DEUDA PENDIENTE


Este proyecto iba a ser mi primer libro impreso.

El nombre, Cuenta pendiente, sugerido por mi amiga, la poeta y escritora María Eugenia Fernández, Mariu para nosotros, era además del título de uno de los cuentos, lo que me faltaba en mi corta trayectoria de escritor.

Por eso es que aparecen algunos relatos que formaron parte de mi primer libro electrónico Algo para contrar.

No pudo ser, así que decidí, ya que lo tenía armado, editarlo también en este formato.

Mi agradecimiento a Mariu por su Prólogo y a mi amigo, el escritor y poeta Damián Ortega por su Comentario. Ambos son muy generosos en sus apreciaciones.

Lo pueden bajar desde aquí, en forma gratuita, en formato PDF o EPUB.

La deuda sigue pendiente.

 

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Tormenta

 

Es bueno dar cuando alguien pide, pero es mejor todavía poder dárselo todo al que nada pidió.

La bruja de Portobello-Paulo.Coelho

Los relámpagos iluminan el callejón frente a las vías. El Sordo recoge los cartones, las mantas y el colchón antes que se descargue la lluvia. El cajero automático de la avenida ya está copado. Para ir bajo el puente tiene como cuatro cuadras. Elige las escalinatas del colegio que tienen un techito. Es viernes y hasta el lunes se va a poder quedar. Vi desde mi balcón toda la movida. No leo la mente, todo me lo contó él mismo cuando le llevé el jarro con sopa y el sanguche de milanesa que eran mi cena.


Nostalgia

 

En este barrio que es reliquia del pasado,
en esta calle tan humilde tuve ayer.
Barrio pobre-Francisco García Gimenez


Bajo del auto y camino hasta la dirección que sesenta años atrás fue mi casa. El frente está reformado. En la vereda impar ya no existe el conventillo de mi amigo Pocho. Hay un edificio de departamentos. Si hasta le cambiaron la mano a la calle. Camino hasta la esquina. Ya no está el almacén de los gallegos ni la farmacia. Ya no hay muchachos charlando en la esquina ni pibes jugando a la pelota en la vereda. Viene a mi mente un tango: Mi barrio no es éste, cambió de lugar. La nostalgia me invadió.


El regalo del abuelo

 



Regalando un libro, se regala
por supuesto una historia.
Pero también se regalan una o
varias emociones que van
desde la risa al llanto,
pasando por la ira 
o el aburrimiento en
el peor de los casos

Carla Montero

         —¿Compraron los libros para el abuelo, chicos?

La pregunta de mamá que me temía.

—No todavía —responde mi hermana—, pero esta semana sin falta me ocupo.

Odio su mansedumbre. ¿Es que nunca se rebela por nada?

—Ma, vos que sos una buena hija, podrías ocuparte ¿no? —le digo.

—Ah, sí. Claro que soy una buena hija y me ocupo de mi regalo. Lo que no sé es si soy una buena madre ya que, con 28 y 26 años como tienen tu hermana y vos, están en edad de asumir sus propias responsabilidades —mi vieja tiene respuestas para todo.

—Pero el abuelo es judío. ¿Por qué festeja la Navidad? Y con esa ridiculez de regalar libros. Ya no se usan. Ahora viene todo electrónico —insisto.

—Mi papá es judío, pero no religioso. Y mi mamá era católica. Y festejaban todas las fiestas con tal de reunirse a comer cosas ricas —me responde mi madre—. Además vos fuiste siempre su consentido. ¿Por qué no le preguntás y tratás de convencerlo? Me parece que "esa ridiculez", como vos le llamás, tiene que ver con su historia.

—Está bien. Voy a hablar con él. Ahora me están esperando los pibes en la canchita, pero si tenés tiempo, cuando regrese quiero que me refresques la memoria. Sé que nos la contaste hace mucho pero casi no me acuerdo —respondo mientras me calzo la mochila y busco las llaves del auto.

 * * *

—Ya volví, ma. ¡Qué rico olor! Se siente desde el palier. Los vecinos ya están haciendo cola. Y yo traigo un hambre.

—Exagerado. No te sientes a la mesa sin lavarte las manos.

—Regla número uno desde que tengo uso de razón. ¿Mi hermana viene a cenar?

—No. Salió con el novio.

—Más milanesas para mí. Ella se lo pierde.

—Me parece que ella prefiere estar con su novio. No es de las que vende su primogenitura por un plato de milanesas.

