Patadura





El fútbol que vale es el que 
uno guarda en el recuerdo 
Roberto Fontanarrosa 

I

Me gusta mucho el fútbol. Mi mamá se enoja porque veo todos los partidos, los de mi equipo y otros también. Mi papá se ríe porque hace lo mismo. Pero tenemos una diferencia. ¡Una gran diferencia! Mi papá juega muy bien. En el club del barrio, en el equipo de más de treinta y cinco años es el goleador. En cambio yo soy un patadura, lo tengo asumido. Estoy en el equipo de hasta doce pero sólo juego en los entrenamientos. En el torneo siempre hago banco. Pero no me importa y festejo cuando el equipo gana. En realidad sí me importa, me gustaría jugar bien, saber gambetear, cabecear bien. Pero…

 En el fondo de mi casa hay un terreno grande: papá quería armar una canchita de fútbol, y mamá la pileta de natación. Llegaron a un acuerdo. Papá compró una pileta de lona, muy grande, que armamos en verano, y en invierno queda como canchita.

Todas las tardes, después de hacer los deberes, –voy al colegio a la mañana– salgo a practicar. Intento patear con las dos piernas, pero si la derecha es de palo, la izquierda es de cemento armado. Pero igual pateo al arco casi una hora, hasta que mi mamá me llama a tomar la leche.

Después de la primavera, cuando las tardes empiezan a ser más largas y todavía no hace calor para armar la pile, jugamos con papá cuando viene del trabajo. En realidad, me hace practicar. Me tira centros desde el corner para que cabecee. Me hace pases para que remate a la carrera. Y nos reímos de los desastres que hago. Mi papá no me carga porque juego mal. Él siempre me apoya. En cambio los pibes del equipo, me tienen podrido. ¡Y me la tengo que aguantar porque tienen razón! Igual me da bronca. Los agarraría a trompadas.

  II

El equipo de papá jugó ayer sábado ¡y salieron campeones! Ganaron por ocho a cinco, con tres goles de él. Además fue el goleador del torneo. Me quedé ronco en la tribunita que tiene el polideportivo de gritar los goles y cantar. Y le saqué fotos  dando la vuelta olímpica y levantando la copa.

Hoy, por la mañana, jugamos las categorías infantiles. De todas, la única que tiene chance de salir campeona es la mía. Y jugamos en el último turno.

El entrenador nos dejó un rato en la tribuna para que viéramos los partidos de los más chiquitos así nos aflojábamos. Pero cuando empezó la categoría hasta diez años, nos llevó al vestuario.

–Jueguen tranquilos –nos dijo– ustedes pueden ganar, pero si no…, es sólo un partido de fútbol. Los rivales también quieren ganar y si llegaron hasta esta final es porque tienen méritos. Y también estarán nerviosos. ¡Hagan lo saben hacer! ¡Jugar al fútbol! ¡Vamos!

Salimos a la cancha. Miré la tribuna y mi papá y mi mamá estaban allí. Los saludé y me senté en el banco.

Empezaron ganando ellos. A los cinco minutos hicieron un golazo. La llevaron tocando hasta el área y el nueve se metió con pelota y todo, eludiendo al arquero. Lo dimos vuelta antes de terminar el primer tiempo. ¡Dos a uno!

Apenas empezó el segundo tiempo nos empataron. Después por la mitad se pusieron tres a dos. Enseguida, cuatro a dos. Nos agarró un bajón. Seguí sufriendo desde el banco. El equipo no hacía dos pases seguidos. El entrenador cambió al cinco. Salió Matías y entró Nicolás. No sé si porque entró más fresco o porque estaba más tranquilo, empezó a manejar la pelota en el medio y comenzamos a llegar. Faltaban cinco minutos y nos habíamos puesto cuatro a cuatro. Con este resultado íbamos a penales.

Y entonces… ¡Lo inesperado!  Ezequiel, el defensor central, trabó una pelota y se le dobló la rodilla. ¡Como lloraba! El entrenador, sin mirarme, me llamó:

¡Santi vení!

Me paré corriendo, miré a la tribuna. Mi papá me hacía la seña del pulgar para arriba. El entrenador me pasó la mano por el cuello y me habló señalando la cancha.

Santi, parate ahí –señaló el área nuestra– donde estaba Ezequiel. No intentes salir jugando. Reventala para arriba. Es preferible ir a penales que perder en los últimos 5 minutos.

Yo asentía con la cabeza, como hacen los jugadores profesionales cuando el entrenador les da indicaciones.

Entré a la cancha. En la primera jugada uno de ellos avanzó por mi lado. Me tiré a los pies y la saqué afuera.

¡Eso Santi! ¡Así! me gritó el entrenador.

Cuando hicieron el lateral, la reventé. Fue a parar al arco contrario. La pelota se disputaba mucho en el medio y por suerte no llegaron más por mi lado.

Faltaba un minuto, y Nico bajó una pelota en la mitad de la cancha, lo vio a Ramiro, el nueve, y se la tocó por arriba. Ramiro la bajó, se dio vuelta y sacó un remate que el arquero mandó al corner.

Fue Nico a hacerlo. Estaban casi todos en el área rival esperando el centro. Me había quedado atrás yo solo, parado en el círculo central. Nico miró la pelota, miró el área, y yo le hice una seña desde la mitad de la cancha y empecé a correr. Me entendió, y en lugar de tirar el centro al área, la puso de rastrón al medio. La agarré a la carrera, como venía, como practicaba con mi papá y… ¡La clavé en el ángulo!

