Un vaso de whisky


¿Es superior el vaso transparente
a la mano del hombre que lo crea?
Nicanor Parra – Preguntas a la
 hora del té (poemas y antipoemas)

Se despierta en una habitación desconocida. Lo último que registra es el sonido de una sirena, un vehículo a gran velocidad y una camilla rodando por pasillos iluminados. Intenta moverse y un dolor agudo en su costado izquierdo, debajo de sus costillas, lo paraliza. En su antebrazo una vía gotea suero desde la percha al costado de la cama. Entra una enfermera y lo ve despierto.
—Buen día —le dice mientras renueva la bolsa—. ¿Cómo se siente?
—Todavía no lo sé. Tengo la boca seca y me duele acá —responde tocándose el costado descubriendo un apósito pegado con cinta.
—En un rato pasa el cirujano para ver cómo está la herida. Ahora le traigo un vaso de agua. Más no puedo darle todavía.

“¿Herida?” se pregunta. Nuevas imágenes van apareciendo en su cabeza. Ve al Chino abalanzarse sobre él empuñando un cuchillo. Recuerda haber barrido el lance con el brazo izquierdo hacia afuera protegiendo su vientre y un dolor punzante en el costado que le corta la respiración. Debió hacerle caso a Lucho cuando le aconsejó que no hiciera la denuncia. “Igual yo te banco” le había dicho Lucho. ¡Es un tipazo!
En cambio Rafael, su socio, se había enfurecido con él. “Ahora, por tu culpa, el Chino no nos entrega los vasos” le gritó. “¿Quién sos ahora? ¿Miembro de la Liga de la Justicia? Tenemos un negocio y funciona comprando barato y vendiendo caro. No creyéndote el Defensor de Menores”
“Es un insensible” piensa. “Le importa más el vaso que genera plata que la explotación de los pibes.” El mes pasado se había aparecido con la novedad. Un tipo que les vendía vasos de whisky a la mitad del precio que les cobra la cristalera. Y si no le pedían factura y pagaban en efectivo podían conseguir un 10% adicional.
Cuando fueron a verlo, en la costa del Riachuelo del lado de Provincia, entre Avellaneda y Lomas, el taller le pareció un espanto. De chapas, un calor infernal con los hornos al mango y poca ventilación. Pero eso era lo de menos. Lo que le pareció inadmisible fue ver unos diez pibes entre 11 y 13 años soplando el vidrio dentro de los moldes. Ni soñar con medidas de seguridad ni ropa adecuada. Los crisoles desde donde juntaban el material con la punta del caño iluminaban sus caritas con resplandores amarillos y anaranjados y le daban a la escena un aspecto dantesco.
El Chino, un morocho grandote, pelo corto, barba candado y una panza prominente, los hizo pasar a una piecita en el fondo y les puso las muestras sobre la mesa que hacía las veces de escritorio. Cerraron el negocio y cuando volvían le dijo a Rafael: “Este tipo es un delincuente. ¿Cómo puede tener pibes trabajando en esas condiciones? ¡Es un explotador! Y el lugar es inhabitable”. “No empecés con tu onda sindicalista. Ya bastante te aguanto con nuestros empleados”, fue la respuesta.

—¿Cómo va amigo? ¿Le duele? —la voz del cirujano lo sacó de sus pensamientos.
—Un poco. Cuando me muevo.
—A ver…—le quita el apósito y comienza a limpiar la herida—. Zafó por un poquito, ¿eh?. Unos centímetros más arriba y no la contaba. Lo único extraño es el ángulo de ingreso de la hoja. Hacía abajo. No es común en este tipo de heridas. Bueno, sigue todo bien.
—¿Cuándo me puedo ir doctor?
—En dos o tres días, si todo sigue igual. Su amigo, el que lo trajo, dijo que iba a buscar ropa a su casa y volvía. ¡Ah! Y ya puede comer algo. Ahora le dejo la autorización a la enfermera.
—Gracias doc.