—Mmm. ¡Están buenísimas, ma! Y tu referencia a la cita bíblica me recuerda que tenemos pendiente repasar la historia del abuelo. ¿Te parece ahora?

—Dale. Sólo te aclaro que todo lo que sé es por mi mamá. Mi papá nunca habla de eso.

—Sí, eso sabía. Por eso quiero conocer los detalles antes de hablar con él.

—Bueno. Mi papá nació en 1937 en la ciudad de Kalisz. En 1939, con la invasión de Polonia por el ejército alemán,  su padre fue apresado y enviado al gueto de Lodz con una gran cantidad de judíos polacos, mientras que su madre y él que tenía dos años fueron llevados al Campo de Gurs, en la Francia ocupada por los nazis. De su padre se supo que después de la invasión alemana a la Polonia ocupada por la Unión Soviética fue trasladado a Lublin y ahí se pierde la historia. Su madre con él lograron ser rescatados, emigrando protegidos de Europa. Así llegaron a Buenos Aires, apoyados por otros refugiados polacos. Por lo que sé su vida fue difícil. La madre limpiaba casas de familia y él cuando terminó la escuela entró a trabajar de aprendiz en un taller mecánico. Cuando mi mamá lo conoció había conseguido ingresar a la Marina Mercante, que en las décadas de 1950 y 1960 había crecido mucho.

—Buenísimo ma. Me queda claro. ¿Y el tema de regalar libros?

—Eso nunca lo supe. Cuando yo nací ya lo practicaba y nunca se me ocurrió preguntar.

—Está bien, ma. De eso me ocupo yo. Voy a pensar bien como abordar el tema sin que se enoje o se sienta incomodado.

* * *

 —Hola pibito —me dice el abuelo acompañando su ademán de invitarme a pasar—. Estoy tomando unos mates. ¿Me acompañás?

—Sí, dale. Traje unas facturas.

—La verdad, cuando me llamaste para venir a charlar, me preocupé un poco a pesar que me aseguraste que estaba todo bien —me dice el abuelo mientras me extiende un mate.

—Es que quería saber algunas cosas que no daban para hablar por teléfono —respondo mientras abro el paquete de facturas.

—¡Uh, medias lunas con dulce de leche! Eso me puede —exclama el abuelo—. Pregunte nomás paisano.

—Ahí va la primera: si vos sos judío, ¿cómo es que festejás la Navidad?

—Tardaste más de lo que imaginé en preguntarme.

—Es que todos estos años lo discutí con mamá. Pero ya quiero escucharlo de tu boca.

—Seguramente coincidirá con lo que ella te contó, aunque sé que siempre se lo preguntó a tu abuela y no a mí. Era muy chiquito cuando vinimos a Buenos Aires, así que mis primeros recuerdos de infancia son del conventillo donde vivimos, en Constitución. Esos complejos eran como una gran familia: nos peleábamos como en toda buena familia que se precie, circulaban los chismes, reinaba la envidia y la competencia pero también, como en todo asentamiento de gente pobre y sencilla, también aparecía la solidaridad y la empatía. En nuestro caso no éramos religiosos, pero en las fiestas judías mi madre preparaba algún plato tradicional, cuando alcanzaba para eso. Y cuando venían la fiestas cristianas, sobre todo Reyes, los chicos del lugar recibían regalos, por humildes que fueran, menos yo. 

—Eso debía ser complicado de explicar a un chico ¿no? —lo interrumpo.

—Claro. Y ahí intervino doña Giuliana, una viejita italiana que un día le preguntó a mi mamá: "doña Katarina, le molesta si le hago un regalito al bambino". Mi mamá casi llora de la emoción y desde ese día empecé a recibir también a los Reyes Magos.

Y de grande, como tu abuela era católica y le gustaba comer bien, empezamos a festejar el Rosh Hashaná con guefilte fish, varénikes, knishes y baklava. Y por supuesto en Navidad con vitel toné, pollo al horno con papas, pan dulce y turrones.

—Y disfruto ambas fiestas, abuelo —le agrego—. Vamos por la segunda. Y ultima ¿eh? Prometo que no te jodo más.

—Dale. Esperá que ensillo otro amargo —dice el abuelo mientras se levanta a vaciar el mate.

El abuelo llena otra vez el termo y el mate y vuelve a sentarse a la mesa

—¿Por qué regalar libros? —pregunto sin preámbulos.

—Me imaginaba que venía por ahí —responde el abuelo—. Nunca lo conté, salvo a la abuela, porque en realidad nadie insistió en saberlo. Pero debí prever que no sos de los que se conforman con un "porque sí" —finaliza riendo.

