Abuelos

Para muestra - Siempre hay una historia detrás de cada cosa
Cualquier cosa puede disparar una historia. Por ejemplo 5 botones. Imaginemos al dueño de cada botón. Luego lo describimos someramente. A continuación escribimos una historia con los cinco.

Gitano
I
Lunes 5 de agosto de 2013
—¿A vos que te parece? —pregunta la mujer.
Federico piensa rápidamente que contestar sin quedar en evidencia que no ha escuchado aquello que debe parecerle.
—Miren, déjenme estudiar un poco el caso, para no tomar decisiones apresuradas y en la semana los llamo y les doy mi opinión —afirma, poniendo la mejor cara de “yo de esto sé un toco”. Don Saúl y su esposa Ruth, tienen tres negocios de venta de ropa y nunca le dieron mucha pelota a los temas impositivos, pero una semana atrás los visitaron unos inspectores de Afip y les dejaron un requerimiento. Don Saúl es un viejo amigo de su padre. Por eso le pidió que les dé una mano.
—Y mientras tanto responderemos algunos puntos del requerimiento que correspondan a los datos fijos sobre ustedes y los negocios y pediremos una prórroga para responder sobre compras y ventas mientras analizo que los números cierren y después les cuento. Hágame llegar todos los comprobantes de los últimos 5 años.
Los dos asienten con la cabeza. “Salí airoso”, piensa. Ruth se olvidó de su pregunta o ya no tiene importancia porque su respuesta parece tranquilizarlos.
Se para, les da un beso a cada uno, y los acompaña hasta la puerta de calle.
—Muchas gracias Federico —le dice Don Saúl— saludos a Mateo. Mateo es su padre.
—Le doy, Don Saúl, que lleguen bien.
En cuanto cierra la puerta, saca el teléfono del bolsillo de su saco. Está ansioso por ver si el que llamó es la persona que espera. Hace unos minutos que el celular dejó de llamar.
II
Federico Goldbaum es Contador Público. A los 32 años, con 7 años de
graduado, consiguió armar una cartera de clientes que le permite un buen pasar.
Le costó mucho los primeros tiempos soportar la presión de Mateo para que
trabajara con él en la tejeduría. En cierta forma, Mateo, tiene sentimientos
encontrados. Por un lado orgullo porque Fede se recibió con excelentes notas y
trabajando en un estudio contable de renombre. Decepción porque Federico nunca
quiso colaborar con él en la tejeduría. Aún después de recibido lo presionaba
con el latiguillo de que quería retirarse y alguien debía ocuparse de la
fábrica.
Por suerte para Federico su hermana Elisabeth, tres años menor que él, tomó
la posta en la fábrica, y logró ganarse su lugar con sobrada capacidad,
carácter enérgico y una visión u olfato excepcional para los negocios.
Para Federico, su hermana es la luz de sus ojos. Él se había
transformado en su protector cuando su madre, producto de un cáncer de pulmón
fulminante, había partido, dejándolos con el vacío que nadie puede llenar si un
chico de once años y su hermanita de ocho se quedan sin su mamá. Don Mateo, así
lo llaman todos, mitigaba su dolor dejándose absorber por la fábrica, y la
Bobe, su abuela materna, era muy grande para dominar a los niños. Federico sintió
la responsabilidad de cuidar de su hermana, y ella, lejos de molestarse, sentía
mucho orgullo y admiración por su hermano mayor. Siempre fueron muy compinches
y confidentes, y, veinte años después, esos lazos se robustecieron. Ni aún en
los períodos en que alguno de ellos, o los dos, estuvieron noviando, esta
relación se debilitaba.
III
Viernes 26 de abril de 2013
Por eso, ese viernes, le sorprendió ver a su padre entrar a la cancha en el momento en que iba a patear un corner. Le vio la cara a Mateo, e intuyó que algo no andaba bien.
—Hola pa…¿Qué hacés por acá?
—Lizzy —dijo Mateo con voz temblorosa— tuvo un accidente.
—¿Cómo un accidente? ¿Qué le pasó?
—Chocó, o mejor dicho le chocaron el auto.
—¿Cómo está? ¿Dónde está?
—No sé, vino un patrullero de la comisaría 38, la de Bonorino, a avisarme. Me informaron que hubo un choque en el que estaba involucrada Elizabeth. Que la llevaron al Hospital Álvarez y que el auto estaba en la comisaría a la espera de las pericias. Le pregunté cómo había obtenido el domicilio y me dijo que lo sacó del DNI de Eli y que acostumbraban a informar en persona y no por teléfono, porque ese es el método que usan los secuestradores virtuales. Le agradecí y le dije que me ocuparía. Como no quería ir sólo, me tomé un taxi y te vine a buscar.
—Esperame que me cambio y vamos.
Ya en el auto, Federico le insistía a su padre.
—¿Te dijeron como estaba ella?
—Me dijeron que estaba golpeada, pero consciente. Que a simple vista tenía muy lastimada una pierna, y algunos cortes en la cara, causados seguramente por los trozos del cristal de la ventanilla. Eso es todo.
—Está bien, ya casi llegamos, vamos a preguntar en la guardia.
Dejaron el auto estacionado sobre Terrada, casi en la esquina de Morón. Federico recordaba que la entrada principal estaba sobre Aranguren casi frente a la calle Condarco. Pero cuando llegaron, se encontraron que una gran parte de la cuadra estaba cerrada con un cerco de obra, incluyendo la entrada. Allí recordó que hacía un tiempo se había incendiado ese sector, y debía estar en reconstrucción todavía. Se quedaron un rato mirando alrededor. Don Mateo le dijo que cerca de la esquina de Terrada habían pasado por un portón, “pero ibas tan rápido”. El comentario hizo sonreír a Federico, pese a la tensión del momento. Volvieron sobre sus pasos hasta el portón cercano a la esquina. Había un cartel que decía PAMI. Le preguntaron al vigilador que estaba en la puerta por el ingreso a la Guardia y éste les dijo que era, justamente, por allí. Les indicó el camino entre pabellones hasta llegar al A que es donde funciona la Guardia. Federico nunca había entrado en el Álvarez, y se sorprendió de la estructura. Enormes pabellones separados entre sí por calles al aire libre, con espacios parquizados. Llegaron a la entrada del Pabellón A, comprobando efectivamente que el cartel sobre la entrada decía Guardia. Entraron a la sala de espera. A la derecha un cartel decía Unidad 1 para hombres. Se dirigieron a la Unidad 2, que estimaron que sería para mujeres. Federico llamó:
— ¡Hola! ¿Hay alguien aquí?
