El recuerdo es vecino
del remordimiento.
Víctor Hugo
Sábado
6.40 hs
Aún no amanece.
Detengo el auto frente al portón de ingreso del estacionamiento para el
personal. En invierno comienza a aclarar recién a las 7:30 hs y el sol sale
cerca de las 8:00 hs. Espero que el guardia registre mi ingreso y conduzco
hasta la cochera habitual. Este es mi último año de residencia en
Emergentología que cumplo como médico de guardia “franquero” los sábados y
domingos. Faltan quince minutos para tomar mi guardia pero seguro que el Chapu,
ya cambiadito, me vio estacionar por la ventana y se está tirando por las
escaleras. Cuando me lo cruce en hall central me va a gritar ¡Rolfy! ¡Hola! Te dejé las novedades con la
enfermera. ¡Buen finde! ¿Nunca se le ocurre que lo paso aquí adentro? ¡Alguna
vez me va a tocar descansar los fines de semana! Bueno, si yo estuviera en su
lugar también me iría contento.
Llego a la Unidad de
Terapia Intensiva y le pido a la enfermera el parte y las historias clínicas
para ordenar mis prioridades de las próximas cuarenta y ocho horas, además de
todo lo nuevo que ingrese.
–¿Alguna novedad del
accidentado? –le pregunto a la enfermera
–Ninguna doctor. El
respirador no hizo falta porque satura bien. Los informes de laboratorio están
en la carpeta.
–Gracias Sandra,
cualquier cosa la llamo.
El paciente había
ingresado la semana pasada a causa de un accidente automovilístico. El auto, en
el que viajaba junto a otras dos personas, fue embestido en la Ruta 14, unos 20
Km al norte de Concordia, por un camión que iba de Brasil a Buenos Aires. Quedó
volcado al costado del camino provocando el fallecimiento inmediato de dos de
los pasajeros mientras que el tercero fue derivado aquí. Ingresó sin
conocimiento pero al controlar sus signos vitales comprobamos que no existía
riesgo para su vida. Tenía varios traumatismos en el lado izquierdo de su
cuerpo; en el parietal, en la zona intercostal y en la pierna. Presentaba
algunas heridas cortantes que fueron atendidas. Como su ritmo cardíaco y
presión arterial permanecían normales, y respiraba por sus propios medios,
desconecté el respirador. Por prevención lo derivé a Imágenes y los estudios no
mostraron lesiones óseas. Lo único extraño eran unas ampollas de quemaduras en
el cuello y el hombro derecho. Pregunté si el auto se había incendiado y me
respondieron que no.
Estaba ocupado
haciendo el informe de rutina cuando me vino a ver el Comisario Sánchez, de la Séptima,
quien me informó que debía dejar un agente de consigna para cuidar al paciente.
–¿A qué se deben
estas precauciones, comisario? –le pregunté.
–Es que ninguno de
los tres tienen documentos identificatorios –me respondió–. Además el auto no
tiene placas y los números de motor y chasis están adulterados. No sabemos nada
de ellos. Avíseme si recupera el conocimiento.
Domingo 4.00 hs
Ya es de madrugada y
recién me puedo ir a dormir un rato. Toda la noche ocupado con los pibes que se
pelearon a la salida del boliche. Dos con heridas de arma blanca y el tercero
muy golpeado. No entiendo al que va a bailar con un cuchillo. Ojalá pueda
dormir un par de horas.
–¡Doctor! ¡Doctor!
¡Venga! ¡Se despertó! –los gritos de la enfermera me sacaron abruptamente del
sueño. Corrimos al box. El tipo, con los ojos muy abiertos, me mira con una
expresión mezcla de asombro y susto.
–¡La luz! ¡La luz!
¿Qué es esa luz? –me dice señalando la lámpara del techo.
–¡Tranquilo! –le digo
mientras lo tomo de la muñeca y controlo su pulso– Es la luz de la sala. ¿Sabe dónde
está?
–¡No! ¿Dónde estoy?
–En el hospital Delicia
Concepción Masvernat de la ciudad de Concordia. Soy el doctor Rodolfo Méndez. Tuvo
un accidente ¿Sabe cómo llegó o adónde iba? ¿Cuál es su nombre?
–¡No! ¡No tengo idea!
¿Dónde queda Concordia? ¡No recuerdo mi nombre!
–Bueno,
tranquilícese. Vamos a hacerle unos controles. Ya se va a acordar. ¡Sandra! –me
dirijo a la enfermera– Por favor avísele al agente de consigna que le informe
al comisario que el paciente recuperó el conocimiento. Ahora le voy a hacer
unos controles para ver si está en condiciones de ser interrogado.