 

Osvaldo Villalba

25/11/2015

 

 

 

 

 

Blanquito


Podemos juzgar el corazón de un
hombre según trata a los animales.
Inmanuel Kant

I
El sábado se estaba yendo. Abel ajustó las ruedas al eje y probó su rodamiento al aire. Es aceptable —pensó—, tal vez haya que poner un poco más de lubricante. Usó el aerosol. Probó nuevamente. Ahora sí.  Lo puso en el suelo y levantó el arnés. La gomaespuma se había adherido bien, sobre todo en la zona de roce. Recordó la cara de su madre cuando llegó del trabajo con un changuito[1] nuevo.
—¡No me digas que te vas a dedicar a hacer las compras de la casa! —le dijo su mamá.
—¡No ma! Te compré uno nuevo porque voy a usar el viejo en un proyecto que tengo.
Navegando en internet había encontrado esa foto que hizo que su corazón roto volviera a latir esperanzado. La duda era: ¿podría hacerlo? Por lo menos tenía que intentarlo.
A su alrededor, las distintas piezas diseminadas por el piso formaban un extraño rompecabezas. Miró el plano extendido sobre la mesa de trabajo comprobando que había cumplido todos los pasos previos. Llegó el momento de ensamblar. Era la hora de la verdad: comprobar si lo plasmado en el papel se transformaba en lo imaginado.
Comenzó a acoplar las partes y poco a poco el conjunto fue tomando forma hasta convertirse en el producto concebido.
Lo puso en el medio del galpón que le servía de taller y se lo quedó contemplando sentado en el piso, con la espalda recostada contra una de las paredes. Si fuera creyente rezaría —se dijo— pero no sabía cómo hacerlo. Y pensar que puteaba en las horas de Tornería y Soldadura en la escuela. Tenía que reconocer que sin lo que le rompieron las pelotas los profes para que aprendiera no hubiera podido hacerlo. Por primera vez en tres semanas esbozó una sonrisa. Lástima que los docentes no se enterarían de su tardío agradecimiento.
Esa noche, mientras acariciaba la cabeza de Blanquito, su perro, cerró los ojos y dejó volar sus pensamientos. A pesar de que no podía evitar revivir con dolor los últimos acontecimientos, se fue quedando dormido.

II
Blanquito llegó a la vida de Abel dos años atrás. Lo encontró un día de tormenta, todo mojado, debajo de un banco de la plaza, cuando regresaba del colegio.
—¡Eh amigo! ¿Qué hacés ahí abajo? Vení, no tengas miedo.
El perrito se fue acercando arrastrándose, con la cola entre las piernas, muy asustado.
—¡Tranquilo amigo! —le dijo mientras lo acariciaba— Vamos a casa, vas a secarte y estar calentito.
Cuando llegó con el perro su madre puso reparos.
—¿Un perro en casa? ¡Sabés que a papá no le gustan los animales!
—¡Pero mamá! ¡Mirá como está de sucio y mojado! Y seguro tiene hambre también. Yo me voy a ocupar de todo.
—Está bien, pero hablá vos con tu padre cuando regrese del trabajo.
Cuando llegó el papá no protestó como preveía su madre, sino que, en seguida sintió empatía con el perrito. Sólo en algo fue terminante:
—Está bien Abel, que se quede. Pero vos te vas a hacer cargo de todo: cuidado, limpieza, paseo, comida. Todo ¿eh?
—¡Sí pa! ¡Quedate tranquilo!
Blanquito es un perro de raza indefinida, blanco —de allí el nombre que recibió— y pelo largo, tal vez influencia de un Collie entre sus antepasados. En poco tiempo se hicieron inseparables. Blanquito lo acompañaba al colegio y luego volvía a la casa. Al regreso lo esperaba en la puerta y al verlo venir corría a su encuentro, ladrando y saltando. En diciembre pasado Abel terminó su secundario, y hacía dos meses que había comenzado a trabajar como técnico mecánico en la fábrica de rulemanes del pueblo. El perro lo acompañaba al trabajo y lo esperaba con la misma ansiedad. A la noche dormía hecho un rulo a los pies de su cama, apoyado sobre las piernas del joven.


III
Cuando cobró su primer sueldo se dio el gusto de comprar la ansiada pelota de fútbol que, hacía más de tres años, veía con admiración en la vidriera de la casa de deportes. El sábado siguiente, a la hora en que se juntaba con los pibes a jugar a la pelota, llevó, con orgullo, su nueva adquisición. A esta actividad Blanquito nunca lo acompañaba porque después del partido se iban todos al local de comidas rápidas que está en el centro. Pero ese día, el perro parecía tan entusiasmado como él con la pelota nueva. La corría, la tomaba entres sus patitas delanteras y la hacía rodar, saltaba sobre ella y la paraba con el cuerpo. Finalmente, le dio pena dejarlo en casa y lo llevó.
El partido se estaba desarrollando con la “normalidad” habitual. Discusiones, cargadas, alguna pierna fuerte, enojos… Lo de siempre. Blanquito, sentado al costado de uno de los arcos, observaba con atención. Abel, jugando como defensor central, salió a cortar un contragolpe del equipo rival y perdió en el mano a mano con el delantero y éste remató al arco lejos del alcance del arquero. La pelota siguió su curso al traspasar el arco sin red y cruzó la calle. Blanquito salió disparado detrás de ella. Chirriar de frenos, golpe, aullido. Todo se desencadenó con rapidez.
—¡Blanquito! ¿Qué paso? —llegó hasta donde estaba el perro acostado quejándose. Se arrodilló acariciándolo— ¡Amigo! ¡No te mueras! ¡Por favor! Aguantá hasta que te lleve al veterinario.
Lo revisó. No parecía tener heridas externas.
—No lo muevas, dejalo acostado —dijo alguien— Esperá que ahora vengo.
El conductor del auto que lo atropelló, se disculpaba:
—¡Apareció de golpe! ¡No tuve ni tiempo de frenar!
Volvió el hombre que había pedido que esperara. Traía una tabla de madera terciada. La pasaron despacio debajo del cuerpo del perro y lo levantaron como si fuera una camilla. El conductor del auto se ofreció a llevarlo al veterinario.
Abel vivió dos semanas para olvidar. Radiografías, análisis, antibióticos, darle de comer en la boca porque no podía pararse. Sólo quería que terminara pronto y que Blanquito saliera de eso. Se sentía culpable por haberlo llevado al partido. Finalmente el veterinario le dio el alta pero con un diagnóstico que, para Abel, fue una puñalada:
—No tiene heridas internas, va a salir de esto, pero…tiene dañada la columna, las patas traseras no volverán a caminar.