De una de las puertas apareció una enfermera.
—¿Si? —Dijo la joven— ¿A quién buscan?
—Buscamos a Elisabeth Goldbaum, la trajeron por un accidente automovilístico.
— ¿Son familiares de la paciente? —preguntó la enfermera
—Si —respondió Federico— soy el hermano. ¿Dónde está?
La enfermera señaló la sala de internación. Era una habitación con seis boxes, tres de cada lado, separados por paneles con un pasillo central. En cada box una cama.
—Es la segunda cama de la izquierda —agregó la enfermera— Pero ahora no está porque la llevaron a Rayos para una radiografía que pidió la doctora.
Al asomarse al box indicado Federico vio, en el suelo, un par de zapatillas, que reconoció, eran de su hermana. Las otras camas parecían estar vacías también.
—¿Dónde queda rayos? —preguntó.
—En la otra punta del hospital, en el Pabellón H, pero no vaya porque la trasladaron en silla con un móvil, y por ahí se lo cruza —le advirtió la enfermera, comprendiendo la ansiedad del joven.
—Me pidió que les entregara la cartera —dijo, mientras le alcanzaba el bolso Louis Vuitton que Federico le había regalado para su último cumpleaños—. Aquí no se pueden dejar estas cosas mucho tiempo —agregó sonriendo la enfermera.
—Muchas gracias. Pero… ¿Cómo está ella?
— ¿Quiere hablar con la doctora? Ahora le aviso —y se alejó por el pasillo.
Federico y Mateo permanecieron en silencio varios minutos, hasta que apareció la enfermera informándole que la doctora lo esperaba en su consultorio.
—Papá, quedate aquí por si vuelve —y se alejó detrás de la enfermera.
—Doctora, es el hermano de la paciente —anunció la enfermera
—Hola, mucho gusto, soy la Dra. Cevallos —le dijo mientras extendía su mano.
—Federico Goldbaum, el gusto es mío —y sonriendo, le estrechó la mano—. ¿Cómo la encuentra doctora? Perdón, ¿cómo es su nombre de pila? ¿Podemos ser menos formales?
Mientras la saludaba lo inundó su perfume. Paloma Picasso, pensó y en su cabeza el aroma hizo sonar una alarma. Lo interrumpió la voz de la joven.
—Andrea —respondió con una sonrisa —claro, y podemos tutearnos. En general bien, salvo la pierna izquierda que le dolía mucho. Por precaución pedí una radiografía. Los rasguños en el brazo y la cara, producto de los cristales del auto, son sin importancia, ya se los desinfecté. Quiero ver cómo está la parte ósea y articular de la pierna para ver como seguimos. Seguro la traen enseguida, porque a esta hora, rayos sólo atiende para guardia.
—Me dejás mas tranquilo.
—Igual, creo que lo mejor es que pase la noche aquí, y mañana por la mañana la vea el traumatólogo —continuó Andrea.
En ese momento llegó la enfermera con una placa en la mano. Se la pasó a la doctora y dirigiéndose a Federico:
—Su hermana ya está en la sala —dijo mientras se retiraba.
—Gracias, ahora voy para allá —respondió Federico, pensando en quedarse hasta que la doctora finalizara de ver la placa, que había colocado en el visor iluminado.
La doctora observaba la placa mientras Federico hacía lo propio con ella. Era alta y esbelta con un rostro algo aniñado. Debajo del guardapolvo blanco vestía una blusa color natural y una pollera de jean mini, que resaltaban unas piernas bien torneadas sobre un par de sandalias con plataforma.
“Es muy linda” pensó Federico, mientras el perfume seguía golpeándole los sentidos.
El perfume lo remontó en un instante a ese amor de los primeros años de universitario y que no había prosperado porque la familia de ella, fervientemente católica, no lo había aprobado. Nunca volvió a sentir nada igual.
—Bueno, por suerte fractura no hay y parecería que los ligamentos están bien —la voz de Andrea lo sacó de sus pensamientos— Igual, como te dije, es mejor que se quede esta noche y mañana la vea el traumatólogo.
—¿Vos hasta que hora estás? —preguntó Federico.
—Hasta las 6, pero el traumatólogo pasará entre las 8 y las 10 más o menos.
—Entonces no vas a estar vos si mañana le dan el alta…
—No, no. Pero no importa. El traumatólogo o el médico de guardia de mañana pueden darla.
—¿Me darías tu teléfono, por si es necesario esta noche? Yo te dejo el mío.
Andrea levantó la vista de los papeles que estaba llenando, y con una sonrisa pícara le preguntó:
— ¿Te funciona eso?
—Sí, claro…Bueno, a veces…En realidad no, casi nunca…pero éste es un caso de fuerza mayor…mi hermanita…
Andrea sonrió otra vez. El tipo le caía simpático. Si bien no era del tipo que hace que una chica se de vuelta cuando pasa, como muestran las propagandas televisivas, pero tenía “algo” que lo hacía interesante.
—Prestame tu teléfono —le dijo tendiendo su mano.
Él, sorprendido, se lo alcanzó. Ella cargó un teléfono, llamó, cortó y se lo devolvió.
—Ahora los dos tenemos los números agendados —le dijo sonriendo nuevamente.
Federico tomó su celular, se quedó mirando la pantalla con expresión de sorpresa, y con un gesto clásico de jugador que mete un gol, golpeó el aire con el otro puño cerrado.
—¡Funcionó! —y ambos rieron con ganas—. Paso a ver a mi hermana —y se despidió con un beso en la mejilla.
Se dirigió al box donde su padre ya estaba con su hermana.
—¡Hermosa! ¿Cómo estás? —y sentándose en la cama la abrazó y la besó con ternura.
—¡Fede! ¡Qué suerte que vinieron! Y comenzó a sollozar.
—¿Cómo no íbamos a venir? ¿Qué paso? Contame…
—¡No sé Fede! Yo venía por Directorio con la onda verde, y cuando cruzo Lautaro apareció esa camioneta negra. Se me vino encima. No me dio tiempo a nada. Sentí un golpe en la parte de atrás, de mi lado, y todo empezó a girar, con vidrios que me caían encima y mucho ruido. ¡Estaba tan asustada! ¡Temblaba como una hoja! No podía salir de mi lado porque la puerta estaba aplastada contra un auto y contra mi pierna. Quise tratar de salir por el otro lado pero me agarró un dolor tan fuerte que creo que me desmayé, porque no me acuerdo más nada, hasta que estaba en la ambulancia.
