Tristeza



La justicia es el medio 
por el que las injusticias 
establecidas son sancionadas.
Anatole France.
I

—¿Cómo que murió? —Pablo no da crédito a las palabras de la encargada del geriátrico.
—Estaba muy deprimido y no quería comer. —responde la mujer—. Siempre es difícil aceptar la muerte. Mirá que acá es frecuente pero aún así no puedo acostumbrarme. 
—¿Cuándo fue? — pregunta Pablo.
—Hace diez días.
—¿Quién se hizo cargo? 
—El sobrino que pagaba la cuota. No quiso llevarse sus cosas. Nos dijo que regaláramos lo que sirviera y el resto a la basura. 
—Se ve que mucho no le importaba —dice Pablo.
—En realidad…¡nada! Mientras vivía no vino nunca. Vos sos el único que lo visitaba. ¡Ah, a propósito! Revisando sus cosas encontramos algo que, suponemos, es para vos.
 La mujer le alcanza una carpeta con una nota abrochada en la que se puede leer, con letra temblorosa, “Para entregar a Pablo”.

II

Raúl saluda a los tres hombres con un fuerte apretón de manos y los acompaña hasta la puerta de su oficina.
Cuando se queda sólo, da rienda suelta a su euforia. Acaba de cerrar el negocio de su vida. Son directivos de un importante country de zona sur y aceptaron su propuesta para prestar el servicio de vigilancia en el predio. Es el contrato más importante que consiguió su empresa de seguridad en sus diez años de actividad.
Se sirve un vaso de whisky y enciende un cigarro Cohiba. Mientras suelta despacio las bocanadas de humo,  piensa que al final, le ganó al destino. Quince años atrás, cuando su jefe le sugirió que pidiera la baja poniendo fin a su carrera en la Fuerza, sintió que todo se derrumbaba. No tuvo alternativa. Llevaba poco tiempo de casado, con un hijo de tres años, y debía pensar en su familia. Un comisario retirado lo llevó a trabajar a su empresa y lo puso a cargo de la seguridad de una fábrica textil. Cinco años trabajó con él, hasta que aprendió el funcionamiento y decidió crear su propia empresa. No le fue mal todo este tiempo y, a partir de ahora, el futuro se presenta promisorio. Puede enterrar definitivamente su pasado y olvidar sus miedos y angustias.

Llama a su secretaria y le entrega todos los datos para que prepare la documentación.

III

Pablo sube al colectivo y elige el asiento del fondo. Le parece mentira que ya no verá más a Simón. Cierra los ojos y vuelve a la tarde en que lo conoció. Fue al geriátrico con un grupo de jóvenes de una iglesia, en la semana de Navidad, invitado por una chica que a él le gustaba mucho. Católico por tradición, no practicante, aceptó para acercarse a ella. Cuando llegaron, la encargada los hizo pasar al comedor, donde tenía reunidos a los abuelos, y les cantaron unos villancicos. Pablo los observaba sin participar, —ni sabía las canciones—, pero le llamó la atención un hombre que se mantenía alejado del grupo. Cuando los visitantes entregaron a cada uno un regalito, tomó un paquete y se acercó al hombre.
—¿Por qué se mantuvo tan alejado? —le preguntó— ¿No le gustaron las canciones?
—Porque soy judío y ellos hablan de Jesús —respondió—. ¿Y vos por qué no cantabas?
Pablo vuelve a sonreír, como en aquel entonces, al recordar el diálogo.
—Porque no me sé las letras —le dijo—. Además Jesús también era judío. Me llamo Pablo.
—¡Pablo! ¡Hermoso nombre! Yo soy Simón, Simón Roitman
Ambos se rieron y siguieron conversando hasta la hora de irse. Cuando se despedían Pablo le dijo:
—¡Chau Simón! Otro día la seguimos.
—Cuando quieras. Aquí me vas a encontrar siempre.

Pablo abre los ojos y comienza a hojear la carpeta. Los jóvenes de la iglesia no volvieron más al lugar, y la chica nunca le dio bolilla. Pero él siguió visitando a Simón. Había algo que los conectaba. Pasaban horas charlando de mil temas, mientras jugaban al ajedrez o a las cartas. Sólo una vez se puso muy serio cuando le comentó que su apellido era Miguens y que su segundo nombre era Raúl, como su papá, pero en seguida se le pasó.
Nunca hablaba de su historia. Las veces que Pablo le preguntó sobre su vida, sobre su familia, siempre eludía la respuesta. Y aunque se reían mucho, en sus ojos había una tristeza que no lograba descifrar. 
Se pregunta por qué no se dio cuenta que estaba tan bajoneado. Ahora ya está. De nada sirve enrollarse con eso. Es fácil sacar conclusiones con el diario del lunes.
Cierra la carpeta, mira por la ventanilla. Ya tiene que bajarse. Siente nauseas.

IV

—¡Qué bueno que llegaste Pablo! —dice Raúl— ¡Estaba por descorchar un espumante! Decile a tu mamá que sirva la comida que tengo una noticia bomba.
—Ahora le digo —responde Pablo, mientras abre una carpeta y desparrama sobre la mesa tres recortes de diarios, amarillentos. 

En el primero puede leerse:
POLICÍA MATÓ A UN JOVEN Y DENUNCIAN 
CASO DE “GATILLO FÁCIL”
En lo que va del 2000 es el sexto caso. En esta oportunidad
la víctima es Pablo Roitman de 22 años

El segundo dice:
CASACIÓN CONFIRMA EL SOBRESEIMIENTO DEL
OFICIAL PRINCIPAL RAUL MIGUENS
El tribunal confirmó el fallo de Primera Instancia
que consideró legítima defensa


Y el último:
SIMÓN ROITMAN, PADRE DE PABLO PIDE JUSTICIA
Afirma que la víctima nunca tuvo armas y que la
mencionada en el expediente fue “plantada”.


Osvaldo Villalba
22/11/2016



El barranco



Algún día en cualquier parte,
en cualquier lugar indefectiblemente
 te encontrarás a ti mismo, y ésa,
sólo ésa, puede ser la más feliz
o la más amarga de tus horas.
 Pablo Neruda
I

El dolor lo saca del estado de semiinconsciencia. Hay yuyos muy altos alrededor; trata de recordar qué pasó. Desabrocha el cinturón de seguridad, y ve vidrios por todos lados Está en la cabina de su auto, si lograra abrir la puerta, podría…El dolor es ahora una cuchillada en su pierna izquierda. Quedó atrapada entre el asiento, fuera de su eje, la puerta y el panel de comandos, quebrado a la altura del volante.