—Me halaga, abu.

—Te lo ganaste. Descuento que sí sabés de mi historia en Polonia. Es algo que me costó muchísimo superar en mi infancia, mi adolescencia y mi juventud. No quería hablar ni escuchar sobre eso. En ese tiempo no era tan habitual ni tan accesible la terapia sino hubiera sido gran candidato.

—¿Y lograste superarlo? —me intereso.

—Con ayuda inesperada. Cuando ingresé en la Marina Mercante estuve dos años en transporte fluvial, en Rosario. Después conseguí un traslado a transporte marítimo. Allí comencé a viajar por todo el mundo.

—¡Qué genial! —lo interrumpo.

—Estaba muy bueno pero faltaban marineros con experiencia. Así fue que ingresaron al buque varios europeos. Me hice muy amigo de un islandés, de familia dinamarquesa, llamado Thos. Le llamábamos el vikingo, grandote y rubicundo. Nos entendíamos mitad en español y mitad en italiano. En las charlas que teníamos por las noches me contaba sobre su historia. Pero yo no podía contarle la mía. Creo que se dio cuenta de mi bloqueo y para una Navidad que nos encontró en Canarias me explicó cómo había surgido la tradición en su país de regalar libros y me trajo el suyo.

—Perdón por la digresión, abu —lo interrumpo—. ¿Se puede saber cómo se creó?

—Sí, claro. Durante la segunda guerra el país adoptó una política muy proteccionista sobre las importaciones. El único producto que era barato importar era el papel. Por eso muchas empresas cambiaron rubro y comenzaron a imprimir libros.

—Una buena medida sin duda. Y después, en la post guerra siguieron, parece. ¿Y qué libro te regaló? —pregunto.

—Si esto es un hombre, de Primo Levi, en el que cuenta su experiencia en Auschwitz. Ese libro me abrió la cabeza y me desbloqueó.

—¿Sabés que pienso? —comento—. Que muchas veces no es tan importante lo que un escritor o un poeta quiso contar en sus textos como lo que produce en cada lector, que puede no ser igual en todos.

—Exacto. Eso mismo me pasó a mí —responde el abuelo—. Por eso, cuando Tosh murió de neumonía dos años después, le prometí que seguiría su tradición. La abuela entendió la importancia que tuvo para mí y la adoptó, tu mamá también la siguió sin saber por qué lo hacía.

Ese es todo el secreto. Manías de viejo, que le dicen. Así que vos no te sientas obligado.

—Claro que no abuelo. No estoy obligado —el nudo en la garganta casi no me deja seguir—. ¿Podemos encontrarnos el sábado para ir a la librería a elegir tu regalo? Va a ser un placer hacerlo juntos.

 

Osvaldo Villalba

21/11/2022

Encrucijada

 




Pasamos imperceptiblemente
de una escena,
una edad, una vida, a otra.
"Primavera negra" (1936)
Henry Miller

 

I

 

—¿Qué hacés acá?

La voz del guardia de seguridad me sobresalta.

—¿Eh? Nada, miraba los resultados de los partidos —respondo fingiendo estar asustado.

—Te pagan para que limpies, no para que juegues con la computadora —me grita con tono autoritario.

—Sí, sí. La...la apago y me voy —me sale bien el tartamudeo. Me paro despacio y hago tiempo para que el pendrive termine su proceso. Le pasó la franela a la pantalla, al resto del escritorio, me agacho para apagar el CPU y retiro el aparato con el dorso de la mano. El vigilador está de frente en la puerta y todos estos movimientos están fuera de su ángulo de visión.

—Listo, ya está —le digo y vuelvo al carrito de la limpieza.

En otras circunstancias le hubiera hecho tragar sus gritos a este forro. Tan inepto que no se preguntó cómo entré a la computadora. Él también se debe haber sorprendido al encontrarme ya que ésta es la única oficina que no tiene cámaras. El capo no quiere  que se filtre nada de lo que pasa aquí. Todavía me falta limpiar la planta baja. Hace un mes que laburo como nunca en mis diez años de servicio. Mi jefe podría haber pensado en otra tarea para infiltrarme. En realidad tiene razón. En este horario sólo quedan los tres de la guardia y yo.

Me pidieron sólo colocar un micrófono en su oficina, pero como estuve investigando un software que copia correos, chats y archivos protegidos me pareció interesante instalarlo en la computadora del gerente. Lo que descubra me lo voy a reservar.

 

II

 

—El General te está esperando —me dice la secretaria dedicándome su sonrisa más provocativa.

