, la puso de rastrón al medio. La agarré a la carrera, como venía, como practicaba con mi papá y… ¡La clavé en el ángulo!

 

Osvaldo Villalba

25/11/2015

 

 

 

 

 

Blanquito


Podemos juzgar el corazón de un
hombre según trata a los animales.
Inmanuel Kant

I
El sábado se estaba yendo. Abel ajustó las ruedas al eje y probó su rodamiento al aire. Es aceptable —pensó—, tal vez haya que poner un poco más de lubricante. Usó el aerosol. Probó nuevamente. Ahora sí.  Lo puso en el suelo y levantó el arnés. La gomaespuma se había adherido bien, sobre todo en la zona de roce. Recordó la cara de su madre cuando llegó del trabajo con un changuito[1] nuevo.
—¡No me digas que te vas a dedicar a hacer las compras de la casa! —le dijo su mamá.
—¡No ma! Te compré uno nuevo porque voy a usar el viejo en un proyecto que tengo.
Navegando en internet había encontrado esa foto que hizo que su corazón roto volviera a latir esperanzado. La duda era: ¿podría hacerlo? Por lo menos tenía que intentarlo.
A su alrededor, las distintas piezas diseminadas por el piso formaban un extraño rompecabezas. Miró el plano extendido sobre la mesa de trabajo comprobando que había cumplido todos los pasos previos. Llegó el momento de ensamblar. Era la hora de la verdad: comprobar si lo plasmado en el papel se transformaba en lo imaginado.
Comenzó a acoplar las partes y poco a poco el conjunto fue tomando forma hasta convertirse en el producto concebido.
Lo puso en el medio del galpón que le servía de taller y se lo quedó contemplando sentado en el piso, con la espalda recostada contra una de las paredes. Si fuera creyente rezaría —se dijo— pero no sabía cómo hacerlo. Y pensar que puteaba en las horas de Tornería y Soldadura en la escuela. Tenía que reconocer que sin lo que le rompieron las pelotas los profes para que aprendiera no hubiera podido hacerlo. Por primera vez en tres semanas esbozó una sonrisa. Lástima que los docentes no se enterarían de su tardío agradecimiento.
Esa noche, mientras acariciaba la cabeza de Blanquito, su perro, cerró los ojos y dejó volar sus pensamientos. A pesar de que no podía evitar revivir con dolor los últimos acontecimientos, se fue quedando dormido.

II
Blanquito llegó a la vida de Abel dos años atrás. Lo encontró un día de tormenta, todo mojado, debajo de un banco de la plaza, cuando regresaba del colegio.
—¡Eh amigo! ¿Qué hacés ahí abajo? Vení, no tengas miedo.
El perrito se fue acercando arrastrándose, con la cola entre las piernas, muy asustado.
—¡Tranquilo amigo! —le dijo mientras lo acariciaba— Vamos a casa, vas a secarte y estar calentito.
Cuando llegó con el perro su madre puso reparos.
—¿Un perro en casa? ¡Sabés que a papá no le gustan los animales!
—¡Pero mamá! ¡Mirá como está de sucio y mojado! Y seguro tiene hambre también. Yo me voy a ocupar de todo.
—Está bien, pero hablá vos con tu padre cuando regrese del trabajo.
Cuando llegó el papá no protestó como preveía su madre, sino que, en seguida sintió empatía con el perrito. Sólo en algo fue terminante:
—Está bien Abel, que se quede. Pero vos te vas a hacer cargo de todo: cuidado, limpieza, paseo, comida. Todo ¿eh?
—¡Sí pa! ¡Quedate tranquilo!
Blanquito es un perro de raza indefinida, blanco —de allí el nombre que recibió— y pelo largo, tal vez influencia de un Collie entre sus antepasados. En poco tiempo se hicieron inseparables. Blanquito lo acompañaba al colegio y luego volvía a la casa. Al regreso lo esperaba en la puerta y al verlo venir corría a su encuentro, ladrando y saltando. En diciembre pasado Abel terminó su secundario, y hacía dos meses que había comenzado a trabajar como técnico mecánico en la fábrica de rulemanes del pueblo. El perro lo acompañaba al trabajo y lo esperaba con la misma ansiedad. A la noche dormía hecho un rulo a los pies de su cama, apoyado sobre las piernas del joven.