En un rato va a llegar Lucho. Se conocen desde la primaria. Siempre fue un bocho. Es abogado y se ofreció a asesorarlo cuando se puso en sociedad con Rafael. Le contó la experiencia y su intención de hacer la denuncia. Lucho trató de disuadirlo. “Mirá que son organizaciones. Que todos hacen lo mismo. Son tipos muy pesados”. “Si no lo hago no me respetaría a mí mismo” fue su respuesta. Aceptó patrocinarlo. Hicieron la denuncia en el Ministerio de Trabajo de Lomas y les dieron fecha de audiencia. “Yo te acompaño ese día como tu abogado” le había dicho. Como no quería cobrarle pensó en hacerle un regalo. Decidió encargar una chapa de bronce para colocar en su puerta que decía: Dr. Luis Angel Flores Abogado. La retiró el día de la audiencia y la guardó en el bolsillón interno de la campera de jean para dársela a la salida de la Audiencia. “Eso nunca pasó” piensa, “debe estar todavía en el bolsa con mi ropa que veo en el placard”.
Ayer a la mañana Lucho pasó a buscarlo por su casa y fueron en su auto hasta Banfield, donde está el Ministerio. Estacionaron en la calle paralela a la Avenida Hipólito Yrigoyen, casi Hipólito Vieytes, a una cuadra. Subían por la escalera al segundo piso y al llegar al último rellano aparecieron el Chino y otro tipo con más pinta de matón que de abogado y comenzó a increparlo.
—¡Hijo de puta! ¡Hiciste que me clausuraran el galpón! —Y se abalanzó sobre él.
—¡Hola! ¿Cómo anda el Justiciero? —dice Lucho entrando—. Te traje algo de ropa porque la que tenías ayer la manchaste toda de sangre. ¡Sos un sucio!
—¡Ah! ¡Qué amigo que sos! Con amigos así… Contame que pasó ayer que lo último que me acuerdo es al Chino viniéndose.
—¡Ah! Después que te ensartó el tipo que venía con él lo agarró y por suerte había dos efectivos de la Bonaerense en el piso y lo redujeron. La audiencia se pospuso por razones obvias y el tipo tiene ahora una causa penal además de la administrativa. Los agentes llamaron a emergencias y yo me vine con vos en la ambulancia. Más adelante veremos como sigue. Ahora lo que importa es que te pongas bien.
—¡Gracias capo! ¡No se qué haría sin vos! Sólo quiero pedirte dos cosas más. La primera que inicies la disolución de mi sociedad con Rafael. Ni quiero verle la cara.
—¡Ja! Eso lo descontaba. Esta mañana mientras desayunaba empecé a preparar los escritos. ¿Y la segunda?
—Que me alcances de esa bolsa de ropa mi campera de jean.
Lucho va hasta la bolsa. La desata, revuelve, saca la campera y se la da. Busca en el bolsillo y saca un paquete.
—Tomá esto es para vos.
Lucho abre el paquete y se queda mirando con expresión sorprendida.
—¡Gracias! Pero mirá esto —le extiende la placa que debajo de la palabra Abogado muestra la abolladura de un puntazo y un rayón hacia abajo.

Osvaldo Villalba
27/12/2017



Confidente



¿No va a arder jamás para siempre
la víctima secreta del Amor?
George Freiherr von Hardemberg (Novalis)
  
—Te estoy aburriendo ¿no? —Tu voz suena a disculpa.
—¡No! ¡Para nada! —Me apresuro a responderte. Cualquier cosa menos aburrimiento. ¿Te cuento? ¡Si pudiera! Envidia, bronca, dolor. Pero sobre todo…¡Amor! Hace más de una hora que, sentados frente al río, en esta hermosa costanera de Vicente López, me contás los desplantes que te hace el estúpido de Pablo. Los deseos de agarrarlo del cuello y romperle la nariz de un frentazo son tan intensos como el de tomar tu rostro entre mis manos y comerte la boca. Pero no tengo el coraje para ninguna de las dos cosas. Entonces miento.
—Lo que pasa es que mirar el horizonte de agua me pone melancólico, pero te estoy escuchando. Me apena mucho que sufras por sus desaires.  Deberías tomar una decisión.
“Rajalo de una vez, yo te voy a consolar”, pienso. Pero…
—Sí, es cierto —me decís—, pero no puedo. No sé por qué es tan insensible. Tampoco por qué siempre lo perdono.
“Porque no te quiere. Porque nunca te va a querer como te quiero yo”, pienso. “Porque sólo se quiere a sí mismo”.
—Tendrías que ahondar en esos por qué —te digo—. No existe ninguna razón para que aguantes sus insolencias.
—Tenés razón. Cuando me quedo sola no paro de llorar —se te quiebra la voz y tus ojos se humedecen.
Contengo las ganas de abrazarte. Respiro hondo y pongo mi mano sobre la tuya. Una corriente eléctrica me recorre el cuerpo y mi corazón se larga al galope. ¿Cómo puedo ser tan cobarde? ¿Cómo puedo ser tan boludo? ¡Este es el momento! ¡Abrazala! ¡Decile que no podés vivir sin ella!
—Nunca hablé con nadie de esto —continuas un poco más recompuesta—. Te lo cuento a vos porque sos mi amigo.
¡Puñalada en el estómago! ¡Gancho al hígado! No soy tu amigo, te gritaría, no quiero ser tu amigo. ¿Estoy condenado a ser eternamente la víctima secreta de este amor?
—¿Qué te pasa? ¡Estás llorando! —me decís al observar los gruesos lagrimones caer por mis mejillas. Saben salados.
—Es que…—titubeo—, no soy tu amigo. Yo te amo. Estás en mis pensamientos todo el tiempo. Y sufro como nadie con tus conflictos. Te lo tenía que decir.
Mientras me abro veo como se va transfigurando tu rostro. La sorpresa se va convirtiendo en disgusto. Tu enojo estalla como una granada.
—¿Cómo me decís esto ahora? Después de todo lo que te conté, pensando que eras mi amigo. Seguro disfrutás lo que me pasa con Pablo. Todo lo que me decías era para tu interés personal.
—¡No! ¿Cómo me decís eso? Sólo quiero lo mejor para vos. ¿Cómo me voy a alegrar si te hacen sufrir?
—Ya no puedo creerte nada. ¡Andate por favor!
—Pero…
—¡Andate! ¡No te quiero ver más!