—¡Qué pena! —le digo—. Esperaba quedarme un rato aquí.

—Cuando salgas entonces.

Golpeo y entro sin esperar respuesta.

—Hola Beto —el General hace un ademán señalándome la silla frente a su escritorio—. Hiciste un muy buen laburo. Ya tenemos todo lo que necesitábamos. Tomate unos días de descanso y te hago saber cuando tenga un nuevo objetivo.

—Gracias jefe. Ya tengo callos en las manos de los cepillos y franelas.

Me pregunto si sospecha que sé más de lo que surge de los informes. Tal vez por eso me está sacando del caso. Deberé estar atento.

Nos despedimos y al salir le dejo a la secretaria la dirección del bar donde iré a tomar un trago por si le pinta acompañarme.

 

III

 

Pongo el cargador en mi Glock y tiro de la corredera. Con un ruido metálico la bala entra en la recámara.

Compruebo que el seguro esté colocado y la calzo en la cintura.

Busco en el cajón del placard una gorra con visera. Elijo la de River.

Los anteojos de sol y la campera con capucha completan el atuendo.

Cierro con doble llave la puerta del departamento después de haber colocado los dos papelitos en el marco que me asegurarán que nadie entró.

El espejo del ascensor me hace sonreír. Si no tuviera cuarenta y cinco parecería un pibe chorro.

Paso la puerta de blindex de la entrada y me detengo a encender un cigarrillo. Mientras hago pantalla con ambas manos al encendedor observo ambos lados de la calle. Están estacionados los autos de siempre salvo en la esquina izquierda, de la vereda de enfrente, donde veo un Audi con vidrios polarizados que no me es familiar.

Si voy hacia allí estoy regalado. Avanzo en el sentido del tránsito y me detengo unos segundos después para arrojar un bollo de papel en un cesto de residuos. Si lo veo moverse tendré que actuar.

Llego a la esquina. El Audi no se movió.

Mientras cruzo la avenida me pregunto si tiene sentido tomar todas estas precauciones. Al fin al cabo la agencia tiene un montón de expertos en estos operativos que casi nunca fallan. Yo soy uno de ellos. Si la última vez me excedí en el cumplimiento de la misión y descubrí cosas que no debía fue por propia decisión.

En este oficio no se puede decir "este trabajo no lo hago", "lo hago a mi manera" o "no quiero seguir, me retiro". La dedicación es vitalicia. Y la salida es natural o provocada.

Bajo las escaleras del subte y una vez en el andén me dirijo hacia donde parará el vagón del conductor. Llega la formación. Ingreso y me paro junto a la puerta. Comienza a sonar la alarma de cierre de puertas. Salto al andén un segundo antes que se accionen. Sonrío satisfecho al comprobar que la formación desaparece en el túnel y la estación quedó vacía. Con el próximo tren llego hasta la combinación con la línea  D y de ahí a Plaza Italia. Salgo a la calle y cruzo la Avenida Santa Fe. Busco la entrada al Jardín Botánico.

Faltan 20 minutos para la hora que me citó Gutiérrez. Aprovecho para dar una vuelta y reconocer el lugar. No quiero sorpresas.

Cuando Gutiérrez, entonces con veintitrés o veinticuatro años, se incorporó a la agencia, cinco años atrás, fui su instructor durante tres años hasta que el General consideró que podía volar sólo. No hemos tenido contacto desde entonces pero sé que goza de una excelente reputación. De todos modos debe ser un tema particular porque las tareas siempre se generan desde arriba, nunca desde un par.

Cuando calculo que ya es hora del encuentro activo el grabador del celular, lo guardo en el bolsillo interior de la campera y me siento en un banco.

Cinco minutos después veo que viene del lado de Las Heras.

—Hola jefe. ¿Hace mucho que espera? —pregunta Gutiérrez.

—No, recién llego. Sólo el tiempo de dar una vuelta.

—Sí. Yo también pegué un vistazo de aquel lado —señala detrás de él— para comprobar que estuviera despejado.

—Ah, te enseñaron bien —le digo con una sonrisa.

—Tuve el mejor maestro —sonríe también—. Todas las precauciones son pocas si no se quiere ser detectado.

—Mmmm. Presiento que este encuentro no debió llevarse a cabo.

—Este encuentro...nunca se llevó a cabo.

—Comprendido —respondo—. ¿Y qué sería lo que nadie dijo en una reunión que no sucedió?

—En primer lugar que el General me asignó un nuevo objetivo. Y usted sabe que, después, eso no se comenta ni con la sombra.

