Carnada


No tengo que esconder mis temores. Pero lo que no puedo permitir es que mi miedo me paralice.Paulo Freire


I
Hace tanto frío que mis pies están entumecidos. Sin embargo siento mis palmas mojadas. Al tal punto que la Browning casi se me resbala. La apoyo un momento sobre mis piernas y me seco las manos pasándolas por el buzo. Vuelvo a empuñarla, ahora sí la siento firme.
Los nervios me hacen transpirar. ¿Nervios? ¡No! ¿Por qué engañarme? El dolor que siento en el estomago se parece más al miedo. ¿Y si es, qué? Recuerdo haber leído alguna vez: El miedo hizo que el hombre sobreviviera a circunstancias adversas. Lo importante es que no lo paralice, sino piense como canalizarlo. Sí, claro, la teoría es perfecta, pero acá y ahora, el temor se cuela por todos mis poros.
Miro la hora. Son las 2 de la madrugada.  El viento sacude las ramas de los árboles con violencia.  Me tiro de panza en el pasto y me arrastro hasta los arbustos. ¡Ahí están! Los escucho gritar. Como a 500 metros se ve el resplandor de las linternas. ¡Ya salieron a buscarme!
¿Cómo carajo me metí en este quilombo?


II
Fue un jueves, tres semanas atrás. Los jueves es el día que mi mujer hace polisomnografías y trabaja toda la noche.  Además mi hijo tenía guardia en el hospital, por lo que me tocaba cenar sólo. Como no tenía apuro me quedé más tarde que de costumbre en el trabajo. Pasé algunas canciones desde la PC de mi oficina a mi MP4 para después, en casa,  bajarlas a mi notebook. Cuando cerré la puerta de ingreso a la administración y me paré en el descanso de la escalera, frente a la playa de estacionamiento del Club House, la niebla cubría toda la cancha de golf que se extiende al frente. Las columnas de alumbrado de la calle perimetral que lleva a la entrada del country se veían con una aureola circular alrededor de las luminarias y me recordaron las representaciones de los santos en los cuadros religiosos. Comencé a bajar. En el primer piso la puerta de la cocina del restaurante estaba cerrada. Seguramente el equipo de fútbol de veteranos no vendría a entrenar, dadas las condiciones del tiempo. Cuando lo hacen, a esa hora ya están preparando la cena para ellos. Mi auto era el único que quedaba en el estacionamiento. Encendí el motor y le pasé el secador a los vidrios que estaban empañados por la humedad. Salí despacio, cumpliendo con la norma de velocidad máxima 10 km/h. En el trayecto el único movimiento lo aportaban las lechucitas que cazan de noche. Son pocos los residentes permanentes y están, en su mayoría, del otro lado. Avancé por la calle hasta la salida, casi 400 m, con casas cerradas y a oscuras sobre mi derecha y el campo de golf sobre mi izquierda. En la salida, bromeé con los vigiladores de la noche, como siempre, por la hora en que salía — que no hay que trabajar tanto, que los excesos siempre son malos — y otras tonterías, y no tanto, como esas.
Me abrieron el portón automático y enfilé por la calle que sale a la ruta. Es un trayecto de 3 km, con barrios privados a los dos lados Las luminarias de la calle también se veían con aureolas. Al tomar velocidad, la niebla, iluminada por los faros, se desgajaba como una nube en el viento y a medida que me acercaba a la ruta, se hacía más tenue. En los últimos 400 m está la zona urbanizada, con algunas casas y comercios que, por lo avanzado de la hora, ya estaban cerrados. Una vez en la ruta, la niebla casi había desaparecido. Había poco tránsito, y la mayoría doblaba por la avenida que va hacia el pueblo. Yo tenía que seguir 1 km más hasta la rotonda que sube a la autopista. Es bueno hacer el trayecto al revés del tránsito, venir a trabajar a la mañana, cuando todo el mundo va para Capital, y regresar cuando la gente que trabaja en Capital colapsa los accesos regresando a provincia. Por eso estoy acostumbrado a andar rápido, porque el tránsito es muy fluido. Pero esa noche me extrañó no encontrar ni un auto siquiera al entrar en la autopista. A dos km, más o menos, está la primera casilla de peaje. Los empleados de la cabina y el efectivo de gendarmería que custodia, le estaban dando duro al mate. Una vez traspasada la barrera y luego de la curva que empalma con la vía que viene de Cañuelas hay un trayecto de 5 o 6 km que es una recta, tramo que es conocido como Jorge Newbery, y que desemboca en la Avenida Riccieri. Como no se veía a nadie, pisé el acelerador y me mandé. Igual nunca le doy mas de 120 km/h, pero como acostumbro a andar entre 80 y 100, par mí, eso era rápido.
Venía escuchando al Polaco en la radio y, cuando faltaba poco para llegar a Riccieri, vi por el espejo unos faros potentísimos que se acercaban vertiginosamente. En pocos segundos me pasó como un poste. Era una camioneta negra, 4x4, no alcancé a ver que marca, pero debería ir a mas de 150 km/h.
¡Que loco! Pensé. Todavía no había terminado de salir de la Jorge Newbery cuando me pasó una moto con dos personas, que parecían ir más rápido que la camioneta todavía. La moto era similar a esas que se ven en las carreras. Bueno, pensé, es el día de los locos. ¡Vayan tranquilos muchachos! Y levanté el pie del acelerador, haciendo el rebaje para entrar en la Riccieri. Allí la autopista es una recta que llega hasta la General Paz. Había recorrido los primeros 500 m y veía a lo lejos los faros traseros de la camioneta y de la moto, que ya me habían sacado una considerable ventaja. Me estaba preguntando cual era la necesidad de ir a esa velocidad, cuando me sorprendieron cuatro fogonazos y observé como las luces de la camioneta se salían del camino y desaparecían de mi campo visual, al tiempo que la luz de la moto se alejaba. Inmediatamente, y sin saber porque lo hacía, apague las luces del auto y lo tiré a la banquina, estacionando el auto entre unos árboles. Si era lo que me parecía que era, debía pensar bien lo que iba a hacer. No pasaba ningún vehículo por la mano que circulaba, pero seguramente los coches que venían de Capital debían haber visto algo. Sin embargo no se observaban luces de autos detenidos y el transito seguía normal por la vía de enfrente.
Tal vez me estaba imaginando cosas. Me acordé del personaje de Alterio en Caballos Salvajes: “¡vos ves mucho cine pibe!”
Encendí el motor y salí despacio. Prendí las luces al ingresar a la autopista. A medida que me acercaba al lugar, sentía que mi corazón latía más y más rápido. No estaba seguro de lo que iba a hacer cuando llegara al lugar en el cual, estimaba, había sucedido todo. De repente vi en el piso las marcas de unas cubiertas que iban hacia el pasto. El corazón me dio un salto y detuve el auto. Miré hacia la banquina y, sobre el pasto húmedo, se veían marcas de neumáticos, hasta donde alcanzaba la luz de la autopista, en dirección al alambrado que, si bien entonces no se veía, yo sabía que estaba como a veinte metros. ¡Pero ni rastros de la camioneta! Mi mente se debatía entre la curiosidad y la prudencia (léase miedo). Un poco mas adelante, iluminados por mis faros, podía ver dos cosas brillantes sobre el pavimento. Miré por el espejo y como no venía ningún vehículo avancé con el auto hasta llegar donde estaban, deteniéndolo de manera que mi puerta quedara a la derecha de los objetos. La abrí, los tomé y cerré la puerta. Ahora no tenía dudas, eran dos vainas vacías, de un arma larga, tal vez un fusil de los automáticos. El olor a pólvora me quedó en la mano. Puse primera y me alejé lo más rápido que pude. Todo el viaje miraba atrás para ver si alguien me seguía.
Cuando llegué a casa, escondí las vainas entre los cachivaches que hay en mi cochera y  luego, dentro del departamento prendí la tele para ver el noticiero. Pasé de un canal a otro, buscando las diferentes opciones, para ver si alguno decía algo.
¡Ni una palabra! Si no fuera porque lo que tenía en la cochera, podría pensar que lo imaginé todo.
Igual decidí no contar nada a nadie, ni siquiera a Mabel, mi mujer. ¿Para qué iba a preocuparla con algo que ni siquiera sabía de que se trataba?
Me calenté la comida que estaba en el microondas. Mabel se va a trabajar pero siempre me deja algo preparado para mí, sobre todo cuando sabe que estoy sólo. Comí mientras continuaba con el zapping por los diferentes noticieros, sin ningún resultado.
Finalmente me fui a dormir, pero me costó conciliar el sueño, cosa poco frecuente en mí. Daba vueltas en la cama y no me podía sacar de la cabeza la escena.

