—Gallego, el café está frío. Siempre igual ¿eh? —le grito desde la mesa del rincón que permite observar todo el salón.
—Bué. Ya me extrañaba no escucharte protestar. Apareces después de cincu años para quejarte. Tú sí que no cambias —responde con ese acento de El Ferrol que no perdió en cincuenta años de Buenos Aires.
—Estuve de vacaciones. Decile al Turco que me traiga otro. Pero que sea en cuanto sale de la máquina. Si lo deja diez minutos en el mostrador va a estar igual que éste.
—Ah, vacaciones. Pues debes haber estado siempre en la sombra. Estás más pálido que la Virgen de Compostela. Ahora te mando otro.
El gallego es un viejo zorro. Cinco años y medio a la sombra. Poco más de un lustro guardado. Una eternidad en el penal de Magdalena. Cuando caímos, con el Sordo, en el allanamiento del taller donde trabajábamos los autos, no teníamos ni idea de lo que eran las tumbas. Nos llevaron a la comisaría de El Jagüel donde estuvimos tres semanas hasta la audiencia en Tribunales de Lomas. El Secretario del tribunal nos tomó indagatoria, por separado. Nunca vimos a ninguno de los jueces del Tribunal pero en la comisaría nos informaron que nos habían dictado preventiva y seriamos trasladados a Magdalena, a la Unidad 28.
Nos pusieron en pabellones separados y no volví a verlo hasta el juicio oral. Me dijo el penitenciario al llevarme que mi pabellón era de buena conducta. ¡Menos mal! Apenas ingresé me quitaron las zapatillas y la campera. Bastó una mueca de resistencia para que me pasaran una faca por el pómulo.
—Es el derecho de admisión —me dijo el poronga del pabellón—. Con esta contribución salvás el culo. Agradecé que sos bastante feo.
A la vista de lo que les pasó a otros que llegaron después fue una buena transacción.
El día del juicio, además del Sordo y yo, estaban Ramirez y el Mencho, que eran los que levantaban las máquinas.
—Che, ¿dónde está Charlie? ¿No lo detuvieron junto con esos dos? —le pregunté a mi defensor.
—Creo que consiguió un juicio abreviado —me respondió.
—¡Ah, mirá! Seguro que buchoneó y nos entregó en bandeja.
El boga me miro e hizo una mueca que me quitó todas las dudas.
En el reparto me tocaron siete años y seis meses por hurto y robo en banda.
—Acá tenés gritón. Ojalá te quemes —me dice el mozo al dejar el plato con el pocillo sobre la mesa.
—Siempre con buenos deseos, Turco. Se agradece.
—Osté las merece —dice el Turco parodiando al Gallego y nos reímos—. ¿Cuándo te soltaron?
—Hace veinte días. El abogado inició el trámite de libertad condicional cuando se cumplieron los dos tercios. ¿El Charlie sigue viniendo?
—Debe estar al caer. Esos dos que están en el billar son sus esbirros.
—Grazie tanti. Cuando llegue, por favor, decile que me vea.
Evidentemente el Turco tampoco lo traga.
Ya pasó media hora. Al fin el café estaba a punto. Me leí todo el diario. Parece que el nuevo virus, el coronavirus, que vino de China se está desparramando por Europa. Ya hay algunos muertos en Italia. Los diarios de España e Italia hablan de prepararse para una pandemia. Claro, allá es invierno.
Ahí llegó. El Turco le está diciendo. Saluda a sus hombres y viene para acá.
—¿Qué hacés Mingo? No sabía que habías salido —me dice mientras se sienta frente a mí.
—No puedo creer que tus informantes no te avisaron. Vas a tener que aplicarles un correctivo.
—¿Y por qué yo tenía saberlo? —pregunta sonriendo.
—Debiste suponer que vendría a buscarte. Tenemos una cuenta pendiente.
—No sé a qué te referís —la sonrisa da paso a una expresión sombría.
—A cinco años de diferencia. Vos estuviste seis meses nada más —mi tono es bajo pero firme. Quiero ponerlo nervioso.
—Eso es mérito de mi abogado. Bastante plata me costó. No era un defensor oficial como el tuyo —su voz es temblorosa, estoy logrando el objetivo.
—Ah, mirá. Te consiguió un buen trato. Sobre todo teniendo en cuenta que vos y el Sordo eran los únicos que conocían donde estaba mi taller. Y él cayó conmigo.
Un gancho al hígado. Mira de reojo a la mesa de billar donde está su gente.
—Relajá —le digo—. No soy el Mingo de antes. Si hubiera venido a vengarme, antes que esos monos dieran un paso, ya tendrías un cuetazo entre los ojos. Pero no quiero volver adentro.
—Nunca fui buchón, no lo supieron por mí —dice más calmado.
—No puedo probar que lo hiciste. Vos no podés probar que no. Lo dejamos ahí. Pero en el bardo estábamos todos metidos igual. Me debés los años de diferencia que me comí adentro. Vine a cobrarte. Te voy a hacer una oferta que no vas a poder rechazar, como decía Don Vito Corleone.
Su expresión ahora es de intriga.
—Mirá —le alcanzo el folleto que traje—. Hasta mi salida estuve trabajando en el Proyecto Mochila, para pibes que lo necesitan, como lo dice el folleto. Y quiero seguir participando de este trabajo. Pero no tengo fondos para arrancar con las máquinas. Ahí entrás vos.
Charlie lee la nota. Sonríe. Me mira.
—Como se dice en los escritos judiciales: sin reconocer hechos ni derechos, estoy dispuesto a colaborar.
—Gallego, mandá una cerveza y dos vasos —le grito—. Fumata blanca.
Osvaldo Villalba
18/04/2021
Deuda pendiente
La prisión es una tremenda
educación en la paciencia
y la perseverancia.
Nelson Mandela
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