Mediodía del sábado. Me siento en el suelo, recostado contra el árbol. El día está gris y ventoso. El viento levanta copitos de espuma en el río. Hoy no hay veleros. El domingo pasado me fui de aquí con el corazón roto y una sensación de vacío que no se fue en toda la semana. Ni sumergiéndome en el trabajo ni sentándome a escribir y mucho menos con ganas de agarrar la viola. Parece que va a lloviznar. “El cielo llora como mi alma” pienso y sonrío con lo cursi de la frase. ¿Cómo se sale de esto? ¿Lo curará el tiempo? Hoy me parece que no. Tengo el teléfono apagado porque no quiero hablar con nadie. Ni siquiera fui esta mañana a jugar al fútbol con los pibes. Igual, al único que no pude engañar fue al abuelo. Anoche cuando terminamos de cenar y salí al patio se vino conmigo.
—¿Qué te anda pasando pibito? —preguntó bajito.
—Nada abu. Todo bien.
—Contáselo a tu cara entonces, porque parece que no se enteró.
Es muy bicho el abuelo. Me insistió hasta que le conté. Después de escuchar con atención, sentenció:
—Mirá pibe. Siempre es preferible penar por ir de frente que sufrir por comerte los sentimientos. Nunca te arrepientas de la verdad.
Empieza a lloviznar. Ojalá el abuelo tenga razón.

—Sabía que te iba a encontrar acá —tu voz me sobresalta.
—Es mi lugar preferido —respondo sin mirarte.
—Por eso lo sabía. ¡Uh, que serio! ¿Estás enojado?
—¿Por qué estaría? —te miro y mi corazón se acelera.
—¡No aprendés más! —me decís con una sonrisa que me derrite como un cubito en agua caliente—. ¿Cuándo vas a decir lo que sentís de primera? ¿Por qué? Porque te traté mal, porque te eché, porque te dije que no quería verte más.
Te sentás a mi lado. Ya me ablandaste.
—En realidad no es enojo —te digo—, es pena, es dolor por pensar que me quería aprovechar de…
No me dejas terminar. Rodeás mi cuello con tus brazos y me tapás la boca de un beso.
¡El abuelo es un genio!

Osvaldo Villalba
20/11/2017



El reportaje



“El verdadero tiempo no se puede
medir por el reloj o el calendario.”
Michael Ende