El auto está en una pendiente. Algo impide que se desbarranque, pero  no sabe qué es. Tal vez algunas raíces o uno de esos peñascos. A través de la abertura del parabrisas destruido, ve el capó abollado y el aceite del motor marcando un camino al precipicio que no quiere transitar. Es mejor relajarse y no moverse.

Un sobresalto le paraliza el pecho cuando el auto, luego de un crujido, se mueve un poco. Lo mejor sería bajarse, separar el destino del coche y el de él. La puerta está trabada y su pierna dolorida totalmente fuera de eje; no le hace falta ser médico para saber que está fracturada ¿Qué pasó? Cierra los ojos, y a su mente viene un camino de tierra, el sol de costado sobre su ventanilla. ¿Se habrá quedado dormido? ¿No vio una curva? No puede recordar. Busca el teléfono en su campera. ¡No hay señal! Pareciera que el destino no tiene una sola buena para él. Grita con fuerza por si alguien anda por ahí, pero sólo escucha el ruido del viento y el piar de pájaros.

El celular tiene poca batería, en poco tiempo se va a apagar, pero ve en la pantalla principal el widget de un mapa. Lo abre. Tiene el recorrido entre Jesús María y Ongamira, por la ruta provincial 17. ¿Ongamira? Como relámpagos aparecen las imágenes en su mente. ¡Sí! ¡Allí iba! ¡A buscarla! ¿Cómo que no iba a volver? Si su contrato en el hotel se había terminado. Además ella sabía que él la esperaba ansioso. Seguro que el atorrante de su jefe le está haciendo la cabeza. Nunca lo tragó. Se acuerda bien como la mira. Y ahora está atrapado en este podrido auto sin saber cómo ni cuándo alguien lo encontrará. Claro que esto le pasa por atolondrado. ¿Cómo se califica a un tipo que se manda por un camino poco transitado sin avisarle a nadie que irá por ahí? Podía haberle avisado a ella que iba a buscarla, por lo menos se preocuparía cuando no llegara. Tampoco le contó al despistado de Aníbal, su compañero de  cuarto. Nadie sabe siquiera que viajó. Mucho menos a dónde. La calificación no deja lugar a dudas: ¡Es Boludo!

Los pómulos y la frente le arden. Se toca despacio y descubre en su mano trocitos de vidrios y sangre. Igual es la pierna lo que más le duele. La rodilla está muy hinchada. Debe haber algo que pueda hacer, piensa, pero no se le ocurre nada. Prueba la bocina. ¡Funciona! Tocándola en forma intermitente tal vez alguien la escuche.

Comienza a sentir hambre y sed. Muchas veces pensó que debería llevar en el auto una botella de agua a mano y algo comestible, como un alfajor o galletitas. En realidad le pasa cuando lo necesita. Entonces se promete hacerlo para volver a acordarse cuando le vuelve a pasar. ¡Como ahora! Busca en su riñonera. ¡Tiene pastillas! Algo es algo.

II

Anochece. Todo alrededor pronto se pone negro. Gira la llave del auto en contacto y prueba las luces. Mientras la batería tenga carga iluminará y tal vez alguien note la luz. ¿Se verá el auto desde el camino? ¿O quedará escondido por los yuyos? Si no se ve, nadie lo va a encontrar. Si pudiera salir buscaría maderas y haría una fogata. Tal vez así alguien la vea. ¿De qué sirve pensar en alternativas imposibles? ¿Será éste su final? Tal vez en algunos años encuentren el auto con el esqueleto adentro y se harán un montón de conjeturas. ¿Quién lo mató? ¿Ajuste de cuentas? ¿Crimen pasional? Un poco de humor negro o resignación. Comienza a tener sueño.

III

Abre los ojos. Ya amanece. Mira su reloj: las cinco y media. Los faros todavía iluminan. Corta el contacto para guardar un poco de batería. ¿La pierna le duele menos o se acostumbró al dolor? Las pastillas se acabaron. Una bandada de cotorras pasa chillando, y de pronto escucha un ruido que le suena a la mejor música: ¡ladridos! ¡perros! ¿Podrá ser que vengan acompañados de humanos? Comienza a gritar y toca bocina con el último aliento de voz y de la batería. Alguien grita: “¡Por acá! ¡Por acá!” mientras los sollozos se le amontonan en la garganta.

Osvaldo Villalba
26/11/2016


Revancha


Hasta que no hayas amado a un animal
una parte de tu alma permanecerá dormida.

Anatole France

−¿Esta es Revancha? –le pregunto, incrédulo, a la joven colaboradora que la trae caminando hacia el alambrado, conduciéndola con una soga enganchada al bozal.
−¡Sí! ¿Viste cómo cambió? –me dice la chica, con un brillo en los ojos que le ilumina todo el rostro.

Revancha, una yegua de pelaje marrón con una mancha blanca en la cabeza, vino casi pegada a la espalda de la joven, con pasos lentos pero firmes. Ya no se le notan las costillas ni los huesos de las ancas. Se queda quieta contra el alambrado, permitiéndome acariciarla. El nudo que tengo en la garganta no me deja decir nada más. No quiero que me vean llorar, pero no sé si voy a lograrlo.

¿Cuánto pasó desde aquella tarde? ¿Seis meses? ¿Siete? Tal vez ocho. Era invierno todavía, veníamos en el auto de Rolo, con Nacho, de perder por goleada, −cuatro a uno−, la semifinal del torneo interclubes, por una calle de tierra en una zona de quintas de Berazategui, cuando vimos, en la cuadra siguiente, un carro con caballo, parado casi sobre la zanja, y dos hombres agachados en el suelo en la parte de atrás. Cuando nos fuimos acercando vimos que había otro caballo acostado en el suelo, atado al carro, y que uno de los hombres trataba de hacerlo parar golpeándolo con un rebenque. Rolo paró la marcha y yo me bajé.
−¡Ey!, ¡Ey! ¡No le pegués! –le grité− ¿No hay otra forma de levantarlo?
−¿Y a vos qué carajo te importa? ¿Porqué no te metés en tus cosas? –me respondió.
−¡Porque no me gusta ver que golpeen a nadie! –volví a gritarle.
−¿Querés ver cómo te doy a vos? –dijo mientras se acercaba blandiendo el rebenque.
−¡Yo no lo intentaría! –sonó atrás mío el vozarrón de Nacho, el arquero del equipo, un metro noventa y ocho, noventa y cinco kilos.