 III
¡Tengo que hacer algo pronto o van a terminar por encontrarme! Tiro la corredera hacia atrás y confirmo que la recámara tiene el proyectil. Saco el seguro. ¿Cuánto hace que no disparo una de estas? Casi 44 años, cuando era “coreano”, como nos llamaban a los colimbas que hicimos el servicio militar en la Federal. ¡Espero que mi pulso sea por lo menos un 70% del que tenía en esa época! Me arrastro hasta la vera del arroyo. El pasto está muy mojado La humedad y el frío me llegan hasta médula  ¿Será muy hondo para cruzarlo? Siempre es preferible a que me encuentren. Me deslizo como un tobogán hasta que las zapatillas se hunden en el agua. ¡Que olor a podrido! Me paro y camino despacio. El agua me llega hasta la rodilla. El fondo está blando y resbaloso. Estoy llegando casi al medio y el agua todavía no me llega a la cintura. Las linternas se están acercando al lugar donde estaba hace un rato, pero si logro llegar a la otra orilla y ocultarme antes que lleguen, van a pasar de largo. ¡Uh, la puta! ¡Un pozo! El agua me llegó al pecho. ¡Que frío carajo! Ya salgo del pozo, otra vez el agua en la cintura. ¡Vamos que sólo faltan unos metros! Ya estoy saliendo. Hay unos arbustos subiendo la barranca. Me tiemblan hasta las pestañas. ¡El frío es insoportable! ¡Y el miedo también suma! Si zafo de ellos, me va a matar la pulmonía.

IV
Los días siguientes pasaba despacio por el lugar. No se que pensaba encontrar, pero igual buscaba alguna explicación. En las noticias no había aparecido nada. Cuando volvía a casa, me fijaba en el garaje, si estaban las vainas, única prueba de que no había tenido una alucinación.
Había pasado una semana, y ya estaba otra vez inmerso en la rutina del trabajo.
Una mañana me llama el encargado de la guardia informando que el Inspector Ramírez de la Policía, preguntaba por mí.
—¿Vino con móvil?  —le pregunté.
—No, es un auto particular pero no es de los que vienen de la comisaría de Canning —me respondió.
—¿Retiraron ya este mes los vales de nafta? —le dije, pensando que se trataba de algún pedido de “colaboración”
—Sí, lo retiraron la semana pasada —me confirmó
—Bueno, que pase.
Al rato me estaba golpeando la puerta de la oficina. Abrí y lo hice pasar. Me tendió la mano y su apretón fue firme, como debe ser – no soporto los que te dan la mano y parece que agarraras un pescado —; luego se presentó:
—Inspector Alberto Ramírez de la DDI de Lomas de Zamora, ¿El señor… —leyó en un papelito que traía en la mano— Edgardo Céspedes?
—El mismo —le respondí— ¿en que lo puedo ayudar?
Miró hacia la oficina contigua, donde Oscar tecleaba en su pc, y preguntó:
—¿Podemos hablar en otro lugar?
¡Uh!, pensé, seguro no quiere testigos de lo que me va a mangar.
—Sí, vamos afuera.
Salimos al pasillo, bajamos la escalera, y caminamos hasta el centro de la playa de estacionamiento.
—¿Está bien acá? —pregunté. Estábamos solos en medio de la playa. En las cocheras del medio estaban estacionados los tres autos de administración, los de dos de los empleados y el mío. En la primera fila de cocheras, al lado de la pileta de niños, había un automóvil que no conocía. Seguro es el de Ramírez, pensé.
—Sí, está ok —me dijo— ¿Su auto es un Gol cuya patente empieza con C y termina en 135, color azul? —preguntó.
Desde el ángulo que estábamos no se podía ver la patente, pero el dato era correcto. A lo mejor se había fijado antes de subir.
—Efectivamente, es ese —le dije señalándolo—. ¿Cometí alguna infracción? —pregunté
—No, ¿te puedo tutear?
—Sí, claro —le dije cada vez mas intrigado.
—Mirá, vamos a hacerla corta. El jueves pasado te fuiste como a las 21.30 ¿no?
¡El corazón me dio un salto! Con el tono más tranquilo que pude sacar, le respondí:
—La verdad no me acuerdo, siempre me voy tarde…
—Tratá de hacer memoria, es muy importante. Necesito que me digas que viste esa noche en la Riccieri.
Ahora sabía porqué venía, pero… ¡ni loco le iba a soltar nada!
—¿Qué se yo? —le dije—, lo que veo todos los días, camiones, autos, nada especial.
Sonrió y poniendo un tono “comprensivo” me dijo:
— Yo se que esto es difícil y que preferirías no involucrarte, pero la verdad es que ya estás involucrado.
Me quedé mirándolo sin pestañear siquiera, y tratando que no se notara que sentía un nudo en el estómago.
—Pasaste a las 21.45 por el primer peaje —continuó— y tres minutos después pasó una camioneta en la que viajaban dos oficiales de la DDI de Lomas, que unos minutos después les habían volado la cabeza. Alguien se llevó la camioneta con los cuerpos y recién la encontramos al día siguiente en un descampado detrás de una fábrica abandonada sobre el Camino de Cintura.
—¿Porqué me contás eso? No leí nada sobre esa noticia —dije, tratando de mantener mi postura de “yo no vi nada”.
—Es porque no informamos a la prensa —me aclaró— Los agentes estaban detrás de un caso de corrupción en la fuerza y estaban por hacer contacto con alguien del grupo, pero parece que se filtró alguna información y… —dejó la frase en el aire.
Mi mente trabajaba a mil, pensando que tenía que decir para mantenerme al margen de ese quilombo. ¿Por qué había dicho que yo ya estaba involucrado?
— ¿Y yo que tengo que ver con todo eso? —me jugué.
—Nosotros determinamos, con las cámaras del peaje que el automóvil que pasó antes fue el tuyo, y no pasó otro hasta 15 minutos después. De modo que el que pudo ver algo tuviste que ser vos. Y, no te quiero asustar —agregó— pero como te encontramos nosotros, te pueden encontrar ellos, ya que seguramente pueden tener acceso al mismo tipo de información. Por eso, por tu seguridad, queríamos contactarte antes. Es gente muy peligrosa.
¡Mierda! Si no quería asustarme, pensé, lo disimulaba muy bien, porque ahora sí que estaba asustado de verdad. ¿Qué hago? ¿Le cuento?, pensé. ¡Y sí! Tenían todos los datos. ¡Me tenían escrachado!
—Y suponiendo que hubiera visto algo. ¿Qué protección tendría?  —le pregunté.
—Te voy a poner un móvil que te acompañe.
—¿Por cuánto tiempo? ¿Hasta que me tomen declaración? Y después ¿Qué? ¿Y los fines de semana? ¿Y con mi familia? —A medida que le hacía las preguntas me iba dando cuenta que no podrían protegerme indefinidamente. En cambio si no hablaba, tal vez los otros también lo supieran y entonces no representaría un peligro para ellos.
Mejor me mantenía en la posición de “no vi nada” como al principio.
—Menos mal que no vi nada, así que no hace falta nada —le dije— Bueno, Ramírez, tengo que volver a mi laburo.
—Está bien —me dijo con un dejo de resignación. Sacó una tarjeta del bolsillo interior de su saco y me la tendió.
—Aquí está mi teléfono y el id de mi radio. Cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarme.
Nos dimos la mano y se dirigió al auto estacionado junto a la pileta chica.
Mientras lo veía irse pensé que estaba en el horno.
Cuando llegué a la oficina, Oscar me preguntó a que había venido.
—Lo de siempre —le dije— una colaboración para la compra de un móvil.

V
Llegué a los arbustos y ya estoy cuerpo a tierra. Al otro lado del arroyo, las linternas ya llegaron al lugar desde donde crucé. Serán unos 50 metros. Mejor me alejo del arroyo. Por los arbusto no veo que hay detrás, pero cualquier cosa con tal de distanciarme de las linternas. Piso despacio para no hacer ningún ruido que los alerte. Mientras mas tarde se den cuenta que crucé el arroyo, mejor. ¡Ah! Ahora se ve, adelante, como a 100 metros, una hilera de árboles muy altos. Eso implica, en general, un camino de entrada. Lo mejor será comprobarlo. La ropa mojada me pesa y el frío me está matando. Miro atrás y las luces pasaron de largo. Me parece que zafé.

