“Nada nos engaña tanto
como nuestro propio juicio”
La chica salió de la boca del subte y en la primera esquina, la calle de
su casa, dobló caminando rápido. A escasos diez metros un hombre dobló en la
misma dirección. Ella presintió que la seguían e intentó apurar el paso. Él se
puso la capucha del buzo y corrió.
Mientras bajaba en el ascensor se miró en el espejo y sonrió. “Nunca
imaginaste que ibas a hacer esto”, pensó. Ya en la calle se dirigió hacia
la avenida, a dos cuadras de su casa. En
la esquina, la barra de pibes que limpian parabrisas, charlaban esperando que
corte el semáforo. Debía ser una de las pocas veces que pasaba caminando por
allí. Siempre le había molestado el aluvión que se venía cada vez que la luz
roja detenía su auto.
—¿Le limpio maestro? —Ante la negativa, hacían un círculo entre el
índice y el pulgar— ¿Una moneda?
Muy rara vez accedía, solamente si había llovido y su parabrisas estaba
muy sucio de gotas y salpicaduras de otros autos. Pero en general su gesto era
negativo ante las dos preguntas.
Cruzó la avenida y entró en la pizzería. Hizo el encargo. Fue a la caja
y pagó con tarjeta las pizzas y las empanadas. El empleado del mostrador
recibió con una sonrisa el billete de propina.
De regreso a su casa entró en el supermercado chino, el único que podía
encontrar abierto a esa hora de la noche, y se llevó cuatro cervezas en envases
no retornables.
Llegó hasta la esquina justo cuando el semáforo había detenido a los
autos. Dos de los muchachos estaban limpiando y el tercero se había quedado
parado al lado de los baldes. Se acercó a él y lo abordó:
—Buenas noches ¿Quién es Dante?
—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.
—¿Cómo se llama? —le había preguntado hace una hora a su hija.
—Creo que Dante —respondió ella todavía con la respiración entrecortada.
Estaba sufriendo frente al televisor, como todos los hinchas de
Independiente, porque el empate se les negaba y el tiempo se iba acabando,
cuando escuchó los gritos de su mujer en la cocina.
—¿Qué te pasó? ¡Mi amor! ¿Qué te hicieron?
—¡Me asaltaron! —escuchó la voz de su hija quebrada por el llanto.
Corrió y vio cómo su mujer ayudaba a la chica a sentarse en una silla.
Preguntó que había pasado pero ambas lloraban y no podían explicar. Revisó la
cabeza de su hija. Tenía un chichón morado sobre el lado derecho de la frente
cerca de la sien sobre el que apoyaba un repasador con trozos de hielo.
—Bueno, tranquila, es un golpe fuerte pero con lo cabeza dura que sos…
—le dijo para aflojar un poco la tensión.
Sin dejar de llorar, la joven sonrió.
—No perdés oportunidad papá ¿eh? ¿A quién salí?
—¿Qué te robaron? ¿Cómo fue?
—Salí del subte y venía para acá.
Me pareció que alguien me seguía y cuando me quise apurar sentí que me
tironeaban de la mochila y me empujaron. Sentí como un estallido y cuando abrí
los ojos estaba sentada contra la pared y los pibes de la esquina me estaban
atendiendo. Uno me dio este repasador con hielo que fue a buscar a la
heladería. Me preguntaban si estaba bien. Si me podía parar. Lo habían corrido
al tipo y recuperaron mi mochila. Después otro de ellos me acompañó hasta la
puerta.
—¿Cómo se llama? —preguntó él.
—Creo que Dante —respondió.
—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.
—Digamos que un padre agradecido.
—¡Ah! ¿Por la piba? Yo soy Dante. No hay nada que agradecer. A la piba
la vemos pasar todos los días.
—Gracias por recuperar la mochila de mi hija.
—¡Ja! ¡Para el flaco Ráfaga fue sencillo! Cuando le gritamos el chabón
quiso salir corriendo pero Ráfaga es Usaín Bolt. No se le podía escapar. Posta
que con la murra que le dio no le quedan más ganas de afanar por acá.
—Les compré unas pizzas y empanadas y traje unas cervezas.
—¡Eh, joya! ¡Ráfaga, Corcho, paren que pintó pizza y birra!
Osvaldo
Villalba
10/09/2017