Finalizo el check in y el conserje, junto con la llave de la habitación, me da el sobre que dejaron a mi nombre en la recepción.
Mientras subo, agradezco que no es el mismo de hace dos años. Me tiro sobre la cama y abro el sobre. La nota, manuscrita, comienza agradeciendo a la editorial, a mí, por la disposición en venir hasta aquí a realizar el reportaje y termina transcribiendo la dirección, el número telefónico y los horarios en que se encuentra disponible para la entrevista. La firma Érika Sánchez.
Mañana la llamo para combinar. Cierro los ojos. Mi mente vuela hasta aquella noche. La editorial me había enviado a La Pampa para conducir una presentación de libros en Santa Rosa. Anochecía y la tormenta era tremenda. Las escobillas no alcanzaban a sacar toda el agua del parabrisas. Cuando faltaba poco para llegar a Pehuajó la ruta comenzó a llenarse de una espesa niebla.  Disminuí la velocidad porque el auto patinaba. Parecía estar embarrado. Unos minutos después la niebla comenzó a despejarse. Me encontré en un camino de tierra aunque nunca me di cuenta de que había salido de la ruta. Seguía lloviendo muy fuerte pero el viento había cesado. Consulté el celular  pero no tenía señal y el GPS no funcionaba. Avancé unos minutos más y, a la salida de una curva, apareció una casa de estilo europeo. Por lo oscuro de la noche no se veían otras construcciones alrededor, o tal vez no había nada. Era una buena oportunidad para averiguar dónde estaba. No se veían luces, enfilé el auto de frente, enfoqué los faros a la puerta y me bajé. La puerta era de madera maciza con un llamador de bronce con forma de mano. Di dos golpes, esperé unos segundos y volví a golpear. Escuché correr un cerrojo. Una  joven abrió apenas la puerta y se tapó los ojos con la mano izquierda, encandilada por los faros. En la mano derecha traía un viejo farol a kerosene. Me disculpé, corrí al auto, apagué los faros y me presenté:
—Buenas noches, me llamo Germán, voy a Pehuajó pero, aparentemente me desvié del camino.
Ella levantó el farol para mirarme. Era rubia, muy hermosa, con aire europeo, y ojos muy claros que miraban con asombro mi automóvil. Se recompuso y respondió:
—Pase, por favor, se está mojando. Mi padre, seguramente, sabrá indicarle.  —Abrió la puerta del todo, haciéndose a un lado para dejarme pasar, y gritó hacia el interior de la casa— ¡Padre! ¡Es un viajero que parece haberse extraviado!
Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra vi a un hombre sentado en un sillón hamaca, frente a una chimenea con leños encendidos. Su cabello corto enmarcaba un rostro rubicundo, acrecentado por el reflejo de las llamas y le daba un aspecto imponente. Era evidente que no tenían luz eléctrica porque había otros faroles en el ambiente.
—¿Qué lo trae por estas tierras, forastero? —preguntó con acento europeo.
—Iba para Pehuajó pero, por la tormenta y la niebla, me debo haber desviado de la ruta —intenté explicarle.
—¡Ah! No le falta mucho. Pero con esta tormenta no le aconsejo seguir porque las lagunas han de estar desbordadas dejando intransitable el camino. Quédese esta noche aquí y mañana, de día, decida si sigue o regresa. La cena estará lista en un rato. ¡Berta! ¡Pon otro cubierto por favor! ¡Érika, ayúdala! ¿Cómo dijo que se llama? —me preguntó mientras se ponía de pie.
—Germán, Germán Fischer.
—¡Ah! ¿De familia alemana? —Su rostro se iluminó mientras extendía su mano y me apretaba fuerte—. ¡Mucho gusto! Soy Otto Hoffmann.
La cena transcurrió en un clima cálido y ameno. Otto era muy conversador y se interesó en los antecedentes de mi familia. También en mi actividad en la editorial, que no conocía. Berta, su esposa, parecía muy joven, en relación a Érika, a quien le calculé unos veinte años. Otto contó que Berta estaba embarazada. Érika,  permaneció callada. Seguía pareciéndome muy bonita. Yo la miraba de reojo pero no levantaba la vista del plato.
Cuando llegó la hora de ir a dormir Érika me guió por un pasillo, que daba a un patio trasero donde, según me dijo, estaba la habitación de huéspedes. Me puso muy contento que fuera ella. Mientras estaba en la mesa imaginé mil maneras de encontrarla a solas, y al final se me dio sin hacer nada.  Al entrar a la pieza saqué una mini-linterna de mi riñonera e hice un paneo. Érika me miraba boquiabierta.
—¡Qué buena luz! —exclamó.
—¡Ah, sí! Son alógenas, iluminan muy bien.
—Nunca vi algo así.
—Tome, se la regalo —le dije divertido por su sorpresa.
—¡No, por favor! —dijo ruborizada.
—No se preocupe —respondí sonriendo—, en el auto tengo otra.
Le tomé la mano, puse la linterna en su palma y la sentí estremecerse. Sin soltarla, acaricié su rostro suavemente. Estaba sonrojada pero no se apartó. La besé y lo aceptó. Nos quedamos abrazados un rato hasta que me dijo:
—Tengo que irme…
—Está bien. No quiero que tengas problemas. Pero cuando termine mi trabajo, voy a volver y hablaré con tus padres.
—Mi madre murió al nacer yo —dijo—. Mi padre se casó este año con Berta. Ella es muy buena. Él estaba muy solo y deprimido.
—¿Y con vos?
—Sobrellevamos —la sonrisa iluminó su rostro.
—¡Andate antes de que pregunten por vos! —le dije besándola otra vez.
A la mañana los tres salieron a despedirme. La mirada de Érika me quemó cuando estreché su mano. Cuando arrancaba oí que Otto decía algo de mi auto pero no lo entendí. Saludé con la mano mientras me alejaba. Decidí volver atrás por el camino. Ya no llovía pero el piso estaba muy anegado. Unos minutos después apareció otra vez la niebla. Cuando se fue disipando comencé a ver las señalizaciones de la ruta.
Al llegar a Pehuajó pasé por el hotel, el Piccolini, para disculparme por no haber cumplido con la reserva, pensando en confirmar el alojamiento para mi vuelta.
—¿Conoce la casa de los Hoffmann? —le pregunté al conserje.
—No, no me suena.
Cuando le describí el camino de tierra, la casona, el tipo me miró con una mezcla de burla y compasión.
 —No ubico nada de lo que dice —respondió en un tono condescendiente. Seguro pensó que me había pasado de droga o alcohol, o ambas a la vez.
Paré en la YPF a cargar nafta y mis preguntas tampoco hallaron respuesta. Por lo menos la que yo esperaba.