Rolo también se había bajado. El tipo lo pensó mejor, volvió hacia el carro, desenganchó el caballo que estaba tirado y subió por atrás. El otro ya estaba en el pescante y se fueron en medio de un montón de insultos.

Nos quedamos los tres, alrededor del caballo, interrogándonos mutuamente con la mirada. Y ahora… ¿Qué hacemos? Rolo recordó que su madre conocía una institución dedicada al rescate de caballos. A lo mejor podían hacer algo por el animal.
−¡Llamala! –le dije, mientras iba al auto a buscar una botellita de agua de la heladera que traíamos en el baúl.

Mientras Rolo hablaba con su mamá, intentamos con Nacho, volcar de a chorritos en el morro al caballo para ver si tomaba. Lo acariciábamos pensando que así lo calmábamos, pero la verdad es que no teníamos la menor idea de cómo proceder.
−¡Ya está! –dijo Rolo− Mi vieja me dijo que llamemos al 911 que ella se ocupa de avisar a la institución. Le pasé las coordenadas del GPS para que tuviera idea de donde estábamos.
−¡Che! Si no vienen ¿Cómo ves el caballo en tu terraza? –me preguntó Nacho.
−¡Qué gracioso! ¡Te quiero ver a vos subiendo un fardo de pasto por la escalera quince pisos: –le respondí, y los tres nos reímos para aflojar la tensión.

Estábamos tratando de comunicarnos cuando vimos venir, desde el fondo de la calle, a unos trescientos metros, a los carreros con tres o cuatro personas más.
−¡Houston, estamos en problemas! –dijo Nacho imitando la voz de los doblajes.
−¡Y bueno! −dije− Si ya perdimos una por goleada…
−¡Llegó la caballería! –gritó Rolo en ese momento, señalando atrás, por donde habíamos venido.

La combi en que viajaba una parte del equipo rival se detuvo detrás de nuestro auto. Se bajaron dos de los pibes a preguntarnos que nos pasaba. Les contamos, advirtiéndoles que seguramente los tipos venían a recuperar el caballo. Uno de ellos volvió a la combi e hizo que bajara el resto. El número desalentó a los tipos que se quedaron a dos cuadras y no avanzaron más.

Cuarenta minutos después, llegó el equipo de la fundación, y el doctor revisó al animal, una yegua, nos dijo: "está muy débil y deshidratada". Pudimos comprobar el amor y la calidez con que le hablaba. El patrullero también había llegado y el doctor estaba comunicándose con la fiscalía, para obtener el permiso para trasladar el animal. Le preguntamos si teníamos forma de volver a verla y nos contó que periódicamente organizaban visitas a la estancia donde los caballos se recuperan en perfecta libertad, con toda la atención veterinaria que necesitan y donde nunca más serán usados para trabajo alguno. Le prometimos que estaríamos atentos a las invitaciones. Cuando nos despedíamos Rolo le dijo al doctor:
−Doctor, ¿podemos ponerle un nombre?
−¿Cómo la llamarías? –preguntó el doctor.
−El partido lo perdimos por goleada –dijo Rolo− pero ella fue nuestra Revancha.

Y aquí estamos, con Rolo, acariciando a una Revancha tan radiante y hermosa que tiene sabor a campeonato.

Osvaldo Villalba
26/09/2016

Nota del Autor:
Este cuento es sólo ficción pero está basado en muchas historias reales de rescate llevadas a cabo por una fundación de mi conocimiento e intenta ser un homenaje a la institución y al profesional veterinario que la dirige.

Cicatrices



La memoria del corazón elimina los malos
 recuerdos y magnifica los buenos,
y gracias a ese artificio,
logramos sobrellevar el pasado.

Gabriel García Márquez

El embotellamiento en la Autopista 25 de Mayo, empleando casi una hora y media en un trayecto que no llevaría más de quince minutos, fue la puerta que lo  transportó a su niñez, tan lejana como dolorosa, tan escondida en su subconsciente hasta ayer, como vívida hoy después de ese llamado. Se vio otra vez, haciéndose el dormido en el sofá del comedor, tapado hasta la cabeza, para no escuchar las peleas de sus padres que, invariablemente, terminaban en golpes. Después, su madre con anteojos negros y pañuelo al cuello para ocultar los moretones. El odio y la impotencia estallaban en su pecho como entonces. Correr a encerrarse en el baño al oír los golpes en la puerta del departamento porque llegaba tan borracho que no podía ni poner la llave en la cerradura. O acurrucarse debajo de la mesa, los brazos cubriendo su cabeza, para atajar los azotes del cinturón. Luego su madre limpiando con agua oxigenada las heridas, producidas por la hebilla, cicatrices en el cuero cabelludo y en el alma, que hoy le duelen otra vez.

El bocinazo lo sacó de sus cavilaciones. Puso primera y avanzó por la Avenida Belgrano. Recordó lo que siempre decía Julio: “Fracción de segundo: tiempo que pasa entre que el semáforo se pone en verde y el tonto de atrás te toca bocina” y, por primera vez en las últimas horas, esbozó una sonrisa.

Los viernes, después del trabajo, era noche de fútbol, pizza y cerveza con sus amigos del barrio. Durante la semana salía muy temprano a recorrer las obras que tenía en construcción la empresa donde trabajaba como arquitecto. Cuando llegaba a su departamento apenas tenía fuerzas para calentarse algo que sacaba del freezer y mirar un rato de televisión antes de quedarse dormido. Pero el viernes, cuando cerraba su escritorio y se sentaba en el auto, sus fuerzas se renovaban con sólo imaginarse, en un rato, en la cancha de fútbol 5, tirando paredes, caños y pisadas y, después con los pibes, cerveza de por medio, reírse de cualquier cosa y aflojar las tensiones de la semana.

En eso estaba la noche anterior cuando sonó su celular. Como no conocía el número, no lo atendió. Después del tercer llamado pensó que tal vez debía responder. Por la insistencia, difícilmente fuera alguna empresa tratando de venderle algo. Se disculpó con sus amigos y se alejó hacia la barra, mientras atendía, para mitigar el bullicio.