VI
Esa tarde, la del día que vino el policía, me fui temprano porque tenía que pasar por una escribanía a firmar una nota. Cuando crucé el portón de salida vi que en la banquina de la vereda de enfrente, la del country vecino, estaba parado un móvil policial. En cuanto salí a la calle y aceleré observé por el espejo retrovisor que el móvil se ponía en marcha y venia tras mío. Este tipo no se da por vencido, pensé, y bueno, vamos a ver hasta donde llega.
El auto me siguió hasta la General Paz. Cuando entré en la Dellepiane, vi que salía hacia el lado de Puente la Noria. Los días siguientes se repitió la operación, y siempre me dejaba al cruzar la General Paz.
Igual, cada vez que veía venir una moto por el espejo izquierdo o el retrovisor, un frío me recorría la espina dorsal y el corazón me galopaba en el pecho. Si vienen por mí, pensaba, que podrá hacer el móvil que me sigue. Hasta que la moto me pasaba y se alejaba casi no respiraba.
Esto se repitió hasta la tarde de ayer…
Me extrañó no ver el móvil al salir. Bueno, pensé, se cansó. ¿O habrán liberado la zona? Este último pensamiento me produjo un cosquilleo en el estómago. Una vez en la calle  aceleré. Cuando llegué a la ruta entré sin parar ya que no había tránsito. A 50 mt más o menos, había un móvil cruzado en la banquina y un control policial con caballetes.
Ah! Por eso no estaba el móvil, pensé, estaban acá. El poli me hizo seña con la mano para que me detuviera al costado de la ruta. Se acercó a la ventanilla de mi lado, Me saludó con un rápido movimiento de su mano hacia la gorra, y me dijo:
—Buenas tardes, por favor registro, cédula verde y seguro del automotor.
—Buenas tardes —respondí, y me puse a buscar lo que me pedía. Le di los carnets y me quedé esperando. El poli se alejó con los documentos hacia el móvil donde estaba su compañero, y pude ver que se los mostraba. Conversaban pero estaban muy lejos como para que yo pudiera escuchar. Luego volvió hacia el auto, y me dijo:
—El Inspector quiere hablar un momento con Ud, ¿Me acompaña por favor?
Ya me empezaba a hinchar las pelotas, pero ¿qué podía hacer? Paré el motor, saqué la llave y me la guardé en el bolsillo. Caminé hacia el patrullero. El poli me seguía unos pasos atrás. El que decía ser el Inspector había abierto la puerta trasera del móvil y revolvía unos papeles sobre el asiento trasero de la camioneta doble cabina. Cuando llegué junto a él, se enderezó y me tendió la mano. Confiado se la estreché… ¡Y todo sucedió tan rápido! Pegó un tirón de mi mano hacia el móvil al tiempo que el otro me empujaba por la espalda dentro de la cabina. Me tiraron sobre el asiento y escuché que cerraban la puerta con un golpe. El poli se sentó sobre mi espalda y me puso el antebrazo sobre el cuello, apretándome la cara contra el asiento. Me faltaba el aire, aunque era más por el susto que por la presión del brazo.
—Pará, —le dije— debe haber algún error, el Comisario de la 4ta. de Canning me conoce
—¡Callate! —me gritó mientras me daba un sopapo en la nuca—. Ya sé quien sos, quedate quieto y tranquilo y no va a pasar nada. Dame la llave de tu auto —dijo mientras me apretaba el cuello.
Carajo, pensé, este no está jodiendo. Y sentí como se me hacía un nudo en el estómago.
—¡Aflojá! —le grité tratando de no demostrar el miedo que sentía—. La tengo en el bolsillo del jean. Y así no puedo sacarla.
Se levantó un poco dejándole movilidad a mi brazo izquierdo que había quedado colgando al costado del asiento y apretado por su pierna, mientras me mantenía contra el asiento apretándome por el cuello de mi buzo.
—Sacala con cuidado —me dijo— ¡No hagas nada raro!
—¡Que carajo querés que haga! —le dije— ¡Si apenas me puedo mover! —Metí la mano que tenía libre, justamente la izquierda, ya que la derecha estaba bajo mi panza, en el bolsillo delantero del jean, saqué la llave y se la alcancé.
—¡Ahí va! —le gritó a alguien— ¡Llevatelo! —por lo que pensé que se la había tirado a ese alguien a través de la ventanilla. Escuché el golpe de la puerta delantera cerrándose y el coche que se ponía en marcha.
—¡Rápido vámonos! —le dijo al que estaba al volante. El móvil salió disparado mientras el tipo se volvía a sentar sobre mi espalda.

VII
Ya estoy entre los eucaliptos. En medio de la hilera el barro seco marca dos huellas profundas. ¿Dónde llevará el camino? ¿Me alejaré o me voy a meter en la boca del lobo? Bueno ya estoy jugado. ¡Esta noche he pasado por cosas que nunca imaginé que me podía pasar! Camino pegado a la hilera de árboles. Las linternas a mis espaldas parecen estar elevadas del suelo. ¡Carajo! ¿Habrá un puente sobre el arroyo? ¡Parece que están pasando para este lado! ¡Hijos de puta! No me los puedo sacar de encima. A ver si las piernas me responden para correr un poco… ¡Uff! ¡Creo que no corrí ni veinte metros y los pulmones se me salen por los ojos! ¿Y si me quedo y los enfrento? ¡No boludo! ¡Te van a matar! ¡Mientras pueda seguir escapando tengo chance!
Se terminan los árboles ¿Qué habrá más allá? Veamos... Una carrerita mas… ¡Una tranquera! ¡Y está con cadena y candado! Bueno…La salto. ¡Uff! ¡La ropa mojada me pesa un montón! ¡Bah! ¡Lo que me pesa es la buzarda! Hay un camino de tierra… El arroyo queda… a la derecha ¡Para el otro lado entonces!
Enfrente hay otro alambrado. ¿Sigo por el camino o me meto en el otro campo? ¡Por el camino quedo más expuesto! ¡Mejor intento meterme por el alambrado!
¡Uhh! Tiene dos hileras de alambre de púa. ¡Mejor sigo por el camino! Voy a ir pegado al alambrado que hay arbustos. ¡Las linternas están llegando a los eucaliptos! ¡A correr otro poco! … ¡Uff! ¡No doy mas! ¡Carajo! ¡Aparecieron faros adelante por el camino! ¡Ahora quedé en el medio!