IV

Domingo por la mañana. Abel se despertó temprano. Blanquito dormía a los pies de la cama. Claro que ahora lo subía y lo bajaba él, para ponerlo en su cucha.
—¡Vamos Blanquito! ¡Hoy es el día!
Lo alzó y lo llevó al galpón. Lo puso en el suelo sobre una manta mientras preparaba todo. En el medio estaba, tal como la dejara anoche, la “calabaza” que se había transformado en “carroza”.
—A ver amigo —le dijo mientras colocaba las patas traseras del perro apoyadas en el correaje.
La correa pendía de dos varas, como la de los carros tirados por caballos. La parte trasera de las varas se apoyaban en sendos parantes soldados al eje de las ruedas. La parte delantera estaba enganchada al arnés, que Abel pasó por la cabeza de Blanquito y fijó con una hebilla alrededor de su lomo.
—¡Listo amigo! —su voz denotaba la ansiedad contenida tanto tiempo.
Se apartó unos pasos. Blanquito quedó parado sobre sus patas delanteras, mientras las traseras reposaban sobre el correaje del carrito.
Esperó a ver qué pasaba. Blanquito dio un paso y el carro avanzó. Cuando se dio cuenta que podía moverse comenzó a caminar más rápido.  Empezó a dar vueltas por el galpón, ladrando y salió por la puerta a corretear por el jardín.
Recostado en el marco de la puerta del galpón, Abel lo veía correr mientras sus lágrimas dejaban un sabor salado en las comisuras de sus labios.

                    

Osvaldo Villalba
17/10/2015                                  




[1] Nombre coloquial que se le da en Argentina a un carrito que se usa para compras.

Indiferencia





Nada hay tan raro cuando 
Se está enamorada como 
la total indiferencia de los 
demás.La señora Dalloway 
Virginia Woolf


El auto avanzaba por la Avenida Belgrano a velocidad de onda verde. Martín manejaba muy concentrado en el tránsito sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor. Giselle, a su vez, hacía varios minutos que venía hablándole sin percibir que no era escuchada. Viajaban sin mirarse, con la vista fija en el parabrisas.
—¡…es una oportunidad que no puedo dejar pasar! ¡Estoy entusiasmadísima! Llevo tres años preparándome para esto. ¡Que me hayan ofrecido el cargo a mí con tantas postulantes es un privilegio!
—Hmm.
—Y además con probabilidades de que en unos años consiga un traslado a la sucursal de Mendoza, y podamos volver allí.
—Aha.
—Vos podrías abrir otra vez el estudio que tenías y con mucha más experiencia.
—Claro.
Por primera vez Giselle se percató que Martín no le prestaba atención.
—Hay un enano sentado en el capó —le dijo ella
—Aha.
—¡Martín! ¡No me estas escuchando! —le gritó
El grito le hizo dar un salto en la butaca y, confundido, trató de justificarse.
—Sí, si, claro que te estoy escuchando…
—¡No me estas escuchando! Acabo de decirte cualquier verdura.
—Ah! ¿El enano? —dijo riendo— ¡Me parece que se voló!

Martín y Giselle llevaban cuatro años juntos, pero se conocían desde la escuela secundaria en su Mendoza natal. Él se había recibido de abogado, igual que su padre, pero no había querido formar parte del prestigioso bufete que éste tenía, sino que intentó abrirse camino sólo. Giselle quería especializarse en marketing, y como las mejores opciones estaban en Buenos Aires, a los seis meses de convivir decidieron trasladarse. Martín comenzó a trabajar en un estudio especializado en civil y comercial, y hacía un año lo habían hecho socio. Ella había ingresado como secretaria en una multinacional de cosméticos en la que, en el último mes, habían realizado un concurso para cubrir un puesto de jerarquía en la Gerencia de Marketing, y esa mañana, le habían comunicado que era la elegida. Por eso no podía entender porque Martín apenas la escuchaba. De todos modos, la risa de Martín y su respuesta apaciguó su enojo.
—Ah! ¿El enano? —dijo riendo— ¡Me parece que se voló!
—Ah! ¡Entonces me escuchabas! ¿Sos tan malo que no te importaba? ¿Estás celoso por mi ascenso?
—¿Cómo voy a estar celoso de que progreses?
—¡Ah! Entonces fingías no escucharme para hacerme enojar —y como si hablara con ella misma— ¡No puedo creer que seas tan egoísta!
—¡Epa! ¿Por qué la agresión?
—Porque ya sea porque no te interesa o porque me ignorás a propósito, es una actitud egoísta.
—Ni una cosa ni la otra, sólo estaba preocupado porque estamos atrasados.
—¿Atrasados? ¡Si ni siquiera me dijiste a donde vamos! ¡Me hiciste cambiar apurada cuando llegué de la oficina y apenas pude maquillarme!
—¡Está bien, tenés razón! —su tono ahora era de fingida condescendencia – Vamos a una cena en Puerto Madero.
—¿Y cual es el motivo? No festejamos ningún aniversario…
—Es una cena de negocios —miró su mohín de disgusto y sonrió— ¡Bueno! ¡Ponele un poco de onda!
—¡Me en-can-tan las ce-nas de ne-go-cios! —dijo marcando las sílabas para que se entendiera el sarcasmo.
—¡Ja, ja, ja! ¡Contáselo a tu cara entonces!

Cuando llegaron al restaurante el maître los recibió con una sonrisa y después de comprobar que estaban en la lista, los acompañó hasta un salón reservado. Cuando el hombre abrió la puerta, Giselle se extrañó que estuviera todo oscuro.
—¿Todavía no llegó nadie? —preguntó apretando el brazo de Martín.
En ese instante se prendieron todas las luces al tiempo que unas veinte personas, puestas de pie alrededor de una gran mesa, prorrumpían en un fuerte aplauso, al tiempo que en una pantalla al fondo del salón se proyectaba esta frase:

“¡¡FELICIDADES GISELLE LAYOUT!! NUEVA JEFA DE MARKETING DE PARFUM COLLECTION CO.”

Sus mejillas se mancharon de rímel a causa de las lágrimas que no pudo retener, mientras se apretaba contra el pecho de Martín.