III
Cuando cobró su primer sueldo se dio el gusto de comprar la ansiada pelota de fútbol que, hacía más de tres años, veía con admiración en la vidriera de la casa de deportes. El sábado siguiente, a la hora en que se juntaba con los pibes a jugar a la pelota, llevó, con orgullo, su nueva adquisición. A esta actividad Blanquito nunca lo acompañaba porque después del partido se iban todos al local de comidas rápidas que está en el centro. Pero ese día, el perro parecía tan entusiasmado como él con la pelota nueva. La corría, la tomaba entres sus patitas delanteras y la hacía rodar, saltaba sobre ella y la paraba con el cuerpo. Finalmente, le dio pena dejarlo en casa y lo llevó.
El partido se estaba desarrollando con la “normalidad” habitual. Discusiones, cargadas, alguna pierna fuerte, enojos… Lo de siempre. Blanquito, sentado al costado de uno de los arcos, observaba con atención. Abel, jugando como defensor central, salió a cortar un contragolpe del equipo rival y perdió en el mano a mano con el delantero y éste remató al arco lejos del alcance del arquero. La pelota siguió su curso al traspasar el arco sin red y cruzó la calle. Blanquito salió disparado detrás de ella. Chirriar de frenos, golpe, aullido. Todo se desencadenó con rapidez.
—¡Blanquito! ¿Qué paso? —llegó hasta donde estaba el perro acostado quejándose. Se arrodilló acariciándolo— ¡Amigo! ¡No te mueras! ¡Por favor! Aguantá hasta que te lleve al veterinario.
Lo revisó. No parecía tener heridas externas.
—No lo muevas, dejalo acostado —dijo alguien— Esperá que ahora vengo.
El conductor del auto que lo atropelló, se disculpaba:
—¡Apareció de golpe! ¡No tuve ni tiempo de frenar!
Volvió el hombre que había pedido que esperara. Traía una tabla de madera terciada. La pasaron despacio debajo del cuerpo del perro y lo levantaron como si fuera una camilla. El conductor del auto se ofreció a llevarlo al veterinario.
Abel vivió dos semanas para olvidar. Radiografías, análisis, antibióticos, darle de comer en la boca porque no podía pararse. Sólo quería que terminara pronto y que Blanquito saliera de eso. Se sentía culpable por haberlo llevado al partido. Finalmente el veterinario le dio el alta pero con un diagnóstico que, para Abel, fue una puñalada:
—No tiene heridas internas, va a salir de esto, pero…tiene dañada la columna, las patas traseras no volverán a caminar.

IV

Domingo por la mañana. Abel se despertó temprano. Blanquito dormía a los pies de la cama. Claro que ahora lo subía y lo bajaba él, para ponerlo en su cucha.
—¡Vamos Blanquito! ¡Hoy es el día!
Lo alzó y lo llevó al galpón. Lo puso en el suelo sobre una manta mientras preparaba todo. En el medio estaba, tal como la dejara anoche, la “calabaza” que se había transformado en “carroza”.
—A ver amigo —le dijo mientras colocaba las patas traseras del perro apoyadas en el correaje.
La correa pendía de dos varas, como la de los carros tirados por caballos. La parte trasera de las varas se apoyaban en sendos parantes soldados al eje de las ruedas. La parte delantera estaba enganchada al arnés, que Abel pasó por la cabeza de Blanquito y fijó con una hebilla alrededor de su lomo.
—¡Listo amigo! —su voz denotaba la ansiedad contenida tanto tiempo.
Se apartó unos pasos. Blanquito quedó parado sobre sus patas delanteras, mientras las traseras reposaban sobre el correaje del carrito.
Esperó a ver qué pasaba. Blanquito dio un paso y el carro avanzó. Cuando se dio cuenta que podía moverse comenzó a caminar más rápido.  Empezó a dar vueltas por el galpón, ladrando y salió por la puerta a corretear por el jardín.
Recostado en el marco de la puerta del galpón, Abel lo veía correr mientras sus lágrimas dejaban un sabor salado en las comisuras de sus labios.

                    

Osvaldo Villalba
17/10/2015                                  




[1] Nombre coloquial que se le da en Argentina a un carrito que se usa para compras.