Ingresó al estacionamiento ubicado unos metros antes de la Avenida Entre Ríos, paró en el lugar que indicaba el cartel, dejó el coche en marcha y mientras esperaba que le dieran el ticket repasó el diálogo telefónico mantenido en la pizzería:
−Hola, ¿Sos Gastón?, dijo una voz de mujer.
−Sí, ¿quién habla?
−Alicia, tu hermana.
− Ah, hola, ¿cómo estás?   −“Media hermana” pensó.  
−Te llamo porque internaron a papá.
−¿Sí? ¿Qué le pasó?
−Se descompensó. Pensé que debías saberlo.
−Bueno gracias.
−¿No vas a preguntar dónde está?
−¿Dónde está? Igual no quiere decir que vaya
−En la Fundación Favaloro. Hacé lo que te parezca. ¡Chau!
−Chau.”

Caminó hasta la entrada de la clínica pero se quedó en la vereda sin decidirse a entrar. Volvió sobre sus pasos, cruzó otra vez la avenida y entró en el bar. Se sentó en una mesa sobre la vidriera y pidió un café cortado.

Mientras sorbía el café cayó en la cuenta: “Hace más de doce años que no veo a Julio. ¿Cuántos años antes dejé de llamarlo papá?  La última vez que lo tuve frente a mí fue cuando murió mamá. Vino al velorio y, si no me para el abuelo, lo echo a patadas. En ese momento tenía dieciocho o diecinueve años. Él se había ido de casa cuando yo era un pibe de siete u ocho. Se fue a vivir con esa mujer con la que, −después me contó mamá− andaba mucho antes. Al principio venía a verme cada tanto, pero siempre terminábamos mal porque yo le contestaba y me ligaba un sopapo. Cuando nació Alicia, yo tendría diez años, me llevó a conocerla.  ¡Era una beba muy linda! Mi mamá estaba furiosa. Cuando le conté que conocí a mi hermana, me dijo: −¡Tu hermanastra dirás! Yo ni entendía que era eso. Creo que en el fondo mi vieja, a pesar de todo lo que le pegó y la hizo sufrir, lo quería. Un tiempo después cayó en un pozo depresivo del que no pudo salir nunca. Con Alicia nunca pude relacionarme. Nos veíamos en las fiestas si yo iba a verlo a Julio, pero nada más. Cuando mamá murió le hice la cruz. Esa tarde le dije a Julio que mejor se fuera, que no quería verlo nunca más. Y acá estoy, ahora, a treinta metros de donde está internado y no tengo claro qué quiero hacer. ”

Pagó la cuenta y llamó a Alicia. Le dijo que estaba en la esquina y que iba para allá. Ella respondió que bajaba a buscarlo al hall de entrada.
−¡Qué bueno que viniste! –dijo ella mientras le daba un beso en la mejilla−. Disculpame la forma en que te corté ayer.
−Está bien. Estabas enojada y con razón. Disculpame vos, no tenés que hacerte cargo de mis rollos.
−No es nada. Vamos. Está en la unidad renal. A las doce nos dejan pasar quince minutos y después el médico nos da el parte.

Cuando entró a la habitación casi no pudo reconocer al hombre que, conectado a varios monitores, parecía dormitar. El color cetrino de su piel, sus ojos hundidos, grandes ojeras moradas, el cabello ralo y la barba crecida le daban un aspecto tan desmejorado que poco se parecía a la imagen de hombre fuerte y avasallador que había sido en su juventud. Se veía tan débil y vulnerable que, por un momento, todo su odio acumulado, ese que había acuñado desde su niñez, alimentado en su adolescencia y fortalecido en su juventud, pareció desvanecerse. Sintió que traicionaba su propia historia y, mentalmente, sacudió su cabeza ahuyentando todo pensamiento de blandura.

−¿Está consciente? –le preguntó a Alicia.
−Sí, pero está muy sedado. Cuando lo encuentro despierto algo conversa. Pero es muy parco, como siempre.

“Ojalá no se despierte ahora” pensó Gastón, justo cuando la enfermera les avisó que el doctor los esperaba en la oficina al final del pasillo.

−Buenos días –dijo el médico, extendiendo su mano para saludarlos− Por favor, tomen asiento.

Alicia, que ya conocía al médico, tomó la iniciativa.
−Buen día doctor, él es mi hermano Gastón.
−Mucho gusto –dijo el médico, dirigiéndose a Gastón. Luego le preguntó a Alicia− ¿Está al tanto de la situación?
−No –dijo ella bajando la cabeza.

La alarma roja comenzó a sonar en la cabeza de Gastón. Algo le había ocultado.

−Su padre está en emergencia. –le dijo el médico a Gastón− Su cuerpo ya no aguanta más diálisis. La única salida es un trasplante de riñón. La señorita no es compatible. ¿Querría usted hacerse los análisis?

El enojo lo envolvió como una llamarada. Se volvió hacia su hermana, que permanecía con la cabeza baja, en un intento de librarse de ser quemada por su mirada.  “¡Eso era!”, pensó, “¡Con razón quería que viniera!”
−¡De ninguna manera! –sin más, se levantó y salió dando un portazo.

“Por algo me resistía a venir”, pensaba mientras manejaba de regreso a su casa, “debí hacer caso a mi primera impresión. El médico debe pensar que soy un hijo de puta. Lo que él no sabe es que soy el hijo de un hijo de puta. ¿Y a ese tendría que darle un riñón? Cada golpe que me dio lo tengo marcado en mi cerebro, en mi corazón…y claro, también en los riñones. ¡Que joder! Ahora parece un pobrecito, pero cuando venía borracho y me pegaba porque sí, no estaba ni el médico ese que me miró horrorizado ni tampoco Alicia, que me engañó para que viniera a verlo. ¿Por qué tengo que darle un riñón?”

Llegó a su casa, se cambió y se tiró sobre la cama. “Ya está”, pensó, “no me importa lo que piensen. Quien no haya estado en mis zapatos no puede juzgarme. Sólo con Alicia voy a ser delicado. No sé qué padre habrá sido Julio con ella. Al fin y al cabo, cada uno cosecha lo que siembra”

Osvaldo Villalba
25/06/2016





Morir en el pescante


Muchos no creen en nada, 
pero temen a todo.