VIII
Con el gordo sentado sobre mi espalda estaba realmente asustado. Era evidente que no se habían equivocado y que me llevaran de esta forma no era para “averiguación de antecedentes” precisamente. Tenía que intentar escapar, pero no se me ocurría como hacerlo.
Después de varios minutos de viaje – no estaba en condiciones de calcular cuantos – el móvil comenzó a traquetear como si el camino fuera de tierra o mejorado.
—Me duele la espalda —le dije. Sin decir nada se paró y me gritó— Sentate y quedate quieto! —al tiempo que me levantaba el buzo tapándome la cabeza.
—Poné las manos juntas sobre tus piernas! —ordenó. Sentí que me colocaba unas esposas.
El auto siguió saltando en los desniveles del camino no se por cuanto tiempo, ya había perdido la noción. Me esforzaba en imaginar formas de zafar de la situación, pero todas las alternativas que se me ocurrían eran impracticables.
De pronto el móvil giró hacia la izquierda haciendo chirriar los neumáticos, y golpeándome contra la puerta trasera derecha, y se detuvo bruscamente. Escuché que se abría la otra puerta y al instante se abrió la de mi lado,
—Bajáte —me dijo agarrándome por un brazo y tirándome hacia fuera.
Me bajé despacio, estirando los pies hasta que sentí que tocaban el suelo y me paré agachado hacia delante para no golpearme la cabeza. El buzo me molestaba en la cara.
Me tomó de la ropa y me llevó empujando hasta que mi pie izquierdo tropezó con algo que parecía un escalón.
—Levantá el pie —seguía hablando en ese modo imperativo del que tiene la manija y no se le puede discutir. 
Hijo de puta, pensé, si tengo la oportunidad te voy a cagar a patadas.
Los escalones eran dos y entramos en un lugar con olor a humedad. Era el olor característico del cemento fresco que se siente en las obras en construcción.
—¡Sentate! —y me empujó sobre una cama o algo así que crujió con el  peso de mi humanidad. 
Sentí que abría las esposas y pegó un tirón que me hizo doler las muñecas, mientras me decía con el tono “amable” de siempre:
—¡Mejor que te quedes tranquilo si no querés que te cuelgue del techo por las patas!
—¡Andate a la mierda! —le grité, y me pegó un sopapo en la cabeza, que se amortiguó con el buzo que tenía arrollado.
Escuche que le decía al otro:
— Ya está, quedate con él que le voy a avisar al jefe que venga cuando quiera.
Luego escuché una puerta que se cerraba.
Me saqué el buzo de la cabeza y observé a mi alrededor. Estaba en penumbras, pero como mi vista ya estaba acostumbrada a la oscuridad, en seguida comencé a distinguir el entorno. Era una habitación grande, con una cama de una plaza en un rincón, donde yo estaba sentado, cubierta con una manta marrón bastante ordinaria. La ventana estaba sobre la pared de enfrente pero estaba cerrada y tenían unos postigones de madera por afuera, con agujeros que dejaban pasar rayos de luz. Al costado de la cama una mesa de luz de madera y sobre la pared de la derecha, donde estaba la puerta, había una cómoda de dos puertas y cajones en el medio. Todo muy rústico  No se veía nada más.
Me acosté sobre la cama y me quedé mirando el techo. Un montón de preguntas se me agolpaban en la mente. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué me tenían acá? Afuera escuchaba que hablaban, pero no entendía lo que decían. Pero por lo que había dicho el poli, alguien iba a venir, “el jefe” me pareció que dijo ¿Para qué? ¿Me van a interrogar? Se me hizo un nudo en el estómago. ¿Y después? ¿Me van a soltar? Seguro que no. ¿Cómo me van a dejar para que los acuse? Me parece que soy boleta. Pero a lo que más miedo le tengo es al dolor. Más que a la muerte creo. No sé cuanto tiempo había pasado, pero no me podía entregar así mansamente. Estaba jugado. Si quería zafar de la tortura, me tenía que escapar, concluí. Pero ¿Cómo? Tenía que pensar rápido. Me paré tratando de no hacer ruido y me acerqué a la ventana. Miré por los agujeros, la tarde se había transformado en noche y sólo se veía una luz que venía de lo que parecía el porche de la casa. Debía ser una bombita de 25 w porque la luz era muy tenue, y apenas iluminaba hasta el portón de entrada. Enfrente parecía todo campo. Los postigones estaban con cadena y candado por afuera. Me fui hasta la puerta, caminando despacio, y ahí  caí en la cuenta que ya no se oían las voces. Miré por el ojo de la cerradura. Se veía una mesa de madera con dos sillas, una botella de whisky barato, dos vasos y una gorra. En una de las sillas había una chaquetilla  Pero no se veían los polis ¿Sería la oportunidad de escapar? Uno se debe haber ido, pero el dueño de la gorra y la chaquetilla tenía que estar por ahí. Tanteé el picaporte y la puerta se abrió. Abrí despacio rogando que no chirriara, pero no, se abrió suavemente. Sobre la izquierda estaba la entrada a la cocina, ya que se veía la pileta y un pedazo de la mesada. Al lado había una puerta cerrada. Debía ser el baño. Se notaba luz prendida por debajo de la puerta. ¡Seguro que allí está el poli! A la derecha una puerta con una ventana al lado que seguro, era la salida. Sí. ¡Tenía que salir! Cerré la puerta de la habitación despacio. Tampoco hizo ruido. Caminé hacia la salida en puntas de pie y al pasar al lado de la silla que tenía la chaquetilla, vi el correaje y la cartuchera del poli. ¡Claro, no se iba a sentar en el inodoro con todo eso! Saqué la pistola, y me sentí más tranquilo. Si el tipo me descubría… ¡Yo tenía la ventaja!. Igual era mejor que no se diera cuenta. Caminé hacia la puerta y la abrí despacio. Por suerte tampoco hizo ruido. La cerré con suavidad, y me largué a correr lo más rápido que me dieron las piernas y mis kilos! Salté la verja que era chiquita y corrí para el campo de enfrente. Hacía mucho frío y estaba muy oscuro. Al rato mi vista se fue acostumbrando a la oscuridad. Pensé que sería mejor ir campo adentro que siguiendo el camino. Ya no podía correr. Traté de caminar rápido. No puedo calcular cuánto tiempo caminé, pero, mirando atrás, la casa ya no se veía, y tampoco ninguna luz alrededor. De repente apareció un declive en el terreno. Abajo pasaba un arroyo. Bajé despacio hasta que la pendiente se terminó. El suelo era blando, muy húmedo. Llegué hasta el borde del arroyo. Decidí  costearlo. Miré hacia ambos lados y elegí ir a la izquierda. Un rato después divisé un montecito y hacia allí fui. Cuando llegué me senté, recostado contra un árbol, a tratar de recobrar aliento. Hacía mucho frío y sin embargo las palmas de mis manos estaban transpirando…

IX
¡Ahora sí estoy jodido! Los autos son varios por la cantidad de faros que se ven. ¡Y vienen a mil! Bueno, aquí se acabó. Pensé en Mabel. ¡Debe estar desesperada que no llegué a casa anoche! Cuando me atraso un poco, y me pasa seguido, no piensa que me fui con una loca, como haría cualquier mujer, ella siempre piensa que me pasó un accidente. Igual en la cana no le van a tomar la denuncia. Ya debe estar llamando a los hospitales. ¡Ni se imagina en la que estoy metido! Mi hijo Alejandro es más tranquilo, tal vez ni se enteró que no llegué. Mis otros hijos más grandes, Javier, Damián y Valeria, y claro mis nietos Santi y Paula, hermosos, estarán en sus casas, con sus familias. Y de Hernán y mi primera nieta Micaela, ¡hace tanto que no sé de ellos!  Si Mabel no los llamó no deben saber nada. ¡Pero no! ¡Mabel debe haber llamado a todo el mundo! Me gustaría abrazarlos a todos ahora. Tener la posibilidad de despedirme, si éste es el final. Viene a mi memoria la carta de despedida del Che a sus hijos: “sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo”.
Me queda el consuelo que los míos son así, bien comprometidos, y si esta es la ocasión en que me van a cerrar la cuenta, me puedo dar por cumplido.
Me tiro en la zanja, que está seca, para quedar más cubierto. Los autos van a llegar primero que los que vienen con las linternas del otro lado, así que enfoco la pistola hacia allí, la martillo y apunto. Ya llegan… Son patrulleros. Pero… están pasando de largo, creo que no me vieron. ¡Zafé otra vez! Por lo menos hasta que se encuentren con los otros y vuelvan.
¿Qué hago? ¿Me meto por el alambrado? ¡Carajo! ¡Esos son tiros! ¡Y están tirando con armas automáticas! No entiendo nada. ¡Es un tiroteo de la gran puta! ¿Qué está pasando?
Ahí vuelven los autos. Mejor otra vez contra el suelo. Ya casi llegan. ¡Se pararon! Apunto…
—¡Céspedes! —se escucha por el altavoz del patrullero— Soy Ramírez, está todo bien. Ya terminó todo. Voy a bajar.
¿Será verdad? Se está abriendo la puerta del patrullero, y se baja alguien. Lo veo a la luz de los faros del coche que está un poco más atrás. ¡Sí, es Ramírez! Pero no está de traje sino de uniforme. Bajo el percutor de la pistola y me paro. Está viniendo hacia mí.
—¿Estás bien? —me pregunta.
—¡Sí, claro! ¡Mojado, con frío y un cagazo bárbaro! ¿Cómo voy a estar? Me cuidaste un montón —le grité mientras sentía todo mi cuerpo temblar como si tuviera fiebre.
—Llegamos a tiempo, ya te estaban alcanzando —me dice— los limpiamos a todos.
—¿Quiénes eran? —pregunto
—El grupo de los que viste en la moto, ahora ya podes contarlo.
—¿Cómo sé que no hay más?
—Porque tenemos la lista, pero no teníamos pruebas.
—Pero puede haber algún capo por arriba, ¿no?
—Y…Eso no lo podemos descartar. Pero los que estábamos buscando cayeron todos. Si hay alguien más arriba, tendrá que armarse un nuevo grupo. Este se terminó.
—Igual en la puta vida voy a vivir tranquilo.
—No te preocupes, a los que podías incriminar, ya los bajamos. No sos peligroso para nadie. Los capos no laburan por revancha, esto es por “negocios”, Business dicen en las películas, ¿no?
—Bueno, mejor me lo creo —le alcanzo la pistola— llevame a mi casa.
—¿La hubieras disparado?
—Claro, ya estaba por dispararte a vos.
—Recuperamos tu auto —cambia de tema—, y le acabamos de avisar a tu mujer que estas bien.
—¡Puta que considerado! ¡Si hubieras hecho bien tu trabajo no hubiera hecho falta que te tomaras tantas molestias!
Se sonríe por primera vez, y mientras nos dirigimos al auto dice:
—Entiendo que estés enojado. Vamos a la DDI de Lomas, tu mujer va para allá en un móvil que enviamos a tu casa, y te lleva ropa seca.
Bueno, por lo menos Mabel ya debe estar tranquila. ¡O no! ¡Seguro que está pensando que estoy despanzurrado y no se lo quieren decir! Mientras el auto avanza, me va rondando por la cabeza todo lo que me pasó. No tengo ganas de seguir hablando. Los polis hablan boludeces entre ellos, pero ni los escucho.
Ya llegamos, y como casi todo en la bonaerense, es una incongruencia: la DDI (Delegación Departamental de Investigaciones) de Lomas de Zamora…¡está en Avellaneda!
Bajo del móvil y veo mi auto estacionado en un costado. ¡Y allí está Mabel! Los pies no me alcanzan para correr y abrazarla. Nos apretamos fuerte. Y por supuesto, escucho que está llorando. ¡Al fin un signo de normalidad en mi vida! ¡Ella siempre llora! Y yo también. ¡Como te amo!
Ramírez se acerca y escucho que me dice:
—No quisiera interrumpir, pero necesito que me firmes unos papeles. ¿Querés cambiarte primero?
Nos lleva a una habitación y nos deja solos. Mabel me toca para convencerse que soy yo y… ¡estoy vivo! Quiere que le cuente todo.
—En seguida mi amor, me quiero ir pronto de acá y te cuento todo, tengo para escribir un cuento. Andá, sentate en el auto, que termino en un toque y nos vamos a casa.
Ya cambiado, vuelvo a la oficina. Allí Ramírez le está dictando un informe a un escribiente. Me siento en la silla que está frente a la ventana. Ramírez camina mientras le dicta al pibe usando esa terminología rara que tiene la poli.
Miro por la ventana, ya está amaneciendo, ¡y el corazón me da un salto! ¡Saliendo de la oficina que está al otro lado del patio, camina tranquilamente el gordo que me había “levantado” ayer!
Salgo disparado de la oficina, llego hasta el poli, que estaba entrando a otra oficina, y con el impulso que traía le meto una mano, la zurda, que es la mejor, a la altura de sien.
El tipo, cae contra el marco de la puerta, se tambalea, al tiempo que grita, y cuando le estoy por dar una patada en las bolas, siento que me agarran de atrás.
—Pará, ¿Qué hacés? —me dice Ramírez
—Soltame, este es uno de ellos —le grito
—¡No! —me dice— ¡éste es mi mejor hombre!
Y ahí me cayó la ficha… De golpe todos los cubos se fueron acomodando. Y todas las cosas que me hacían ruido, tenían sentido…
La custodia, que justo ese día, no estaba. Lo fácil que fue escaparme de la casa.
Como me quedé quieto, Ramírez me soltó. El gordo se estaba levantando agarrándose la cara.
Me doy vuelta hacia Ramírez y lo agarro de la campera.
—¡Hijo de puta! ¡Me usaste de carnada! ¡Me podrían haber matado!
—Era necesario, pero teníamos todo bajo control, sabíamos dónde estabas, tenías un transmisor en la pistola
—¿Y si no la hubiera llevado?
—No te habríamos dejado escapar, pero estábamos seguros que aquel que alguna vez disparó una 9 mm, en un trance de peligro, y teniéndola servidita, no la dejaría pasar.
—¿Y cómo se enteraron ellos para buscarme?
—Dijimos por radio que eras un testigo protegido y que te habías escapado en esa zona.
—Sos de lo peor —lo suelto con un empujón, y me voy hacia mi auto donde me espera mi mujer.
—Esperá que no me firmaste el informe —me grita Ramírez
Subo al auto, le doy un beso a Mabel, pongo marcha atrás y doy la vuelta en U. Pongo la primera, y al pasar al lado de los polis les grito:
—Con el informe, podes hacer un conito, y te lo metes en el…
Justo Mabel prende la radio del auto y no se escuchó el final. Por lo menos me pude desquitar del gordo. ¡Que piña que le metí!

