Ni aún permaneciendo sentado
junto al fuego de su hogar,
puede el hombre escapar
a la sentencia de su destino.
Esquilo
—Su llamada señor. Por línea dos.
La
voz de la secretaria en el intercomunicador lo saca de sus cavilaciones. Hace rato
que debió tomar esta decisión. La situación no daba para más. ¿Por qué dejó que
avanzara tanto? ¿Se estaría ablandando? Descuelga el auricular y aprieta el
dos.
—Hola
Chino. ¿Cómo estas?... Me alegro… Tengo algo para vos… Esta noche… ¡No! ¡Tiene
que ser hoy!... ¿Por qué? ¡Porque yo lo digo! ¡Porque soy el que paga! ¡Porque
se me cantan las pelotas! ¿Por qué tengo que darte explicaciones?... ¡No, no me
enojo! Sólo soy sanguíneo… Está bien. Ya sé que nunca me fallaste. Por eso
cuando necesito algo especial busco quien te reemplace en tu laburo y te llamo
a vos… Sí, entiendo. “conocer algunos detalles me dan más panorama” —lo dice en
tono burlón—. ¡Andá!... Bueno, tranquilo, te doy la derecha. Tiene que ser hoy
porque mañana va a una entrevista con el periodista que vos sabés… ¡Ah! ¿Ahora
entendés? ¡Que cabezón! ¡Si sabés que no es por capricho!... Dale. Lo cité en
Gambrinus… Sí, la de Federico Lacroze… ¡No! Yo no voy a ir. Tengo entradas para
el Colón. Una ópera que me encanta. Todos lo saben —esto último lo dice
remarcando las palabras—… ¡No! La mesa está reservada a nombre de él. Sobre la
ventana que da a Rosetti… ¿Aumento? ¡No me jodás! ¡Con lo que te pago los
adicionales no me vas a decir que te afecta la inflación!... ¡Uh! No me llorés
que se me moja el teléfono… ¡Bué! Diez por ciento más… ¡Eh, que apuro!... ¡Ah!
¿Te vas de vacaciones? Dale. Esta misma noche te mando el sobre con una moto.
El
Chino estaciona su auto sobre Rosetti apenas cruzando Lacroze. Retrocede hasta
la avenida y en la esquina dobla a la izquierda, caminando sobre los escombros
de un sector vallado por obras. Por esa razón no hay automóviles estacionados.
Se detiene al llegar al restaurante y enciende un cigarrillo. Mientras cubre
con sus dos manos la llama del encendedor observa que nadie camina por la
vereda. En la primera ventana está el tipo cuya foto verificó en un WhatsApp antes de salir de su casa. Después
de una pitada profunda, saca su Glock de la cintura, apunta y dispara tres
veces. En medio de la confusión y el ruido de cristales corre hacia la esquina,
entra al auto y parte raudamente.
Gladys
termina de secar la vajilla y la guarda en la alacena. Hoy es menos que de
costumbre. Sólo ella y la nena ya que ni Marcelo, su marido, ni su hijo Facundo
cenaron en casa. Facu se fue directo de la escuela a casa de un compañero y
Marcelo salió con el jefe. Lo había escuchado hablar por teléfono en el baño
mientras se duchaba cuando volvió de correr. Cuando salió le dijo que el Tano
lo había citado esta noche para una cena de trabajo. “¿Nunca labura en horarios
normales?”, le había preguntado. “Nada es normal en el Tano” fue su
respuesta. “¿Por dónde es?” le preguntó
cuando salía. “Por Chacarita”.
Pasa
el trapo rejilla por la mesada y observa complacida como brilla. Va al living y enciende el televisor. Se sirve
una copita de licor de chocolate y se estira en el sofá mientras el control
remoto no descansa del zapping. En
todos los programas de noticias hay discusiones políticas. Escucha un rato,
cambia, vuelve. En uno de esos cambios aparece una placa roja con letras
enormes que dice. ATENCIÓN y la música que anuncia una primicia. Se queda
esperando mientras la placa se repite una y otra vez hasta que la voz en off del locutor dice: “Tiroteo en Chacarita. Ampliaremos”. “¿A
Chacarita no fue Marcelo?”, piensa. Una leve inquietud hace que se quede
mirando la programación del canal que vuelve a su formato habitual. Luego de
unos minutos el locutor del noticiero le da el pase a un móvil. El notero
transmite pegado a una cinta de seguridad amarilla con la que la Policía de la
Ciudad cercó la zona.