La madrugada del lunes 13 de febrero de 1950 se presentó con una feroz tormenta de verano. De esas que se descargan luego de un día sofocante y pesado. Sin embargo, en Ezpeleta, al sur del conurbano bonaerense, la actividad laboral se cumplía con normalidad. En un par de horas, algunos operarios marcharían hacia la localidad de Quilmes a trabajar en la cervecería. Pero también las pequeñas actividades locales se ponían en marcha.

Así, José Echea, más conocido como El Vasco, ataba a Mora, su yegua, al carro de lechero. Nada hacía presumir que ese día moriría en el pescante.
El Vasco iba de lunes a viernes con su carro cargado de tachos lecheros hasta la ruta donde un camión, que venía desde Ranchos, traía la leche recién ordeñada de los tambos de la zona. Luego hacía el reparto, casa por casa, en su barrio y alrededores. Las vecinas salían con su jarra en la que él vertía el líquido con un envase de aluminio que, se suponía, era la medida de un litro. Los sábados no trabajaba porque a la mañana jugaba pelota vasca con sus amigos y a la tarde sufría en la tribuna del Club Atlético Argentino de Quilmes. Trabajador como el que más, su única debilidad era el cigarrillo. O por lo menos a eso le atribuía su agitación y falta de aire cuando jugaba pelota, lo que le provocó desmayos en más de una oportunidad. Su familia no sabía nada porque les había prohibido a sus amigos que lo mencionaran. A los cincuenta años, el Vasco era un tipo respetado en el barrio por su trabajo y en la tribuna por su coraje.

A pocas cuadras de allí, Arnoldo Cardozo, alias El Negro, se despertaba alarmado por la tormenta a las cuatro de la mañana.
El Negro había nacido en Ezpeleta y siempre había vivido en su casa natal. A los veinte años, trabajaba, con su padre y su hermano mayor, en el cementerio de la localidad que, en realidad, era conocido como el “cementerio de Quilmes”, por ser cabeza de Partido. Desde chico había acompañado a ambos en su tarea de cuidar y mantener las tumbas, nichos y bóvedas. Renovaban los jardines, lustraban las placas de bronce, colocaban los mármoles y monumentos, cobrando una mensualidad a los deudos. Su casa estaba ubicada frente al paredón trasero del predio. Su padre había clavado en los ladrillos unos fierros escalonados que ellos usaban, en ocasiones, para entrar al cementerio sin necesidad de dar toda la vuelta hasta la entrada principal o cuando ésta estaba cerrada.
Sus amigos bromeaban cuando lo veían llegar al bar, donde se juntaban a jugar al billar:
−¡Che! ¿No sienten olor a velorio? −preguntaba uno.
−¿Sabés que sí? −decía otro.
−¡Gallego! ¡Tirá un poco de acaroina! –gritaba un tercero dirigiéndose al dueño del bar.
Sin embargo, realmente, lo admiraban.
−¿No te da miedo entrar o quedarte solo después que cierran? –le preguntan.
−¡No! ¡Para nada! ¡A los vivos les tengo más miedo! –respondía riendo.

¿Qué circunstancias se encadenan de tal manera para que, en un momento,  dos caminos separados se crucen? ¿Qué fuerza hace que ese encuentro  termine en tragedia? ¿Existe una mano invisible que mueve los hilos de cada persona, como si fueran marionetas, y los coloca en el momento preciso y en el lugar indicado para que las cosas ocurran? Los creyentes seguramente se lo atribuyen a Dios, los otros al destino o simplemente a la casualidad.

En medio del aguacero el Vasco terminó de atar la yegua. Se apuró a revisar los tarros para comprobar que estuvieran limpios, subió al pescante y azuzó al animal. Tenía que llegar a la ruta antes que las calles de tierra del barrio se hicieran intransitables. Para cortar camino enfiló por la calle de atrás del cementerio.

El Negro saltó en la cama con el estampido del rayo. Todavía somnoliento, se sentó escuchando el silbido del viento y el golpeteo de la lluvia sobre el techo de chapa. Recordó que la tarde anterior su padre le había pedido que dejara las puertas de las bóvedas abiertas para que se ventilaran después del calor sofocante del día. Si las puertas se golpean se van a romper los cristales, además de mojarse los cajones”, pensó, “Mejor me voy a cerrarlas”
Buscó una linterna y, para no perder tiempo salió como estaba, camiseta y calzoncillo blanco. “Quién va a andar por la calle a esta hora”, pensó. Saltó el muro, tomó el camino que bordea el sector de tumbas más antiguas que sale justo a la calle de las bóvedas. El viento doblaba las copas de los árboles y producía un silbido que, a cualquiera que no estuviera acostumbrado lo hubiera paralizado. La lluvia arreció de tal manera que su linterna se mojó y dejó de funcionar. Como no se veía nada siguió caminando de memoria. Cada tanto los relámpagos lo iluminaban mostrando que iba bien. Cuando iba llegando a las bóvedas escuchó cómo se golpeaba una puerta con el viento. Corrió y se dio cuenta que el camino había comenzado a inundarse. Fue primero a la de los Losada que tiene subsuelo, rogando que el agua no hubiera rebalsado el escalón. Sacar el agua de allí sería un trabajo de locos. Se alegró que no hubiera pasado. Cerró todas las bóvedas sin que se dañara nada. Estaba mojado como si le hubieran volcado encima el tambor donde se junta el agua de lluvia.

El carro del Vasco avanzaba trabajosamente entre las huellas barrosas de la calle. Cubriendo con la palma de la mano para que no se moje el segundo cigarrillo encendido esa madrugada se paró en el pescante para ver mejor.

El Negro, empapado pero feliz porque todo había quedado en orden, llegó al paredón y empezó a trepar desde adentro. Pasó un pie por arriba y había empezado a descolgarse, cuando un rayo cayó muy cerca iluminando toda la escena.

Cuando ya iba por la mitad del trayecto, el Vasco prendió su tercer cigarrillo, usando varios fósforos. El relámpago iluminó la calle y vio, con espanto, una figura blanca que saltaba el paredón del cementerio y se descolgaba hacia la calle.
−¡Dios mío! ¡Dios mío! −gritó tironeando de las riendas.

El Negro escuchó los gritos y vio al caballo patinando en el barro y sin dudar se dirigió hacia el carro para socorrerlo.