El GPS del celular me dice que estoy frente a mi destino. Antes de bajar releo el cuestionario que preparé para hacer la nota. Sólo espero que no me traicione la ansiedad. De los cinco cuentos que Érika envió a la editorial en el correo de los escritores inéditos, uno me rompió la cabeza: “Del tiempo de mis abuelas”. Por él hice todo el lobby con el gerente para convencerlo de que se justificaba la entrevista, que era buen material y que me ofrecía a hacer el reportaje con los viáticos a mi cargo. Esto último fue lo que más sedujo al ratón de mi jefe. Escribí las preguntas para comenzar con generalidades antes de llegar a la historia que hay detrás de cada cuento, y de allí al que me interesaba.
Bajo del auto y observo la casa. Un pequeño jardín al frente detrás de un cerco de material y un portón de madera lustrada. El porche, con un banco de plaza al costado de la puerta, bajo la ventana, me recuerda las construcciones en mi pueblo natal. No se ve timbre así que golpeo las manos. Unos ladridos me indican que, por lo menos el perro, me escuchó. Abre la puerta una joven de pelo castaño, muy bonita, al mismo tiempo que un perro blanco, enorme, corre hasta la verja y entre gruñidos me muestra su dentadura en forma amenazante.
—¡Duque! ¡Down! —grita la joven y el perro se sienta en sus cuatro patas pegado el suelo. —¿Germán? —pregunta ella dirigiéndose a mí.
—Si. ¿Érika? —El susto no me permite reconocer mi propia voz—. Creí que acá se terminaba mi viaje —le digo intentando sonreír.
—Tranquilo, es pura espuma —dice riendo con ganas— ya hizo su rutina. Pasá, el portón está abierto.
Corro el cerrojo y entro mirando de reojo a la bestia. Érika me saluda con un beso y pasamos al living. Me señala un sillón y nos sentamos. Sirve café y me alcanza la taza. Saco mi grabador y comenzamos la entrevista de acuerdo a lo planeado: cuando comenzó a escribir, como elige los temas, si sus personajes se basan en gente conocida o son pura ficción. Por fin llegamos a la historia por la que vine.
—Contame sobre Del tiempo de mis abuelas.
—¡Ah! Son historias que me contó mi abuela Ana cuando yo era chica. Creo que entre los diez y los doce años. En realidad son de mi abuela Ana y mi tía abuela Érika, hija del primer matrimonio de mi bisabuelo. Su madre murió cuando ella nació y varios años después él se volvió a casar. De ese matrimonio nació mi abuela Ana. Las hermanas se llevaban como veinte años de diferencia. Ana me contó que Érika nunca se casó ni tuvo novio. Solía decir que esperaba al príncipe azul que nunca llegó. De esos relatos imaginé historias de amor que volqué a los cuentos. Cuando murió la abuela Ana, vaciando su habitación encontramos una caja con cosas que pertenecieron a Ërika y que en honor a mi nombre me la quedé.
—¿La tenés a mano? —pregunto
—¡Si, claro! La usé para inspirarme en algunos relatos. Ahora la traigo.
Mientras se va a buscarla siento que mi estómago se estruja. ¿Habré entendido bien lo que mencionaba en el cuento? Regresa y apoya la caja sobre la mesa ratona. Retira la tapa y comienza a sacar anillos, un brazalete, un abanico, varias hojas atadas con una cinta y…¡Mi linterna a pilas  toda oxidada!

Osvaldo Villalba
17/10/2017



Prejuicio

“Nada nos engaña tanto
 como nuestro propio juicio”
Leonardo da Vinci


La chica salió de la boca del subte y en la primera esquina, la calle de su casa, dobló caminando rápido. A escasos diez metros un hombre dobló en la misma dirección. Ella presintió que la seguían e intentó apurar el paso. Él se puso la capucha del buzo y corrió.


Mientras bajaba en el ascensor se miró en el espejo y sonrió. “Nunca imaginaste que ibas a hacer esto”, pensó. Ya en la calle se dirigió hacia la  avenida, a dos cuadras de su casa. En la esquina, la barra de pibes que limpian parabrisas, charlaban esperando que corte el semáforo. Debía ser una de las pocas veces que pasaba caminando por allí. Siempre le había molestado el aluvión que se venía cada vez que la luz roja detenía su auto.
—¿Le limpio maestro? —Ante la negativa, hacían un círculo entre el índice y el pulgar— ¿Una moneda?
Muy rara vez accedía, solamente si había llovido y su parabrisas estaba muy sucio de gotas y salpicaduras de otros autos. Pero en general su gesto era negativo ante las dos preguntas.
Cruzó la avenida y entró en la pizzería. Hizo el encargo. Fue a la caja y pagó con tarjeta las pizzas y las empanadas. El empleado del mostrador recibió con una sonrisa el billete de propina.  De regreso a su casa entró en el supermercado chino, el único que podía encontrar abierto a esa hora de la noche, y se llevó cuatro cervezas en envases no retornables.
Llegó hasta la esquina justo cuando el semáforo había detenido a los autos. Dos de los muchachos estaban limpiando y el tercero se había quedado parado al lado de los baldes. Se acercó a él y lo abordó:
—Buenas noches ¿Quién es Dante?
—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.