—Empiezo a inquietarme —digo sin abandonar la sonrisa—. ¿Ya soy menos que tu sombra?

—Usted sabe que es mi mentor, mi modelo, ¿mi amigo? No puedo con esto.

—Sos mi mejor discípulo. Y también mi amigo. No puedo permitir que rifes todo lo que ganaste. Te dio un objetivo. Tenés que cumplirlo.

—No sé los motivos, nunca los dan, pero no quiero hacerlo.

—Hay que reconocer que el General llegó ahí por su capacidad e inteligencia para tomar decisiones. Desde que me percaté que ya no les era útil, aunque no hayan trascendido los motivos y mejor que no lo sepas así no corrés peligro, tomo mis precauciones. Cualquier miembro de la agencia que hubiera recibido el encargo la tendría peleada, con riesgo que yo ganara. Por eso este hijo de puta te comisionó a vos. Porque sabe que no te podría hacer daño.

—Debe haber alguna forma —dice Gutiérrez angustiado.

—Cualquier resultado que no fuera el esperado te pondría a vos en la situación que estoy yo ahora.

—No se preocupe jefe. Algo se me va a ocurrir. Igual no se descuide. Podría ser que nos estén vigilando o que le haya dado también el objetivo a otro para probarme. Le dejo este celular para que nos comuniquemos, tiene cargado mi contacto. Ambos son descartables.

—Increíble como creciste, pibe. Tenés razón. No hay que bajar la guardia.

Lo despido con un abrazo y vuelvo a casa. Verifico que los papelitos siguen en su lugar. Estoy más preocupado que cuando salí.

 

IV

 

Nunca pensé que el trabajo de menor riesgo de todos los que hice en estos años me sacara de circulación. Lidiar y ocuparme de tipos pesados, integrar bandas peligrosas, tratar con loquitos sueltos, todo lo que uno se imagina al comenzar un laburo como éste y con un simple "infiltrate en la organización y ponele un micrófono al manda más" ahora estoy sentenciado. Claro, la culpa es mía por hacerme eco de la nueva tecnología que me pasó el hacker y que reveló cosas que no debía saber. Lo que no tuve en cuenta es que ellos también tienen gente que analiza los sistemas y podían descubrir el spyware y su procedencia. Inexperiencia, que le dicen, en estos menesteres,

Fue una buena movida intimar con la secretaria del General. Pude así  conocer que hubo unas cuantas llamadas intercambiadas por su jefe con el gerente de la empresa justo antes que me sacara del caso. Eso ya me alertó que algo no andaba bien. El encuentro con Gutiérrez me lo confirmó. No se me ocurre cómo salir de este laberinto.

Suena el celular. En la pantalla aparece Yo. Atiendo.

—Hola —reconozco la voz de Gutiérrez—. Se dice en radio pasillo que usted descubrió datos que comprometen al General con la empresa en cuestión y algunos capos policiales. Se habla de cargamentos muy valiosos que salen del puerto de Rosario con destino al norte de España.

—Mirá vos. Se dicen tantas cosas...

—Sí, claro. Pero sería una buena razón para silenciarlo. Por eso se me ocurrió una jugada que, como están las fichas en el tablero, no deja de ser riesgosa.

—Te escucho.

—Usted y yo somos peones. Somos moneda de cambio. La única chance es coronar y obtener una dama. Yo la tengo, una fiscal que está dispuesta a cubrirnos como testigos protegidos si declaramos.

—¡Nooo! Con mi currículum, si voy a la justicia, termino con perpetua —empiezo a dudar si no me está haciendo una cama.

—Por pescar a los peces más gordos están dispuestos a borrar nuestro historial.

—Dejame pensarlo y te llamo.

La verdad, es riesgoso, pero no veo otra salida. Tendré que evaluar que garantías me da el programa y si me puedo conseguir recursos para empezar algo en otro lugar.

 

 

V

 

—Señor, tiene una llamada por línea uno —la voz de la secretaria suena nasal en el intercomunicador.

—¿Quién es? —pregunto.

—Un viejo amigo, me dijo.

Empiezan a sonar todas las alarmas en mi cabeza. Hace un año y medio que desapareció Alberto Fuentes para dar paso a Edmundo Jadzinsky, con toda una historia prefabricada, con una empresa de seguridad exitosa, pero sin "viejos amigos".

—Pásemelo.

Suena la campanilla dos veces y atiendo sin hablar.

—Hola Beto. ¿Cómo estás? —escucho la voz del General al otro lado de la comunicación.

