“El
verdadero tiempo no se puede
medir por
el reloj o el calendario.”
Michael Ende
Finalizo
el check in y el conserje, junto con la llave de la
habitación, me da el sobre que dejaron a mi nombre en la recepción.
Mientras
subo, agradezco que no es el mismo de hace dos años. Me tiro sobre la cama y
abro el sobre. La nota, manuscrita, comienza agradeciendo a la editorial, a mí,
por la disposición en venir hasta aquí a realizar el reportaje y termina
transcribiendo la dirección, el número telefónico y los horarios en que se
encuentra disponible para la entrevista. La firma Érika Sánchez.
Mañana
la llamo para combinar. Cierro los ojos. Mi mente vuela hasta aquella noche. La
editorial me había enviado a La Pampa para conducir una presentación de libros
en Santa Rosa. Anochecía y la tormenta era tremenda. Las escobillas no
alcanzaban a sacar toda el agua del parabrisas. Cuando faltaba poco para llegar
a Pehuajó la ruta comenzó a llenarse de una espesa niebla. Disminuí la
velocidad porque el auto patinaba. Parecía estar embarrado. Unos minutos
después la niebla comenzó a despejarse. Me encontré en un camino de tierra
aunque nunca me di cuenta de que había salido de la ruta. Seguía lloviendo muy
fuerte pero el viento había cesado. Consulté el celular pero no tenía
señal y el GPS no funcionaba. Avancé unos minutos más y, a la salida de una
curva, apareció una casa de estilo europeo. Por lo oscuro de la noche no se
veían otras construcciones alrededor, o tal vez no había nada. Era una buena
oportunidad para averiguar dónde estaba. No se veían luces, enfilé el auto de
frente, enfoqué los faros a la puerta y me bajé. La puerta era de madera maciza
con un llamador de bronce con forma de mano. Di dos golpes, esperé unos
segundos y volví a golpear. Escuché correr un cerrojo. Una joven abrió
apenas la puerta y se tapó los ojos con la mano izquierda, encandilada por los
faros. En la mano derecha traía un viejo farol a kerosene. Me disculpé, corrí
al auto, apagué los faros y me presenté:
—Buenas
noches, me llamo Germán, voy a Pehuajó pero, aparentemente me desvié del
camino.
Ella
levantó el farol para mirarme. Era rubia, muy hermosa, con aire europeo, y ojos
muy claros que miraban con asombro mi automóvil. Se recompuso y respondió:
—Pase,
por favor, se está mojando. Mi padre, seguramente, sabrá indicarle.
—Abrió la puerta del todo, haciéndose a un lado para dejarme pasar, y
gritó hacia el interior de la casa— ¡Padre! ¡Es un viajero que parece haberse
extraviado!
Cuando
mis ojos se acostumbraron a la penumbra vi a un hombre sentado en un sillón
hamaca, frente a una chimenea con leños encendidos. Su cabello corto enmarcaba
un rostro rubicundo, acrecentado por el reflejo de las llamas y le daba un
aspecto imponente. Era evidente que no tenían luz eléctrica porque había otros
faroles en el ambiente.
—¿Qué
lo trae por estas tierras, forastero? —preguntó con acento europeo.
—Iba
para Pehuajó pero, por la tormenta y la niebla, me debo haber desviado de la
ruta —intenté explicarle.
—¡Ah!
No le falta mucho. Pero con esta tormenta no le aconsejo seguir porque las
lagunas han de estar desbordadas dejando intransitable el camino. Quédese esta
noche aquí y mañana, de día, decida si sigue o regresa. La cena estará lista en
un rato. ¡Berta! ¡Pon otro cubierto por favor! ¡Érika, ayúdala! ¿Cómo dijo que
se llama? —me preguntó mientras se ponía de pie.
—Germán,
Germán Fischer.
—¡Ah!
¿De familia alemana? —Su rostro se iluminó mientras extendía su mano y me
apretaba fuerte—. ¡Mucho gusto! Soy Otto Hoffmann.
La
cena transcurrió en un clima cálido y ameno. Otto era muy conversador y se
interesó en los antecedentes de mi familia. También en mi actividad en la
editorial, que no conocía. Berta, su esposa, parecía muy joven, en relación a Érika,
a quien le calculé unos veinte años. Otto contó que Berta estaba embarazada. Érika,
permaneció callada. Seguía pareciéndome muy bonita. Yo la miraba de reojo pero
no levantaba la vista del plato.
Cuando
llegó la hora de ir a dormir Érika me guió por un pasillo, que daba a un patio
trasero donde, según me dijo, estaba la habitación de huéspedes. Me puso muy
contento que fuera ella. Mientras estaba en la mesa imaginé mil maneras de
encontrarla a solas, y al final se me dio sin hacer nada. Al entrar a la
pieza saqué una mini-linterna de mi riñonera e hice un paneo. Érika me miraba
boquiabierta.
—¡Qué
buena luz! —exclamó.
—¡Ah,
sí! Son alógenas, iluminan muy bien.
—Nunca
vi algo así.
—Tome,
se la regalo —le dije divertido por su sorpresa.
—¡No,
por favor! —dijo ruborizada.
—No
se preocupe —respondí sonriendo—, en el auto tengo otra.