“Estamos frente al legendario
restaurante Gambrinus —comienza el cronista— donde un hombre que se encontraba en una
mesa fue acribillado desde la calle. Recibió tres impactos de bala, según los
trascendidos. La vidriera, como se ve, está tapada por un mantel, —la
cámara muestra la entrada del local y la ventana de la izquierda cubierta por
un mantel blanco—. La Policía Científica
está trabajando dentro. No se conoce todavía la identidad de la víctima.
Gladys
está petrificada. “Marcelo iba a un restaurante por ahí” —piensa—. “¿Estará
bien?” Busca su teléfono y marca. Tiembla y la angustia le nubla la vista. “El celular que intenta llamar está apagado o
fuera del área de servicios”, dice la voz impersonal de la operadora
virtual. Intenta nuevamente y se repite el mensaje. La televisión sigue
repitiendo las mismas imágenes pero sin datos nuevos. No sabe qué hacer. ¿Le
cuenta a Lisa que está en su cuarto? Mejor no. Le va a decir que no sea tan
patética. Pero ¿cómo poder evitarlo? Siempre piensa lo peor. Se hunde en el
sillón, mira la tele sin ver y llora en silencio.
Lisa
baja a servirse un vaso de coca y cuando regresa de la cocina al living la ve
llorosa.
—¡Mamá!
¿Qué te pasa?
—Hubo
un tiroteo en el barrio donde lo citó el jefe a papá.
—¿Dijeron
algo en el noticiero? —pregunta Lisa mirando el aparato.
—No.
Pasan siempre las mismas noticias.
—¿Lo
llamaste?
—Tiene
el celular apagado.
—Bueno
mamá. A lo mejor fue a otro lado. O por la conmoción no hay señal en la zona.
—¡Algo
le pasó! ¡Algo le pasó!
—Tranquila
mamá. Tomá un poco —le alcanza el vaso. Piensa que siempre es tan negativa pero
prefiere no decírselo. Se sienta a su lado y la abraza.
Un
rato después, Gladys un poco más calmada, sigue haciendo zapping pero en ningún
canal dicen nada más.
—¿Querés
un té? —pregunta Lisa en el momento que se escucha ruido de llaves en la puerta
de entrada.
—¿Facu?
—Hay ansiedad en la voz de Gladys.
—No,
Marcelo.
La
respuesta hace que la mujer salte del sillón y corra hacia la entrada. Marcelo apenas termina de cerrar la puerta
cuando ella se abraza a su cuello.
—¿Estás
bien? —los sollozos le entrecortan la voz.
—¡Claro
mujer! ¿Por qué no iba a estarlo?
—¡Papá!
Mamá estaba preocupada por lo que pasó en el lugar al que fuiste —le recrimina
Lisa.
—¡Ah,
eso! ¡Sí! Era un lío. No pudimos llegar. Estaba lleno de patrulleros.
—¿Y
por qué no contestabas el teléfono? —el tono de Lisa es de reproche.
—¡Uyy!
¡Claro! —responde Marcelo mientras separa a Gladys y saca un celular desarmado
del bolsillo de su campera—. Se me bloqueó cuando subí al auto, le saqué la
batería y después me olvidé de armarlo. ¿Quedó algo para comer? Porque al final
no cené.
—Lisa,
calentale a papá las milanesas.
Marcelo
vuelve del dormitorio con ropa más cómoda. Gladys pone la mesa. Mientras espera
la comida se sirve una copa de vino. Ella lo mira como si no creyera que está
ahí. Cuando él lo advierte, sonríe y le acaricia la mejilla.
—¡Qué
susto me diste! —dice la mujer.
—Bueno,
ya está. Para compensarte ¿qué tal si nos vamos unos días a Mar del Plata?
La
sorpresa la deja sin respuesta. Suena el portero eléctrico.
—¡Papá! Traen un sobre para vos —grita Lisa
desde la cocina.
—¿Podés
bajar vos Lisa? —pregunta el hombre.
—Ahora
voy —la voz suena desganada.
Unos
minutos después vuelve la joven y mientras le entrega el sobre le pregunta:
¡Papá!
¿A vos te dicen el Chino?
Osvaldo Villalba
31/05/2018