Mientras escuchaban el relato, Federico no cesaba de acariciarle los cabellos y Mateo, del otro lado de la cama, le apretaba la mano.
—¿Te dio los datos el que te chocó? —Preguntó Mateo
—No, la doctora de la ambulancia me contó que el taxista que la llamó le dijo que se habían escapado. Le dio mi cartera y dejó un papel con el teléfono por si lo necesitábamos.
—¿Cómo que se escaparon? ¡Qué hijos de puta! —dijo Federico con indignación—. Bueno, no importa. Lo principal es que estás bien… Y además hoy se venden piernas ortopédicas muy buenas…
—¡Tonto! —y se rieron los tres.
IV
Sábado 27 de abril de 2013
—Si en casa no tengo nada que hacer —fue su argumento, y convenció a sus dos hijos, cosa que no ocurría con frecuencia.
Federico se dirigió a la comisaría, a ver que podía averiguar. Eran las 0.30 del sábado cuando ingresó. En la oficina de guardia lo atendió el oficial a cargo. En ese momento no había nadie más. Cuando le contó porque venía, el oficial buscó en una bandeja llena de legajos y sacó uno.
—Esto es del cuarto anterior —le explicó—. El jefe de calle acaba de irse porque estuvo escribiendo el informe —agregó mientras lo leía. Cuando terminó, se lo pasó.
—No hay mucho, sólo fotos del auto y los datos de un taxista que vio la colisión. No hay ningún informe del otro vehículo. Cuando llegó el móvil ya se había dado a la fuga.
Federico leyó el reporte que le alcanzó el oficial, que tenía como título un N° de legajo y subrayado: Colisión vehicular con lesiones. Comprobó que el informe, en resumen, decía lo que le había mencionado el oficial, pero escrito con esa sintaxis y con ese vocabulario tan específico de la policía.
—¿Hay alguna posibilidad de encontrar al otro vehículo? —preguntó Federico
—Y…Es complicado. Salvo que el taxista aporte algo más en la fiscalía.
—¿Cual corresponde?
—La Fiscalía de turno es la N° 38, en Tucumán 966, 2° Piso. Pero hasta mañana no les va a ingresar el legajo. Ellos le van a otorgar el número de expediente.
—¿Puedo ver el auto?
—Sí, está estacionado en la esquina. Ahora lo hago acompañar por un agente. Y hoy después de las 18 hs lo encuentra al jefe de calle si quiere hablar con él. Es el Inspector Raúl Quiroga. Espere al agente en la puerta que en seguida se lo mando.
Federico le agradeció la información y salió a la calle.
Mientras esperaba pensaba que no era justo que no se pudiera ubicar a ese hijo de puta. Tenía que haber alguna forma de encontrarlo. Y no iba a parar hasta lograrlo.
Cuando salió el agente fueron hasta la esquina, y allí estaba el Peugeot gris de Elizabeth. Tenía el costado izquierdo abollado y la puerta delantera hundida. Las ventanillas estaban sin cristales y había trozos de vidrio en los asientos, tanto delanteros como traseros. El agente sacó una linterna y se la ofreció. Federico miró tratando de imaginarse el accidente, y una rabia sorda lo iba invadiendo. Le devolvió la linterna al policía y se despidió agradeciéndole su amabilidad.
Ya era la madrugada del sábado, y se imaginó que en la fiscalía no le darían bola hasta el lunes o martes, o quizás más. Había tenido el cuidado de buscar el teléfono del taxista en la cartera de su hermana. Lo llamaría mañana, o en realidad, hoy, cuando se despertara. Pensó que uno separa un día de otro con el momento del sueño. ¿Cómo procesarían esto los que trabajan de noche? Sonrió, se subió al auto y, luego de ponerlo en marcha, para que comenzara a funcionar la calefacción, sacó su celular, buscó el contacto de Andrea y la llamó. Cuando terminó el llamado se fue a su casa.
V
Pero también había tenido algo especial, pensó sonriendo. La chica accidentada el viernes a la noche tenía un hermano que la había movilizado. Cuando lo vio pensó que sería el novio o el marido y que era muy afortunada. Después cuando se enteró que era el hermano se sintió contenta. El tipo no perdió tiempo y en seguida le pidió el teléfono. Eso la hizo sentir halagada, pero a su vez se preguntaba si él no pensaría que había estado muy regalada al dejarle el teléfono en seguida. ¡Hacía tanto tiempo que no practicaba jueguitos de seducción! Su relación con Raúl había caído en una rutina que ya le estaba resultando insoportable. Sobre todo porque no tenía para ella ningún futuro. Raúl, también médico del hospital, era casado, con dos hijos, y no tenía ninguna intención de cambiar su estado, por lo que sus encuentros habían perdido para ella todo interés, cosa que él no parecía notar o, lo que es peor, no le importaba, conformándose solamente con obtener su satisfacción sexual.
Pero cuando a la 1.30 de la mañana él la llamó, y luego de cubrir las formas, preguntado “¿cómo está mi hermana?” “Bien, quedate tranquilo, está durmiendo”, le siguió preguntado “¿Y cómo estás vos?” y a partir de allí la conversación giró en torno a ellos, contándose cosas mutuamente, y la impresión que tenía ahora es que Federico no había malinterpretado su primer encuentro, y que se mostraba interesado en causar buena impresión. ¡Y lo había logrado! Quedaron en hablar el domingo para tomar un café. Total los sábados y domingos ella siempre los tenía libres porque Raúl no podía salir, ya que a esta altura de su carrera ya no hacia guardias los fines de semana y no tenía excusas para salir.
El café terminó de pasar. Se levantó, se sirvió una taza grande, cortada con un chorrito de leche fría, se preparó dos tostadas con mermelada y se sentó a desayunar. Estaba realmente contenta.
VI
La llamó a Elizabeth para ver cómo había pasado la noche. Si debía seguir internada llamaría a la prepaga para ubicarla en alguno de los sanatorios que le correspondía.
El celular llamó dos veces y ella atendió.
—¡Fede! ¡Qué bueno que llamaste! Hace un rato pasó el traumatólogo y me dijo que si quería irme a casa me daba el alta, con la condición que hiciera reposo. Estaba esperando que fuera un poco más tarde para avisarte.
—¡Naa! Me hubieras llamado igual. ¿Papá está con vos?
—Le insistí que fuera a desayunar. Me dijo que podía ir a casa para que no esté sola en mi departamento.