Le
tomé la mano, puse la linterna en su palma y la sentí estremecerse. Sin
soltarla, acaricié su rostro suavemente. Estaba sonrojada pero no se apartó. La
besé y lo aceptó. Nos quedamos abrazados un rato hasta que me dijo:
—Tengo
que irme…
—Está
bien. No quiero que tengas problemas. Pero cuando termine mi trabajo, voy a
volver y hablaré con tus padres.
—Mi
madre murió al nacer yo —dijo—. Mi padre se casó este año con Berta. Ella es
muy buena. Él estaba muy solo y deprimido.
—¿Y
con vos?
—Sobrellevamos
—la sonrisa iluminó su rostro.
—¡Andate
antes de que pregunten por vos! —le dije besándola otra vez.
A
la mañana los tres salieron a despedirme. La mirada de Érika me quemó cuando
estreché su mano. Cuando arrancaba oí que Otto decía algo de mi auto pero no lo
entendí. Saludé con la mano mientras me alejaba. Decidí volver atrás por el
camino. Ya no llovía pero el piso estaba muy anegado. Unos minutos después
apareció otra vez la niebla. Cuando se fue disipando comencé a ver las
señalizaciones de la ruta.
Al
llegar a Pehuajó pasé por el hotel, el Piccolini, para disculparme por no haber
cumplido con la reserva, pensando en confirmar el alojamiento para mi vuelta.
—¿Conoce
la casa de los Hoffmann? —le pregunté al conserje.
—No,
no me suena.
Cuando
le describí el camino de tierra, la casona, el tipo me miró con una mezcla de
burla y compasión.
—No
ubico nada de lo que dice —respondió en un tono condescendiente. Seguro pensó
que me había pasado de droga o alcohol, o ambas a la vez.
Paré
en la YPF a cargar nafta y mis preguntas tampoco hallaron respuesta. Por lo
menos la que yo esperaba.
El
GPS del celular me dice que estoy frente a mi destino. Antes de bajar releo el
cuestionario que preparé para hacer la nota. Sólo espero que no me traicione la
ansiedad. De los cinco cuentos que Érika envió a la editorial en el correo de
los escritores inéditos, uno me rompió la cabeza: “Del tiempo de mis abuelas”.
Por él hice todo el lobby con el gerente para convencerlo de
que se justificaba la entrevista, que era buen material y que me ofrecía a
hacer el reportaje con los viáticos a mi cargo. Esto último fue lo que más sedujo
al ratón de mi jefe. Escribí las preguntas para comenzar con generalidades
antes de llegar a la historia que hay detrás de cada cuento, y de allí al que
me interesaba.
Bajo
del auto y observo la casa. Un pequeño jardín al frente detrás de un cerco de
material y un portón de madera lustrada. El porche, con un banco de plaza al
costado de la puerta, bajo la ventana, me recuerda las construcciones en mi
pueblo natal. No se ve timbre así que golpeo las manos. Unos ladridos me
indican que, por lo menos el perro, me escuchó. Abre la puerta una joven de
pelo castaño, muy bonita, al mismo tiempo que un perro blanco, enorme, corre
hasta la verja y entre gruñidos me muestra su dentadura en forma amenazante.
—¡Duque!
¡Down! —grita la joven y el perro se sienta en sus cuatro patas pegado el
suelo. —¿Germán? —pregunta ella dirigiéndose a mí.
—Si.
¿Érika? —El susto no me permite reconocer mi propia voz—. Creí que acá se
terminaba mi viaje —le digo intentando sonreír.
—Tranquilo,
es pura espuma —dice riendo con ganas— ya hizo su rutina. Pasá, el portón está
abierto.
Corro
el cerrojo y entro mirando de reojo a la bestia. Érika me saluda con un beso y
pasamos al living. Me señala un sillón y nos sentamos. Sirve café y me alcanza
la taza. Saco mi grabador y comenzamos la entrevista de acuerdo a lo planeado:
cuando comenzó a escribir, como elige los temas, si sus personajes se basan en
gente conocida o son pura ficción. Por fin llegamos a la historia por la que
vine.
—Contame
sobre Del tiempo de mis abuelas.
—¡Ah!
Son historias que me contó mi abuela Ana cuando yo era chica. Creo que entre
los diez y los doce años. En realidad son de mi abuela Ana y mi tía abuela
Érika, hija del primer matrimonio de mi bisabuelo. Su madre murió cuando ella
nació y varios años después él se volvió a casar. De ese matrimonio nació mi
abuela Ana. Las hermanas se llevaban como veinte años de diferencia. Ana me
contó que Érika nunca se casó ni tuvo novio. Solía decir que esperaba al
príncipe azul que nunca llegó. De esos relatos imaginé historias de amor que
volqué a los cuentos. Cuando murió la abuela Ana, vaciando su habitación
encontramos una caja con cosas que pertenecieron a Ërika y que en honor a mi
nombre me la quedé.
—¿La
tenés a mano? —pregunto
—¡Si,
claro! La usé para inspirarme en algunos relatos. Ahora la traigo.
Mientras
se va a buscarla siento que mi estómago se estruja. ¿Habré entendido bien lo
que mencionaba en el cuento? Regresa y apoya la caja sobre la mesa ratona.
Retira la tapa y comienza a sacar anillos, un brazalete, un abanico, varias
hojas atadas con una cinta y…¡Mi linterna a pilas toda oxidada!
Osvaldo Villalba
17/10/2017