Lo peor del mundo es
intentar dormir y no hacerlo
F.Scott Fitzgerald
Se quedó un rato mirando el techo, observando
el reflejo de los faros de los automóviles que pasaban por la autopista y se
colaban por la ventana de su habitación como veloces linternas. Finalmente
decidió levantarse. Puso a calentar una taza de café del día anterior en el
microondas y fue a darse una ducha. Cuando regresó a la cocina, ya había tomado
una decisión. No esperaría a que vengan a buscarlo. Sorbió el café lentamente mientras se vestía. Finalmente tomó la
pistola que estaba sobre la mesa, le sacó el cargador, comprobó que no tenía
bala en la recámara y guardó ambas cosas, por separado, en la mochila junto con su placa.
Mientras conducía por la autopista rumbo a la
comisaría, −seguro de la opción elegida−, comprobó que, frente al motel ubicado
en las afueras del pueblo, las luces azules de varios patrulleros, hacían su
trabajo. En ese instante, la escena volvió a representarse ante sus ojos:
Julia, su mujer, saliendo de una de las habitaciones del motel con ese hombre,
subiendo entre risas en el auto estacionado afuera, sus grandes ojos, llenos de
asombro, al verlo parado frente a la ventanilla del automóvil, su boca abierta
en un grito ahogado cuando el primer disparo penetró en la sien de su
acompañante, y el gesto de horror cuando el segundo se estrello en su frente.
Osvaldo
Villalba
24/07/2015