—¡Buenísimo! ¡Es un capo el viejo! En un rato te paso a buscar.
Se fue a duchar. Terminaría con Elizabeth primero y después llamaría al taxista. ¿Cómo se llamaba? No se había fijado. Cuando salió del baño buscó el papel en el bolsillo de su campera. Decía Andrés Díaz y un número de celular. Lo guardó en el bolsillo de su jean.
Dos horas y media después dejaba a su hermana y a su padre en la casa de su infancia. Era muy especial el sentimiento que tenía por esa casa. Tanto él como Elizabeth seguían llamándola “su casa” aunque hacía varios años que ambos, aunque en distintos momentos, se habían mudado a sus propios departamentos. Pero cada uno de ellos seguía teniendo cosas de su niñez, de su adolescencia y algunas ya de adultos, en sus habitaciones, que seguía siendo para cada uno “mi pieza”. Cuando estaba en la casa y recibía un llamado, Federico se encerraba en “su pieza” para hablar. Y Elizabeth hacía otro tanto. Y como en “su pieza” estaba el televisor de 14´ que tenía de niña, los domingos que almorzaba con Fede y su papá, se tiraba en su antigua cama a ver una película mientras ellos veían el partido en la tele del living y sufrían con los altibajos de su querido River Plate.
Quedó con ellos en almorzar al día siguiente, domingo, y cuando estuvo en el auto, antes de poner en marcha llamó a Andrés Díaz.
Cuando se identificó, Andrés lo atendió con muy buena onda. Le preguntó:
—¿Cómo está la chica? Estaba muy asustada…
—Mejor —le dijo Federico— La acabo de dejar en casa. ¿Podríamos vernos y tomar un café?
—Sí, como no. Yo busco el auto a las 14 por Almagro, y después salgo hacia el centro. O si prefiere, ahora son las 12, nos vemos en una hora en un boliche que está en Guardia Vieja al 3500.
—Sí, me parece bárbaro. Nos vemos en un rato. Uso barba y tengo jeans y una campera gris, para que me reconozcas.
—Déle, nos vemos.
Federico decidió irse directo al bar, así comía un sándwich y un cortado mientras esperaba.
Como venía de Flores, tomó Avellaneda y después Díaz Vélez hasta desembocar en Gallo. Al cruzar Corrientes contó dos cuadras y dobló a la izquierda. Sí, esa era Guardia Vieja. Cruzó la primera esquina, y ya vio un montón de taxis parados en doble fila que ocupaban casi toda la calle. Y sobre la mano izquierda estaba el “boliche”. Sí, pensó, la definición de Andrés era acertada. Porque era ese tipo de negocio que no es un café, pero tampoco un restaurante. Parecía más bien los antiguos bodegones que ya van quedando pocos en la ciudad. Con un toldo verde que ocupaba toda la vereda llena de mesas, que casi no permitía pasar caminando. Un grupo como de 7 u 8 hombres, sentados alrededor de tres mesas juntas, tomando gaseosas y una picada de queso y salame, charlaban animadamente, haciéndose bromas en forma permanente. Deben ser los choferes de los taxis estacionados enfrente, pensó. Buscó una mesa en el extremo de la vereda, y se sentó. Miró el pizarrón escrito con tizas de colores que decía: Plato del día Peceto al horno con papas. Cuando el mozo se acercó a preguntarle que iba a comer, dudó un momento si pediría el plato del día, pero lo que había entrado por sus ojos ya se había estrellado en su cerebro y había hecho sonar todas las alarmas de su aparato digestivo. ¡No podía resistirse al queso y salame!
—Una picada para dos, y un café doble cortado —y ante la mirada extrañada del mozo, le aclaró— Estoy esperando a otra persona.
Desde la mesa donde se había sentado observaba toda la escena, y a medida que paraban nuevos taxis, y sus choferes se acercaban a la mesa, trataba de imaginar cuál sería Andrés. El movimiento era incesante. Algunos se levantaban, saludaban y se iban y otros llegaban y se sentaban con el grupo.
Hasta que vio que uno vino derecho a su mesa, previo saludo al grupo de la mesa grande. Ese debe ser, pensó.
—Hola, ¿Federico? —preguntó Andrés, como para estar seguro
—Sí Andrés. Mucho gusto —se paró y le dio la mano con firmeza— Sentate, pedí para los dos —le dijo señalándole la picada—. ¿Qué querés tomar?
—Una gaseosa, yo la pido. Tengo que salir a manejar —aclaró y le hizo una seña al mozo en esos códigos no escritos que se establecen entre mozos y parroquianos habituales.
Andrés era un tipo maduro, como de 50 años, grueso, con una calvicie pronunciada con cabellos canosos y largos a los costados de la cabeza. El look Bianchi, pensó Federico.
—Gracias por lo que hiciste con mi hermana —le dijo Federico, abriendo el tema que los había reunido.
—No, no es nada. Yo venía yirando por el carril derecho y sentí el golpe. Alcancé a ver como el auto se iba hacia la izquierda, chocaba contra otro estacionado, rebotaba y pegaba de costado contra la culata de un camión.
—¿Viste al de la camioneta?
—Sí, me detuve y crucé corriendo cuando de la camioneta bajaron dos muchachos, miraron, se subieron otra vez y se rajaron. ¡No lo podía creer! ¡Qué hijos de puta! ¡No pararse a ayudar! Me acerqué al coche, miré por la ventanilla derecha y estaba la chica llorando adentro. La puerta de su lado estaba aplastada contra la culata del camión. Y yo no podía abrir la puerta derecha. Le grité si podía destrabar la puerta y por suerte el comando funcionó. Pero cuando quise ayudarla a salir, tenía la pierna apretada con el asiento o algo así, porque me dijo: Me duele. Me duele mucho. Traté de tranquilizarla, le dije que se quedara quieta, mientras llamaba al 911.
Mientras escuchaba este relato, Federico sentía que le hervía la sangre.
—Llegó primero el patrullero —continuó Andrés— y corrimos el auto para atrás para alejarlo del camión. El oficial, con una palanca que trajeron del patrullero, logró abrir la puerta izquierda, justo cuando llegaba la ambulancia. La chica parecía que se había desmayado. La sacaron entre la médica y el chofer, y yo agarré la cartera que estaba en el asiento de al lado y se la entregué a la médica, y le puse adentro un papel con mi número por si necesitaba algo.