Osvaldo Villalba
18/09/2015

Golpe Maestro


Don't judge each day by the
 harvest you reap but by
 the seeds that you plant.

Robert Louis Stevenson
I
Volví a abrir todos los cajones del placard para comprobar que no quedaba nada. Revisé los estantes, la mesa de luz, el cristalero, todo había quedado perfectamente vacío. En el living se amontonaban las cajas rotuladas: PARA TIRAR, PARA LAURA – mi hermana me había pedido especialmente algunas cosas -, PARA MI. Imaginé la cara de Ruth, mi mujer, cuando me viera aparecer con las cajas que me correspondían y no pude menos que sonreír. Dos semanas atrás, antes del infarto, mi viejo disponía de toda la casa a su antojo, y no había querido dejarla cuando mamá murió hace seis años. Decía que esta casa era su inspiración cuando se sentaba a escribir. Y era bastante bueno. Dos libros de cuentos editados, un par de premios y varias colaboraciones literarias en distintas publicaciones. Me reconforta pensar que, por lo menos, hasta el último momento, pudo cumplir el deseo de permanecer en su casa. Ahora me tocaba a mí la horrible tarea de vaciarla. Pero en esto… me encontré sólo. Nadie se ofreció a ayudarme. Por un lado, mejor, porque así tampoco vieron mis lágrimas al encontrarme con algunas cosas mías que el viejo tenía guardadas: dibujos que le hice cuando era un niño, las entradas de mi primer partido en el torneo de fútbol infantil jugando para Estrella de Maldonado, mi primer carné de socio de River Plate…

Había dejado para el final su escritorio. Por supuesto la notebook me la llevaría y los libros de la biblioteca también, aunque Ruth ponga el grito en el cielo. Otra vez sonreí. Comencé a vaciar los cajones del escritorio y allí en el último, debajo de todo, apareció una carpeta que tenía el título de GOLPE MAESTRO. Comencé a hojearla. Era un cuento y era su estilo. Pero yo, que había leído toda su obra, no lo conocía. ¿Sería su cuento póstumo? El papel parecía bastante ajado. En la última página, con el FIN, estaba la fecha 10/11/1990. ¡Tenía más de 25 años y sin embargo era inédito! Me apuré a terminar de embalar lo que quedaba. ¡No veía la hora de estar en mi casa y comenzar a leerlo!

Cuando llegué a nuestro departamento, después de pasar por la casa de Laura a dejarle todo lo que había separado para ella, subí todas  las cajas y las  apilé en el cuarto que uso como oficina. Al verme llegar con los bártulos, el disgusto de Ruth, tal como había imaginado, era evidente.
­­­­­-- ¿Dónde vas a poner todo eso? – me dijo, señalando la pila con un mohín de desaprobación - ¡Acá no puede quedar! ¡Ocupa todo el paso!
-- Tranquila – respondí con la voz más sosegada que conseguí – Mañana bajo todas las cajas a la baulera, y después, de a poco le iré encontrando lugar a cada cosa. Y las cosas que no tengan lugar, les daré salida.

Esto la tranquilizó un poco y pudimos tener la cena en paz. Como era sábado, lo niños pudieron quedarse levantados un poco más, viendo televisión. En cuanto pude, me escabullí para la oficina y busqué la carpeta. Preparé un un whisky con hielo y me acomodé en el sillón. Accioné el dispositivo que levanta las piernas y recuesta levemente el respaldo y me dispuse a descubrir el Golpe Maestro.

II

Golpe Maestro
Por Hormiga Negra

  Esta historia es absolutamente cierta. Como dicen en las películas: “Los nombres de los personajes han sido cambiados para proteger la identidad de los mismos”. Como puede comprobarse, también mi nombre es un seudónimo, aunque debo reconocer que, dadas mis condiciones físicas, me sienta bastante bien. Los otros personajes del relato son: mi amigo del alma, al que llamaré Abel (por el tango Cafetín de Buenos Aires, ”el flaco Abel que se nos fue pero aún me guía”) y los hermanos, Pietro y Roco, como los Macana (¿se acuerdan de Los Autos Locos), dos atorrantes que nunca trabajaron y que conocíamos desde chicos, allá en el barrio de Barracas. Al momento de esta historia, se dedicaban al juego clandestino – quiniela (una lotería reducida a dos dígitos), apuestas en carreras de caballos, clandestinas también y, cuando se daba la oportunidad, desplumar a algún gil en una mesa del póker. Al personaje “invitado” del relato lo llamaremos Chamaco, un mejicano relacionado con contrabandistas que, por recomendación de un funcionario policial – infaltable en las actividades mencionadas –, se había contactado con los Macana.

III

La introducción del cuento no me dejaba lugar a dudas sobre su autoría. Era muy de él “dialogar” con sus lectores en el relato. Como si estuviera contando la historia delante de un auditorio. Me intrigaba saber a donde iría a parar todo esto.

IV

El flaco Abel trabajaba en el Banco de la Provincia, la sede central de Capital Federal, en la calle San Martín. Había entrado de cadete a los 20 años, y fue pasando por distintos puestos hasta que, por cumplidor y diligente, fue nombrado encargado en el sector de Cajas de Seguridad. Allí estuvo hasta su muerte, seis años atrás. Era un solitario. Nunca se había casado porque decía que las mujeres son encantadoras mientras no te tengan atrapado. Yo creo que nunca superó que la galleguita, la más linda del barrio, lo dejara plantado por un compañero de facultad, cuando apenas tenían 20 años. Desde entonces le escapaba a cualquier compromiso serio. Pasaron los años, nos fuimos del barrio. Me casé, nacieron mis hijos, pero seguimos siendo amigos. El flaco decía siempre que sólo el cigarrillo le era más fiel que yo. Lo que no decía es que yo no lo iba a matar, en cambio el cigarrillo…

De esa época sólo teníamos contacto con los hermanos Macana, porque una vez por mes, el segundo jueves, organizaban en su antro, dos piezas que alquiladas en un conventillo de San Telmo, una partida de póker y casi siempre, nos contaba entre sus participantes. Nos causaba mucha gracia la contraseña que Pietro había implementado para abrir la puerta de la pieza los días que había juego: El visitante debía decir “Maverick”, como aquel legendario personaje de la serie norteamericana que interpretaba James Gardner, un excelente jugador de póker. Abel jugaba fuerte, total, decía, no tengo a quien dejarle la plata. Roco, lanzaba una risotada cavernosa y le respondía que entonces, ése era el  mejor lugar donde dejarla. Yo, como responsable padre de familia, tenía ya dispuesto mensualmente lo que iba a perder en la mesa y no me pasaba de esa cifra. De más está decir que eran contadas la veces que ganábamos, pero lo tomábamos como una noche de “volver al pasado” y nos reíamos mucho. Creo que Los Macana eran condescendientes con nosotros y no nos “desplumaban” como a otros participantes. Por otro lado les servíamos de relleno.