Osvaldo Villalba
Ago 2008 – Ene 2010
 I
     

Viajante

I – ENCUENTRO CASUAL



Nuestro destino nunca es un lugar
Sino una nueva manera de ver las cosas.
Henry Miller

Hace más de una hora que la tormenta se descarga con toda su furia. Las ráfagas de viento sacuden el auto como si algo lo golpeara de costado. El limpiaparabrisas, en su máxima velocidad, no alcanza a sacar toda el agua que cae, lo que dificulta más la visibilidad, agravado por el hecho de que, dentro de la cabina, aún con la calefacción prendida, los vidrios se empañan. No me gusta manejar con lluvia y menos si estoy en ruta. No me gusta manejar de noche, pero lamentablemente ya oscureció y a los dos costados todo se ve negro. Apenas con el reflejo del faro derecho sobre el agua acumulada en la banquina adivino el curso del camino. “Hay tantas cosas que no me gustan pero igual tengo que hacerlas”, pienso y me suena tan a frase hecha que sonrío, pensando que mi profesor del Rojas me diría que no hay que usarla en un relato. Limpio con el trapo rejilla los cristales pero es inútil, todo sigue viéndose borroso. No hay un puto lugar donde parar en esta ruta de mierda. Desde que salí de Bahía Blanca que no vi ni una estación de servicio para poder hacer un alto y esperar que escampe. Y los camiones siguen pasando como si estuvieran en una autopista de cinco carriles de una sola mano y no en una ruta de doble mano de un solo carril. Cada vez que me pasa uno desde atrás, o de frente por la mano contraria, tengo que apretar fuerte el volante para no irme al carajo por la forma en que se sacude el auto. Debe faltar poco para Tres Arroyos. Cuando llegue voy a entrar y pasaré la noche allí. Y por si todo esto fuera poco, no estoy viajando sólo.
Miro por el espejo y veo que Lidia se durmió en el asiento de atrás. ¿Era Lidia? ¿O Elida? Creo que el “alemán” me está alcanzando. Lleva su bebé calzado en una guagüita y la obligué a ponerse el cinturón de seguridad que los sostenga a los dos. Lo único que me falta es tener un accidente y cargar con la culpa que les pase algo. Yo debo ser muy pelotudo porque apenas la conozco y ya me siento responsable de los dos. En realidad hace sólo tres horas que la conozco y todo lo que sé de ella es lo que me contó. Sí, definitivamente soy un pelotudo. ¿Cómo me meto en estos quilombos? Pero no la podía dejar en banda. Repaso todo lo ocurrido para convencerme si podría haber hecho otra cosa.