Federico estaba conmovido por la solidaridad de este hombre. Todas las puteadas que habitualmente le dedicaba a los tacheros, se deshacían frente a esta actitud.
—No sabés cuanto te lo agradezco —le dijo— De la camioneta pudiste ver algún dato.
—No mucho. Solo que era una camioneta negra, y cuando se iba alcancé a ver que tenía el escudito de Toyota y atrás decía algo así como Prado. No se sería la concesionaria. Otro detalle que recuerdo es que tenía la rueda de auxilio atrás cubierta. Ah! Y la patente empezaba en LM y después no alcancé a ver más.
—Te agradezco un montón. Lo que ya hiciste, y la disposición que tuviste para contarme, no tiene precio, pero yo igual te quiero recompensar…
Andrés no lo dejó terminar.
—¡No maestro! ¡Hice lo que hubiera hecho cualquiera en esa situación! ¿Recompensa? Avíseme si los encuentra.
—Está bien, gracias otra vez — y sacando una tarjeta, se la alcanzó —. Si necesitas algo de impuestos o contable, alguna vez, sabé que contás conmigo incondicionalmente.
Siguieron un rato mas hablando de bueyes perdidos, y se despidieron con un abrazo.
Cuando Federico se iba hacia su auto, Andrés le gritó.
—¡Maestro!, si necesita que declare, cuente conmigo.
Federico le sonrió y le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba.
VII
Lunes 29 de abril de 2013
—No damos información telefónica, tiene que pasar personalmente —le dijo la telefonista con esa voz impersonal que sonaba mas a grabación que a humana.
El domingo había estado con el Jefe de Calle de la comisaría, ¿Quiroga se llamaba? Pero no había sacado de él nada nuevo. ¡Si hasta le pareció que esbozaba una sonrisita socarrona, cuando le preguntó si con las actuaciones en la fiscalía, la investigación permitiría ubicar a la camioneta!
—La verdad, no sé. Debería consultarlos a ellos —fue su respuesta. Fin de la entrevista.
Esa noche, en su notebook, googleó: Toyota + prado y le aparecieron varios links. Eligió el de Toyota.com.ar y…¡ahí estaba! Era una 4x4 “Toyota Land Cruiser Prado…La leyenda continúa”. Lo que Andrés vio era el modelo. Y las imágenes coincidían con la descripción. ¡Sí, esa era! Imprimió las fotos de la página y las especificaciones técnicas.
Bueno, ahora no le quedaba más remedio que pasar por la fiscalía y ver qué pasaba. Buscó en las notas de su celular la dirección: Tucumán al 900, cruzando la 9 de Julio. Recordó que tenía pendiente una presentación en Tribunales para un cliente, y eso estaba a 5 o 6 cuadras. Atienden de mañana, así que decidió ir ya y después pasar por la fiscalía. Pensó que lo mejor sería ir en subte, para no perder tiempo buscando estacionamiento. El trámite en Tribunales fue rapidísimo. A las 11 horas ya estaba camino a la fiscalía.
Llegó al domicilio que llevaba anotado y subió al 2° piso. En un mostrador la atendió una empleada. Preguntó cómo podía ubicar un expediente si no tenía el número. Le explicó por qué venía, y la chica, buscó por la computadora, las actuaciones recibidas de la comisaría 38 ingresadas desde el sábado.
—Acá está —dijo— N.N. s/ lesiones culposas, y le dio el número de expediente. La damnificada es Elizabeth Goldbaum. ¿Es este, no? —preguntó.
—Sí, efectivamente. ¿Podría hablar con el fiscal?
La empleada le informó que la fiscal, Dra. Vota no se encontraba en ese momento, que si quería esperar a la secretaria, en una media hora lo atendería. Podía esperar o volver después.
—Prefiero esperarla aquí —respondió Federico, y se sentó en unos sillones que estaban en el pasillo frente al mostrador.
Mientras esperaba se puso a leer el ejemplar de un diario gratuito que le entregaron a la salida del subte. Leyó rápido las noticias sobre política nacional porque le revolvían el estómago. Prefirió pasar a deportes. El domingo 5 de mayo se venía el Superclásico en la Boca. Como fanático de River esperaba poder repetir lo del verano, pero sabía que en estos partidos, nunca importa si uno viene bien y el otro mal. Esto es un partido aparte del momento de cada uno. Mejor no lo iba a ver. Se ponía muy nervioso.
El llamado de la empleada lo sacó de su lectura.
—La doctora Russo lo va a atender ahora. Por favor, ¿quiere pasar?
Asintió con la cabeza, dobló el diario y lo guardó en su portafolio. Russo era una mujer de unos 40 años, pero de aspecto muy juvenil. Llevaba el cabello recogido en una cola de caballo y vestía un traje sastre claro de corte muy elegante.
—¡Dr. Goldbaum! ¡Adelante! —lo recibió con la mano extendida, mientras le señalaba la silla frente al escritorio.
—Mucho gusto, Dra. Russo, ya sabe por lo que vengo...
—Sí, sí. No tenemos mucho en este caso —le dijo mientras hojeaba el expediente— El que provoca el accidente se dio a la fuga.
—Bueno, eso es justamente el motivo de mi visita. Quiero saber en qué puede terminar todo esto.
—Aquí adjuntaron los datos de un taxista que tenemos que citar, y le di instrucciones a la comisaría para que se fijara si hay cámaras en la esquina o en algún negocio o edificio cercano que puedan haber captado algo.
Federico pensó si valía la pena contarle que ya había estado con el taxista. Prefirió no decir nada.
—¿Hay alguna posibilidad de ubicar el vehículo, si se consigue algún dato?
—Vamos a seguir todos los pasos que haga falta —le respondió la mujer—. Pero quiero serle totalmente sincera. Aquí tengo un informe del hospital que certifica que su hermana fue enviada a su casa el sábado, aunque tiene que volver en 10 días a control ¿Es así?
—Sí, es así. Está en casa de mi padre, en reposo.
—Bueno, mire. Tengo un caso de homicidio en riña frente a la villa 1-11-14. Un robo a mano armada en una farmacia de la calle Juan Bautista Alberdi. Un barra apuñalado a la salida de la cancha de Ferro, el sábado, sobre la calle Avellaneda…No le digo que no nos vamos a ocupar, pero…hay prioridades.
—Entiendo —dijo Federico, mientras pensaba, que claro, para él lo que le habían hecho a su hermana, era prioridad uno, pero en perspectiva…la abogada tenía razón— No se preocupe doctora, haga lo que tenga que hacer.