La historia que voy a contar comenzó en una de esas partidas, hace unos 15 años atrás, en el mes de julio. Cuando llegamos esa noche estaba sentado a la mesa un tipo morocho de grandes bigotes, que nos fue presentado como Chamaco, un mejicano que estaba de paso por Buenos Aires. A la habitual botella de whisky que, junto con los habanos de Los Macana y los cigarrillos de Abel, le daban al lugar el clásico ambiente de garito, se había agregado una botella de tequila, aportada por el visitante. Esa noche los ganadores fuimos el Chamaco y yo. Entre el tequila y las buenas cartas, el mejicano estaba eufórico. Cuando finalmente se fue, despidiéndose con un “hasta el sábado”, Roco nos hizo una seña para que nos quedáramos un rato. Sirvió una ronda más de whisky, el tequila se había acabado, y nos contó:
- El Chamaco vino recomendado por el Principal Ramos, de la comisaría 28°. Necesitaba gente para un operativo rápido y limpito y el Principal lo mandó a hablar con nosotros. Él es el contacto entre un grupo de desarmaderos de autos de Florencio Varela y una banda que recibe autos robados en el Paraguay "cargados" con precursores químicos.
- ¿Y nosotros que tenemos que ver con todo esto? – dije un poco alarmado - ¡yo me voy! – e hice ademán de pararme.
- ¡Pará, pará! – me dijo el flaco Abel, sujetándome de un brazo y haciéndome sentar otra vez – dejalo que termine.
- El tipo se peleó con uno de los capos de Varela que no le quiere reconocer su porcentaje en el negocio. Y este fin de semana el Chamaco deberá entrar por el Tigre, desde Uruguay trayendo un pago importante. Pero, claro…¡Nunca se está libre que los intercepte Prefectura! – y mirándome a mí continuó – Y vos, Hormiga, con esos bigotes tupidos, y lo morocho que sos, harías un prefecto perfecto, disculpando el juego de palabras. Sólo tenemos que conseguir los uniformes, cosa sencilla.
- ¡Vos estás loco! ¡Nos van a matar a todos! – le dije, mirando al flaco Abel, buscando su aprobación.
- ¡Pará, pará! – dijo otra vez Abel. Y dirigiéndose a Roco - ¿Cuánto hay?
- Para ustedes…un cuarto de verdes
- ¿Doscientos cincuenta mil dólares? – - los ojos de Abel se iluminaron como faroles – A ver, contame cómo sería todo el operativo.
Tomó la palabra Pietro:
- El Chamaco viene de Colonia en una embarcación pequeña con los tipos que traen la plata. Lo dejan en la casa de la isla que le conseguimos. El desembarco está previsto para después de las 22 horas, más o menos. Una vez que los paraguayos se hayan ido, el Chamaco va a esconder la plata en la arboleda que rodea la casa y preparará valijas llenas de papeles que es lo que subirá al bote que lo vendrá a buscar de parte de los desarmaderos como a las 2 de la madrugada del domingo. Esa es la embarcación que vamos a interceptar con nuestra lancha, como si fuéramos de prefectura, y esas serán las valijas que vamos a “confiscar”. En la oscuridad, con el reflector, la luz azul giratoria y la sirena que tenemos, no se va a notar.
- ¿Ustedes tienen una lancha? – pregunté incrédulo, y sin esperar la obvia respuesta agregué - ¿Y si los tipos se resisten? Deben tener armas…

Los Macana se miraron y sonrieron. Evidentemente su forma de ver las cosas estaba en una frecuencia diferente a la mía.
- Los vamos a convencer que lo mejor será que se tiren al agua y escapen en la oscuridad. El Chamaco va a dar el ejemplo.
- No me convencen, no cuenten conmigo – dije y busqué mi saco para irme.
- Pensalo – dijo Roco y dio por finalizada la reunión.

Salimos, la noche estaba muy fría, caminamos en silencio por las solitarias calles de San Telmo hasta la 9 de Julio. Cuando llegamos a la parada del colectivo, Abel me dijo:
- No me parece tan malo. Al fin y al cabo le estamos robando a un ladrón, no? Y…un poco de riesgo hay, pero cuando en nuestra vida nos vamos a encontrar con tanta plata? Como dijo Roco…pensalo.

Cuando vino mi colectivo nos despedimos con un abrazo. Esa noche y la del viernes, me costó mucho dormirme. El sábado me desperté temprano con una determinación. Iba a sentir un poco de la adrenalina que generan mis personajes de cuentos. Llamé a Abel y le conté. Se puso feliz. Me dijo que Roco lo había citado a las 10 de la noche en la estación de Tigre.

V

No podía creer lo que estaba leyendo. ¿Sería ficción aparentando realidad o mi viejo había participado en algo así? El flaco Abel ¿sería su amigo Roberto que murió cuando yo tenía unos 20 años? En casa ya todos dormían pero yo no podía parar de leer.

VI

A las nueve de la noche nos encontramos en Retiro y tomamos el tren a Tigre. Ambos estábamos nerviosos pero con una excitación inusual. Cuando llegamos los Macana ya nos estaban esperando. Nos fuimos a cenar a un bodegón cerca del muelle donde salen las lanchas que van a las islas. Roco pidió una botella de vino reserva y cuando el mozo se alejó después de servir las copas, comenzó a repasar los movimientos. Había conseguido los uniformes. Eran antiguos pero de noche no se notarían. Tenía todo calculado al milímetro y su seguridad me dio un poco de tranquilidad. Cuando terminamos de cenar, eran cerca de las 12 de la noche. Hora de ponernos en marcha. Pietro pagó y nos fuimos para el muelle.