 

Osvaldo Villalba

09/06/2023

Currículum Vitae

 


Una de las experiencias más desagradables en la vida
es una entrevista de trabajo. Es algo que crispa los nervios
el explicarle a alguien todas las cosas que sabes hacer
con la esperanza de que te paguen por hacerlas.
El carnaval carnívoro
Daniel Handler

 

Mira el reloj por enésima vez. Va a llegar tarde. Debió levantarse más temprano. Tampoco hubiera servido, piensa. No podía dejar a Belén con su vecina antes de las siete de la mañana. Si bien Olga, la señora que alquila el departamento junto al suyo, dice despertarse muy temprano, no corresponde abusar. Ya bastante la ayuda quedándose con la nena este mes que no pudo pagar la guardería mientras busca trabajo. Pasa un colectivo pero va tan lleno que no puede subir. Justo hoy la línea del subte A para a la mañana y los colectivos no dan abasto. Tienen razón en su reclamo, la salud de los trabajadores es primordial, pero justo hoy salió esta entrevista de trabajo después de tantos intentos frustrados.

Logra subir al siguiente. Calcula veinte minutos hasta Tribunales. Podría llegar a su entrevista con menos de diez minutos de retraso a la hora fijada. Angustiarse no cambiará nada. Mejor centrarse en la entrevista. ¿Qué va a decir cuando le pregunten por los últimos diez meses en blanco en su currículum?

Hasta ahora mintió inventando explicaciones que, evidentemente, no convencieron. Bueno, también puede ser que no la llamen por tener una hija pequeña. O ambas razones.

Llega a destino. La oficina es en el piso once. El conserje le indica abordar el ascensor del fondo. En el palier el blindex de la oficina menciona el nombre del estudio jurídico. Se anuncia por el portero eléctrico a la recepcionista y empuja la puerta cuando suena la chicharra.

—Buenos días señorita —le dice—. Mi nombre es Verónica Peralta y tenía una entrevista a las 9,30 horas, hace 12 minutos.

—Ah, sí. No se preocupe. La doctora está demorada en una audiencia. Tome asiento por favor —responde la joven.

Menos mal, piensa, mientras se acomoda en una butaca. La oficina está ambientada con estilo moderno sin ser lujoso. Le resulta muy cálida. Un gran cuadro de Frida Kalho adorna la recepción.

Saca un apunte de sus portafolios y aprovecha para estudiar.

"El nuevo Código Civil y Comercial consta de un Título Preliminar y seis libros, a lo largo de 2671 artículos. La parte general está contenida en el Libro Primero, a lo largo de cinco títulos que, respectivamente, tratan de la persona humana, la persona jurídica, los bienes, los hechos y actos jurídicos y la transmisión de los derechos".

Una mujer que ingresa como una tromba a la oficina la saca de su lectura.

—Pudimos mediar —le dice a la recepcionista—. Pasá el expediente Gómez contra Suárez sobre ejecución de alimentos para inscribir en el juzgado.

Se dirige hacia el despacho y al pasar frente a Verónica le dice:

—¡Ah! Usted debe ser Peralta. Disculpe la demora. En seguida la atiendo.

—Sí, sí. No se preocupe.

Ingresa a la habitación dejando la puerta abierta. Es una mujer de alrededor de cincuenta años, bonita, rubia, con anteojos. Deja sus portafolios sobre el mueble detrás de su escritorio después de sacar varias carpetas y acomodarlas en distintas pilas. Se saca el blazer y lo cuelga en el perchero del rincón, al lado del ventanal. Verónica observa varios tatuajes en sus brazos. Eso la alegra. Varias veces la discriminaron por el que lleva en el cuello. Cuando termina de acomodarse la hace pasar. Es la hora de la verdad, si tiene el valor.

—Formalmente: buenos días. Soy Valeria Villafañe. Nuevamente le pido disculpas por el atraso —le dice la abogada mientras busca unos papeles en una bandeja.

Reconoce su currículum. Ve que tiene varias frases marcadas con resaltador. Otro punto a favor. Ha tenido entrevistas donde ni siquiera lo habían leído.

—Para ser honesta, yo también  llegué doce minutos tarde. No funcionaba el subte —confiesa.

—Aprecio su sinceridad. Empecemos entonces —observa la hoja, mira a su entrevistada y dice con una sonrisa—. La foto no la favorece.

—Prefiero que me llamen por mis conocimientos —responde sonriendo también. La doctora sabe cómo romper el hielo.