El alarido del Vasco llenó la calle. La yegua, al sentir las riendas flojas, se lanzó al galope y el carro se perdió en la noche.

El Negro se quedó parado en la vereda sin saber cómo reaccionar. Se fue a acostar pero no pudo conciliar el sueño.

La mañana se presentó soleada. La tormenta había quedado atrás. Tomando mate con su madre en la cocina escuchó que llegaba su hermano a buscarlo para ir a trabajar.
−¿Saben que pasó? –les dijo− Vine por la barrera. Estaba la policía. Encontraron un carro parado de este lado. El lechero estaba muerto en el pescante. Un ataque al corazón.

Osvaldo Villalba
11/06/2016




Ser periodista



El periodismo es libre
 o es una farsa.
Rodolfo Walsh

—En dos minutos, apenas termine un llamado en curso, el Sr. Benítez lo recibe —le informó la secretaria.

Estaba nervioso, no podía negarlo. Tomó asiento en la antesala del despacho del editor y aunque estaba decidido no podía evitar esa sensación de un puño apretando su estómago. No era muy optimista en cuanto al resultado de la reunión. El día anterior se había ido  de allí muy descorazonado. Cuando la secretaria le dijo que podía pasar, al abrir la puerta, como un flash, vino a su mente el diálogo con Benítez.
—Rafael, vos sabés que no podemos publicar esto —le había dicho el editor mostrándole las hojas que entregara esa mañana—. Esta nota es como poner una bomba en la alcaldía.
—Pero todo es real. Cada dato está chequeado y tenemos los documentos que demuestran la corrupción.
—Ese no es el punto. No podemos echarnos al intendente en contra. Si enganchamos a algún inspector municipal en un cohecho… Todo bien. Lo denunciamos, ellos lo sacrifican y equiparamos nuestra posición con las denuncias sobre los que estuvieron antes y el público sigue creyendo en nuestra imparcialidad. Pero una denuncia que involucre directamente al jefe…
—¿Y la plata que este contrato le cuesta al pueblo, que nos cuesta a todos? ¿Eso no importa?
—No digo que no importa. Sólo creo que debemos ser cuidadosos. Mirá si con el escándalo nos saca la pauta publicitaria ¿Cómo te voy a pagar el sueldo? Eso sin contar con que nos manden los muchachos  a visitarnos.
—Ah, entiendo. La verdad está supeditada al equilibrio económico o al miedo al apriete. Bueno, usted es el editor. Haga lo que crea conveniente.
Sin despedirse se retiró y se fue directo a su casa. Estaba tan enojado que no pudo disimularlo ante su esposa e hijo, Ana y Juan Marcos, que lo esperaban para cenar. Intentó, sin éxito, responder con evasivas el interrogatorio sobre qué le pasaba, pero ellos lo conocían demasiado como para conformarse y terminó contándoles.
—Bueno Rafael —intentó tranquilizarlo su esposa— Si no publican la nota no va a pasar nada.
—Mama, no es así —intervino el hijo—. Papá es periodista. Ocultar una noticia así es como ser cómplice.
—Pero si es la editorial la que no quiere publicar no sos culpable —insistió ella.
—Juan Marcos tiene razón, Ana No denunciar esto es ser un encubridor. Además… ¿Tengo que soportar que la editorial ignore así una investigación que me llevó casi un año? Entrevistando gente en horarios insólitos para no despertar sospechas. Quitándole tiempo a ustedes.
—¿Y entonces? —preguntó Ana.
—Mando al carajo la editorial, renuncio y hago la denuncia en la fiscalía. Esperaba hacerlo apenas me aprobaran la nota, mientras estuviera en imprenta, para que la revista tuviera la primicia, pero que, cuando se publicara, ya estuviera en la justicia.
—¿Te parece quedarte sin trabajo? —insistió Ana.
—¡Mamá! ¡La dignidad está primero que cualquier trabajo! ¡Me lo enseñaron ustedes! Y si papá no consigue un puesto en otro medio compramos brochas y rodillos y nos vamos a pintar casas por el pueblo.
La respuesta de Juan Marcos lo conmovió. Nunca pensó que un pibe de dieciséis años tuviera esa claridad de conceptos. La decisión estaba tomada.

—Ah Rafael, pasá, sentate —la invitación de Benítez lo sacó bruscamente de su cavilaciones, sorprendido por todo lo revivido en esos pocos segundos.
—Gracias señor Benítez. Vine en cuanto su secretaria me avisó de la reunión porque creo que es necesario darle un corte a este tema.
—Sí, es cierto. Opino igual. Estuve pensando en todo este asunto, —Benítez se rascó la barbilla— y creo que es de tal gravedad que, por sí o por no, requiere una respuesta rápida. ¿Vos entendés mi posición?
—Sí. Claro que la entiendo. Pero no la comparto. ¿Usted entiende la mía?
—Pues claro. ¿Cuánto hace que te conozco? ¿Cinco años? Hablé con el Directorio de la editorial. Para decirlo en francés, se cagaron todos.
—¿Y entonces? —la salida le sacó a Rafael la primera sonrisa en los últimos dos días.
—¿Qué vas a hacer si la nota no se publica?
—Presentar mi renuncia y llevar la información a la justicia.
—¡Me lo imaginaba! ¿Sabés? Cuando ingresé a la editorial, hace más de veinte años, era cronista de espectáculos. Chimentos de la vida de los artistas, comentarios de las películas y toda esa basura. Cuando se jubiló el de policiales me dieron el puesto. Creí que tocaba el cielo con las manos. Hacía las investigaciones mejor que la policía. Hasta que un día me frenaron porque había alguien importante del pueblo implicado. Yo tenía principios, pero al igual que Groucho Marx, cuando no gustaron, apelé a otros. Y así me fui acomodando a las conveniencias. Y llegué alto a costa de venderlos. Se fue muriendo el periodista y creciendo el comerciante. Y así llegué a editor.
Le extendió las hojas de la nota que Rafael había presentado el día anterior.

—Tomá. Dale la última revisada a la nota. Se publica este domingo Podrán matar al comerciante pero el periodista no está dispuesto a morir dos veces.

Osvaldo Villalba
19/05/2016

Misterio en el consorcio




Si se reconoce “mi estilo” es
porque siempre escribo lo
mismo. ¡Ay de mí!