Todo el procedimiento estaba tan perfectamente sincronizado que repentinamente vino a mi mente la Ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Sonreí pero no dije una palabra. Sin embargo mi pensamiento fue premonitorio. Cuando llegamos a la lancha, que ya estaba “disfrazada” con reflector y luz azul, y Pietro quiso ponerla en marcha…el motor no respondió. Tosió varias veces y por fin quedó mudo. Nos miramos sin saber que hacer. Era evidente que no había un plan B. Roco buscó herramientas y empezó a desarmar el motor. El flaco Abel y yo nos sentamos en el muelle y esperamos. A las tres de la madrugada, sin poder solucionar el desperfecto, Pietro nos dijo:
- Bueno muchachos, procedimiento abortado.

Los Macana se quedaron en Tigre. Abel y yo volvimos a casa sin cambiar una palabra. El tren ya no funcionaba así que fuimos a la parada del colectivo 60. Lo tomamos vacío y nos dormimos en la vuelta. Cuando llegamos a la parada donde tenía que bajarme, me despedí con un ¡chau! Ya en casa dormí hasta el mediodía del domingo.

Dos semanas después ya casi no pensaba en la aventura de ese sábado y si lo hacía era para agradecer que hubiera terminado así. ¿Qué mecanismo de mi mente me había llevado a acometer semejante locura? Una mañana me encontraba en mi escritorio tratando de resolver la forma en que el personaje del cuento que estaba escribiendo, una chica abusada en su infancia, se tomaría la venganza contra su abusador, cuando recibí el llamado del flaco Abel.
- ¿Podes venir ahora al banco? ¡Es urgente!
- ¿Ahora? Estoy trabajando. ¿Qué pasa?
- No te puedo contar por teléfono. Pero es importante.
- Bueno, está bien. Ahora voy-

El subte iba llenísimo a esa hora. Cuando llegué el flaco Abel me hizo pasar a su oficina, me señaló con un gesto la silla frente a su escritorio, y una vez sentado, en voz muy baja, innecesaria porque no había nadie más, comenzó a hablar.
- Esta mañana, apenas abrió el banco, estuvieron los Macana.
- ¿Los Macana? ¿Y qué querían?
- Vinieron a traernos nuestra parte.
- ¿Qué? ¿Cuál parte? ¿De que estás hablando?
- Tranquilo, esperá que te cuento. Esa noche durmieron en la lancha y a la mañana consiguieron un mecánico que la hizo arrancar. Fueron a la isla. Encontraron la casilla toda revuelta. Parece que alguien había vuelto buscando la plata. Fueron al bosquecito y se fijaron debajo del árbol caído, que parece que era el lugar convenido con el Chamaco, para esconder el dinero, y… ¡allí estaba todo!. Se lo llevaron y estuvieron esperando la llamada del Chamaco pero nunca llegó. Pietro, con la brutalidad que lo caracteriza, dijo que seguramente se lo habían “olvidado” dentro de un auto viejo antes de meterlo en la prensa. La cuestión, es que nos trajeron nuestra parte, la que nos habían prometido. Ellos guardarían la parte del Chamaco si volvía a buscarla. ¡Nos tocaron ciento veinticinco mil dólares a cada uno! ¡Y sin hacer nada! ¿No es un golpe maestro?

  El flaco estaba exultante. Yo no salía de mi asombro. Me dijo que ya había abierto dos cajas de seguridad, una a nombre mío y otra para él. Por eso necesitaba que le firmara las tarjetas de registro de firmas y me daba los dos juegos de llave de la caja. Por supuesto me llevó a ver la caja y su contenido.
- Contalos si querés – me dijo – yo lo revisé todo.
- ¡Salí! ¿Qué voy a contar? Si ya lo hiciste vos está todo bien.

Nos abrazamos, y me fui sin poder creer lo que había pasado. No obstante tenía las llaves en el bolsillo. Y esa era una realidad.

El domingo de la semana que nos tocaba la partida de pócker salí a comprar el diario – sólo compraba el diario los domingos, porque traía una gran cantidad de suplementos – y una noticia en la portada me llamó la atención: “Explosión e incendio en una casa de inquilinato en San Telmo. Dos víctimas fatales”. Lo primero que pensé tiene que ver con la utilización del lenguaje. ¿Porqué los periodistas usan “fatal” como sinónimo de “mortal”? La muerte es una fatalidad, pero no siempre los acontecimientos fatales, son mortales. Discurría en estas elucubraciones mientras buscaba le nota principal, cuando, al comenzar a leer los detalles, se me paró el corazón. El lugar era la casa de los Macana, y ellos eran las víctimas. Culpaban a una garrafa en mal estado que había explotado. Yo estaba seguro que no había sido un accidente. Cuando llegué a casa lo llamé al flaco Abel, que aún no se había enterado. Se quedó consternado y pensaba igual que yo. Nuestra duda, ahora, era saber si alguien más que el Chamaco sabía de nuestra conexión con ellos.  Los meses siguientes fueron de mucha tensión. Nos hablábamos a diario, y compartíamos nuestras experiencias. Cuando salíamos caminábamos mirando atrás y a los costados permanentemente.

Pasaron los meses y no tuvimos ningún acontecimiento que nos trajera preocupación y, poco a poco, nos fuimos tranquilizando.