—Coincido. Verónica Peralta, 29 años, soltera, una hija de dos y medio. ¿Vive con alguien más? —pregunta.

—No, las dos solas.

—¿Cómo se arregla?

—Cuando tengo trabajo en la guardería. En este momento la cuida una vecina.

—¿Y el progenitor?

—Vaya una a saber.

—¿Figura en el Acta de Nacimiento? ¿Alimentos?

—Sí, figura. Le pasó algo los primeros meses cuando tenía trabajo formal. Después nunca más. Y no tuve medios para hacer el reclamo legal.

—Conozco muy bien esos procesos —responde la doctora—. Veo que le gusta el derecho. Está estudiando.

—Sí, comencé Abogacía a Distancia en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales. Tenía un costo accesible pero teniendo trabajo obviamente. Este año no pude seguir.

—Vamos a sus objetivos. ¿Qué está buscando con este empleo?

—El aviso decía "Importante Estudio Jurídico". Eso es lo primero que me atrae. Un importante estudio tendrá casos afines y de allí es de donde se aprende. Por supuesto que, si  lo consigo, mi trabajo tendrá una gran proporción de tareas rutinarias, "cadetear" en los tribunales, buscar datos, jurisprudencia, tipear escritos y otros, pero todo deja enseñanza porque así una asimila planteos y estrategias del accionar de sus superiores.

La doctora, con un gesto de aprobación y sorpresa, le responde:

—¡Vaya! Lo tiene claro. Me ahorró la descripción de lo que buscamos nosotros. Veo que ya ha trabajado con dos colegas antes. ¿Razones de los cambios?

—Mejorar en remuneración y condiciones —la tensión acelera su pulso y el temblor de sus rodillas. La próxima pregunta condicionará toda la entrevista.

—¡Ahá! Pero aquí dice que pasaron diez meses desde su último trabajo. ¿Dónde estuvo la mejora?

—...

—¿Algo que me quiera contar? —La doctora le acerca una caja de pañuelos al observar que Verónica está a punto de quebrarse.

—Gracias —toma uno de la caja y se seca los bordes de ambos ojos tratando de que no se le corra el maquillaje. —En realidad sí. Estuve trabajando hasta hace tres meses cuando me despidieron.

—¿Fue tan grave como para no ponerlo?

—Me demandaron por lesiones.

La doctora no parece sorprenderse. Se recuesta en su sillón y se saca los anteojos.

—Contame en detalle, por favor —le dice tuteándola por primera vez.

Verónica respira hondo y se acomoda el flequillo.

—Una compañera de facultad que trabaja en ese estudio me consiguió la entrevista cuando se enteró de la búsqueda. Me llamaron enseguida. Todo fue muy bien los primeros seis meses. Me gustaba la tarea que me asignaron y creo que la realizaba con eficiencia. Hasta que el hijo del socio principal del estudio me pidió como secretaria privada. Allí comenzó el calvario. Desde el primer día comenzó a acosarme. Primero de palabra, diciéndome linda y otros adjetivos similares. A la semana ya se animó a tocarme la mano cuando le llevaba algo, acariciarme el pelo cuando pasaba. Después me invitó a tomar algo a la salida. Al principio no quise ser grosera pero tampoco me mostré receptiva a sus insinuaciones y me negué a su ofrecimiento. Pero cuando se fue poniendo más insistente, mostré desagrado y no me importó contestarle mal. Pero en lugar de desanimarse parece que mi actitud avivó su ego y se fue al... ¡Perdón! Me acuerdo y me saca —toma otro pañuelo.

—Está bien, "se fue al carajo" es muy gráfico —completa la abogada.

Su intervención la hace sonreír aún enjugándose un par de lágrimas rebeldes.

—Sí, tal cual. Teníamos que armar la contestación de una demanda y me pidió si podía quedarme. No me agradaba la idea pero reconocí que el plazo se vencía y justificaba la excepción. Al fin y al cabo no podía interponer mis problemas personales al cumplimiento de mis obligaciones. Arreglé con mi vecina que buscara a la nena del jardín y nos quedamos solos en la oficina. Trabajamos duro y terminamos el escrito. Ya me estaba convenciendo que mis temores eran prejuiciosos cuando todo se convirtió en un torbellino. Fui a buscar mi abrigo al perchero y me abrazó de atrás e intentó besarme el cuello. "¿Qué hacés?", le dije, "soltame". "Si yo sé que querés", me susurró al oído. Me sacudí tratando de soltarme pero no podía. Le grité un montón de cosas que no recuerdo y vino a mi mente como jugábamos a pelear con mis hermanos: le di un pisotón con el taco en uno de sus pies y, cuando aflojó, giré con el codo en alto y le di en plena cara. Empezó a sangrar por la nariz y salí corriendo.