Jules Renard

I - La frase que falta

Federico mira con estupor. ¡No, no! Federico está sorprendido. ¡No, tampoco!. Los ojos de Federico se abren en un gesto de sorpresa. No, no me gusta. ¿Por qué siempre que vengo escribiendo fluido me trabo en una frase?
¿Qué es ese olor? ¿Pedro se habrá olvidado de sacar la basura?. ¡Uh! ¡En el palier es más fuerte! ¡Ya está la chismosa de Doña Sofía mirando! ¡No hay movimiento del edificio que se le escape!
La saludo y le pregunto si ella también sintió el olor, aún cuando la respuesta es evidente porque está tapándose la boca y la nariz con un pañuelo. Me lo confirma  y además le parece insoportable.
Le comento que salí para ver si Pedro se había olvidado de sacar la basura. Me responde que no puede ser porque ella lo vio sacarla anoche.
¿Qué puede pasar que vos no sepas? Si vivís prendida a la mirilla de la puerta, digo para mis adentros.
Señala el departamento del fondo. Cree que viene de allí, del gitano, como ella le dice.
Le pido si puede avisarle al encargado, para sacármela de encima, y se va. Me acerco a la puerta del departamento de contrafrente y allí el olor es más fuerte todavía. Creo que lo del pañuelo es una buena idea.
       Llega Pedro con cara de dormido. Detrás lo sigue Doña Sofía. Pedro me dice que no tiene llave de ese departamento. Sería una buena idea llamar a la policía. Marco el 911 y hago la denuncia. 
     Bajamos todos a la calle a esperar al patrullero. Cuando llega el oficial a cargo nos pregunta cuál era el problema. Después de mi explicación nos informa que necesita una orden de la fiscalía para forzar la puerta. Vuelve al patrullero y lo vemos hablar por radio. Unos minutos después nos informa que están consiguiendo la orden y que le van a avisar. Cuando le llega la autorización, subimos al primer piso y el oficial con un agente que lo acompaña proceden a romper la cerradura. Nos piden que nos quedemos alejados. Cuando logran ingresar al departamento encuentran el cadáver del gitano, como le dice Doña Sofía, en un charco de sangre, sobre el sillón, con un balazo en la frente y en avanzado estado de descomposición. No me permiten verlo ni ingresar al departamento.
      El rostro de Federico refleja la sorpresa que le hubiera producido un balazo en la frente. ¡Esa es la frase!

II - Mirilla tiempo completo

¡Mamma mía! ¡Qué olor a podrido! Alguien tiró un perro muerto en el palier. Por la mirilla no se ve nada. ¡Uf! ¡Al abrir la puerta es peor! Hasta me pican los ojos. Voy a poner perfume en el pañuelo. ¡Ah! ¡Ahora sí! Por lo menos respiro el perfume. Ahí salió el barbudo. ¡Es un boludo éste! No sé de qué vive. Nunca va a trabajar. Dice el encargado que trabaja en la casa, escribiendo libros o algo así. ¿Se puede vivir de escribir? Si trabajara para un diario o una revista por lo menos cobraría un sueldo. Pero… ¿libros? Para ganar plata hay que esperar que se vendan. Bueno, por lo menos las expensas las paga.  ¿No venderá otra cosa éste? Me pregunta si sentí el olor. ¿No dije que era un boludo? ¿No me ve con el pañuelo en la boca? ¿O creerá que estoy resfriada? Dice que salió a ver si era la basura. ¡Si Pedro retira la basura todas las noches, menos los sábados que el basurero no pasa! Yo siempre lo controlo. Como decía un viejo político, “la gente es buena pero si se la controla, es mejor”. Le digo que el olor viene del departamento del gitano. No le cuento que hace tres días que no lo veo porque va a pensar que estoy espiando. En realidad, la última vez que lo vi fue cuando le abrió la puerta a la mujer del carnicero del quinto piso cuando éste había viajado a visitar a su madre en Olavarría. ¿Fue el martes? ¿O el lunes? Es igual, son tres o cuatro días. Me pide que lo busque al encargado. Le voy a interrumpir la siesta, pero esto no se aguanta más. Tengo que golpearle varias veces. A esta hora nunca da bola por más que se esté incendiando el edificio. Voy a insistir hasta que me atienda. ¡Por fin! Tuve que gritarle además de golpear la puerta. El aliento a vino que tiene justifica por qué tardó tanto en despertarse. Pero bueno, su trabajo lo hace bien. Está todo limpito. Le cuento y me dice que no puede hacer nada porque no tiene llave del departamento. El escritor llama a la policía. Me voy abajo para ver que van a hacer cuando llegue el patrullero. Detrás de mí bajan Pedro y el escritor. Cuando llega la policía habla con los hombres. ¡Qué machistas que son! Subimos pero no me dejan acercar, así que mejor me quedo en la puerta de mi departamento. Al final, no era un perro muerto, pero el gitano no era mejor que eso.

III - La siesta es sagrada

¿Quién carajo está golpeando la puerta? ¡Son las tres de la tarde! ¡Qué ganas de joder! ¿Y si me hago el boludo? ¡Uh! ¡Es Sofía! ¡Como grita! Mejor me levanto porque no va a parar. ¿Qué sale olor a podrido del departamento del primero contrafrente? ¿Y qué quiere que haga? ¿Qué le ponga desodorante? No, no tengo la llave para entrar. El gitano no confía en nadie. ¿Qué me va a dejar una llave? ¿Quién le dijo que me llame? Ah, el barbeta. Ahora bajo. ¡Ahora quiere llamar a la policía! ¿Y por qué no la llamó antes? ¿Para qué me necesitaba a mí? ¡Qué ganas de joder! Pero bueno, ahora me tengo que quedar. Aunque sea para hacer rostro. Voy a poner cara de preocupado aunque a mí, todo esto, me importa un carajo. Además, a esta hora nadie del edificio me ve que me estoy ocupando. No como en las mañanas, cuando todos se van a trabajar que dejo que me vean lustrando los bronces de la puerta de entrada y limpiando los blindex. O por las tardes cuando regresan, bien paradito, con el uniforme, en el hall de entrada. Bueno, por lo menos está Sofía. Ella se va a encargar de contarle a todo el mundo que yo estuve presente.
La policía no deja que nos acerquemos así que mejor me voy a seguir con mi siesta. Ya me contarán como termina.