—¿Cómo se llama? —le había preguntado hace una hora a su hija.
—Creo que Dante —respondió ella todavía con la respiración entrecortada.
Estaba sufriendo frente al televisor, como todos los hinchas de Independiente, porque el empate se les negaba y el tiempo se iba acabando, cuando escuchó los gritos de su mujer en la cocina.
—¿Qué te pasó? ¡Mi amor! ¿Qué te hicieron?
—¡Me asaltaron! —escuchó la voz de su hija quebrada por el llanto.
Corrió y vio cómo su mujer ayudaba a la chica a sentarse en una silla. Preguntó que había pasado pero ambas lloraban y no podían explicar. Revisó la cabeza de su hija. Tenía un chichón morado sobre el lado derecho de la frente cerca de la sien sobre el que apoyaba un repasador con trozos de hielo.
—Bueno, tranquila, es un golpe fuerte pero con lo cabeza dura que sos… —le dijo para aflojar un poco la tensión.
Sin dejar de llorar, la joven sonrió.
—No perdés oportunidad papá ¿eh? ¿A quién salí?
—¿Qué te robaron? ¿Cómo fue?
—Salí del subte y venía para acá.  Me pareció que alguien me seguía y cuando me quise apurar sentí que me tironeaban de la mochila y me empujaron. Sentí como un estallido y cuando abrí los ojos estaba sentada contra la pared y los pibes de la esquina me estaban atendiendo. Uno me dio este repasador con hielo que fue a buscar a la heladería. Me preguntaban si estaba bien. Si me podía parar. Lo habían corrido al tipo y recuperaron mi mochila. Después otro de ellos me acompañó hasta la puerta.
—¿Cómo se llama? —preguntó él.
—Creo que Dante —respondió.


—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.
—Digamos que un padre agradecido.
—¡Ah! ¿Por la piba? Yo soy Dante. No hay nada que agradecer. A la piba la vemos pasar todos los días.
—Gracias por recuperar la mochila de mi hija.
—¡Ja! ¡Para el flaco Ráfaga fue sencillo! Cuando le gritamos el chabón quiso salir corriendo pero Ráfaga es Usaín Bolt. No se le podía escapar. Posta que con la murra que le dio no le quedan más ganas de afanar por acá.
—Les compré unas pizzas y empanadas y traje unas cervezas.
—¡Eh, joya! ¡Ráfaga, Corcho, paren que pintó pizza y birra!

Osvaldo Villalba
10/09/2017









El jefe



La vida te da sorpresas,
sorpresas te da la vida.
Rubén Blades

El auto estaciona junto al cordón de la vereda, frente a mí. Los vidrios polarizados no dejan ver los ocupantes. Se abre la puerta trasera, Moncho baja y me hace una seña con la cabeza para que entre. Adentro hay otro grandote, cruzado de brazos, además del chofer. Quedo en medio de los dos en el asiento de atrás y el auto arranca. El tipo de mi izquierda me alcanza una capucha.
−¿Es necesario? –le pregunto.
−Es imprescindible –responde.

Empiezo a arrepentirme de lo que estoy haciendo. ¿Quién me manda meterme en lo que no me importa? ¡No aprendo más! Aunque tampoco podía ignorar lo que pasó antes de ayer. Mientras el auto avanza rápidamente, vaya a saber por dónde, vuelve a mi mente el momento en que salí del ascensor y vi la puerta abierta del departamento de mi vecina, Doña Isabel, con quien no tengo mucho trato, más que los saludos y alguno que otro favor de vecino, como guardarle un par de recipientes en mi freezer, –que siempre está vacío−, porque el suyo se había dañado.  Me acerqué y la llamé sin obtener respuesta. Abrí un poco más la puerta comprobando que estaba todo revuelto, con cajones dados vuelta en el suelo, los armarios abiertos, lo mismo que la alacena de la cocina que se veía a través de la abertura. También la heladera estaba abierta y todo su contenido diseminado por el suelo. La llamé otra vez, antes de pasar al dormitorio y nada. Entré despacio, con temor de lo que podía encontrar, pero sólo había desorden, los cajones de la cómoda vaciados sobre la cama y la ropa de los placares desparramada. Salí y llamé al portero. No había escuchado nada. Llamamos al 911 y en un rato estaba el patrullero de la comisaría de la zona. No había rastros de la anciana. Sacaron algunas fotos, nos tomaron declaración de lo poco que podíamos aportar y pusieron una franja sobre la puerta, dejando un agente de consigna. 

El auto se detiene y me bajan sin sacarme la capucha. Me guían para subir un par de escalones en lo que debe ser la entrada a una casa. Escucho una puerta que se abre y, al entrar, el piso cruje como pinotea. Me hacen sentar en un sillón y el grandote me dice:
−Ahora te va a recibir el jefe. No te saques la capucha hasta que te avisemos.

¡Insisto! Estoy acá por entrometido. Cuando volví a mi departamento, después que el oficial se fue, me percaté que la heladera de la mujer estaba funcionando. ¿Por qué no vino a buscar sus recipientes? Los saqué de la heladera, los abrí y cada uno tenía adentro una bolsa envasada al vacio de un polvo blanco. Abrí una punta, metí el dedo, lo puse sobre mis labios, sentí que se dormían. “¡Carajo!”, pensé en ese momento, “debía ser esto lo que buscaban.¿Qué habrá pasado con Doña Isabel?” Envolví los paquetes en papel de diario, fui al compartimiento del motor del ascensor y los escondí entre unos escombros que están ahí desde siempre.