Le hago una serie de
pruebas para comprobar sus respuestas neurológicas y los resultados son normales.
Desisto de seguir interrogándolo para no ponerlo más nervioso. Mejor que eso lo
haga el Comisario.
Entra el agente y me
informa que el comisario ordenó esposarlo a la cama por seguridad.
Lunes 6.30 hs
Por suerte se acaba
mi guardia. El comisario no vino. ¿Iba a dejar su partida de golf por venir a
interrogar a un desconocido? ¡Nunca pensé que lo hiciera! Durante el domingo pasé
por el box un par veces pero sólo hablamos de la evolución de sus heridas. No
le volví a preguntar si recordaba algo de antes de despertarse y él tampoco
mencionó nada.
Sábado 6.45 hs
Estaciono en la
cochera de siempre. Subo a la UTI extrañado que el Chapu no haya bajado
corriendo. Lo encuentro en la habitación de los médicos, ya cambiado, pero
sentado en la cama esperándome.
–¿Qué le diste al NN?
–me pregunta riéndose.
–Solo analgésicos. ¿Por?
–¡No guacho! ¿Qué le
diste que no quiere hablar con nadie más que con el doctor Méndez –me dice imitando la voz del tipo.
–¿En serio? ¡Me estás
jodiendo!
–¡No! ¡De verdad! Lo
pasaron a sala. Lo pusieron en la que está sólo. En la semana vino el comisario
y el tipo no recuerda nada. Ni el auto, ni a los otros dos. Le mostraron las
fotos que sacó el forense. Se dio cuenta que estaban muertos pero no tuvo
ninguna reacción ni los reconoció. Y con los médicos de la sala…ni la hora. El
lunes dijo que sólo iba a hablar con el doctor Méndez y el resto de la semana
directamente mira para otro lado y no contesta. Les dije que lo dejaran todo un
día sin analgésicos y el guacho se la bancó.
–¡Noo! ¡No podés!
¡Sos un hijo de puta! –le dije riéndome.
–Te juro. Ni mu.
Después le dieron otra vez. Tenían miedo que les hiciera una queja a la
Dirección Médica. Bueno. Me voy. Ahí lo tenés, todo para vos –mientras se va
escucho sus carcajadas bajando la escalera.
Después de leer todos
los partes, comienzo la recorrida. Cuando termino bajo a la sala y busco al
“NN”, como lo llama el Chapu. Lo ubico enseguida por el consigna en la puerta.
Cuando me ve entrar, esboza una sonrisa.
–¡Doctor Mendez! ¡Por
fin llegó! Quería hablar con usted.
–Es que yo estoy sólo
los fines de semana –respondo– Y esta sala no me corresponde. Soy de Terapia
Intensiva. Por lo visto está mejor ¿Recordó su nombre?
–No doctor, no puedo
recordar nada. Pero esta semana he tenido un sueño recurrente y se lo quería
contar. Lo esperé a usted porque es el único que se preocupó por mí. Los demás
me tratan como si molestara.
–No lo tome como algo
personal– le digo, tratando de justificar a mis colegas– son formas de ser
nomás.
–¡No doctor! Yo no me
acuerdo de lo anterior pero lo que pasa ahora no se me escapa.
–Bueno, cuénteme del
sueño –le sugiero para sacarlo del tema.
–Antes…¿hay forma que
me saquen esto? –señalando las esposas.
–No depende de mí.
–Bueno, que se le va
a hacer. Fueron tres o cuatro días en la semana, no estoy seguro. Con pequeñas
variantes me veo corriendo por un bosque como escapando de un incendio.
–Cuénteme que cosas
se repiten y cuales no en los diferentes sueños.
Se queda pensando un
rato y empieza a enumerar:
–Siempre es un
bosque, el incendio es en una casa. A veces me alejo del fuego y otras voy
hacia él. Sólo una vez escuché gritos.
Pienso qué
preguntarle que pueda sacudir su inconsciente cuando entra Sandra:
–Doctor, están
bajando de quirófano un paciente baleado anoche en un asalto.
–Bueno, ahí voy –respondo.
Y dirigiéndome a él– Fíjese si recuerda algo más del sueño y después seguimos
charlando.
Domingo 16.30 hs
¡Por Dios! ¡Qué fin
de semana! Con el choque del micro de ayer al mediodía no paré hasta ahora. ¡Me
muero de sueño! Pero quiero ir a ver al amnésico para seguir la charla de ayer.
Creo que algo hay en su sueño. Y tal vez explique sus quemaduras. Entro al box.