IV - Comando radioeléctrico

La tarde viene tranquila. Llevamos casi la mitad del servicio sin novedad por lo que le indico al chofer que se dirija a la estación de servicio de Avellaneda y Fray Cayetano para tomar algo en la cafetería. Nos faltan dos cuadras para llegar y la radio emite su fatídico: “Atención móvil 345 llamado de emergencia”. Respondo con el clásico: “Aquí móvil 345 indique coordenadas”. “Bogotá 2381, entre Fray Cayetano y Caracas. Vecinos reportan mal olor que sale de un departamento”. “QSL, en diez minutos estamos allí” No es urgente así que vamos primero por nuestro café. Cuando llegamos al objetivo hay dos masculinos y una femenina en la puerta. Me confirman la denuncia por lo que llamo a la comisaría para que gestionen la autorización de la fiscalía de turno para forzar la puerta. Me quedo en el móvil hasta que llega la autorización. Subimos al primer piso, el sargento y yo, con dos de los vecinos, el otro masculino, encargado del edificio, se retiró. Les pido que se queden a distancia por lo que la femenina se dirige a su departamento del primer piso al frente. El vecino del departamento interno se queda en el palier, y el sargento con una barreta fuerza la cerradura de la puerta de la unidad contrafrente, identificada con la letra C. Ingresamos al living encontrando el cuerpo de un masculino, en avanzado estado de descomposición, causante del olor denunciado, recostado en un sillón sobre un gran charco de sangre y con un impacto de bala en el hueso frontal con posible orificio de salida por el occipital. Procedemos a cercar la zona y comunicar el hallazgo a la comisaría para que den parte a la fiscalía y a Policía Científica. Dejo al sargento de consigna hasta que lleguen las instrucciones de la fiscalía y del juzgado de turno y me dirijo a la comisaría para redactar el informe de lo actuado.

V – El último que se entera

¿Por qué me citó a mí el fiscal si casi no lo conocía al fulano ese? ¿Habrán citado a otros vecinos también? Me lo habré cruzado una o dos veces en los últimos dos años, porque nunca usa el ascensor. Tampoco va a las reuniones de consorcio. Igual, tiene, o tenía, algo que no me gustaba. No sé que es, pero no lo tragué nunca. La verdad, no lamento en absoluto lo que le pasó. Claro, a la justicia no se lo dije para que no pensaran nada raro. ¡Y me preguntaron si yo tenía llave de su departamento! ¿Para qué mierda iba yo a tener la llave de su departamento? No me enteré hasta la noche, al volver de la carnicería, que lo habían boleteado. ¡El tipo me miró con una cara! Insistía en saber si había discutido con él alguna vez. ¿De qué iba a discutir si no teníamos trato en absoluto? Al final me dijo que podía irme y si tenía algo más para declarar lo llamara.
Por lo que me contó el portero, andaba en la mafia de los autos. Le decían el Gitano, no sé si era sólo un apodo. ¡Debió ser un ajuste de cuentas!
La que quedó muy conmocionada fue mi mujer. Se ve que se impresiona con estas cosas. ¡Claro! ¡Siempre viendo novelitas rosas! Cuando quiero ver una película de acción me dice que vaya sólo al cine, así la disfruto tranquilo y ella no se pone nerviosa. Y si es en la tele, se va al dormitorio a chatear con sus amigas.

VI – Y el mundo sigue andando

¡No puedo parar de llorar! ¡Tengo una angustia que me oprime el corazón como si me lo apretaran con una pinza! Tengo en “repeat” en mi teléfono Sus ojos se cerraron, en la voz de Gardel. No sé si me alivia o me hace peor, pero no puedo dejar de escucharlo. “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando, su boca que era mía ya no me besa mas…”
Menos mal que mi marido está todo el día afuera. Trato como puedo de recomponerme a la noche cuando llega del negocio. No sé cómo voy a seguir viviendo sin sus besos, sus caricias, sus brazos apretándome, haciéndome vibrar como nadie pudo hacerlo. ¡Y mañana me llamaron a declarar en la fiscalía!
¡Nunca quise a nadie como a él! Y sé que nunca volveré a querer a nadie así. Cuando me casé era tan jovencita que ni sabía qué era el amor. Jorge era un buen muchacho, trabajador. Era aprendiz en la carnicería del barrio. Me gustaba y pensé que eso era amor. Y después pasaron muchos años en que la vida se fue transformando en rutina. ¡Hasta que el Gitano se mudó al edificio! Al principio era muy correcto, pero muy galante. Siempre me decía cosas lindas. Yo le respondía con una sonrisa y un “gracias”. ¡A los cuarenta años empecé a sentir mariposas en el estómago cuando lo veía venir! Hasta que un día, como él no usaba el ascensor, por vivir en el primer piso, bajé por la escalera a la hora en que salía y esperé en el segundo piso hasta escuchar cerrar su puerta. Entonces bajé y nos encontramos en la escalera. Nos miramos y sin decir palabra me dio un beso que me partió la boca.
A partir de ahí nos veíamos en su departamento cuando mi marido viajaba para comprar reses o cuando se iba de pesca con sus amigos. Después ya no podíamos esperar a que esto sucediera y empezamos a vernos casi todos los días. ¡Como esperaba el momento de encontrarnos!
Pero la semana pasada me dijo que debíamos hablar. Bajé intrigada y lo encontré muy serio. Me contó como su comunidad acostumbraba a arreglar los casamientos entre las familias. Por eso debíamos dejar de vernos, se iba a casar. Muy enojada, argumenté que yo era casada y eso no había impedido que hiciéramos el amor. ¿Qué le impedía a él hacer lo mismo?

Se quedó callado, bajó la cabeza y me dijo que él no iba a engañar a su esposa. ¡No me dejó opción! Abrí el cajón de la cómoda donde guardaba el chocolate que siempre comíamos después, tomé el revólver que había visto allí antes. ¡Si nos vas a ser mio!, le dije…¡Y lo maté!

Osvaldo Villalba
15/03/2016

(Nota del Autor : 
Raymond Queneau (1903-1976), francés, cuenta que por 1930 asistió a un concierto, El Arte de la Fuga, sobre variaciones de una obra de Bach. Esto lo inspiró, entre 1942 y 1949, a escribir Ejercicios de Estilo, donde un tema nimio, tomado como ejemplo, es relatado por 99 personajes diferentes para mostrar, justamente, sus diferentes estilos. En ese trabajo está inspirado este relato)