Se despidieron cordialmente mientras Federico se iba convencido que la causa sería archivada en poco tiempo.
VIII
Podría haberse ido, pero los lunes era el día que pasaba Matías. Matías Ferraro era el cadete compartido con algunos del grupo de fútbol, todos pibes del barrio, de los cuales dos eran abogados, uno, contador, otro arquitecto y el resto empleados o pequeños comerciantes, con quienes se juntaba a jugar los viernes a la noche. Como los cinco que eran profesionales tenían estudios chicos, no daba para que tuvieran un cadete full time. La idea se le había ocurrido a Rodrigo, el arquero del equipo, abogado, en la sobremesa del buffet de la canchita, después de un partido. ¿Por qué no contratar un cadete y que les hiciera los trámites a todos? Él conocía a Matías de un estudio grande en el que había trabajado y se comprometió a ofrecérselo. Matías aceptó en seguida, le gustó la idea de administrarse su tiempo y coordinar los trámites de todos. Además lo que cobraba entre los cinco era casi el doble de lo ganaba en el estudio. Era un flaco de unos 20 años, alto, pelo largo, barba, siempre de jeans y zapatillas, y los infaltables audífonos del celular escuchando música. Amaba la música y tocaba el bajo en un conjunto. También amaba su moto. Los lunes pasaba por las oficinas y retiraba los trámites y los viernes a la tarde entregaba todo con una eficiencia que los dejó más que sorprendidos.
Se recostó en el sillón, cruzó los pies encima de su escritorio, cerró los ojos y dejó que su mente vagara. Revivió todo lo pasado en el último fin de semana, y le dio más bronca no poder hacer nada para encontrar al turro que se escapó tan cobardemente. El timbre lo sacó de sus pensamientos. Se levantó cansinamente y le abrió la puerta. Apenas entró Matías se dio cuenta que algo le pasaba.
—¡Eh! ¡Qué carucha! ¿Qué anda pasando? —le preguntó Matías, mientras se descolgaba la mochila de la espalda.
—Sentate que te cuento —respondió Federico. Por ahí compartirlo con alguien le daba un poco de tranquilidad.
—¡Dale! Me sirvo un café y me contás. ¿Querés?
—Sí, gracias. Servime medio pocillo.
Matías se fue para la cocina y al rato volvió con la bandeja, los pocillos de café y la azucarera. Los apoyó sobre el escritorio, se sentó frente a Federico, y comenzó a servirse azúcar. Una, dos, tres cucharitas. Luego revolver como 30 segundos. Siempre realizaba la misma rutina, y siempre Federico pensaba cómo podía tomar ese café con tanta azúcar. Él hacía años que lo tomaba amargo. “Así se le siente el verdadero gusto a café”
—Bueno, soy todo orejas —dijo con una sonrisa Matías.
Federico le contó todo lo ocurrido desde el viernes anterior, finalizando con su decepción por las pocas posibilidades que le transmitió la fiscal de encontrar al responsable del hecho.
—Ahora, si tu hermana está bien, y por lo que sé no les hace falta una indemnización, ¿para que querés encontrarlo?
Federico se sorprendió por la pregunta. Y por lo frontal que era el pibe. Pensó un momento…
—No estoy seguro. A veces quiero cagarlo a trompadas. Otras veces me gustaría poder preguntarle: ¿Por qué te escapaste hijo de puta? ¡Mi hermana podría estar muerta! ¡Hacete cargo!
—Y, ¿pensás que un tipo que hace esto te va a dar una razón entendible?
—La verdad, creo que no. Pero igual querría tenerlo enfrente. Después vería que hago.
Se quedaron un minuto en silencio mientras sorbían el café y de repente al pibe soltó la frase que iba a cambiar la historia.
—¿Y si llamás al Gitano? ¡Si alguien puede averiguar datos sobre un vehículo es el!
Los ojos de Federico se abrieron como el dos de oro. Matías no dejaba de sorprenderlo. ¡Qué prejuiciosos que somos!, pensó. Vemos un pibe de pelo largo y barba y lo asociamos con cualquier cosa menos con una mente tan lúcida. Pero claro. ¿Cómo no se le había ocurrido a él?
Salvador Gabarre, el Gitano, había aparecido en su vida enviado por un cliente que tenía una concesionaria de autos. Su oficina estaba en el barrio de Caballito, más precisamente sobre la calle Morelos, entre Méndez de Andes y Aranguren, a una cuadra de Avellaneda, un poco antes de la cancha de Ferro. Mucho tiempo había trabajado en el microcentro, y se había prometido que cuando pudiera poner su estudio lo haría fuera de ese radio. Caballito quedaba cerca de Flores, donde tenía su departamento, el de su hermana y la casa de su niñez. Y también, desde allí, tenía acceso rápido al centro si tenía que ir a Tribunales, al Consejo (de Ciencias Económicas), o a cualquier otra oficina pública. Y lo mejor, seguía teniendo aspecto de barrio, con muchas casas bajas todavía, a pesar del boom inmobiliario del último tiempo. Allí en un departamento tipo PH, que daba a la calle y tenía entrada individual al frente, además de otra por el pasillo lateral común que permitía el paso a los departamentos del fondo, había armado su estudio.
Así fue que, una mañana, cuando llegaba a su estudio, le extrañó ver, frente a su departamento, dos camionetas, y grupo de hombres, cuatro o cinco, a primera vista, reunidos en la vereda. Ese día había dejado el auto en el service, por lo que fue en taxi. Le pidió al chofer que lo deje en la esquina de Avellaneda y caminó por Morelos. Mientras se acercaba tuvo oportunidad de observarlos. Eran cinco. Uno recostado sobre una de la camionetas y los otros cuatro en ronda, conversando. El acercarse caminando le dio la oportunidad de observarlos. Pelo largo, pero prolijo en los dos que estaban de espaldas, corto y con una incipiente calvicie el que estaba sobre la camioneta. A los otros dos no podía verlos. Todos estaban en camisa, con las mangas arremangadas. La curiosidad lo mataba, pero disimuló y no miró cuando estuvo frente a la entrada del edificio. Sacó su llave y se dispuso a abrir, cuando uno de los hombres dijo, separándose del grupo:
—Disculpe, ¿Dr. Goldbaum?