El flaco Abel hizo algunos viajes con su parte, pero en general gastó bastante poco. En mi caso, nunca toqué un billete de lo que había en la caja. Cuando el cáncer de pulmón le puso plazo a la vida del flaco, antes de retirarse del banco por invalidez, puso también su caja a mi nombre, ya que él no tenía a quien dejárselo y me recomendó que, en ambas cajas incluyera a mi hijo, que ya era mayor de edad, como cotitular, para que alguien más pudiera acceder a ellas si yo no podía.
- No hace falta que tu hijo venga – me dijo – Sólo decile que te firme estos formularios y me los traes al banco. Así le contás cuando quieras y no ahora.
Le llevé los formularios firmados y me dio las llaves de su caja. Poco tiempo después, se fue. Lloré en su sepelio por primera vez en muchos años. Ni mi mujer ni mis hijos se enteraron de esta historia, ni de los dólares de las cajas de seguridad. Ni siquiera que los recibos de titularidad y las llaves de las cajas están escondidos en el jarrón chino que tengo en el cristalero. ¿Me llevaré el secreto a la tumba?
FIN
10/11/1990

VII

¡El  jarrón chino! ¡Había uno cuando embalé las cosas! ¿Se referiría a ese? Recordaba vagamente que el viejo me había hecho firmar una vez unos papeles de un banco que, según me explicó, necesitaba para abrir una caja de ahorro. ¿Qué hice con el jarrón? Espero que no haya ido a parar a las cajas “PARA TIRAR”. Si estaba en las de Laura o en las mías, tal vez… O quizás sólo eran juegos entre ficción y realidad de la mente de mi padre. No me aguanté y comencé a abrir las cajas que estaban apiladas a mi lado. En la tercera caja… estaba el jarrón. Mi corazón latía aceleradamente. Lo tomé, saqué los papeles en los que lo había embalado, metí la mano por la boca… ¡Y allí estaban las llaves!

VIII – Epílogo

Laura y Ruth, tendidas al sol sobre las reposeras, saborean los tragos que acaba de traer el mozo del bar de la playa. Los niños juegan con la arena al borde del mar. Hace una semana que disfrutamos de las instalaciones, all inclusive, de The Royal Playa del Carmen Hotel, al sur de Cancún. Al lado de la notebook, el hielo se derrite lentamente en mi vaso de whisky, mientras, desde algún lugar, quizás sonriendo, “Hormiga Negra” nos mira complacido mientras usufructuamos su Golpe Maestro.

Osvaldo Villalba

10/08/2015

Insomnio

   Lo peor del mundo es
intentar dormir y no hacerlo
F.Scott Fitzgerald

      Se dió vuelta en la cama. Ezequiel ya no recordaba cuántas veces lo había hecho, probando todas las posiciones posibles sin que ninguna le resultara cómoda. Estiró el brazo, sin prender la lámpara, tanteando sobre la mesa de luz, buscando su celular. Al tocarlo, se encendió y comprobó que eran casi las 4 de la mañana. Se había acostado pasadas las 11 de la noche, y no había podido conciliar el sueño, salvo en brevísimos momentos, al invadirlo un sopor, interrumpido abruptamente, cuando sobresaltado, volvía a su mente esa imagen, acelerando los latidos del corazón.

Se quedó un rato mirando el techo, observando el reflejo de los faros de los automóviles que pasaban por la autopista y se colaban por la ventana de su habitación como veloces linternas. Finalmente decidió levantarse. Puso a calentar una taza de café del día anterior en el microondas y fue a darse una ducha. Cuando regresó a la cocina, ya había tomado una decisión. No esperaría a que vengan a buscarlo. Sorbió el café lentamente mientras se vestía. Finalmente tomó la pistola que estaba sobre la mesa, le sacó el cargador, comprobó que no tenía bala en la recámara y guardó ambas cosas, por separado, en la mochila junto con su placa.

Mientras conducía por la autopista rumbo a la comisaría, −seguro de la opción elegida−, comprobó que, frente al motel ubicado en las afueras del pueblo, las luces azules de varios patrulleros, hacían su trabajo. En ese instante, la escena volvió a representarse ante sus ojos: Julia, su mujer, saliendo de una de las habitaciones del motel con ese hombre, subiendo entre risas en el auto estacionado afuera, sus grandes ojos, llenos de asombro, al verlo parado frente a la ventanilla del automóvil, su boca abierta en un grito ahogado cuando el primer disparo penetró en la sien de su acompañante, y el gesto de horror cuando el segundo se estrello en su frente.

Osvaldo Villalba
24/07/2015

Una crónica de colección


Para ser cronista hay que salir…
…para practicar la crónica el  genio
está en los zapatos.
Héctor Abad Faciolince 