Indiferencia





Nada hay tan raro cuando 
Se está enamorada como 
la total indiferencia de los 
demás.La señora Dalloway 
Virginia Woolf


El auto avanzaba por la Avenida Belgrano a velocidad de onda verde. Martín manejaba muy concentrado en el tránsito sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor. Giselle, a su vez, hacía varios minutos que venía hablándole sin percibir que no era escuchada. Viajaban sin mirarse, con la vista fija en el parabrisas.
—¡…es una oportunidad que no puedo dejar pasar! ¡Estoy entusiasmadísima! Llevo tres años preparándome para esto. ¡Que me hayan ofrecido el cargo a mí con tantas postulantes es un privilegio!
—Hmm.
—Y además con probabilidades de que en unos años consiga un traslado a la sucursal de Mendoza, y podamos volver allí.
—Aha.
—Vos podrías abrir otra vez el estudio que tenías y con mucha más experiencia.
—Claro.
Por primera vez Giselle se percató que Martín no le prestaba atención.
—Hay un enano sentado en el capó —le dijo ella
—Aha.
—¡Martín! ¡No me estas escuchando! —le gritó
El grito le hizo dar un salto en la butaca y, confundido, trató de justificarse.
—Sí, si, claro que te estoy escuchando…
—¡No me estas escuchando! Acabo de decirte cualquier verdura.
—Ah! ¿El enano? —dijo riendo— ¡Me parece que se voló!

Martín y Giselle llevaban cuatro años juntos, pero se conocían desde la escuela secundaria en su Mendoza natal. Él se había recibido de abogado, igual que su padre, pero no había querido formar parte del prestigioso bufete que éste tenía, sino que intentó abrirse camino sólo. Giselle quería especializarse en marketing, y como las mejores opciones estaban en Buenos Aires, a los seis meses de convivir decidieron trasladarse. Martín comenzó a trabajar en un estudio especializado en civil y comercial, y hacía un año lo habían hecho socio. Ella había ingresado como secretaria en una multinacional de cosméticos en la que, en el último mes, habían realizado un concurso para cubrir un puesto de jerarquía en la Gerencia de Marketing, y esa mañana, le habían comunicado que era la elegida. Por eso no podía entender porque Martín apenas la escuchaba. De todos modos, la risa de Martín y su respuesta apaciguó su enojo.
—Ah! ¿El enano? —dijo riendo— ¡Me parece que se voló!
—Ah! ¡Entonces me escuchabas! ¿Sos tan malo que no te importaba? ¿Estás celoso por mi ascenso?
—¿Cómo voy a estar celoso de que progreses?
—¡Ah! Entonces fingías no escucharme para hacerme enojar —y como si hablara con ella misma— ¡No puedo creer que seas tan egoísta!
—¡Epa! ¿Por qué la agresión?
—Porque ya sea porque no te interesa o porque me ignorás a propósito, es una actitud egoísta.
—Ni una cosa ni la otra, sólo estaba preocupado porque estamos atrasados.
—¿Atrasados? ¡Si ni siquiera me dijiste a donde vamos! ¡Me hiciste cambiar apurada cuando llegué de la oficina y apenas pude maquillarme!
—¡Está bien, tenés razón! —su tono ahora era de fingida condescendencia – Vamos a una cena en Puerto Madero.
—¿Y cual es el motivo? No festejamos ningún aniversario…
—Es una cena de negocios —miró su mohín de disgusto y sonrió— ¡Bueno! ¡Ponele un poco de onda!
—¡Me en-can-tan las ce-nas de ne-go-cios! —dijo marcando las sílabas para que se entendiera el sarcasmo.
—¡Ja, ja, ja! ¡Contáselo a tu cara entonces!

Cuando llegaron al restaurante el maître los recibió con una sonrisa y después de comprobar que estaban en la lista, los acompañó hasta un salón reservado. Cuando el hombre abrió la puerta, Giselle se extrañó que estuviera todo oscuro.
—¿Todavía no llegó nadie? —preguntó apretando el brazo de Martín.
En ese instante se prendieron todas las luces al tiempo que unas veinte personas, puestas de pie alrededor de una gran mesa, prorrumpían en un fuerte aplauso, al tiempo que en una pantalla al fondo del salón se proyectaba esta frase:

“¡¡FELICIDADES GISELLE LAYOUT!! NUEVA JEFA DE MARKETING DE PARFUM COLLECTION CO.”

Sus mejillas se mancharon de rímel a causa de las lágrimas que no pudo retener, mientras se apretaba contra el pecho de Martín.

Osvaldo Villalba
18/09/2015