Ayer a la noche, cuando volvía del trabajo, en la esquina, el tipo me paró y me dijo:
−El jefe te manda decir que tenés algo que es de él.
−¿Perdón? ¿De qué me hablas?
−Sabés de que te hablo Federico, no te hagás el gil.
−¡Ah! ¡Sabés mi nombre! ¿Y Vos quien sos? ¿Quién es el jefe?
−Soy Moncho y me estoy refiriendo a los paquetes de la vieja. ¡No me hagás enojar!
−No me asustés que me voy a hacer pis. Laburé en un frigorífico. He manejado tipos más pesados que vos. Primero decime qué hicieron con ella.
−¡Ah, bueno! Ahora soy yo el que tiembla. Ella está bien, el jefe la cuida. Dame los paquetes.
−A vos no te voy a dar nada. Y no vayas a revolverme el departamento. No pensarás que están ahí.
−Tranquilo, no fuimos nosotros los que volteamos el departamento de Isabel. Ahora que nos estamos entendiendo ¿Cuál es tu propuesta?
−Quiero comprobar que ella está bien y sólo arreglo con tu jefe.
−Está bien, dame un minuto.

Se alejó un momento y habló por teléfono.
−Está bien. Mañana a la noche esperanos en la esquina que te venimos a buscar.

Escucho abrirse una puerta:
−Ahí está el jefe −dice Moncho mientras me saca la capucha.
−Hola Federico, gracias por preocuparte –me dice Isabel.

Osvaldo Villalba
13/09/2016

Este cuento fue publicado por Editorial Dunken en la Antología Escritores en Oficio, como cierre de una clínica de creatividad literaria.

Lluvia


Llegará un día que nuestros recuerdos
 serán nuestra riqueza.

¡Cómo disfrutaba la lluvia! El repiqueteo de las gotas en mi ventana o el ruido en el toldo del departamento de abajo eran una música increíble. Hasta aquel sábado... Sábado sin programa, recostado en mi sofá, vaso de whisky, escuchando a Piazzolla mientras la tormenta sacudía con fuerza las copas de los árboles.

En esa época vivía en un departamento antiguo en Paternal, sobre Espinosa, casi Seguí, con un pasillo largo, cuatro departamentos en planta baja, con patio, al que confluían todos los ambientes y cuatro en planta alta, donde estaba el mío. Escalera de mármol con escalones muy gastados, ambientes amplios, altos, puertas y ventanas mitad madera y mitad vidrio, con banderola y balcón con postigos metálicos.

Los gritos de la calle me sacaron de mi trance. Me acerqué a la ventana y el panorama ante mis ojos era aterrador. La calle parecía un río que venía desde Juan B. Justo haciendo olas al rodear los árboles. Las veredas ya no se veían. La corriente había arrastrado un par de autos estacionados y los había amontonado contra el camión de mudanzas, siempre estacionado en la esquina, dejándolos atravesados en el medio la calle. Los vecinos de la vereda de enfrente sacaban agua con un secador, pero la fuerza de la corriente los vencía una y otra vez.

Llevaba cinco años viviendo allí y nunca se había inundado de esa forma. No había salido de mi asombro todavía, cuando se cortó la luz. Fui a la cocina a buscar una linterna y fue entonces cuando escuché un grito desgarrador. “¡¡Nooo!! ¿Por qué?” gritó doña Julia, la anciana del departamento de abajo. Corrí al pasillo de mi departamento y me asomé a la pared que daba a su patio. Le pregunté si estaba bien. “Se mojó, se mojó” me respondió entre sollozos. Le pedí que no se moviera y baje corriendo. En la calle el agua me llegó hasta las rodillas. El umbral de entrada era alto por lo que, tanto en el zaguán como en el pasillo, el nivel del agua era menor. Por suerte doña Julia tenía la puerta de su departamento abierta. Entré, alumbré el patio y alcancé a divisar las macetas, una mesa con sillas y el lavarropas al lado de la pileta. El agua tendría una altura de cinco centímetros porque sólo me cubría las zapatillas. La llamé y me respondió desde el dormitorio. Entré a la habitación, hice un paneo con la linterna y la vi sentada, a los pies de la cama, con algo sobre su regazo. Su rostro estaba desolado. Repetía una y otra vez “se mojó, se mojó”. La pieza tenía poca agua, y no afectaba al viejo ropero ni a la mesa de luz o la cómoda porque tenían patas. Apoyé la linterna sobre un mueble de manera que iluminara un poco, y me senté a su lado. La abracé, intenté tranquilizarla, ofreciéndole levantar las cosas para preservarlas del agua. Me miró con tristeza y repitió “se mojó, estaba bajo la cama”. Busqué la linterna, la alumbré y entendí. Sus manos temblorosas acariciaban con ternura… ¡un álbum de fotos!