    Seis meses habían pasado desde que el director de la revista de actualidad donde trabajaba le dijo que dejarían de publicar la sección “Noticias Insólitas” que lo había tenido como cronista los últimos diez años. Le explicó que ya la gente había perdido interés en las notas escritas, que ahora la televisión por cable y las publicaciones en internet lideraban esa franja. Julio entendió que, tal vez por compasión, o por la amistad que los unía en tantos años de trabajo compartido, no había podido decirle que ya estaba viejo y que sus crónicas no despertaban el más mínimo interés. De todos modos, pensó, ya estaba en edad de jubilarse, por lo que, ahora que los trámites salen rápido, aún desocupado, podría seguir pagando el alquiler del monoambiente de la calle Guardia Vieja.
—Igual, si alguna vez tenés una nota que considerás válida, llamame —le había dicho cuando se despidieron con un abrazo.
 Su vida, ahora, transcurría entre los partidos de ajedrez con otros jubilados en la plaza Almagro y las recorridas por las mesas de saldos de las librerías de la calle Corrientes.
 Fue en uno de esos reñidos encuentros ajedrecísticos que, como al pasar, alguien mencionó algo sobre el coleccionista de calaveras.
—Carabelas —le corrigió Julio— prototipos de barcos antiguos, habrás querido decir.
—No —dijo el otro marcando las sílabas— ca—la—ve—ras, cráneos humanos.
  La alarma de su instinto periodístico se disparó al instante.
—Contame más —le insistió.
—Eso nada más. Mi hermana me dijo que lo escuchó en la peluquería.
—Por favor. Preguntale. Conseguime la dirección.
Una semana después el hombre se la trajo con la advertencia de que iba a ser difícil que lo recibiera. Ahora se encontraba frente a la casa, corroborando el número que tenía en el papelito. Era una casa antigua, con mármoles de color bordó y puerta de hierro forjado de dos hojas. La ventana, a la derecha de la puerta, tenía una reja labrada simulando ramas con hojas pequeñas y flores.
 Tocó el timbre y esperó. Por el portero eléctrico, una voz de hombre dijo:
—¿Quién es?
—Buenas tardes señor. Soy Julio Figueredo. Soy periodista y quisiera que me diera unos minutos de su tiempo.
—¿Periodista? ¿Y para qué quiere verme?
—Quiero hacerle un reportaje sobre su colección.
—¿Colección? ¿De dónde saca que yo tengo una colección?
—Mire, usted sabe, los periodistas no podemos revelar nuestras fuentes, pero yo le garantizo la mayor seriedad en el reportaje.
.—Aguarde —fue su lacónica respuesta.
 Unos minutos después, abría una las hojas de la puerta un hombrecito delgado, bajo, calvo, de tez muy pálida y ojos hundidos.
Julio le tendió su mano.
—Mucho gusto, ¿señor…?
—Llámeme Ciro.
—Señor Ciro. Como le dije me llamo Julio Figueredo y trabajo para la revista Porteña —mintió Julio— y queríamos hacerle una nota referente a su colección de cráneos. Por supuesto que publicaremos sólo lo que usted nos autorice —agregó tratando de ganarse su confianza.
 El hombrecito pensó un momento y luego, apartándose de la puerta, le hizo seña para que pasara. Entraron a un hall pequeño, transpusieron una puerta cancel de dos hojas y vidrios protegidos por cortinas con angelitos. Ingresaron a un ancho living, en el que resaltaba un juego de sillones de pana, sobre una mullida alfombra, por sobre el resto del mobiliario. Una araña con caireles de cristal y escudos de armas sobre las paredes, daban al ambiente un aire colonial. 
Ciro le señaló el sillón grande y él se sentó en uno de los sillones de un cuerpo.
—Bueno —le dijo usando un tono amable por primera vez—. Veo que usted, Julio, ¿no?, sabe de mí muchas cosas. Déjeme a mí, ahora, saber algo de usted. ¿Dónde queda la revista que mencionó? ¿Con que frecuencia sale?
—La redacción funciona en un departamento en el barrio de Once —inventó Julio rápidamente—. La publicación es mensual. Esta nota, seguramente, se publicará el mes que viene, o el próximo.
—¿Y por qué le interesa esta colección? —volvió a preguntar Ciro.
—Porque es bastante insólita. Tengo curiosidad por saber cuál es el hilo conductor entre las diferentes piezas. Cómo las obtiene. Qué busca con cada una. ¿Puedo sacar fotos?
—No. Nada de fotos —respondió el hombre enfáticamente—. No quiero arriesgarme a que su mujer o sus hijos las suban a la web. ¿Tiene hijos, no?
—No, no tengo hijos. Soy viudo hace muchos años. Sólo las usaría como ayuda memoria cuando escriba la crónica.
—Igual, alguien que comparta su casa podría acceder a ellas.
—Tranquilo Ciro. Vivo solo. Igual, está bien, no voy a sacar fotos.
—Le creo —dijo Ciro con una sonrisa mientras se incorporaba—. Pero, por favor... Deje el celular aquí. Pasemos.
Julio se paró y lo siguió. Salieron por una puerta lateral a un patio lleno de macetones con helechos, jazmines y otras plantas que no pudo identificar. Sobre la derecha se veían varias puertas con grandes postigos metálicos, también de dos hojas, todos cerrados. Al final del patio, de frente, estaban la cocina y el baño, que Julio identificó porque sus puertas estaban abiertas. A la derecha del baño, se veía una placa de madera en el suelo, con una manija de hierro. Ciro tiró de ella y levantó la tapa sobre la pared, dejando al descubierto una escalera de madera. Bajó unos escalones y encendió la luz. Julio bajó detrás de él. Una vez abajo pudo ver que el sótano era amplio. La bombita daba una luz tenue, dándole al escenario un aspecto sobrecogedor. Desde las estanterías, dentro de cajas de vidrio o de acrílico, montones de órbitas vacías parecía que “lo miraban”. Un frío le corrió por la espalda. Se sobrepuso y se acercó a la primera estantería.
—Cada caja tiene una etiqueta, con la descripción de su antiguo poseedor y el año del deceso —explicó Ciro—. Por respeto, la identidad no está revelada. Sólo su profesión o actividad más saliente. Ah, y hay sólo una pieza por característica. No se repiten.
Julio comenzó a leer algunas y comprendió lo que el hombre le había dicho: “Médico de Villa Crespo—1975; Abogado de Balvanera—1987; Jerarca Nazi de Bariloche—1968; Asesino serial de Mar del Plata—1981; Cacique Mapuche de Neuquen—1996”. Sobre este último, Ciro le hizo notar que conservaba todas sus piezas dentarias.
—¿Cómo consiguió cada una? —le preguntó al hombrecito.
—Los periodistas no revelan sus fuentes. Los coleccionistas no revelamos nuestros proveedores —le respondió sonriendo—. Tengo amigos en algunos cementerios y en hospitales también.
Siguió recorriendo las estanterías. Una sensación que no lograba plasmar en palabras daba vueltas por su cabeza. Cuando llegó a la última vio, sobre la pared del fondo, una puertita de no más de 70 cm, cerrada con pasador y candado.
—¿Qué hay detrás de esta puerta? —preguntó Julio.
—Ah, ahí no se puede pasar. Esa es mi colección exclusiva. No la comparto.
—Vamos Don Ciro. Por favor. Ya llegué hasta acá. No me va a dejar rengo —Insistió Julio.
El hombre pensó un momento y sacudiendo su cabeza de un lado al otro, con resignación, sacó una llave de su bolsillo, abrió el candado, corrió el pasador, encendió una llave de luz que se encontraba a la derecha de la puerta, la abrió y, con un ademán, le hizo seña que ingresara. Julio se agachó, pasó por la puerta y, cuando se estaba incorporando del lado de adentro, junto con el golpe de la puerta al cerrarse, el pasador deslizándose y el clic del candado, el flash relampagueó en su cerebro: no había un periodista en la colección. 


Osvaldo Villalba
19/04/2015