Estaba llegando a Bahía Blanca a media tarde. Había salido después del mediodía de Viedma, y unos 50 km antes de Bahía comenzó a lloviznar. Al entrar a la ciudad ya llovía bastante fuerte. Si no hubiera tenido que visitar un cliente en el centro habría seguido por el Camino Parque Sesquicentenario que bordea el casco urbano y continúa por la ruta 3 hacia el norte. Pero tenía que pasar por un negocio de balanzas, en la calle Caseros al 2200, para entregarle unos repuestos. El local queda a dos cuadras del estadio del Club Villa Mitre, que juega en el Torneo Argentino A, por lo que dejé el auto, como siempre, en la estación de servicio de Maipú, la paralela a Caseros y Punta Alta, a una cuadra de mi destino. El playero me saludó con la mano desde lejos y me hizo alguna broma, que no entendí, sobre la lluvia. Debía haber cubierto las dos cuadras corriendo para no mojarme tanto, pero los kilos y los años disminuyeron mi capacidad de hacerlo, así que disfruté mojarme, mientras caminaba hasta el negocio. Mis treinta y tantos años de viajante me han dado una relación casi de amistad con muchos de mis clientes. Algunos se enojan cuando elijo dormir en el hotel si tengo que pasar la noche en la ciudad, y no acepto quedarme en su casa, cosa que agradezco de corazón, pero privilegio mi intimidad. En ocasiones voy a cenar con ellos, como me ofreció esta tarde el Turco Asef, cuando me vio llegar todo mojado, después de agradecer que le haya alcanzado los repuestos en medio de la tormenta.
—Te agradezco Turco —le dije— pero quiero llegar a Buenos Aires cuanto antes, porque le prometí a mi hijo acompañarlo a la cancha de River el domingo.
De haber imaginado que la tormenta sería tan fuerte, habría aceptado la invitación y seguro estaría durmiendo en Bahía Blanca en este momento y no en medio de la ruta. Y tampoco me hubiera pasado todo lo demás.
Hacía muchos años, tal vez más de quince, que no tenía apuro por llegar a Buenos Aires. Los primeros años, cuando todavía estaba casado, me esforzaba por llegar. A medida que fue pasando el tiempo, y se multiplicaban las quejas de mi mujer porque “siempre estoy sola para todo”, “nunca estas cuando el nene está enfermo”, “ni sabés como va en el colegio”, y otras por el estilo. Cosas que eran ciertas, pero así era mi trabajo; así me había conocido y era lo que mejor sabía hacer. No me imaginaba trabajando en una oficina, sentado en un escritorio. Y un día, cuando mi hijo promediaba el secundario, me dijo que ya no soportaba más, que quería separarse, que…creo que había más razones imputables a mí. La causa principal, a mi entender, era que hacía un tiempo salía con un compañero de trabajo, y al poco tiempo se fue a vivir con él. Por eso, había sido una grata sorpresa que el fin de semana pasado, me haya llamado mi hijo y me dijera:
—¡Hola viejo! ¿Vas a estar en Buenos Aires el domingo próximo? ¿Querés acompañarme a la cancha?  
Cuando salí del negocio, la lluvia seguía siendo copiosa. Caminé hasta la estación de servicio y estaba llegando al auto, cuando une voz de mujer me dijo:
—Señor…¿usted es el viajante?
Si la pregunta me causó sorpresa, mucho mas desconcierto me produjo, al darme vuelta, la presencia de la mujer, empapada, y tapando con un plástico algo que llevaba en sus brazos. Morocha, de pelo largo que, muy mojado, caía sobre sus hombros. Calculé que tendría unos 35 o 36 años, vestía jean y campera azul y, sin ser muy llamativa, era bonita.
—¿Quién pregunta? —le dije— ¿Nos conocemos?  
—No señor, mi nombre es Lidia —(¿o dijo Elida?)— Necesito que me ayude
—Disculpame pero estoy al final de mi viaje y ya no tengo efectivo conmigo. ¿Como sabías que soy viajante?
—¡No señor! ¡No es plata lo que quiero! Necesito que me lleve. El playero de aquí me dijo que usted era viajante. ¡Por favor, señor!
El playero, pensé en ese momento, cuando lo agarre le voy a pegar una patada en las bolas. La próxima me va a entregar a los chorros.
—Vení —le dije señalando el minimercado de la estación de servicio— vamos a hablar bajo techo.
—Sí, claro —dijo, y comenzamos a caminar. Cuando estuvimos resguardados, todas las preguntas se amontonaban en mi boca.
—¿Por qué a mi? ¿Dónde querés que te lleve? ¿Qué llevás ahí?
—¡Es mi beba! —y comenzó a llorar— ¡Por favor, lléveme! ¡Donde sea! ¡Lejos de aquí!
—¡No! ¿Cómo te voy a llevar? ¿Porqué yo, si ni me conoces? ¡Y con una beba!
—¡Por favor! Una compañera me dijo una vez que si lograba salir le pidiera ayuda a un viajante porque son buena gente. Por eso le pregunté al playero si había algún viajante por aquí en este momento y me señaló su auto.
—¡Pará, pará, pará! Eso que los viajantes son buena gente, no lo escuché jamás. Como en todas las actividades hay de todo...pero dijiste: si lograba salir…¿Si lograbas salir de donde?
Se quedó mirando el piso, en silencio. Reiteré mi pregunta
—¿Si lograbas salir de donde te pregunté?
—De una casa de chicas —dijo con voz apagada— Ya no recuerdo cuanto hace que me tienen allí. No nos dejan salir nunca. Tienen nuestros documentos. Es una pareja que maneja todo. Somos unas doce chicas que trabajamos allí. Yo aproveché que me llevaron al hospital por mi beba y me pude escapar. Pero seguro me están buscando.
Lo que pensé que sería un mangazo nomás, se estaba transformando en algo más complicado.
—¿Y porqué no vas a la policía mejor, en lugar de escaparte?
—¿La policía? Son los principales clientes del lugar. Me volverían a llevar allí. ¡Por favor!, ¡Si me encuentran me van a pegar, y me van sacar la nena!
—Dejame pensar —le dije, mientras en mi cabeza luchaban a brazo partido el sentido común, que me decía: “subite al auto y andate de una vez”, con mi sentido de responsabilidad social, que gritaba: “no podes dejarla en banda”
—¿Tenés tu documento con vos?
—No
—¿Y el de la nena?
—Tampoco
—Si nos paran vamos a tener problemas…
—¿Entonces me lleva? —preguntó secándose las lagrimas con una mano, mientras una sonrisa le iluminaba el rostro— ¡Gracias! —y con el brazo libre me tomó del cuello y me dio un beso en la mejilla—. Ni siquiera sé cómo se llama…
—Jorge. Vamos antes que me arrepienta.
—Sé que es mucho, pero ¿puedo pedirle un favorcito más? —preguntó mientras subíamos al auto.
—¡Y bueno! ¡Dale! Pero sentate atrás y ponete el cinturón de seguridad, de manera que también la nena esté sostenida. ¿Qué otra cosa?
—¿Me puede parar en un supermercado antes de salir de la ciudad? Necesito comprar pañales y leche para la bebé.
—¿No le das teta? ¡Ah! Y por favor, ¡tuteáme!
—Bueno, voy a intentarlo. No, no tengo leche. La doctora me dijo que podía ser por mala alimentación. Pero hay una leche en polvo que es como leche materna.
Salimos de la estación de servicio y tomé Brown otra vez hacia el centro hasta Carrefour. Cuando llegamos me dijo:
— ¿Te puedo dejar la beba en el asiento mientras voy a comprar?
—Sí, dale. Tomá —y le dí doscientos pesos para que comprara.
Apenas se bajó del auto, la beba empezó a llorar. Lo único que me faltaba, pensé. Después de un rato comencé a pensar si volvería. ¿Y si no aparece más? ¿Qué hago con la beba? Por eso sentí alivio cuando la vi llegar con dos bolsos. Me dio la cuenta y el vuelto y le cambió los pañales a la beba. Después le preparó una mamadera con todo los elementos que había comprado, incluyendo la mamadera misma, y la llevó a entibiar al barcito del supermercado. ¡Ah! Y también compró empanadas para nosotros.

No me cabe duda que soy un pelotudo, sobre todo porque si me volviera a pasar, volvería a hacer lo mismo. Aun a riesgo de que me alcance el rufián, que seguro la debe estar buscando, y me haga pagar la cuenta.
Hace un rato pasamos el peaje así que calculo que en media hora más llegamos a Tres Arroyos. No voy a ir al Parque Hotel, donde paro siempre. No quiero que piensen otra cosa y después siempre me gasten cuando pase por ahí. Voy a ir al Andrea Hotel, que también hacen precio a viajantes y lo renovaron dejándolo muy lindo.

Ya pasó una hora y media desde que nos alojamos en el hotel. Elegí una habitación doble, así tenemos camas separadas. Como habíamos comido las empanadas con una gaseosa que Lidia —ahora confirmé que es Lidia— había comprado, nos vinimos derecho a la habitación. Le cambió los pañales a la beba, y le dio otra mamadera que entibiamos con el agua caliente en el baño. Mientras ella le daba la mamadera me fui a dar una ducha. De puro desconfiado que soy, sin que lo notara, puse mi riñonera en mi maletín, que tiene cierre con clave. ¡Uno nunca sabe! Cuando salí del baño, usando por primera vez en este viaje mi pijama, me senté en una de las camas y saqué el libro de cuentos que estoy leyendo, pero la verdad es que no me puedo concentrar en la lectura. Lidia se fue a duchar y la beba está dormida en el otra cama protegida entre dos almohadas. Ahora me doy cuenta que no sé cómo se llama. Nunca le pregunté el nombre de la beba. Cuando salga le voy a preguntar, sólo por cortesía, porque después, seguro, no me voy a acordar. Como Lidia no tiene ropa con ella, le presté una camisa mía para que use como camisón. Claro que entran dos Lidias en mi camisa, pero…es lo que hay.
Escucho que se cierra la ducha, seguro está por salir, así que simulo estar concentrado en mi libro. Sin embargo no puedo dejar de espiar por el rabillo del ojo la puerta del baño.
— ¡Que buena es una ducha caliente después de tanta mojadura! —dice mientras se seca el pelo con la toalla chica— Me queda un poco grande tu camisa —se ríe.
Levanto la vista del libro y la miro. Es verdad, pienso, la prenda le queda grande pero igual se adivinan sus formas por debajo. Tiene los dos primeros botones desabrochados. ¿Qué le puedo contestar que no delate mis pensamientos?
—Y sí. No es fácil hacer una dieta estando siempre de viaje y comiendo cualquier cosa.
—No lo decía por eso, vos estas muy bien —vuelve a reírse.
—Ahora agregá: “para la edad que tenés” y la completas.
—¡No malo! No quiero decir eso —responde después de la carcajada— ¿Tenés un cepillo para prestarme?
Busco en mi botiquín y se lo alcanzo. Vuelca todo el pelo hacia el costado derecho y comienza a cepillarlo inclinando la cabeza, dejando al descubierto todo su cuello y parte del hombro izquierdo. Trato de poner mi atención en el libro otra vez.
—¿Se portó bien mi princesa?
—Sí, durmió todo el tiempo. A propósito… ¿Cómo se llama?
—Gladys
—Es muy chiquita. ¿Cuánto tiempo tiene?
—Un mes y medio
Se acerca a mi cama y extendiendo el cepillo me dice:
—¿Podés cepillarme de atrás, que no alcanzo?
Se sienta en mi cama dándome la espalda y comienzo con el cepillado. Con mi mano izquierda levanto su cabello y mis dedos rozan el costado de su rostro, su cuello, su oreja.  Con la mano derecha paso el cepillo, hasta la mitad de su espalda. Después cambio de mano y repito del otro lado. Siento que mis pulsaciones aumentan como si estuviera en una ergometría.
—Sos muy bueno —dice.
—No, soy como cualquiera. Con muchas cosas malas y algunas buenas. No te creas eso que te dijeron sobre los viajantes.
Se da vuelta y pasa sus dos brazos alrededor de mi cuello.
—No me importan los demás. Vos sos muy bueno.
Mi primer impulso es abrazarla y besarla. Pero temo estar aprovechándome de su situación de desamparo.
—¡Pará, pará! —le digo— No hace falta que hagas esto. Lo hago de onda, sin intenciones secundarias.
—No lo estoy haciendo por agradecimiento. Lo hago porque quiero hacerlo. ¿No te gusto? ¡Ah claro! A lo mejor por quien soy… —dice bajando los brazos.
Entonces la tomo de la cintura y la aprieto contra mi pecho hasta que puedo sentir el calor de su aliento.
—¡No tengo prejuicios hermosa! Sólo quería estar seguro que no lo hacías por obligación.
Nos besamos con pasión, sacándonos la ropa uno a otro, y abrazándonos hasta que en el contacto nuestra piel parece fundirse.
—¡Pará, pará! —digo de repente— no tengo condones.
—Yo compré en el súper, por las dudas —responde riendo y vuelve a besarme.