Subí a los muebles más altos las cosas mojadas, levanté la heladera, que por suerte era pequeña, sobre dos bancos de madera, el lavarropas sobre dos sillas, y llevé a doña Julia a mi departamento, junto con su gato Bandido, para que descansaran en lugar seco. Cuando volvió la luz, con un secador de pelo, estuvimos varias horas secando el álbum y las fotos, que para tranquilidad de la anciana, no se habían dañado. A medida que lo hacía comprendía más y más su angustia. ¡Toda su vida, toda su historia, estaba en ese álbum! “Para ella debe ser como si se me quemara el disco rígido de la computadora”, pensé. “Y tal vez peor, porque son cosas que no se podrían replicar. ¡Mañana mismo, sin falta, hago un backup!”.

El agua bajó al día siguiente. Otras vecinas la ayudaron a limpiar su departamento. El álbum, con algunas arruguitas y ondulaciones, quedó bastante bien. Quedó tan agradecida que una vez por mes, cuando cobraba su pensión, me hacía un bizcochuelo.

Jamás se alejó de mi memoria la triste imagen de Doña Julia, abrazada a su álbum de fotos, chorreando agua. Pasaron muchos años, me mudé varias veces, me fui aviejando por afuera y sigo amontonado recuerdos por adentro, pero desde aquel sábado, nunca, pero nunca más, pude disfrutar la lluvia.





Osvaldo Villalba
09/04/2014

El arqueo



A Susana, la
mujer de mi vida.

Absorbido por los comentarios en los diarios digitales sobre las repercusiones que tuvieron las elecciones de Estados Unidos en las bolsas del mundo no me di cuenta que ya son las diecinueve y treinta y en la oficina se fueron casi todos. La única que queda es la tesorera que, por sus bufidos, parece estar en una lucha desigual, en la que pierde, con la planilla de caja.
Dejo mi lectura y me acerco.
—Te iba a preguntar si tenés diferencia, pero es una obviedad —le digo.
—Hacés bien —responde—. Sino ya no estaría aquí, ¿no?
—¡Uh! ¡No está el horno para bollos! ¿Te ayudo?
—Si no te es muy molesto.
—¿Cuanta diferencia tenés?
—Setenta y dos mil pesos.
—Si faltan te los descuento del sueldo. Si sobran los repartimos.
—¡Más generoso no podés ser! —exclama sonriendo por primera vez—. Sobran.
—Bueno, mejor la buscamos. Pero si la encuentro quiero un premio.
—Que sería...
—Un beso.
—Te estás aprovechando de tu posición.
—¡Y! Ya que la diferencia de puesto no se refleja en los sueldos...
—Ya revisé todo. No tengo muchas más alternativas.
—¡Bien! Repasemos los controles. ¿Vuelco del saldo inicial con el cierre de la caja de ayer?
—Sí.
—¿Control de la numeración de recibos de cobranza, verificando que el primero de hoy sea correlativo al último de ayer?
—También.
—Control del último número con el subdiario de cobranza.
—Sí, y verifiqué que no faltara ningún número.
—Bien. Control de las órdenes de pago, numeración inicial y final.
—Verificado. Y controlé que los totales de los subdiarios de cobranzas y pagos dieran con los subtotales de ingresos y egresos de la planilla de caja.
—¡Muy bien! ¡Esa es mi discípula! —aplaudo logrando que vuelva a sonreír—. Entonces la diferencia está en los valores. Descuento  que el efectivo lo contaste varias veces.
—¡Tres!
—De acuerdo. Alcanzame los cheques —digo extendiendo mi mano.
Empiezo a revisar los cheques con detenimiento y anoto en un papel dos casos:
Galicia N° 835 $ 208526,30
HSBC N° 322 $ 519875,00
—Bueno, yo te canto los datos de un cheque y vos me das el importe que volcaste en la planilla —le propongo.
—¡Dale! —responde más animada.
—Banco Galicia con número final ochocientos treinta y cinco.
Busca con el cursor del mouse y lee pausado.
—Doscientos ocho mil quinientos veintiséis con treinta.
—¡Bien! Ahora HSBC que termina en trescientos veintidós.
Tarda unos segundos.
—Quinientos noventa y un mil ochocientos setenta y cinco.
—¡Bingo! Es quinientos diecinueve —le digo extendiéndole el cheque.
Lo toma, lo mira incrédula varias veces comparando con la cifra cargada en la computadora y exclama:
—¡Sos un genio!
—Mi mamá siempre me lo dijo.
—¿Cómo lo hiciste?
—Si la suma de los dígitos de una diferencia da nueve, la probabilidad de que sea una inversión es muy alta. En este caso setenta y dos tiene dos posibilidades: un ochenta por cero ocho o noventa y uno por diecinueve. Ahora mi premio...
Se acerca, rodea mi cuello con sus brazos y nos besamos largamente.
Luego, sin dejar de abrazarme, me mira a los ojos y dice:
—Me preocupa coincidir con tu mamá.
Suelto la carcajada y la aprieto fuerte contra mi.
—Tranquila, es en lo único. Ahora, si no fueses mi esposa, ¿me denunciarías por acoso laboral?

Osvaldo Villalba

28/01/2017