—Sí, soy yo —dijo dándose vuelta. Ahora podía observarlos a todos. El mayor, era el que estaba recostado en la camioneta. Una Amarok, doble cabina, negra. Debía tener unos 50 o 55 años. Los demás oscilaban entre 30 y 40 años. Le llamó la atención que todos lucían las camisas muy abiertas, dejando ver el pecho entre gruesas cadenas de oro, pulseras también de oro y relojes muy caros. El que habló era el más joven, que estaba a la izquierda del hombre mayor. Se acercó a Federico y tendiéndole la mano le dijo:
—Mucho gusto, Dr. Soy Elías Gabarre. Mi padre, Salvador Gabarre —dijo señalando al hombre mayor, quiere hacerle una consulta.
Federico respondió el apretón de manos mientras le decía.
—Sí, con gusto, pasen —y terminó de abrir la puerta.
Salvador se adelantó, le dio la mano también, aclarando,
—Mucho gusto Dr.Goldbaum. Paso yo sólo. Ellos me esperan acá.
—Como guste. Adelante.
Entraron mientras los demás volvían a reunirse cerca de la camioneta.
Salvador Gabarre era la cabeza de un clan (gitano) que, en la zona de Floresta, cerca de la Avda. Juan B. Justo se dedicaba al negocio de la compra-venta de automóviles. Había recibido un requerimiento de la AFIP y necesitaba asesoramiento para responderlo. Un cliente de Federico, Jorge Rubín, que tenía una concesionaria, le había recomendado que viera a Federico, y allí estaba.
La consulta duró casi una hora. Federico armó un listado con todos los datos que necesitaba para armar la estrategia de la respuesta y quedaron que en cuanto los tuviera se los hiciera llegar. Luego lo acompañó hasta la puerta, donde lo esperaba el grupo, y se despidieron con un apretón de manos. Elías también se acercó a saludarlo, y el resto lo hizo sólo con un ademán mientras abordaban otra camioneta que había estado estacionada más atrás.
Veinte días después, con la respuesta al requerimiento presentada, Salvador vino personalmente a abonar los honorarios. Además de pagar lo que habían pactado, le trajo de regalo un reloj Tag Heuer Carrera, que Federico no se hubiera comprado nunca, y que le costaba usarlo en la calle.
—Debo agradecerle a Jorge su recomendación —le dijo—. No se equivocó cuando me dijo que usted era el mejor.
—Gracias Salvador, esto no era necesario —respondió—. Sólo trato de hacer bien mi trabajo.
—Lo sé, lo sé, por eso yo trato de ser agradecido —la cara de Salvador se iluminó con una sonrisa—. Esto es sólo una atención, pero sepa que mi agradecimiento implica que puede contar conmigo en lo que usted pueda necesitar, cuando sea.
Y esa vez lo saludó con un abrazo.
Bueno, creo que había llegado el momento de solicitar su ayuda.
Se levantó de su sillón, dio la vuelta al escritorio y abrazó a Matías por su brillante idea.
—¡Eh jefe! ¡Qué efusivo! —acotó Matías y ambos soltaron la risa.
IX
Lunes 5 de agosto de 2013
Había pasado un poco más de tres meses desde el accidente. Su hermana se recuperó rápidamente aunque todavía debía hacer sesiones de kinesiología dos veces por semana. Su relación con Andrea se fortalecía día a día, al punto de almorzar con ellos los domingos en casa de Mateo. Además lo hacía muy feliz cómo congeniaba con Lizzy. Sabía del anterior vínculo de Andrea con su compañero de trabajo, pero ella aseguraba que ya era historia. Igual la situación de trabajar con el ex lo incomodaba un poco pero su hermana le recordaba que una pareja se debe basar en la confianza para funcionar. Lo único que le quedaba pendiente era encontrar a los tipos de la Toyota.
Marca el número que aparecía en los llamados perdidos y espera.
—Hola —responde una voz masculina.
—Sí, perdón. Estaba con unos clientes amigos de mi padre y no podía interrumpir.
—Se imagina bien Salvador. ¿Consiguió algo?
—¡Buenísimo! Páseme bien la dirección por mensaje de texto por favor.
—Muchas gracias Salvador. No se preocupe. Igual páseme después la dirección del chapista. Veré si se la acerco a la Fiscalía.
Corta y no puede más de la emoción. ¡Por fin va a encarar a esos hijos de puta! Espera que llegue pronto la tarde para poder contarle a Matías. Al fin y al cabo él fue el generador de la idea. Ojalá que Salvador le pase pronto la dirección del taller y si no por las referencias igual lo va a encontrar. Saca una guía Filcar que tiene en un cajón del escritorio y busca Santamarina en Monte grande. Hay más de una en el plano. La Colorada no la encuentra. Decide esperar a Matías que conoce mucho mejor las calles. Recuesta el sillón hacia atrás, pone los pies arriba del escritorio y cierra los ojos.
El timbre de la calle lo sobresalta. Mira la hora. Las seis de la tarde. Ni se dio cuenta cuando se durmió. Se apura en abrir.
—Hola jefe —saluda Matías—. ¿Qué novedades?
—Muchas. Pasá que te cuento.
—Dale. Sirvo los cafés y me ponés al día.
Cuando termina de relatarle todo lo que el Gitano averiguó Matías pregunta:
—¿Cuándo vamos?
—¿Me vas a acompañar?
—¡Obvio! ¿De quién fue la idea?
—Lo que pasa es que el Gitano fue remiso a darme la data. Y la dirección que te mencioné no la encontré en el plano.
—Tranqui Fede. Yo conozco. La Colorada figura en los planos como Pedro Dreyer, pero en Monte Grande todo el mundo le sigue diciendo La Colorada. La llaman así porque cuando era de tierra se rellenaba con los restos de los hornos de ladrillos que fue una de las primeras actividades de la zona. Y en cuanto a Santamarina, es una familia legendaria en Monte Grande desde 1890, con diferentes empresas, desde consignatarios de ganado y frutos del país hasta administración de propiedades urbanas y rurales, pasando por bancos y otras industrias.
—¿Cómo sabés tanto?
—Me gusta la historia y además viví por la zona.
—Bien, entonces ya sabemos dónde buscar. ¿Te parece que vayamos el sábado a la mañana?
—Dale, decime dónde te espero.
—Vos vivís por Caballito ¿no?
—Sí, casi Acoyte y Rivadavia
—Esperame a las 9 en Avellaneda y Acoyte. Desde ahí me guiás vos.
—¡Hecho! Dame ahora los trámites de esta semana —dice Matías mientras levanta las tazas de café.
Sábado 10 de agosto de 2013
—Pregunten por Ralph en una cervecería que está en el Shopping Plaza Canning, sobre la Ruta 58.