Duerme.
–¡Hola! –lo despierto–
¿Seguimos la conversación de ayer?
–¡Ah! Hola doctor.
Sí, si.
–Me decía ayer que en
una de los sueños escuchó gritos. ¿De quienes eran? ¿De mujer o de hombre? ¿De
adultos o de chicos?
Se queda pensando y
de repente su expresión se ensombrece..
–No recuerdo –responde–
Estoy cansado, tengo sueño. ¿Seguimos después?
Tengo la impresión
que algo sonó en su cabeza pero no quiero presionarlo.
–Sí, claro. Cuando
quiera. Avísele a la enfermera y ella me llama.
Lunes
8.05 hs
Ya me voy de la
guardia. No me volvió a llamar. Yo tampoco fui a verlo. Le voy a dar tiempo
para que digiera lo recordado. Mañana cuando juegue al fútbol con los pibes le
voy a pedir al Rolo, que trabaja en un semanario, que me averigüe sobre algún
posible incendio tres semanas atrás.
Sábado 7.50 hs
Me llama la atención
no ver la camioneta policial estacionada como siempre. Sandra me da los partes.
Antes de empezar a leer le pregunto:
–¿Sabe algo del NN?
–Me dijeron que se fue
de alta doctor.
–¡Ah! Después
consulto
Comienzo a hacer la
recorrida. No me lo puedo sacar de la cabeza. ¿Encontrará su historia por fin? Siempre
me dicen que no es bueno involucrarse tanto con los pacientes. Sobre todo en mi
especialidad en la que algunos no resisten.
Golpeo la puerta de
la Dirección Médica.
–¡Adelante! –se escucha.
–¡Hola jefe! –le digo
asomándome– ¿Le puedo hacer una consulta?
–¡Sí, pasá Rolfy!
–Quería saber qué
pasó con el amnésico. Me enteré que le dieron el alta
–Así es. En realidad
ya hacía más de una semana que podríamos haberle dado el alta porque
médicamente ya estaba bien, pero el comisario me pidió que lo aguantara un poco
porque no tenía donde ponerlo y había recibido un llamado del secretario de un
juzgado federal de Buenos Aires avisándole que iban a enviar un oficio de
traslado y en ese momento necesitarían el alta médica. Y a mediado de esta
semana me trajo la orden, acompañando a la delegación de la Federal que lo
trasladó.
–¿Y en el oficio
decían algo de la filiación?
–No. Sólo hacían
referencia al accidente y mencionaba “al masculino sobreviviente”. La orden
judicial también autorizaba a retirar los cuerpos que estaban en la morgue y el
automóvil accidentado. ¿Querés ver el oficio?
–¡Claro! Si me permite.
Busca en el fichero
de las historias clínicas y me alcanza una hoja. Empiezo a leer. Me causa
gracia como cada profesión tiene su léxico específico; un paper de medicina,
una escritura pública, un informe contable o un oficio judicial, se redactan
con terminologías tan específicas que, al común de la gente, les cuesta
entender. Traducido al “castellano” la orden decía que, a efectos de una mejor
identificación, se trasladen los dos cadáveres y al masculino sobreviviente a
dependencias de Servicios Especiales de la Policía Federal, así como el
vehículo siniestrado. En otro párrafo mencionaba que la solicitud había partido
de la dependencia mencionada y se autorizaba al Comisario Inspector Alfonso
Rocamora a realizar el operativo. Le devuelvo la hoja. Me despido agradeciendo
y regreso a la unidad de terapia. Algo en todo esto no me termina de cerrar.
Domingo 17.45 hs
¡Goool! ¡Vamos
Patronato! Por suerte, domingo tranquilo, me permite ver el partido. Suena mi
celular. Es Rolo.
–Hola Rolfy. Soy Rolo. Estuve averiguando lo que me
pediste.
Hace tres semanas hubo un incendio en un
pueblito llamado San Jorge, cercano a Villaguay en la que murieron un
matrimonio y sus dos hijos. Se sospecha, por dichos de los vecinos, que fueron
ejecutados por tres sicarios por ser testigos protegidos en una causa contra un
comisario inspector de la Policía Federal. Por supuesto nadie en el pueblo quiso
declarar.
–Rolo, ¿el comisario
inspector se llama Rocamora?
–¡Sí! ¿Cómo sabes?
–¡Por metido! ¡Menos
mal que los pacientes vienen sin etiquetas de sus antecedentes! ¡Si no sería
tan difícil cumplir el juramento hipocrático!
Osvaldo Villalba
07/04/2016