—¡Tremendo! —dice la doctora—. ¿Cómo siguió?

—Me fui a mi casa llorando. Sabía que lo había arruinado. Busqué a la nena que ya estaba dormida y me acosté, aunque no pude dormir. Al día siguiente no fui a trabajar. A la tarde vino mi amiga y me contó que la oficina estaba revolucionada. Nicolás, así se llama, fue a trabajar  con una máscara como la que usan los jugadores de fútbol en la nariz. La secretaria del abogado principal le contó que estaban analizando hacer una denuncia por lesiones para obligarme a renunciar o echarme con causa. Le agradecí la info. Como era viernes, iba a pensar que hacer el fin de semana y el lunes tomaría una decisión.

—¿Recibiste alguna notificación durante el fin de semana o en la semana?

—No, ninguna. Por eso, a mediodía del lunes llamé al estudio y le pedí una entrevista al socio principal. Me citó a última hora de la tarde. Cuando llegué no quedaba casi nadie en la oficina, salvo su secretaria. Me hizo pasar. ¡Estaba tan nerviosa! Nunca había hablado con él. Me recibió con amabilidad. No mencionó lo que había pasado ni tampoco me preguntó. Es probable que conociera las costumbres de su hijo. Sólo me dijo que seguramente entendería que ya no podía seguir trabajando allí. Que su hijo estaba muy enojado y había hecho una denuncia por lesiones en la fiscalía a cargo de un viejo conocido del estudio y que, si yo aceptaba renunciar, él personalmente se encargaría de pararla en la fiscalía.

—¿Una denuncia penal se puede retirar? —pregunta la doctora con entonación de mesa examinadora

—Eso exactamente le pregunté. Me dijo por supuesto que no, pero el fiscal le prometió que si le presentaban un escrito comunicando que no se avanzaría con una querella penal, él archivaría la causa por falta de mérito. No me quedó otra salida que aceptar.

—Tenías la opción de argumentar violencia de género —dice la doctora.

—Sí, es cierto. También lo pensé. Pero implicaba someterme al juicio, quién sabe por cuánto tiempo, buscando trabajo con una causa pendiente. Pensé en mi nena, en cómo mantenernos y creí que sería más fácil conseguir empleo si borraba ese período. Por eso, aunque el vínculo laboral se disolvió por renuncia, no quise incluirlo en el currículum por temor al informe que pudieran dar. Pero íntimamente sé que va a ser difícil conseguir trabajo en este rubro. Sumado a Belén, tan chiquita... Le agradezco su atención y lamento haberle hecho perder su tiempo —Verónica se pone de pie y le extiende su mano.

—¡Pará, pará! —le dice la abogada indicándole con un gesto que tome asiento—. La entrevista no terminó aún. ¿Acaso pensás que por ese incidente no calificás?

—...

—Todo eso que me contaste ya lo sabía antes de citarte. No habrías calificado si me mentías. No se puede trabajar en esta profesión sin confianza plena. Y por tu nena, yo crié a la mía sola casi desde que nació porque los dos años y medio que estuvo su progenitor era como si no existiera.

—¿En serio lo sabía? —pregunta incrédula Verónica.

—En este ambiente los chismes corren más rápido que las sentencias —responde sonriendo Valeria—. En realidad es mérito de mi hermano que tiene una memoria de elefante. Él hace penal aquí y, cuando vio tu nombre en las solicitudes, se acordó la repercusión que tuvo el caso en los pasillos de tribunales, sobre todo por la fama de "ganador" que tiene el fulano. Hasta se hicieron memes con La Máscara y La Justiciera. Se puso a buscar como se había resuelto el caso y sólo encontró que la denuncia se archivó. Consultamos entonces con la doctora que hace laboral, para ver si había algún juicio o conciliación y tampoco encontramos nada. Por eso quería escucharte

—No me enteré para nada de todo lo que me cuenta. Como no fui más a la facultad tampoco vi a mi amiga. En realidad tampoco ella me llamó más, así  que no sé ya si llamarla así. No sé que más decir...

—Decime si podés empezar mañana. Yo hago civil y derecho de familia. Vas a trabajar conmigo.

—¡Sí, gracias! ¡No sé cómo agradecerle!

—Podés enseñarme tus técnicas de defensa. Una nunca sabe.

 

Osvaldo Villalba

10/09/2023