Llegan al auto en silencio. Mientras se ajustan los cinturones de seguridad Matías comenta:
—¿Qué tal? Del que menos esperábamos.
—Es evidente que el chapista tiene miedo. Nadie puede olvidarse de una situación así. ¿Sabés donde queda lo que nos dijo el pibe? —pregunta Federico mientras pone en marcha el motor.
—Sí, sí. Seguí derecho. La Colorada termina en la Ruta 58. En esa zona hay un montón de countries y barrios privados. Los más antiguos están sobre Sargento Cabral, una calle que nace en diagonal a la Ruta, pero seguro que estos tipos no son de allí porque los principales complejos allí fueron fundados por tus paisanos, así que no me parece posible que estos skinhead tengan lugar en esas comunidades. Seguro son de los nuevos barrios sobre la Ruta.
Llegan al lugar y entran a la playa de estacionamiento de un Banco. El lugar es una plazoleta con una calle que la circunda y locales en el medio y alrededor. Buscan la cervecería y entran. Tiene pocas mesas pero una barra en L bastante larga. Sólo una pareja toma café en un rincón. Se sientan en la barra y piden dos chops. Cuando el bartender se acerca con las bebidas Matías le pregunta:
—¿Sabés a qué hora puedo encontrar a Ralph?
—¿Ralph? No conozco a ninguno —dice el hombre.
—Ah, bueno. Me dijeron que era habitué aquí.
—No retengo los nombres de los clientes.
—Usa la cabeza rapada.
—Te dije que no lo conozco.
—Ok, gracias igual.
Terminan su cerveza y salen. Cuando pasan frente a la vidriera del negocio, Matías se agacha a anudarse los cordones de sus zapatillas. Federico no se da cuenta y sigue caminando. Al llegar al auto lo ve venir.
—¿Dónde te habías quedado? —le pregunta.
—Me quedé observando al bartender —dice—, apenas salimos hizo una llamada de su celular.
—¡Ah! Sos un agente de inteligencia completo —bromea Federico.
Cuando salen a la ruta, Matías propone:
—La mayoría de los countries están hacia el sur. Demos una vuelta
Veinte minutos después vuelven por la ruta en dirección a la Autopista Ezeiza-Cañuelas que desemboca en la Riccieri y ven a su izquierda una calle con boulevard. Hay carteles que anuncian más countries. La recorren hasta el final, justo en la entrada de un barrio privado, Echeverría del Lago. No encuentran nada que les llame la atención por lo que giran para retomar la mano que sale a la ruta. Cuando llevan recorrido la mitad del trayecto ven a trescientos metros dos camionetas que avanzan de contramano. Giran hasta quedar enfrentadas, cerrando el paso. Una es una Toyota negra.
—¡Mierda! —dice Matías—. Me parece que los encontramos. O mejor dicho ellos a nosotros.
Bajan cinco tipos, todos con las cabezas rapadas, vestidos con ropa militar. Se despliegan en la calle. Dos de ellos tienen bates de beisbol.
Federico sigue avanzando despacio y se detiene a unos veinte metros de los sujetos que los esperan con actitud desafiante. Matías busca su mochila en el asiento de atrás y saca un nunchaku.
—¡Ah! ¿Eso también? —pregunta Federico sorprendido.
—Y —dice Matías—, si vamos a cobrar alguno de ellos se va a llevar un recuerdo.
Bajan y caminan despacio hasta detenerse a unos diez metros.
Los sentimientos de Federico saltan de la bronca contra los tipos que tiene enfrente a la admiración hacia el pibe que camina a su lado. Él lo metió en esto y sin tener nada que ver con su hermana, —ni siquiera la conoce—, se está jugando sin una protesta.
—¿Quién es Ralph? —pregunta Federico
—¿Para qué me buscás? —responde el que estaba en el medio.
—Para que me cuentes por qué atropellaste el auto de mi hermana y te escapaste sin atenderla.
Ralph sonríe, mira a sus compañeros y responde:
—No me acuerdo. Me llevo tanta gente por delante.
—¡Ah, no te acordás! Elisabeth se llama, Elisabeth Goldbaum. La chocaste en la Avenida Directorio en Flores. Todavía está convaleciente pero podría estar muerta. Te escapaste como una rata. Quería decirte que sos un hijo de puta.
—¿Vos me decís rata a mí, judío de mierda? Te voy a hacer tragar tus palabras.
Ralph les hace una seña a los otros para que avancen. Federico y Matías se preparan para recibirlos. Un chirriar de frenos los detiene. Una camioneta cruza por arriba del boulevard y se detiene entre ambos grupos. Una Amarok negra se detiene en la mano contraria del otro lado. De la primera bajan cuatro hombres y se ubican frente a los skinhead que quedan paralizados. Algunos muestran en su cintura, a través de la camisa abierta, el mango de una pistola. De la otra camioneta bajan tres hombres y esperan a que baje un cuarto y cruce el boulevard para escoltarlo. Bajo el sol del mediodía brillan la cadena y la medalla de oro que deja ver su camisa abierta.
—A ver muchachos —dice con voz firme—. Si quieren pelear que sea uno contra uno. Lo contrario no sería justo. Además les advierto que mi gente se sale de la vaina por tener un poco de acción.
“¡Salvador! Nunca más apropiado el nombre” piensa Federico sin salir de su asombro. “Y también está Elías, su hijo”.
—Yo primero —dice Matías abriéndose paso entre los hombres del Gitano y parándose frente a Ralph—. Agarrá el bate. ¿Te animás? —agrega mientras hace una demostración de Freestyle con el nunchako a lo Bruce Lee.
Después de unos segundos de silencio Ralph les hace una seña con la cabeza a su grupo y se vuelven a sus vehículos. Las dos camionetas salen derrapando entre los gritos y aplausos de los gitanos mientras Federico y Matías se abrazan con Salvador.
—¿Cómo nos encontraste? —le pregunta Federico a Salvador
—Elías tuvo la precaución de dejarle el número de teléfono, y un incentivo claro, al pibe que trabaja con el chapista. Hoy lo llamó para avisarle que ustedes habían pasado. Después fue fácil rastrearlos.
—¡Qué genio! Vamos a tomar unas cervezas. Yo invito —ofrece Federico— Y a vos —le dice a Matías— mi admiración y agradecimiento eternos.
—Vamos, no se pongan sentimentales —responde Salvador—. Conozco un bodegón excelente sobre Juan B. Justo en Floresta.
07/04/2020
