…para practicar la
crónica el genio
está en los zapatos.
Héctor Abad Faciolince
—Igual, si alguna vez tenés una nota que
considerás válida, llamame —le había dicho cuando se despidieron con un abrazo.
Su vida,
ahora, transcurría entre los partidos de ajedrez con otros jubilados en la
plaza Almagro y las recorridas por las mesas de saldos de las librerías de la
calle Corrientes.
Fue en uno de esos reñidos encuentros
ajedrecísticos que, como al pasar, alguien mencionó algo sobre el coleccionista
de calaveras.
—Carabelas —le
corrigió Julio— prototipos de barcos antiguos, habrás querido decir.
—No —dijo el
otro marcando las sílabas— ca—la—ve—ras, cráneos humanos.
La alarma de su instinto periodístico se
disparó al instante.
—Contame más —le insistió.
—Eso nada más. Mi hermana me dijo que lo escuchó en la peluquería.
—Por favor. Preguntale. Conseguime la
dirección.
Una semana después el hombre se la trajo con la
advertencia de que iba a ser difícil que lo recibiera. Ahora se encontraba
frente a la casa, corroborando el número que tenía en el papelito. Era una casa
antigua, con mármoles de color bordó y puerta de hierro forjado de dos hojas.
La ventana, a la derecha de la puerta, tenía una reja labrada simulando ramas
con hojas pequeñas y flores.
Tocó el timbre y esperó. Por el portero
eléctrico, una voz de hombre dijo:
—¿Quién es?
—Buenas tardes
señor. Soy Julio Figueredo. Soy periodista y quisiera que me diera unos minutos
de su tiempo.
—¿Periodista?
¿Y para qué quiere verme?
—Quiero hacerle
un reportaje sobre su colección.
—¿Colección?
¿De dónde saca que yo tengo una colección?
—Mire, usted
sabe, los periodistas no podemos revelar nuestras fuentes, pero yo le garantizo
la mayor seriedad en el reportaje.
.—Aguarde —fue su lacónica respuesta.
Unos
minutos después, abría una las hojas de la puerta un hombrecito delgado, bajo,
calvo, de tez muy pálida y ojos hundidos.
Julio le tendió
su mano.
—Mucho gusto,
¿señor…?
—Llámeme Ciro.
—Señor Ciro. Como le dije me llamo Julio Figueredo y trabajo para la revista Porteña —mintió Julio— y queríamos hacerle una nota
referente a su colección de cráneos. Por supuesto que publicaremos sólo lo que
usted nos autorice —agregó tratando de ganarse su confianza.
El
hombrecito pensó un momento y luego, apartándose de la puerta, le hizo seña
para que pasara. Entraron a un hall pequeño, transpusieron una puerta cancel de
dos hojas y vidrios protegidos por cortinas con angelitos. Ingresaron a un
ancho living, en el que resaltaba un juego de sillones de pana, sobre una
mullida alfombra, por sobre el resto del mobiliario. Una araña con caireles de
cristal y escudos de armas sobre las paredes, daban al ambiente un aire
colonial.
Ciro le señaló
el sillón grande y él se sentó en uno de los sillones de un cuerpo.
—Bueno —le dijo
usando un tono amable por primera vez—. Veo que usted, Julio, ¿no?, sabe de mí muchas cosas. Déjeme a mí, ahora, saber algo de usted. ¿Dónde queda la revista
que mencionó? ¿Con que frecuencia sale?
—La redacción
funciona en un departamento en el barrio de Once —inventó Julio rápidamente—.
La publicación es mensual. Esta nota, seguramente, se publicará el mes que
viene, o el próximo.
—¿Y por qué le
interesa esta colección? —volvió a preguntar Ciro.
—Porque es
bastante insólita. Tengo curiosidad por saber cuál es el hilo conductor entre
las diferentes piezas. Cómo las obtiene. Qué busca con cada una. ¿Puedo sacar
fotos?
—No. Nada de
fotos —respondió el hombre enfáticamente—. No quiero arriesgarme a que su mujer
o sus hijos las suban a la web. ¿Tiene hijos, no?
—No, no tengo
hijos. Soy viudo hace muchos años. Sólo las usaría como ayuda memoria cuando
escriba la crónica.
—Igual, alguien
que comparta su casa podría acceder a ellas.
—Tranquilo
Ciro. Vivo solo. Igual, está bien, no voy a sacar fotos.
—Le creo —dijo Ciro con una sonrisa mientras se
incorporaba—. Pero, por favor... Deje el celular aquí. Pasemos.
Julio se paró y
lo siguió. Salieron por una puerta lateral a un patio lleno de macetones con
helechos, jazmines y otras plantas que no pudo identificar. Sobre la derecha se
veían varias puertas con grandes postigos metálicos, también de dos hojas,
todos cerrados. Al final del patio, de frente, estaban la cocina y el baño, que
Julio identificó porque sus puertas estaban abiertas. A la derecha del baño, se
veía una placa de madera en el suelo, con una manija de hierro. Ciro tiró de
ella y levantó la tapa sobre la pared, dejando al descubierto una escalera de
madera. Bajó unos escalones y encendió la luz. Julio bajó detrás de él. Una vez
abajo pudo ver que el sótano era amplio. La bombita daba una luz tenue, dándole
al escenario un aspecto sobrecogedor. Desde las estanterías, dentro de cajas de
vidrio o de acrílico, montones de órbitas vacías parecía que “lo miraban”. Un
frío le corrió por la espalda. Se sobrepuso y se acercó a la primera
estantería.
—Cada caja tiene una etiqueta, con la
descripción de su antiguo poseedor y el año del deceso —explicó Ciro—. Por
respeto, la identidad no está revelada. Sólo su profesión o actividad más
saliente. Ah, y hay sólo una pieza por característica. No se repiten.
Julio comenzó a
leer algunas y comprendió lo que el hombre le había dicho: “Médico de Villa
Crespo—1975; Abogado de Balvanera—1987; Jerarca Nazi de Bariloche—1968; Asesino
serial de Mar del Plata—1981; Cacique Mapuche de Neuquen—1996”. Sobre este
último, Ciro le hizo notar que conservaba todas sus piezas dentarias.
—¿Cómo
consiguió cada una? —le preguntó al hombrecito.
—Los periodistas no revelan sus fuentes. Los
coleccionistas no revelamos nuestros proveedores —le respondió sonriendo—. Tengo
amigos en algunos cementerios y en hospitales también.
Siguió
recorriendo las estanterías. Una sensación que no lograba plasmar en palabras
daba vueltas por su cabeza. Cuando llegó a la última vio, sobre la pared del
fondo, una puertita de no más de 70 cm, cerrada con pasador y candado.
—¿Qué hay
detrás de esta puerta? —preguntó Julio.
—Ah, ahí no
se puede pasar. Esa es mi colección exclusiva. No la comparto.
—Vamos Don Ciro. Por favor. Ya llegué hasta
acá. No me va a dejar rengo —Insistió Julio.
El hombre pensó
un momento y sacudiendo su cabeza de un lado al otro, con resignación, sacó una
llave de su bolsillo, abrió el candado, corrió el pasador, encendió una llave
de luz que se encontraba a la derecha de la puerta, la abrió y, con un ademán,
le hizo seña que ingresara. Julio se agachó, pasó por la puerta y, cuando se
estaba incorporando del lado de adentro, junto con el golpe de la puerta al
cerrarse, el pasador deslizándose y el clic del candado, el flash relampagueó
en su cerebro: no había un periodista en la colección.
Osvaldo
Villalba
19/04/2015