¡Ya amaneció! La luz se cuela entre las rendijas de la cortina de enrollar. Nunca me gusta bajarla del todo porque quiero percibir como amanece. Generalmente me despierto varias veces por las noches, pero esta vez dormí de un tirón. Claro que nos dormimos bastante tarde. Lidia duerme acurrucada a mi lado y tiene un brazo pasado sobre mi pecho. Durante la noche escuché llorar a Gladys (¡me acordé!) y ella se levantó a darle una mamadera seguramente, porque escuché como corría el agua del lavatorio, utilizando el sistema casero de entibiado que descubrimos ayer. Pensé que quizás después se acostaría con la nena, pero no, volvió a acostarse a mi lado. Yo me hice el dormido, y  ella igual me dio un beso y me abrazó. Después de un rato, por su respiración, me di cuenta que se había vuelto a dormir. En un rato voy a pedir que nos traigan el desayuno a la habitación; después a preparar el auto para el último tramo. Parece que ya no llueve porque hay rayos de sol que ahora se filtran por la persiana.

Acabo de pasar Azul. Van tres horas desde que salí de Tres Arroyos, así que faltan unas cuatro horas más para llegar a Buenos Aires. El plan original de salir a las nueve de la mañana se deshizo como un cubito en agua caliente. Todavía no puedo creer como se desarrollaron las cosas. Por momentos me parece que lo soñé. Habían traído el desayuno y disfrutamos de compartirlo. Nos reíamos por cualquier cosa. Me sentía raro cuando bajé a preparar el auto, creo que podría decir feliz. Revisé el aceite y el agua y fui a la recepción a pagar la cuenta. Mientras esperaba la liquidación miraba las noticias en la televisión del lobby. Era un canal de la zona porque pasaban noticias locales, lo que no me despertaba mayor interés… hasta que una placa me golpeó como si Tyson me hubiera conectado un gancho en la mandíbula. En letras rojas decía: 

ROBAN BEBE DEL HOSPITAL
PENNA DE BAHIA BLANCA 
         
En el desarrollo de la nota pasaban una entrevista a la madre, que llorando mostraba una foto de su hijita, a quien llamaba Romina…pero para mi… ¡era Gladys!

Corrí a la habitación, y seguramente por mi cara, Lidia debió presentir que algo pasaba, porque bajó la cabeza cuando me vio entrar y esquivaba mi mirada.
—¿Porqué me mentiste? —grité— ¡Me usaste! ¡Te aprovechaste de mi ingenuidad para involucrarme en un delito! ¡Por favor! ¡Qué pelotudo soy!
La indignación creciente que sentía tapaba, de algún modo, el dolor y la frustración que sentía en ese momento. Lidia comenzó a llorar.
—¡Perdoname! ¡Perdoname por favor! ¡Te puedo explicar!
—¿Explicar? ¿Qué me vas a explicar? ¿Qué sos una mentirosa? ¿Qué nada de lo que dijiste o hiciste es cierto?
—¡No! ¡No es así! ¡Por favor…escuchame! ¡Por favor!
Traté de calmarme un poco. Sobre todo para pensar con claridad que pasos seguir. No es bueno tomar decisiones en caliente.
—Está bien Lidia. Te escucho. Lo que no quiere decir que te vaya a creer. En realidad hasta dudo si te llamarás Lidia. Y después… de aquí a la comisaría. Eso no tiene discusión. A ver qué querés contarme ahora.
Nunca pude mantenerme indiferente al llanto de una mujer. Y aunque estaba herido, en mi amor propio primero, y en mi confianza traicionada después, igual me conmovía. Entre sollozos y con voz entrecortada, empezó a hablar.
—Sí, me llamo Lidia. Lidia Azucena Velázquez más precisamente y nací en Misiones. Cuando tenía 17 años, una mujer dijo que me conseguiría un trabajo en Buenos Aires, con cama adentro y yo le creí y lo acepté. Cuando llegué comprobé que no era una casa de familia sino un prostíbulo. Me sacaron el documento y desde entonces pasé por varios lugares, con distintas personas que siempre nos tenían encerradas. Hace dos años con otras dos chicas nos trajeron a Bahía Blanca al lugar que te conté.
—De modo que esa parte de tu historia es cierta —interrumpí.
—Sí, vas a ver que casi toda es —había empezado a calmarse—. A mitad del año pasado perdí un embarazo de casi seis meses por una paliza que me dieron. ¡Quedé muy mal! Yo quería tener el bebé —vuelve a llorar.
—¡Pero esta no es la forma! ¿Cómo pudiste? ¿No pensás en la madre? Ella también está llorando…
—¡Mentira! —me interrumpió— ¡Ella no la quería!. ¡Si había querido abortarla y se le pasó el tiempo!
—¿Vos la conoces?
—¡Claro! ¡Es una de las chicas de la casa! No la cuidaba, ni le daba de comer. Me dejaron acompañarla al hospital porque había perdido peso. Hace todo ese circo porque están los canales de televisión. Pero en el hospital tampoco quería darle la teta. Por eso aproveché el cambio de guardia de las enfermeras y me la llevé.
—Entonces…la madre debe saber que fuiste vos…
—Y… si. Al ver que tampoco estoy… Pero no creo que diga nada. En la casa la matan si habla mucho y algo se destapa.
—Es una historia complicada…No sé si puedo creerte. Pero lo que no puedo es ser cómplice en algo así. Tenés que devolverla... aunque sabes cuales son las consecuencias.
—Si, claro. Igual en cana no voy a estar peor que en la casa. Y tal vez cuando salga…Además lo quiero hacer por vos. No quiero traerte más problemas. ¡Te portaste tan bien conmigo! Y después de lo de anoche…
—¡De eso mejor ni hablemos! ¡Tengo bastantes mentiras por hoy!
—Jorge, eso sí que no fue mentira.  Nada en mi vida fue más verdadero.
No hay caso, pensé, sigo siendo un viejo reblandecido y pelotudo… pero le creí.
Después vinieron las interminables horas en la fiscalía, declaraciones y más declaraciones. Varias veces las mismas preguntas para ver si me contradecía. Por fin me dejaron libre pero citado en calidad de testigo cuando llegue el juicio.
Lidia quedó detenida esperando que el juez de turno decida el procesamiento y el destino hasta el momento del juicio. La fiscal nos dijo que el hecho de haberse presentado espontáneamente lo mencionaría a su favor. Romina, o Gladys para mí, bajo el juez de menores, será enviada preventivamente a un hogar hasta que una asistente social determine la capacidad de la madre antes de su restitución.
La fiscal nos dejó solos unos minutos para despedirnos. Fue un abrazo interminable y un beso que todavía me duele en los labios. Le dejé mi número de celular para que me llame —o me haga llamar— y me cuente cómo sigue todo y le prometí que la visitaría cuando se conozca su destino.

El sol se está poniendo a mi izquierda y atrás, sobre la ruta. ¿Podré volver a mi vida normal? Trato de enfocarme en el partido de mañana, que puede significar un campeonato para el Millo, después de pasar por el descenso. Y lo voy a disfrutar con mi hijo, después de tanto tiempo sin compartir algo. Pero no puedo dejar de pensar en Lidia. Esto parece una historia para un tango. ¡Eso! ¡Un tango! Un tango triste… Me viene a la mente María… Pongo la pista en el auto y continúo mi viaje cantando a voz en cuello…


Osvaldo Villalba
17/07/2014


II - NUEVOCOMIENZO



Unidad Penitenciaria 52

Las situaciones inesperadas…
En ellas se encierran, a veces,
las grandes oportunidades
Joseph Pulitzer

El cielo, a mi izquierda, comienza a aclarar. Todavía no asomó el sol pero las nubes sobre el horizonte toman un color rojizo. Hace un poco más de tres horas que salí de casa así que en poco tiempo estaré entrando en Azul. Si bien hace dos años que dejé mi actividad de viajante por el interior para atender una zona de Capital y Gran Buenos Aires, este trayecto venía haciéndolo una vez por mes. Ésta va a ser la última.

Esta historia comenzó hace un poco más de cuatro años, a principios de mayo de 2014. Más exactamente el 2 de mayo. Ese día cambió mi vida. El feriado del 1° lo había pasado paseando por Las Grutas y a la noche me fui a dormir a Viedma. Si no hubiera tenido que entregar unos repuestos al Turco en Bahia Blanca me hubiera vuelto a Buenos Aires el 30 de abril. Quería estar en mi casa el domingo 4 sin falta porque mi hijo me había invitado a la cancha a ver a River. Faltaban tres fechas para terminar el campeonato y el Millo iba tercero detrás de Gimnasia de La Plata y Godoy Cruz y el domingo recibíamos a Racing en el clásico más viejo de la historia argentina. ¡Cómo festejamos! Ganamos 3 a 2, quedamos ubicados 2° y dos fechas después obtuvimos el campeonato. El primero después de haber descendido a Primera B y lograr el ascenso al año siguiente. Después vino la era Gallardo con un montón de triunfos internacionales que todavía seguimos festejando.

Miro el cuentakilómetros parcial y marca 289. Si bien ya conozco bien la salida de la Ruta 3 que tengo que tomar, me gusta escuchar la voz de la española del GPS del celular diciendo: a quinientos metros gire a su derecha y tome la salida con dirección a Avenida Mujica. Conecto el teléfono.

Después del partido fuimos con mi hijo a festejar a La Farola de Belgrano. Pizza y birra de por medio nos convertimos por un rato en técnicos y comentaristas deportivos. Cuando agotamos el tema me animé y le conté todo lo que me había pasado entre el viernes y el sábado. Bueno, no todo. Algunas cosas las di por sobreentendidas. Tenía mucho temor por su reacción. Me sorprendió,
—Viejo ¿Cómo no te quedaste con ella? Es evidente que te movió las estructuras. ¿Por qué te volviste?
—No me quería perder el partido con vos. Mirá que domingo nos tocó.
—Sí, está bien. Pero ¿la llamaste? ¿Averiguaste dónde la llevaron?
—No, no me animé.
—¡Dale viejo! Vos nunca fuiste cagón. Siempre me enseñaste que hay que jugarse por lo que uno siente. Y yo que te conozco sé que estás tocado. ¡No me defraudes!
Esto último lo acompañó con una carcajada y un golpe en mi hombro. Casi se me saltan las lágrimas. ¡Que viejo reblandecido que soy! Y lo completó con algo que nunca hubiera imaginado.
—Mirá, el abogado con el que trabajo tiene un montón de contactos con la justicia. Después pasame bien los datos que en la semana te averiguo cómo están las cosas.

El GPS del celular emite el mensaje que estoy esperando. Unos segundos después aparece el cartel que dice Unidad Penitenciaria N° 7 – Azul 4. Aún en la señalización vial se discrimina a las mujeres. La Unidad Penitenciaria 52, Femenina, está pegada a la 7 pero no está mencionada. Allí voy. Cincuenta metros más adelante tomo la salida por la Avenida Mujica. El boulevard que separa ambas manos sigue sin mantenimiento. Me detengo un momento en la banquina para programar el teléfono desde donde estoy hasta el penal para no errarle a la calle por la que se debe ingresar. Ya otras veces me perdí, El auto hay que dejarlo antes de la Unidad 7 y caminar hasta la 52.

El martes siguiente a la cena con mi hijo me llamó por teléfono.
—Hola viejo. Como estaba seguro que no me ibas a pasar nada ya estuve tirando cables. Imaginate que el caso revolucionó todo Tres Arroyos. ¡Sos famoso viejo! Justo una de las chicas del estudio, la abogada más nueva, es de allí. El padre tiene un estudio muy importante. Esta noche lo llama y mañana o pasado me canta la posta.
—Gracias. Lo que pasa es que no quiero involucrarte en mis locuras.
—Naa. Tranqui. Le pedí que me averiguara donde la llevaron y cómo hay que hacer para llamarla. Después te toca a vos ¿eh?
—Sí, muchas gracias.
El resto de la semana me dediqué a rendir ventas y cobranzas en las empresas para las que trabajo. El viernes a la tarde, cuando llegué a casa, tenía un mensaje en el contestador: Hola viejito. ¿Cuándo salís de nuevo? Llamame que te cuento lo que averigüé.
Cuando lo llamé quedé sorprendido de todo lo que se había movido. La abogada, Andrea dijo que se llamaba, había averiguado a través del padre que Lidia estuvo hasta el martes en comisaría pero que después la fiscal pidió el traslado al penal de Azul porque había sufrido una agresión por parte de otras detenidas. Me reiteró la pregunta que había dejado en el contestador y le comenté que comenzaría otro viaje la semana del 20.
—Buenísimo viejo. Andrea viaja a su casa el viernes de la semana que viene y yo me ofrecí a llevarla si nos conseguía una entrevista con el padre. Nos espera el sábado a la mañana. Donde podemos parar supongo que vos los sabés mejor que yo. Después vos seguís tu circuito y nosotros volvemos a Capital.
La reunión en la casa de Andrea fue un éxito. Se lo debo a mi hijo. El padre, Marcelo Larraburu, resultó un típico hombre del interior, Con una posición muy acomodada, pero sencillo y campechano. Y muy eficiente en su metier. Cuando llegamos ya había estado investigando antecedentes y nos contó que en el 2003 hubo un caso parecido, también en el Hospital Penna de Bahía Blanca y el abogado de la acusada, para evitar el juicio oral, convino con el fiscal un juicio abreviado, consiguiendo una sentencia de 5 años y 8 meses. Teniendo en cuenta que ese tipo de delito tiene una pena de 5 a 15 años, fue todo un acierto la estrategia. Sugirió seguir el mismo camino. Le ofrecí que tomara el caso y aceptó. Prometió gestionar los permisos para visitar a Lidia. Al finalizar nos agasajó con un asado que fue el mejor que he comido en toda mi vida. Al margen del caso me pareció que entre mi hijo y Andrea había onda. Con el tiempo se confirmó.

Llego al portón de entrada. Hoy me quedo afuera. Hoy no voy a ingresar. En el estacionamiento vi que ya estaba el auto de Marcelo, el abogado. Me tiemblan las piernas. Recuerdo las veces que pasé este portón. Las humillaciones soportadas todo este tiempo por parte de los guardias del servicio penitenciario en las revisiones para entrar. Marcelo trabajó rápido. Fue a visitar a Lidia para informarle que yo lo había contratado y le firmara el poder para poder presentarse en el juzgado. También le llevó una tarjeta de teléfono para que pudiera llamarme. Me contó que ese día ella lloró toda la entrevista cuando supo que lo enviaba yo. Cuando ella me llamó lloramos los dos. Después, siguiendo las instrucciones del abogado, me pidió como visitante ante la administración del penal para que pudiera presentarme. Todo ese trámite duró como un mes. Desde esa primera vez vine todos los meses. El juicio se dio como lo planificó Marcelo. A los dos años salió la sentencia: 5 años y tres meses. A los cuatro años, al cumplirse el 75% de la condena se solicita la libertad condicional. Cuando el juzgado la aprueba pueden pasar unos quince días hasta que se haga efectiva. Ese día es hoy.

Llevo casi dos horas esperando. Estoy muy nervioso. Hace un rato le envié un mensaje a Marcelo. Me respondió: ya casi estamos. Supongo que eso significa que no hay problemas, que la demora es porque los trámites son engorrosos. ¿Por qué soy siempre tan negativo?  Se abre el portón y salen los dos. Lidia suelta el bolso de su ropa y corre hacia mí. Nos fundimos en un abrazo. Después ambos abrazamos a Marcelo.
—¡Gracias doctor! —lo digo en serio aún cuando bromeo con el título. En estos años, con todo lo que vivimos, ya somos amigos, además de casi consuegros.
—Fue un placer —me dice—. Además me pagaste ¿no?.
—Te esperamos en Buenos Aires para festejar.
—Allí estaré.

Salimos a la ruta. Agradezco que el auto tenga caja automática porque Lidia no me suelta la mano.
—Mi hijo y Andrea nos esperan para cenar —le digo.
—Me va a dar gusto conocerlos.
—¡Ah! Hablando de mi hijo, escuchá esto —le digo mientras pongo el pendrive en la radio—. Lo grabé cuando él  me hizo ver que no podría vivir sin vos. 


Tuve que parar en la banquina para que pudiéramos besarnos.

Osvaldo Villalba
13/09/2019